Interludio II. — Claire de la Rochelle
Interludio II .
Claire de la Rochelle
Su juventud risue ña encandilaba a los hermanos juramentados porque cuando no estaba estudiando o investigando fuera ayudaba en las tareas de la cocina o donde fuera menester.
Gabriel la había cogido aprecio, incluso Martín, que siempre había sido más introvertido en las relaciones interpersonales, se sentía como un guardián de la joven.
El rigor y trabajo eran parte y virtud junto al silencio que se respiraba en el archivo donde Claire solía pasar la mayor parte del tiempo.
Mart í n hab ía dispuesto una mesa de trabajo junto a la suya para que la francesa estuviera má s c ómoda.
Ese escritorio era un poquito más grande que el estandarizado.
Era casi una reliquia, una copia antigua similar a la de los antiguos escribas que el laico, como afición, había construido.
Estaba hecho de madera vieja, con bajorrelieves tallados.
Encima de ella siempre estaban las copias de los documentos con los que Claire solía trabajar.
La luminosidad que entraba a esa zona apenas era suficiente y unas lámparas de luz cálida terminaban de ayudar.
El olor en el interior era una amalgama de cera de velas, incienso y papel viejo.
En esa zona los pergaminos, manuscritos e incunables estaban protegidos por una verja de hierro forjado.
Mart ín a veces comentaba con ella las interpretaciones que hacían de las traducciones, en la mayoría estaban de acuerdo y en otras Claire siempre aportaba, con justificación, otra creencia distinta.
En otras ocasiones observaba la destreza en los trazos de sus dibujos recreando los capiteles en fotografí as, o algo m ás sencillo, como las marcas de los canteros, espirales, esvá sticas, s ímbolos sacados de otros libros, de otras culturas, de la mitología, que creía que podrían guardar relació n entre s í; se llegó a interesar incluso por un dibujo de cuatro palas, una variante primitiva del lauburu, má s rudimentaria, m ás pagana: una cr ux spiralata , un s ímbolo que le quitaba el sueño y que había recogido en distintas localizaciones incluso desde sus inicios en Francia.
Prácticamente ese símbolo le había hecho emprender este camino cuando entendió que podía tener relación con el manuscrito de Irulegi.
Esa mañana, la última del calendario que marcaba mayo, llegó a la biblioteca mucho más animada que de costumbre. Tenía una corazonada.
Había traducido y relacionado, de los textos que tení a del c ódice y la tablilla, una serie de palabras que afirmaba que guardaban relación porque eran parte esencial de un antiguo ritual oculto en el manuscrito, y que las creencias del antiguo pueblo vascón relacionaban con la deidad oscura de Gaueko siendo una puerta a las sombras.
Sentada frente a esas anotaciones fue leyendo una a una cada palabra: Gaur , hoy; Ilun , oscuro; Atea , puerta; Itzulera , retorno; Argi , luz; Hasier , inicio; Isil , silencio.
« Siete palabras, siete lugares», afirm ó .
Ech ó un ojo al mapa de Navarra buscando presuntas localizaciones a las que el manuscrito podría referirse y en los antiguos asentamientos de la zona para correlacionarlos: Aralar, Artajona, Andelos, Roncesvalles, Iturrisa, Santacara, Eunate, Monreal, Uju é , Irulegi o Zugarramurdi.
En algunos lugares ya había estado en busca de señales en las piedras o sus yacimientos, o porque creía en su carga simbó lica a trav é s de los siglos. A otros tenía todaví a que ir.
Repas ó las notas de las espirales y de otros dibujos cuando vio al lado de un lauburu, uno distinto a los acostumbrados, una anotación escrita en lápiz, probablemente de Martín, y recordó el sentido ancestral del lauburu como simbolog ía de los ciclos solares:
« Orden solar inverso. Oeste a este. Siendo el centro donde estaba la mano protegiendo el códice».
Claire rode ó con el bolígrafo las palabras « Oeste a este ».
—Si esto puede ser plausible entonces… —se convenció a sí misma.
Dibujó en una hoja el perímetro de Navarra, señaló los puntos geográficos de las localizaciones siguiendo un orden antisolar: oeste - norte - sur - este y agrupando esos lugares.
Trazó un espiral estrellada que partía desde el centro y unía cada punto.
Parecí a un itinerario, un patr ón, un camino que llevaba al ritual.
Un antiguo circuito que unía a los pueblos con sus santuarios.
El corazón le empezó a latir con más fuerza, una alegría comenzaba a subir por su vientre.
Pens ó en voz baja mientras la emoción se iba haciendo cada vez más presente:
—Primero muere el oeste… y al final renace el este. Antisolar. Antivida para volver a nacer. Lauburu, ciclo solar.
Había hablado con Itziar unas horas antes, prometi é ndole que la llamaría en cuanto tuviera una pista sólida.
