Interludio II. — Claire de la Rochelle #2
Se subi ó la capucha. La fina lluvia le resbalaba por el abrigo.
El lugar estaba casi vacío. Los peregrinos ya dormían y en los caseríos solo se veía alguna luz de las cocinas o habitaciones.
Los pocos caminantes que pasaban lo hacían con un paso firme y rápido, llevando las mochilas cubiertas con una lona y con la vista en el camino.
La fuente era como la recordaba haber visto en Internet: un caño viejo de latón, algo de musgo, y el chorro de agua constante.
Apoyó la mano en la piedra, húmeda y fría, parecí a que en su interior estuviera viva.
Puso la lupa UV: nada visible, solo trozos de mineral trabajado.
Alrededor, peque ñas piedras alineadas en el suelo; se fijó en que una de ellas tenía un surco curvo.
No parecía una letra, sino algo distinto, como una curva sencilla, y anotó:
» Posible marca de cantero o cifra pastoral».
En los últimos meses había perfeccionado su metodología para recabar información. Se había vuelto más f é rtil, productiva y profesional en la labor de la investigación de campo.
Continu ó por el sendero sin pensar demasiado, como si algo más, una voluntad ajena o un hilo invisible la guiara entre la lluvia y el barro.
Estaba absorta e inquieta. En el claro la hierba aparecía aplastada, reciente, como si los pasos de alguien hubieran huido hace apenas unos minutos.
Cuatro piedras formaban un semicírculo irregular, abiertas hacia el bosque.
Se agachó y pasó la luz ultravioleta por el suelo, pero no halló nada perceptible.
Hacía unos minutos que había dejado el sendero que iba en paralelo por la carretera y el nuevo trazado era más estrecho y embarrado, una zona poco transitada. El txirimiri seguía constante, que parecía mezclarse con la niebla.
Continu ó varios metros más y la vegetación empezaba a pasar de helechos y matorrales a algún robledal y hayedos.
Apenas había luz de luna, era cuarto creciente. La sensación en su cuerpo cambió a un estado de alerta, el paraje se estaba volviendo más tenebroso con cada paso que daba. Pero tenía que continuar para terminar de comprobar lo que le faltaba.
El alzado rocoso quedaba unos metros más arriba, oculto entre sombras y maleza. Subir con lluvia era una mala idea, y tampoco tenía las botas de montaña, pero esa curiosidad que corría por sus venas podía más que la prudencia que la alertaba.
Guard ó la linterna y la lupa en el bolso, se aferró a una hendidura en la roca y comenzó a trepar.
Dos tramos. Respir ó. Otros dos. En la cima, notó el venir del viento.
Hasta ahora había estado en calma, como si la esperara, con un sonido lejano, como si fuera un llanto y con un olor… un olor a humo.
Pero no el olor a humo de chimenea, de madera cálida, de hogar: este era distinto, espeso, con un matiz a producto químico tal vez, como una resina quemada y mezclada con algú n tipo de acelerante.
Miró hacia el norte. En una depresión del terreno, entre los árboles, parecía brillar una luz. No eran llamas, sino un foco; un haz dirigido hacia un círculo de piedras ennegrecidas. Allí hab ía habido fuego. Su corazón empezó a marcar el compás del peligro.
«Solo un minuto» , se dijo, pero la impaciencia seguía su curso.
—Solo mirar qu é está pasando.
Se agachó , avanz ó sin hacer uso de la linterna, dejando que sus sentidos la guiaran. El foco parecía que se moví a al comp ás de una mano invisible. Alcanzó unos metros más y sintió el olor más cercano, y fue cuando vio toda la escena:
Una lona extendida en el suelo, restos de ramas y algún tronco, un macuto y una bolsa de rafia.
Aunque lo más inquietante lo descubrió cuando miró un poco más a la derecha, unas piedras en el suelo acotando lo que había sido un perímetro de fuego. Y de la oscuridad salió una silueta que estaba agachada echando en una bolsa las cenizas del interior de la hoguera.
Cerr ó la bolsa y se acercó a la mochila donde la depositó.
En su mano llevaba lo que parecían un par de troncos, pero en la distancia en la que se encontraba Claire no podía distinguir bien lo que veía.
La figura ocultaba su rostro con un chubasquero oscuro con una capucha y no se podía ver con claridad.
Aquel extraño había cogido el foco de luz y volvió a buscar en la hoguera algo má s.
Revolvi ó entre las cenizas y se agachó a coger algo.
Fue entonces cuando el haz amarillo reflejó lo que tenía entre las manos, una calavera, que la levantó a modo de ofrenda a la luna.
La voz del misterioso hombre resonó clara, con una entonació n casi lit úrgica.
Ella contuvo la respiración. Era imposible no pensar en el códice.
En las palabras que había traducido apenas unos dí as antes.
La figura se inclin ó, murmuró algo. Un sonido áspero, antiguo, que se le clavó en la mente.
Claire reconoció fragmentos de una lengua muerta.
—No puede ser… —susurró, incr é dula.
Las palabras se volvieron a repetir:
— Gaueko onartu argi-harri hau !
