El Códice de Gaueko Capítulo VII. — Irulegi #2
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Capítulo VII. — Irulegi #2

El silencio se convirtió en una cuerda demasiado tensa.

Jon hizo un gesto de fastidio que no iba contra Martín, sino contra el vacío de explicaciones en el que estaban.

El detective llevaba tiempo pasando « una mala racha ».

Las pesadillas por la p é rdida de sus padres y el insomnio habían vuelto a raíz de un último caso.

El de una mujer que huyó de su hogar con su hijo y Jon los encontró muertos en un coche.

Ella habría provocado el accidente muriendo en el acto ambos.

Jon, tiempo más tarde, se enteró del maltrato dom é stico que vivían y que pese a que pidió ayuda las autoridades no podían hacer nada.

Eso fue el desencadenante para la decadencia del detective.

—Entonces, hasta mañana pues —zanjó la cita Mart ín mientras cerraba la puerta.

La lluvia seguía cayendo fina, fría y constante. Jon llegó a la habitación del hotel y mientras el agua caliente de la ducha llegaba puso encima de su cama todos los papeles que llevaba en la satchel.

Salió de la ducha con el á nimo m ás templado. Un vaso de vino y un cigarrillo ocupaban sus manos mientras observaba a trav é s de la ventana por las calles adyacentes que su vista le permitía alcanzar.

En el reflejo del espejo, su cuerpo desnudo todavía parecía mucho má s raqu ítico.

Aunque vestido con esas ropas más anchas se disimulaba bastante.

En el último medio año había perdido cerca de veinte kilos.

Se había descuidado bastante en la alimentación.

Se alimentaba a base de caf é s y la mayoría de las veces cenaba cualquier cosa que encontrara en un bote de la despensa o en alguna web de comida a domicilio.

Esa noche el apetito tampoco le vino. Se recostó en la acolchada cama junto con una exposición de cojines que se puso detrás y se sirvió una copa más de vino y otra ración más de nicotina que se llevó a la boca.

Encendió la tablet para buscar más información sobre mitología vascona, y el aparato le recordó que era 3 de junio, hacía veintidós años de su graduación en la universidad.

Cerró los ojos durante un segundo para pensar mejor, pero cometió el error de dejarlos cerrados un segundo más de lo prudente y Morfeo llegó sin preá mbulos.

Mart ín llegó a Leyre casi una hora más tarde, necesitaba reflexionar, necesitaba silencio y soledad, y la celda del monasterio era algo más que su dormitorio, era su refugio, un lugar donde tener calmada la fiera que a veces rugía en su interior, con una necesidad imperiosa de salir y ser libre.

Desde su niñez siempre se había estado peleando con otros niños o defendiendo a otros.

Se sentía como un h é roe cuando podía hacer eso, aunque casi siempre terminaba con más conflictos de los que resolvía.

Pero llevaba tiempo siendo consciente de que en su interior había una semilla que crecía y le alejaba de la fe y de la espiritualidad que con el prior Gabriel tení a.

Abri ó la puerta de su celda que estaba como la había dejado: la cama estrecha perfectamente hecha con la sábana estirada y una manta marrón doblada encima a la altura de los pies, y encima del escritorio copias del códice, apuntes y traducciones del mismo con su punto de vista en la interpretación de los textos.

La luz de la luna entraba por la pequeña ventana de la habitación con menos intensidad esa noche, muy distinta a lo que ocurría en las mañanas, que debido a la orientación que había, la luminosidad que el sol reflejaba en el interior parecí a celestial.

Sac ó un mapa de Navarra que mediante con unas chinchetas fijó en el armario de madera.

Escribió en un post it la palabra gaur que clavó con una tachuela con el cabezal rojo en San Miguel de Aralar.

Como cultivado en la fe, conocía perfectamente el poder del Verbo.

Las palabras en todas las culturas e ideologías son el motor, la fuerza más poderosa que tiene en su haber la humanidad desde que el mundo es mundo.

Creadora de batallas, de conflictos o de grandes guerras, instigadora de fanatismo, de odio y de opresión; pero, sobre todo, tambi é n con la autonomía y capacidad de sacar lo mejor de nosotros mismos.

