El Códice de Gaueko Capítulo VII. — Irulegi
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Capítulo VII. — Irulegi

Cap í tulo VII .

Irulegi

Aparcaron el coche en un parking de piedras que parecía llevar hecho un par de semanas. Martí n solt ó el cintur ó n, se frot ó las palmas soplando aire caliente para hacer circular la sangre.

—En poco más de una hora estaremos arriba —dijo señalando el camino—. Hay otro camino cruzando el pueblo de Laquidáin, pero las cadenas impiden el acceso. Es zona protegida y se necesita permiso del gobierno para acceder con un vehículo de motor y las llaves.

— Si la ruta de Claire ten í a sentido —dijo Jon, como si necesitara oírlo para convencerse—, aquí debería haber algo.

En los primeros quinientos metros de pronunciada subida el viento apenas se sentía, era algo ligero, que traía olor a pino fresco y a tierra mojada por la lluvia de la noche.

Cuando el asfalto terminó y el camino de tierra y piedra empezó, la sensación t é rmica tambi é n hizo acuse de recibo.

Martín subía con una ligereza que no tenía nada que enviar a un sherpa nepalí, y que a Jon le dificultaba el ritmo.

El camino seguía ganando grados y estrechándose en el trazo.

Giraron a la derecha cuando llegaron a una pequeña explanada en la que Jon pensó que era el fin, o al menos su fin.

Su corazó n lat ía rápido y la espada la tenía sudada.

—Por aquí son unos cientos de metros de subida más antes de llegar a la excavación — indic ó el laico.

El único consuelo que el detective encontraba era las vistas que el paisaje le iba regalando, y la idea de encontrar pistas sólidas sobre Claire.

El viento empezó a rugir con más fiereza, de cara hacía ellos.

Parecía como si la naturaleza les mordiera señalándoles advertencias.

Al » sherpa » no parecí a importarle, continuaba.

El camino volvió a cambiar, dejando por sendero una ligera trialera que sería gozo de cabras y algún ciclista de montaña. Despu é s de unos cuantos pinos más, una bajada hacia la explanada donde se llegaba a la excavación.

Jon aprovechó para recuperar el aliento y se encendió un pitillo mientras pensaba en que el castillo, o lo que quedaba de él, le acababa de defraudar.

Creía que vería un castillo entero, má s se ñorial, de los acostumbrados a los que tenía en su región o en la zona del Valle del Loira, más cercanos a su residencia.

—Pues aquí arriba lo tienes, Jon — solt ó Mart ín con orgullo patrio—, donde ha empezado esta historia —añadió mientras pasaba la yema de los dedos por la fría y rugosa piedra de aquel oppidum, era piel contra mineral, sin ninguna proyección mística o de ritual, solo el espíritu sintiendo.

Jon observ ó la escena con recelo, como si tocar fuese conceder algo.

La fe ahora mismo no estaba presente en él, solo había hueco para la duda y lo que la humanidad deja a su paso por cada lugar donde se pisa.

En la universidad le enseñaron un principio básico de la investigación, mientras se observa una escena hay que saber qué se han llevado de ella y qué han podido dejar.

—Estas piedras guardan sustratos de historia, apiladas una encima de otras. Para los vascones, esto marcaba un lí mite — continu ó Mart ín con la clase de arqueologí a e historia —. No cualquier frontera: una línea de control. Que la luz no cayera más de lo debido, el equilibrio.

— Mitolog ía —murmuró Jon.

—Es historia — corrigi ó Mart ín mientras seguía acariciando el muro—.

Son creencias de la é poca que con el tiempo se convierten en la fe.

Al final en las culturas primitivas es lo mismo, el desconocimiento primero que trae con ello el miedo y la superstición, y con ellas llegan las creencias y, por supuesto, la fe.

El viento trajo consigo a lo alto de la colina un manto gris y negro de nubes, que con alguna ráfaga desprendía gotas amenazantes de tormenta.

Bajaron de la explanada e intentaron abrir la puerta del torreón sur que estaba cerrada.

—Ahora mismo las únicas visitas que llegan aquí arriba son la de estudiantes con el colegio, algún aventurado senderista y curiosos con ganas de conocimiento — anunci ó Mart ín.

Jon lo mir ó con cierto recelo, pensaba que en vez de tanta charla sobre historia o fe, podría estar buscando alguna marca o pista.

Creyó ver algo brillar en el suelo, y se agachó para comprobarlo.

» Solo un trozo de cristal». Bordearon toda la construcción y cuando accedieron a la parte superior, Jon tomó una escalera metálica al lado del aljibe para subir a la parte más alta, a la Torre del Homenaje pentagonal en proa.

Solo por curiosidad y para ver las vistas de aquella montaña.

En ese momento entendió la grandeza del lugar, y el motivo para tal relevante fortaleza.

En una ladera del castillo, separado a unos metros seguían las cuadrículas de la excavació n. Jon pens ó que esa exposición deliberada sería para mostrar a los estudiantes, puesto que la excavación estaba concluida desde hacía dos añ os.

