El Códice de Gaueko Capítulo VIII. — En el camino de la luz
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Capítulo VIII. — En el camino de la luz

Cap í tulo VIII .

En el camino de la luz

El tel é fono son ó varias veces antes de que Jon abriera los ojos.

El sonido del despertador se mezclaba con el ligero ruido de la vibración de la llamada.

No recordaba haberlo dejado sobre la mesilla, al lado del cenicero, con lo cual ese ruido se mezclaba con un sueño que no recordaba cuando el detective, con la voz ronca, los ojos hinchados y medio abiertos, contestó al tel é fono.

—Jon —dijo la voz al otro lado— . Soy Fray Henry.

Un silencio breve.

—Bernard ha muerto— prosiguió sin m ás dilación.

Jon no respondió al principio. La noticia no le cabía todavía en el oído. Solo cuando oyó su propio nombre otra vez, la evasió n moment ánea le devolvió a su sitio.

—¿Cuá ndo? —preguntó.

—Anoche. Se fue tranquilo. —Henry dudó antes de a ñadir—: Me pidió que te avisara y que vinieras. El funeral será mañana, en la abadí a.

El resto de la conversación fue un intercambio de frases cortas: condolencias automáticas, indicaciones de viaje, horarios.

Cuando colgó, Jon se quedó mirando el techo, con el tel é fono a ún en la mano.

Realmente estaba en shock, Bernard había sido padre y madre, y aparte del lazo de sangre que guardaban, tambi é n se llegó a sentir como un hijo de nuevo.

Por la habitación empezaban a entrar los primeros rayos de luz. Al menos los que llegaban a pasar por los agujeros de la persiana y que teñían la estancia de lunares grises.

Bernard. El nombre se le quedó fijo en la boca como una palabra sin sonido, sin poder digerir.

Tardó unos segundos en sentarse. No pensó en qu é ropa llevar, ni en el trayecto: solo en el gesto de ponerse en pie y moverse, como si la acció n en s í fuera una manera de entender lo que acababa de oír.

El viaje a Cluny duró más de lo que esperaba. Decidió ir en coche para no depender de horarios en el trasporte. « Quizás la mejor decisión habría sido el avión», le juzgó su subconsciente.

La carretera atravesaba una secuencia interminable de montes y campos donde el verde parecía tener distintos grados y matices de colores.

El final de la primavera se hacía eco a las puertas del inicio del verano.

En el asiento del copiloto, el mapa doblado de Claire seguí a all í, prácticamente funcionaba como un recordatorio de su encomienda.

Confiaba en que hallaría las respuestas, y la má s importante era: ¿qu é hab ía pasado con Claire?

Pregunta que pesaba como un zapato de hormigón, y cada día que pasaba sin novedades, el calzado ganaba números y altura.

Mart ín no había llamado. Tampoco Itziar. Apagó el tel é fono. Necesitaba desconectar.

El silencio era un favor que no sabí a c ómo agradecer. Los años de estudio en la Abadía de Cluny le habí an ense ñado a apreciar esos detalles y a valorarlos aún más en los momentos decisivos.

Dejó que el paisaje y el zumbido constante del motor crearan un pasaje en el tiempo. Una ventana en la que la mente viajó atrás, hacia un amargor que, despu é s de tantos a ñ os, segu ía sin digerir.

Tenía once años. Recordaba ir dormido en el asiento trasero del coche, con la cabeza apoyada en la ventanilla. Primero lo despertó un chirrido de frenos. Luego vio el gesto de pánico en su madre mientras intentaba tenderle la mano, como si pudiera protegerlo de lo inevitable.

El coche había perdido el control en una curva que nunca debió tomarse a esa velocidad.

Recordaba el mundo dándose la vuelta —el cielo abajo, la tierra arriba— y el grito de su madre cortado a la mitad.

Todo transcurría en una cámara lenta forzada por la adrenalina.

La caída hacia el rí o termin ó bruscamente cuando un roble se interpuso en la trayectoria.

Jon tuvo la suerte de quedar atrapado entre los asientos traseros.

Su madre salió despedida por la ventana; murió casi al instante.

Su padre falleció camino al hospital por las múltiples contusiones internas.

Despu é s, solo hubo silencio.

Cuando despertó, el aire olía a hospital y a gel desinfectante. Una sombra se movía junto a su cama: un hombre alto y delgado, con el hábito arrugado y una mirada que no buscaba consolar, sino imponer orden al miedo.

—Soy Bernard —dijo aquella voz, la primera que escuchó tras el accidente—. Tu padre y tu madre ya descansan. Ahora me encargar é de ti. Creo que es lo mejor.

Jon nunca supo si esas palabras eran una verdad o promesa, pero le sonaban a sentencia.

Lo cierto es que, desde entonces, Bernard fue su tutor, su guardián y, de algún modo, su juez; tanto para los momentos buenos como en los malos.

Entr ó en Borgo ña poco antes del mediodía. La lluvia lo acompañó el último tramo del camino, fina y persistente. Al fondo, la silueta de la abadía de Cluny apareció entre la niebla: torres recortadas, tejados grises, un conjunto de piedra que parecía resistir por pura voluntad divina.