Claire sinti ó un escalofrío que le bajaba por la espalda y le llegaba hasta los pies. Empezaba a sentir miedo. El primer impulso fue gritar, pero la razón y la curiosidad la detuvieron. Creyó entender esas palabras, al menos alguna de ellas.
« Gaueko. Argi. Harri ». Gaueko. Luz. Piedra.
El significado la golpeó con violencia y fue cuando entendió que lo que habría dentro de la bolsa de rafia no era madera, eran huesos.
Y si aquello era cierto… las cenizas no eran un simple residuo, eran la parte necesaria, los restos de un sacrificio.
El encapuchado estaba recreando los rituales del manuscrito.
Los mismos que, según las leyendas, despertaban al Señor de la Noche.
A Gaueko.
Un sonido escapó de su garganta, d é bil, involuntario. La figura se detuvo y el potente foco deslumbró a Claire.
—Pero tú —dijo, con relativa sorpresa—. ¿Cómo te atreves a irrumpir aquí ?
La voz era firme. Segura. Una voz que Claire conocía.
Tanto, que el eco de su timbre pareció abrirle una herida en la memoria.
Su pie resbaló y el móvil que sujetaba cayó entre la hierba.
Intentó recuperarse, pero el suelo cedió bajo su peso y su cuerpo rodó hasta el borde del claro.
La sombra llegó a ella rápidamente. Claire quiso gritar, pero el aire no llegó a tiempo.
Una tela húmeda le cubrió la boca, un olor dulce, químico, y el mundo empezó a plegarse a medida que su cuerpo tambi é n lo hacía hacia el suelo.
Lo justo alcanzó a pensar en Itziar, pero no lo dijo.
Estaba desconcertada. Su vista cada vez má s pesada, cada vez m ás borrosa.
Eran segundos de incertidumbre en los que solo llegó a ver en una piedra central que tenía escrita la palabra argi —luz—, y la mano que sostenía el paño.
Un segundo antes de la inconsciencia creyó escuchar un murmullo: gaur , a gur o tal vez Gaueko, o todo a la vez.
Y la oscuridad se cerró sobre ella.
Cuando recobró la conciencia, Claire no supo si el tiempo había pasado o si simplemente la habían apartado de é l.
La oscuridad era casi total. El aire olía a cerrado y a compuestos químicos, a laboratorio. Intentó mover las muñecas sin é xito, estaba maniatada con bridas y papel film. No había ninguna holgura. El sedante aún le robaba coordinación, pero la mente empezaba a recomponerse:
« Leyre. Las copias. Roncesvalles. La voz esa. El olor». Palabras que recorrían su cabeza sin llegar a ningú n sentido.
Arriba, una puerta crujió y se escucharon unos pasos lentos.
Despu é s, el chirrido metálico de una bisagra.
La silueta entró con la calma de quien no teme ser descubierta.
Llevaba guantes, el rostro cubierto por una capucha con una gorra con la visera ligeramente inclinada hacía la cara y un foco de luz que impedía que Claire visualizara el rostro de su captor.
No había prisa en sus gestos, solo había seguridad y certeza.
Colocó una silla frente a ella y se sentó dirigiendo la luz de la linterna a la faz de la capturada.
Entre ambos, el aire tenía el peso de un inminente juicio con sentencia firme.
—Vas a escribir —dijo—. Has estropeado todo, y ahora todo tiene que adaptarse.
Claire trat ó de enfocar la voz, de atar esa cadencia a un recuerdo. No pudo. Todavía se sentía narcotizada. Apagada. Y la luz en su cara no ayudaba. El encapuchado colocó una hoja sobre su regazo, doblada con precisión. Claire no colaboraba. Pero lo harí a.
Se levantó y fue hasta una alacena, de la cual extrajo una jeringuilla y un frasco. Con precisión clínica llenó la jeringa apenas unos milí metros.
—Con esto bastará —murmuró.
Se acercó y le inyectó el l íquido en la yugular. Esperó. El efecto fue casi inmediato.
La inyección actuaría como un control sobre ella.
Le coloc ó un bolígrafo en la mano inmóvil y guio sus dedos.
—Tu letra será la prueba.
La mano se movi ó despacio, obedeciendo una voluntad ajena. Era un dictado guiado por un alma oscura, con la capacidad de engendrar confusión y tinieblas a trav é s de las letras.
Las palabras fueron apareciendo en la página:
» El texto guarda algo más que palabras escritas.
Hay un lenguaje oculto entre lí neas.
La noche es para los de la noche,
y el día para los del dí a.
Cuídese, doctora.
Nuestros caminos ahora se separan por un bien mayor».
Despu é s, el extraño presionó la punta del bol ígrafo contra su propio dedo. Una gota de sangre cayó sobre la tinta.
Añadió otra línea:
Claire de la Rochelle.
Su firma. Perfecta. Irrefutable.
Dobló la carta y escribió en el reverso:
« Para la doctora Mendí vil».
Gauekoaren Legea
La ley de los de la noche.
Claire lloró sin sonido, entendiendo lo que acababa de ser un preámbulo de una historia má s corta.
—Solo estás desapareciendo —susurró el encapuchado.
Guard ó la hoja en una carpeta de archivo. Luego cubrió sus hombros con una sábana gris, la sujetó con correas de nailon y se levantó.
—Tú ya has ayudado bastante.