Bajó al Patio de Armas donde su compañero le esperada sentando en un lateral del muro, con la mirada perdida hacia el horizonte.

Sac ó de su mochila el mapa de Claire, doblado tantas veces que parecía una carta vieja, y lo extendió sobre el muro que hacía la labor tanto de mesa como de asiento, apoyó el m óvil en uno de los extremos para que el viento no se lo llevara y observándolo dijo:

—Si este es el centro donde todo comenzó seg ú n cre ía ella, y damos por cierto que estamos buscando un camino, un mapa, un algo que relacione todo —comentó sin actitud ganadora—.

En Aralar encontramos una primera pista.

— Traz ó un punto en el mapa lanzando un línea que conectaba con Irulegi—.

Tenemos que seguir descartando el resto de lugares y añadir a este mapa los que nos den relativa certeza.

Así averiguaremos dónde está Claire y el códice.

Una gota cayó en el punto donde estaba marcado Irulegi.

—Aquí no hay ningún rastro — continu ó hablando—. Al menos en los alrededores de este castro. No hay nada que indique que ha habido un ritual o algo similar o lo que hemos visto en Irulegi.

Mart ín no respondió. Se apartó del monumento y siguió la l ínea de un sendero apenas insinuado entre matojos, buscando algo que estuviera fuera de lugar: como alguna ramita cortada a cuchillo en lugar de rota, la tierra apisonada en un tramo donde nadie se detendría, buscando restos de hoguera tal vez. Pero no encontró nada.

Jon le insisti ó en marcharse, las gotas empezaban a ser frecuentes, se sentía desamparado y perdido ahí arriba, con frío y sin nada con lo que protegerse.

Volvieron al coche sin mirar atrás por el sendero de vuelta, al que se accede por Laquidáin, A Jon ese tramo le pareció mucho más corto y llevadero que por donde habían subido, el ritmo que llevaba en la bajada era mayor que el de su compañero.

Cuando pasaron el pueblo y accedieron de nuevo a la carretera, la montaña parecía protegerles del aire, pero no de la lluvia que empezó a cambiar el color del asfalto por un tono más oscuro y mojado.

En pocos minutos más, lo que parecía una ligera tormenta se fue convirtiendo en casi un temporal.

La ladera de la montaña ahora no parecía brindar ese escudo, y el viento les terminaba de arrancar las pocas esperanzas de llegar con alguna parte seca al parking .

Echaron a correr los últimos doscientos o trescientos metros hacia el coche. El portento físico llegó varios segundos antes que Jon. Ambos completamente empapados y con los pies llenos de barro del parking .

En el interior, la calefacción al máximo, pero apenas podían pronunciar palabra, al menos el detective no lo intentó.

—¡Mañana iremos a Roncesvalles! — exclam ó Mart ín con determinació n absoluta.

Condujeron hacia Pamplona con el cielo escupiendo un torrencial.

La solitaria carretera de vuelta parecía devolver a la cuneta más agua que la que le entraba.

El silencio compartido fue agradecido por ambos, Martín empezaba a volver a cargar una losa en su espalda, que aceptó sin rechistar pero que sería su propia lápida; Jon empezaba a sentirse con relativa frustración, los casos en los que estaba acostumbrado a trabajar siempre partían de mucha más información que la que disponía de este, sin contar con la rareza del asunto del códice.

Sarriguren apareció enseguida, y en unos kiló metros m ás entraron a Pamplona, donde la lluvia se hizo más fina, como si la ciudad la desinflara.

Jon aparcó junto al coche de Martín, al lado del hotel.

Se quedaron unos segundos en el interior, el frío estaba con ellos como un compañ ero m ás de viaje.

—Mañana iremos a Roncesvalles —dijo el detective sin girarse—. Temprano, a primera hora.

Mart ín abrió la puerta y el agua le golpeó las zapatillas. No le importaba madrugar, estaba acostumbrado a ello. Asintió con la cabeza, una vez.

—Y encontraremos a Claire —añadió Jon.

Mart ín bajó la mirada. Sabía que Jon necesitaba encontrarla más que las respuestas que la habrían llevado a desaparecer, pero é l necesitaba otra cosa, un sentimiento de justicia.

Tení a un p álpito y no solía equivocarse en ese tipo de corazonadas.

No confiaba en encontrar a Claire ni al códice juntos.

Tampoco quería decir nada que pudiera lamentar despu é s.

El laico conocía que su virtud no era el tacto a la hora de expresarse.

Muchas veces era más rudo y directo cuando se sentía molesto con alguna situación, y eso le había acarreado más de un malentendido tanto con sus hermanos juramentados en Leyre como con algunos de sus colegas profesores de la universidad donde tambi é n daba clase.

—Jon, creo que lo que seguimos —dijo al fin— no empezó con Claire, es anterior. Ella se ha visto envuelta en un ciclón que todavía no comprendemos dónde se ha originado.