Jon cruzó la verja de la entrada y aparcó frente al portal norte.

Salió del vehículo no sin antes guardar en el satchel todos los documentos que había dejado esparcidos sobre el asiento.

Se encendió un cigarro que consumió en tres grandes caladas.

En los ú ltimos d í as hab ía retomado los malos há bitos … de las peores maneras.

El aire olía a cera, a hierba hú meda reci é n cortada y a ese silencio particular que solo conservan los lugares antiguos y santos.

A unos metros lo esperaba Fray Henry, al pie de la escalinata.

Había envejecido, pero mantenía esa mirada práctica, sin rastro de solemnidad.

Era uno de los pocos hermanos septuagenarios a quienes conocía desde el principio.

—Lamento mucho lo de Bernard —dijo, estrechándole las manos con firmeza, para despu é s terminar el saludo con un abrazo—. Estuvo enfermo las últimas semanas. Hablaba de ti con frecuencia.

Jon asintió.

—No lo sabí a.

— No quer ía que lo supieras. Decía que el dolor de los demás es una carga más pesada que la propia.

Cruzaron el atrio sin hablar. Las losas del suelo estaban gastadas por siglos de pasos de aquellos hermanos anteriores y que formaban parte de la memoria que las piedras guardaban. Y como lo haría tambi é n con las pisadas de Bernard.

En el interior, la luz filtrada por los vitrales convertía el polvo en suspensión en una tela invisible que apenas se movía.

Henry lo condujo hasta una pequeñ a capilla lateral.

All í, sobre una mesa de piedra cubierta por un paño blanco, descansaba un f é retro sencillo, con la tapa abierta.

Dos cirios encendidos a cada lado dibujaban un resplandor cálido sobre la madera.

Jon se acercó despacio, respetuoso. Puso la palma de la mano en el ataúd, que deslizó hasta el interior para conectarla con la frí a e inerte de su t í o.

No intent ó rezar. Hacía tiempo que no lo hacía. Solo se quedó de pie, pensativo, mirando aquel rostro que el tiempo había vuelto casi abstracto. Bernard parecía dormido en mitad de una conversación que no había terminado como tantas otras veces.

Henry se retiró unos pasos para dejarlo a solas.

La campana de la torre principal repicó. Era la llamada de los hermanos para que acudieran a misa.

Jon recordó otros mediodías en ese mismo lugar: é l, niño, siguiendo a su tío por los claustros.

El monje le enseñaba a leer los símbolos tallados en la piedra no como fe, sino como aprendizaje, como un lenguaje que fuera necesario conocer.

—Cada línea tiene su sentido — le dec ía—. Hasta el silencio se escribe. Es importante entenderlo y respetarlo.

El niño no entendía del todo, pero asentí a.

Era su manera de no perder a los adultos otra vez. Creó una dependencia que le duró hasta la é poca del instituto. Más tarde esa dependencia la transformaría en respeto.

Cuando el funeral comenzó, la capilla se llenó de un murmullo bajo.

Una veintena de monjes, prácticamente todos los que no estaban en labores esenciales o convalecientes en cama; algunos fieles del pueblo, y nadie más. La voz del padre prior recitó las oraciones con un tono pausado, casi dom é stico, que mezclaba en franc é s y en latín.

Jon permaneció de pie en la segunda fila, sin seguir las palabras, observando cómo el humo del incienso subía en espiral hasta perderse en la penumbra.

Pensó que, si Bernard estuviera vivo, habría corregido incluso ese detalle: el humo tambi é n obedece a la forma que le dicta el aire, solía decir.

A veces resultaba más mí stico que espiritual.

La ceremonia dur ó poco, tal y como quería el difunto.

Al final, Henry se acercó con una caja de madera cerrada. Una cinta roja la rodeaba por completo, sellada con cera y marcada con el cuñ o de Bernard.

—Esto es tuyo —le dijo mientras le daba la caja y un sobre—. Bernard me pidió que te lo entregara, pero solo si vení as.

Jon lo tomó sin abrirlo.

La caja era pequeña, y la cinta todavía olía al sello de cera. Entre la cinta y la caja, una cartulina con un nombre escrito, con la caligrafía firme y sobria de su tío: Jon.

El peso de la caja era menos de lo que había imaginado.

Jon lo sostuvo un momento, como si el tacto fuese a decirle algo que la tinta no pudiera, y lo guardó en el interior de la satchel que todavía llevaba colgada.

No quiso abrirlo allí, con el olor del incienso aún pegado a la garganta y la mirada práctica de Henry registrando lo imprescindible.

Era algo personal que sentía que tenía que hacerlo lejos de las miradas.

El prior habló con algunos vecinos; un monje joven apagó uno de los cirios con los dedos humedecidos, un gesto que le recordó a Jon su etapa de monaguillo y la cantidad de veces que habría repetido esa manera de apagar las velas.

La capilla recuperó su silencio habitual.

Henry le indicó con un gesto que lo acompañara hacia el claustro.

Caminaron cotejando el rumor del agua en la fuente. El patio, de piedra lisa y sobria, tenía el aspecto de un lugar ideado para la paz y la calma. Solo guarda silencio. Henry se detuvo bajo un arco.