El Códice de Gaueko Interludio II. — Claire de la Rochelle #3
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Interludio II. — Claire de la Rochelle #3

Apag ó la luz de la linterna y subió de nuevo por las escaleras. La puerta se cerró con un clic seco. El motor de un coche sonó a lo lejos. Y Claire empezó a gritar pidiendo ayuda, y cuando apenas estaba sin voz entendió que iba a comenzar una pesadilla.

El Museo de Navarra dormía tras las lluvias de mayo, dando paso a la primera madrugada de junio. El vigilante de seguridad repetía su rutina nocturna. Cada cincuenta o sesenta minutos, vuelta al perímetro y regreso pasados un cuarto de hora o menos.

El encapuchado conocía la cadencia del sistema.

Pese a que esta actuación estaba improvisada, solo lo era en parte.

En su mente ya había contado con esa posibilidad, aunque todo parecía prematuro, anticipado.

Sabí a cu ánto tarda un vigilante en recorrer un pasillo, qué á ngulo ciega la c ámara, dónde cede el marco de la vitrina.

Ya llevaba tiempo haciendo un trabajo de contravigilancia.

Sabía que, con un señ uelo, con un simple conato de incendio, bastar ía para tener tiempo suficiente para su cometido.

Accedió hasta el lugar concreto sin ningún obstáculo.

Un leve golpe fue suficiente para abrir la vitrina y romper la cámara de cristal.

Extrajo el códice envuelto en su cristal de protección.

Y colocó la hoja que Claire habí a escrito.

La sangre y la firma eran suficientes.

Gauekoaren Legea . La ley de los que pertenecen a la noche.

Una alarma tardía se activó. Demasiado tarde. Cuando el vigilante olió el humo, el ladrón ya caminaba hacia la calle. Ni una sola cá mara capt ó la silueta antes de que el encapuchado se fundiera en la oscuridad de la noche.

Itziar Mend ívil había llegado mucho antes que la policía al museo. Quizás el destino o solo una mala coincidencia, pues no debería haber estado allí dentro.

Se dieron cuenta demasiado tarde del engaño cuando llegaron a la sala de exposición.

La vitrina estaba abierta, el cristal roto, y el olor a humo aún impregnaba la sala. En el interior, donde antes reposaba el manuscrito, ahora solo quedaba el vacío. O casi. En la base, una nota.

Su coraz ón creyó reconocer la caligrafía al instante.

— Claire … ¿qu é has hecho? —susurró.

La polic ía no tardó mucho más en llegar. Y menos en hacer preguntas molestas. Pero sabía que, a falta de la certeza de los forenses, todo apuntaba hacia la francesa. Era cuestión de tiempo que la policía llegara a esa conclusión tambi é n.

El inspector de guardia la observó desde el pasillo.

—Doctora Mendívil, ¿podría darnos un contacto de la familia de la señ orita De la Rochelle?

Ella negó con la cabeza. No confiaba en su voz; el shock aún la dominaba.

Sabía que cualquier palabra podría incriminarla tambi é n.

La nota estaba manchada por una huella dactilar parcial con lo que podría ser un rastro de sangre.

Suficiente para una hipó tesis. Itziar apart ó la mirada.

No podía defender a Claire… algo en su interior la mantenía en una alerta instintiva, una precaución que no lograba acallar.

Tenía ganas de llorar, ganas de aporrear cualquier cosa, sentí a ira.

Fuera del museo, en la distancia, bajo la lluvia, el encapuchado esperaba expectante como otro ciudadano más.

Mirando al edificio y las luces azules de los zetas, los flashes de las cámaras, las sirenas, el sonido de los pasos de las botas de los uniformados salpicando en los charcos.

Todo sucedía como debía, planeado al milímetro, aunque con alguna pequeña modificació n de última hora debido a los acontecimientos.

El enigmá tico extra ño hizo un último repaso mental de todo lo ocurrido, sabiendo que, pese al adelanto del plan, el resultado había sido el esperado.

Tenía el códice y la tablilla. No había ningún rastro o indicio que le pudiera incriminar, y lo que era realmente necesario, el mensaje que quedaba sobre la posible autoría era claro.

La doctoranda francesa Claire de la Rochelle, quien siempre mostraba ese inter é s desproporcionado, quien quería llevarse toda la atención y el m é rito, la usurpadora; esa extranjera, ella y solo ella era la única culpable.

Sus pensamientos le produjeron un calor confortable. Miró al reposapi é s del asiento del copiloto. Ahí estaba el macuto que en su interior guardaba las dos bolsas herm é ticas de los dos ritos señ aladas como:

Gaur – Serie 1

Argi – Serie 2

Sac ó la segunda y abrió el cierre herm é tico y, como si fuera un enólogo, se la acercó a su nariz.

El olor que notaba era dulce, madera, resina, era olor a metamorfosis, era olor necesario para un bien mayor.

En las palmas de las manos podía notar que esas cenizas seguían tibias, creyó incluso que latían.

Cerr ó de nuevo la bolsa y murmuró mientras la guardaba en el macuto:

— Iluna ez da amaiera. Hasiera baizik. (La oscuridad no es el final. Solo el comienzo).

La oscuridad era la única medida exacta del tiempo que ahora entendía. Conocía la secuencia y en su mente estaba preparando el siguiente paso:

Cuarto creciente. Luna llena. Cuarto menguante. Luna nueva.

Arrancó sin luces, para no levantar más sospechas, y puso rumbo a Roncesvalles, tenía que dejar a buen recaudo todo: el códice y la tablilla.

Con las cenizas todavía quedaba un trabajo más importante, transformarlos en las piedras de luz.

Pero ese proceso lo tenía que terminar en el laboratorio, con tiempo y calma.

El amanecer se filtraba entre las grietas de la casa.

Claire despert ó de golpe, como si alguien la hubiera empujado de un sueño sin fondo.

La cabeza le pesaba y sentía que el aire era denso y claustrofóbico.

La oscuridad no era total, pero el silencio sí .

Intent ó mover los brazos. La piel le dolía donde las bridas se hundían abriendo unas marcas de abrasión en las muñecas que no ofrecían ninguna posibilidad de hacer nada.

La boca la sentía seca y la lengua le sabía a hierro.

Por un instante pensó que seguía dentro del sueño, o peor, una pesadilla, que la sombra que vio en el bosque era solo una alucinación.

Pero entonces oyó los pasos arriba, en el techo, eran reales.

En el suelo estaba esparcido el contenido que llevaba en el bolso, o parte de él.

El cuerpo reaccionó antes que el pensamiento.

Giró la mu ñ eca, tante ó la superficie y encontró el bolí grafo ultravioleta.

Lo encendi ó y el haz azul rebotó en la pared, mostrando un mapa de Navarra, fotografías del códice, dibujos de lo que parecían rituales extraños…

la linterna dejó de funcionar, la batería se habí a terminado.

Volvi ó a escuchar ruido arriba, y empezó a sentir un miedo que prácticamente le paralizaba el cuerpo.