Y estaba convencida de que así era porque había encontrado una relación completamente plausible para la interpretación del manuscrito y la tablilla.
Cogió el tel é fono de su bolsillo y salió al claustro interior.
Not ó en la piel la humedad del ambiente provocada por la niebla que empezaba a disiparse para abrir paso a la claridad del dí a.
Marc ó el n úmero de la agenda y esperó varios tonos hasta que descolgaron:
— Bonjour , doctora. Soy yo —dijo Claire con cortesí a.
—¿ Claire? ¡ Qu é grata sorpresa! ¿Ya estás en Pamplona? —respondió Itziar con voz cansada, desgastada por el peso de su cargo.
—Escuche, Itziar… He descubierto algo que será decisivo para nuestra investigación. Pero necesito verificar un detalle en un sitio… y entonces le dir é dónde es, para que lo compruebe tambi é n y me dé su opinión.
La llamada se cortó. Claire no se dio cuenta y siguió hablando:
—Creo que hay una secuencia. Tengo que comprobar que Roncesvalles no es un punto más y es el norte del ciclo.
He encontrado señales marginales en las copias: marcas que coinciden con peregrinajes previos al camino canonizado.
He hallado alusiones en diferentes textos y cotejado con las grabaciones en las piedras y los capiteles de algunos canteros y las marcas que guardan semejanza con un antiguo lauburu.
Lo llaman «la cruz que gira en el paso del viento».
Es lo que conocemos como crux spiralata, asociada a noches sin luna y a las vigilias en el fuego.
Hizo una pausa para tomar aire, eufórica por el hallazgo.
—¿Doctora? —preguntó.
Entonces comprendió que la llamada se había cortado, aunque no supo en qu é momento. Volvi ó a marcar el número, pero sin é xito. No le dio más importancia: volvería a llamarla, pensó, cuando tuviera mejores noticias.
Dejó el m óvil boca abajo y se quedó mirando la palabra gaur escrita a lápiz: hoy.
Y hoy era el día. La alegrí a le invad ía el cuerpo. Se acordó de unas copias sobre unas fotografías que Martín le había comentado sobre unas estelas discoideas que había cerca de Roncesvalles y que por curiosidad le aconsejaba visitar.
Cruz ó parte de la galer ía hasta el archivador donde estaban guardadas.
Abri ó la carpeta y observó unas anotaciones de é l, parecían unas listas de topónimos menores: iturri beltza (fuente negra), sugearen harri (piedra de la serpiente), artzain zubi (puente del pastor).
Dos veces aparecía Orreaga, con anotaciones en el margen escritas por el laico sobre la importancia de Roncesvalles.
Cerr ó la carpeta, guard ó de nuevo el archivador en su lugar y al girarse vio a Martín cruzando el umbral en silencio, con un manojo de papeles dirigi é ndose al scriptorium .
Le bast ó un gesto con la barbilla para saludarla.
Dejó el legajo sobre otra mesa y desapareció, llamado por un monje joven.
Claire guardó en su bolso el cuaderno y la carpeta y reunió lo imprescindible: el mapa con alfileres, tres copias, la lupa UV, la linterna y el móvil reci é n cargado. Dej ó una nota breve para Gabriel encima del escritorio de Martí n:
«Salgo un momento, necesito ver para descartar un par de lugares y vuelvo antes de la cena».
Nada más salir hacia el parking enseguida notó que la humedad seguí a. Arranc ó sin m ás dilación el coche y encendió la calefacci ón interior para templarlo.
La ruta que tomó la llevó por una carretera secundaria hacia el norte con el paisaje prepirenaico de pinos verdes y robles, serpenteado con curvas a veces tan cerradas que tenía que reducir hasta la segunda velocidad para continuar.
Claire condujo sin música, con la mirada fija en un punto que solo ella podía ver.
Su pensamiento proyectado hacia un lugar donde esperaba una revelación.
La lluvia la alcanzó al llegar a Burguete.
La niebla parecía haber seguido la misma senda que ella, aunque ahora se apreciaba mucho más densa, dejando una visión más estrecha del negro asfalto.
Entró en Roncesvalles con la boca seca y un vago recuerdo de su última comida: un caf é con leche y un trozo de bizcocho que le trajo Martín a la mañana.
Desde entonces no habí a comido nada. No ten ía tiempo para ello.
La prioridad era la verdad, y esa verdad era el suficiente sustento para continuar.
Aparc ó junto al frontón y apagó el motor. La oscuridad estaba poniendo fin al dí a.
Sac ó la libreta y revisó sus notas y los apuntes que creyó oportuno:
«Fuente antigua al borde del bosque ( iturri )».
«Claro con piedras bajas (estelas discoideas)».
«Alzadizo de roca al noroeste “ desde aquí se oye el viento”».