Una tachuela con el cabezal blanco fue la que quedó sujetando una nota con la palabra origen en la localización de Irulegi. El resto de los supuesto se irían añadiendo en el mapa a medida que tuvieran la certeza de que habría una conexión. La siguiente visita serí a Roncesvalles.

La noche en el museo tambi é n hab ía llegado cuando la doctora Mendívil salía por las puertas pensando en calentar la crema de calabacín que estaba en un tupper lista para cenar.

Caminando de vuelta a su casa vio su reflejo en un cristal de un escaparate: se notaba más baja, como si la presión y la responsabilidad del puesto le hubieran reducido la altura.

Se miró más detenidamente y tanto las canas como las ojeras no le hacían justicia para la edad que realmente tenía.

Un flash le hizo retroceder a sus años como reci é n licenciada, joven e impetuosa con ganas de conocer y de descubrir a base de brochazos la historia enterrada.

Otro pensamiento, mucho más reciente, lo relacionó con Claire ¿Por qu é se acordaba de ella ahora?

La culpa, la confianza depositada y rota, se sentía mucho más vulnerable.

Todaví a no se hab ía recuperado del divorcio y otra persona más la habí a traicionado.

Siguió caminando por el empedrado húmedo de la calzada intentando poner quietud al pensamiento.

Claire, con esa mirada de inocencia, y esa primera sonrisa que le soltó cuando se acercó a Itziar para que le firmara en el tríptico del congreso donde habían coincidido.

Ese comienzo de relación que ahora lamentaba.

Pero no solo era culpa, la vergüenza tambi é n estaba presente por haber sido negligente depositando el hallazgo más importante de su carrera en ella y la sentencia en la que no cabía lugar a duda sobre la autoría de la nota con la letra.

Abrió el portal del bloque de pisos donde vivía con la mayor de las tristezas, y con el único consuelo de que encontraran a Claire y el códice.

A unos pocos cientos de metros, unos gritos, al parecer de una pelea entre jóvenes, despertaron de golpe a Jon.

Miró la pantalla del tel é fono y ya había cambiado el día, aunque la hora era más que prudencial para cerrar la persiana, obviar el tumulto de la noche e intentar conciliar el sueño de nuevo.

Seguía cansado, pero un repentino apetito le recordó que apenas hab ía comido el dí a anterior.

Pens ó en vestirse y bajar a la calle, pero no lo hizo.

Calmó su ansiedad con un vaso de agua y unas galletas de mantequilla que tenía por encima de la mesa.

Cogió un folio en blanco y empezó a escribir preguntas para las que no tenía respuesta, con la autopromesa de que las encontraría:

« Si fue Claire la autora del robo, ¿ qu é motivación le llevó a perpetrarlo? ¿Recibió algún tipo de ayuda interna?».

— Tendr ía que tenerla para conocer por dónde entrar o salir, disposición de las cámaras de seguridad —murmuraba como si tuviera a un compañero que asintiera en esa exposición.

—Sigue estando desaparecida, ¿Ha abandonado el paí s?

En su mente las incógnitas se disparaban.

Hasta lo que é l podí a conocer de la chica, no cre ía que tuviera ningún motivo para desaparecer ni para robar el manuscrito.

El dinero en la vida de Claire no era un problema, en su estatus acad é mico era valorada, y como amante del arte y de la cultura entendía que la historia se comparte, no se guarda para uno mismo.

Lo único que le quedaba por valorar era si de haberlo hecho habría sido obligada o incluso promovida por algún tipo de fanatismo religioso.

El detective tenía claro que encontraría esas respuestas, al códice y, por supuesto, a Claire.

Dejó el bolígrafo encima de la hoja y volvió a la cama buscando algo más de descanso, ya que a las siete estarían en carretera hacia Roncesvalles.

La noche terminó llegando a partes iguales tanto en la ciudad como en la abadía y en el museo: todos los lugares parecían haberse puesto de acuerdo para guardar silencio. Parecía necesario crear la más profunda de las calmas antes del advenimiento de la tormenta que estaría por llegar.