El Códice de Gaueko Interludio II. — Claire de la Rochelle #4
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Interludio II. — Claire de la Rochelle #4

Empezó a respirar entrecortadamente, le faltaba el aire, el aliento, notaba que las fuerzas le empezaban a fallar, que en cualquier momento iba a colapsar.

Cerró los ojos intentando llevar quietud a su mente.

Recordó qué hacer con los ataques de pánico y ansiedad.

En el instituto sufrió acoso por parte de un grupo de compañeras y esa situación le llevó a tener agorafobia y problemas de ansiedad, que mediante terapia consiguió solucionar.

Empezó con una respiración más controlada, despacio, pausada, midiendo el ritmo del miedo. Despu é s de varias exhalaciones volvió en sí, a una naturaleza más tranquila dentro de lo que suponía haber sido secuestrada y estar encerrada sin saber dónde ni que pasaría.

Los ruidos arriba habían parado, y aunque sus ojos ya se habían adaptado a la oscuridad de la estancia, apenas podía ver con claridad todo el sitio, aunque intuía que estaba era un sótano, quizá una casa rural abandonada pero reformada.

Lo poco que habí a contemplado as í lo indicaba.

Intent ó mover las piernas sin é xito. El cuerpo aún respondía con lentitud, pero la mente se abría paso.

Pensó en Itziar, en las llamadas que no se habían hecho, en las horas que nadie sabría contar.

El tiempo, cuando uno está cautivo, no avanza, se vuelve má s lento.

En algún punto del piso superior una puerta se cerró. El sonido fue suficiente para entender que su captor seguí a all í arriba, y que mientras respirara, ella formaba parte de algo que no comprendí a.

En Pamplona, la ciudad despertó con una niebla que subía del Arga, caminante y envolvente. El cielo oscuro, y el sol solo se intuía en algún punto bajo.

La vida en el museo comenzó rutinaria, pero entre los pasillos, en las taquillas, las voces bajas susurraban acerca de conspiraciones, fanatismo, sospechas de fulano o mengano. Conjeturas que distraían tanto al resto de trabajadores como a la propia direcció n del centro.

Algunos t é cnicos de la policía todaví a segu í an all í, repasando notas o recogiendo equipos.

Itziar camin ó por el pasillo como una sonámbula, la noche había sido larga y la cafeína en ese momento era una gran aliada.

Un inspector de la policía local la esperaba en la sala de juntas.

Sabía que cada palabra que dijera sobre el códice abriría un abismo que no podría cerrar.

Un agente le preguntó si Claire ten ía antecedentes de inestabilidad. Ella no respondió. Solo dijo:

—Claire no era inestable. Bueno, la realidad es que apenas la conocíamos, habíamos confiado en ella, al principio por empatía laboral y profesional, despu é s vi en ella una hija, una pupila a quien poder ayudar, pero estuve equivocada y fui confiada. No entiendo el motivo del porqu é .

El inspector anotó sin levantar la vista. Para é l, eso bastaba.

En Roncesvalles, Claire segu ía despierta y recuperando los sentidos de su cuerpo drogado.

Intent ó recordar la voz del encapuchado. No el timbre, sino su manera de hablar: las pausas, los é nfasis. Era la voz de alguien acostumbrado a ser escuchado. La reconocería si volví a a o írla. De eso estaba segura.

Pens ó en la carta que había escrito bajo coacción. En el porqu é de todo aquello. ¿Qu é buscaba realmente con esas acciones, con toda la manipulació n?

Pero habí a una inc ó gnita a ún mayor: ¿ Qui é n le había dictado esas palabras?

Escuchó de nuevo unos pasos y el girar del pomo de la puerta que se abrió con un leve chirrido. Claire cerr ó los ojos y pensó en Dios, no porque fuera creyente, al menos ahora no lo era, sino porque necesitaba que el miedo no la delatara.

El encapuchado le arrojó una botella de agua.

—Bebe. Lo necesitas. Llevas demasiado tiempo sin tomar nada —dijo la voz desde el umbral.

Claire bebi ó con desesperación. A mitad del botellín lo notó: el sabor, apenas perceptible, el mareo que volví a.

La botella cay ó de su mano. Y su cuerpo, un segundo despu é s, tambi é n.

Cuando despertó, lo entendió. La habían drogado para atarla. Como a un perro.

«Me quiere viva…», pensó y esa certeza le trajo relativo consuelo.

Una cadena ceñía su pierna derecha, unida a una argolla que le daba apenas espacio para moverse hasta un cubo, en un rincón, para sus necesidades. En el suelo, un bocadillo envuelto en papel de aluminio.

Y una nota:

» Puedes estar tranquila. El bocadillo es de chistorra. Frío, pero bueno.

La botella de agua es solo agua».

A la mañana siguiente, el sonido de la vida rural la despertó: gallos, viento, algún motor lejano.

Los primeros rayos entraban por una claraboya.

Momentos despu é s, la puerta volvió a abrirse y alguien arrojó otra bolsa con un bocadillo y una botella de agua.

El ciclo se repitió durante varios dí as.

Claire sab ía que estaba siendo observada porque en lo alto, en una esquina del techo, un punto rojo parpadeante confirmaba lo que ya intuí a: una c ámara de vigilancia custodiaba cada uno de sus movimientos.

A muchos kiló metros de Claire, un telé fono comenzó a sonar.

Jon tardó en entender las palabras al otro lado. Fray Henry hablaba desde Francia.

La noticia llegó como un jarro de agua fría:

—Ha muerto tu tí o Bernard.