El Códice de Gaueko Interludio I. — Gauekoaren Legea
29%

Interludio I. — Gauekoaren Legea

Interludio I .

Gauekoaren Legea

El viento, protegido por el manto de una oscuridad casi absoluta, pelea como un maestro espadachín que con las hojas frías y cortantes hace mella en los propios huesos de quien se atreve a adentrarse en la tierra húmeda que la niebla baja empapa en San Miguel de Aralar.

La única tregua se consigue en la parte de atrás de ese lugar santo, la maleza y arboleda de alrededor parecen estar de acuerdo para ofrecer el momentum para el cometido al que se ha venido.

Casi todo el preparativo estaba resuelto un par de horas antes: En el centro un cerco de piedras que delimita y protege lo que hay en el interior, una pira hecha a conciencia lista para su uso.

En una roca con la orientación puesta al oeste, un espiral de sentido inverso.

El propósito de la misma es hacer retroceder la luz.

Al lado de la espiral se ha escrito la consigna para ese momento: Gaur .

Porque es hoy , esta misma noche cuando todo tiene que empezar.

Es cuando la espiral comenzará a girar, no en el orden natural que conocemos, sino en el que la oscuridad gana tiempo a la luz.

El reloj en la muñeca alerta con unos pitidos el inicio: 00:00h.

Medianoche. El viento parece calmado, expectante, y el bosque, como un observador y testigo de la escena.

El único sonido que se escucha es el de animales salvajes, lejanos y a la vez conscientes y temerosos de acercarse a ese lugar, saben que no deben. Conocen la ley de la noche.

Un cuerpo desnudo es arrastrado y depositado encima de la pira, los músculos no responden, la dosis de paralizante muscular inyectada lo impiden. La víctima, una joven pelirroja, todavía consciente solo puede mirar y respirar, la mordaza no le deja opinar.

En el suelo una bolsa de rafia guarda los ropajes de la chica, no los volverí a a utilizar m ás. Al lado, la mochila y una credencial del Camino De Santiago con los primeros sellos acuñados, en la que se puede leer el nombre de ella:

Marie Patissier, Bourdeaux.

El victimario no siente odio hacia esa peregrina, tampoco compasión. Es parte de un todo mucho mayor, la primera ficha que inicia el juego. El primer movimiento es siempre el más importante en una partida.

Los ojos verdes de Marie, horrorizados, miraban buscando empatizar con los de su captor que apenas podía distinguir por la capucha que tenía puesta.

Ella no podía moverse, pero sentía la dureza del lecho de la pira en su cuerpo, la madera era poca pero la suficiente para el cometido, y el olor químico derramado encima de ella, un acelerante orgá nico.

—El fuego purifica, no te hará daño, no te preocupes por eso —dijo el encapuchado en palabras que apenas conseguía entender ella, mientras sentía un pinchazo en la yugular.

La fina aguja le inoculó una toxina que provocaba la p é rdida total de sensibilidad. Lo único que la peregrina sentirí a ser ía el olor de su cuerpo purificándose antes de convertirse en luz.

El ritual había comenzado. El fuego comenzó a propagarse por las cuatro esquinas del manto de leña, rápido y voraz, al sonido de unas palabras, un cántico que el misterioso personaje pronunciaba en una lengua casi prohibida, antigua.

Palabras oscuras. En pocos minutos las llamas son más altas que el encapuchado, quien retrocede un paso atrás, fuera del cerco de las piedras.

El humo que el fuego con el acelerante provoca tiene la coartada perfecta para camuflarse con la niebla del ambiente.

Los ojos de la francesa se habían cerrado a los pocos minutos, su cuerpo inerte empezaba a reducirse a la nada, provocado por el quí mico.

No hubo gritos, solo un silencio largo, a veces interrumpido por el crepitar de algú n tronco.

— Gorputza errautsa da eta errautsa argia —susurra la ahora solitaria voz, con la mirada puesta donde antes estaba la vida—. El cuerpo es ceniza y la ceniza, luz.

Despu é s de unas horas, y con el resto de aquella hoguera todavía caliente, una parte suficiente de los restos incinerados fueron recogidos y guardados en una bolsa herm é tica se ñalada con el nombre de » Argi. Serie 1» para un trabajo posterior. La creació n de la piedra de luz.

El encapuchado con la ayuda de una pala cavó una zanja unos metros más alejado de esa zona.

Dentro de ella, enterrados, se quedarían los restos de la combustión.

Por encima de la tierra movida un manto de maleza y alguna rama bien dispuesta quedaría camuflada con el ambiente, para que pasara desapercibido aquel hoyo de cenizas y de trozos de huesos.

La noche seguía con su manto de protección oscuro, la niebla húmeda y perenne continuaba calando en los huesos.

Los sonidos nocturnos acechaban por los alrededores, pero como meros observadores, aquellas bestias no temían nada, puesto quien caminaba entre las sombras era parte de ellas. Es la ley de la noche.

En el terreno no quedaba ninguna huella o pista que pudiera poner en alerta o aviso a curiosos o a policías.

El asesino deja Aralar faltando alguna hora para el amanecer, lo suficiente para volver a descansar y continuar con el plan, uno que ha sido ensayado y repasado mentalmente hasta el agotamiento.

En pocos días má s se seguir á completando, y entrará en juego el chivo expiatorio, una cabeza de turco, » cabeza francesa», pensó haciendo una mueca con el labio que no llegada a una sonrisa, mientras continuaba con lo que serí a un simulacro:

» Se avanza por el callejón hasta la puerta lateral del museo, la que da acceso al interior y que, según la información recibida, está parcialmente inoperativa: no cierra bien y con un leve golpe se abre y se ajusta.

Los fumadores del centro la conocen bien.

Se usa para entrar hasta el cuarto de limpieza, contiguo al de mantenimiento.

En el casillero el é ctrico la tapa no tiene ning ún tipo de cierre.

En los monitores de vigilancia las cámaras que hay solo están dispuestas para la entrada principal, y la que hay en la salida de emergencias no funciona desde hace tiempo.

En el interior nada. El de seguridad cuando haga las rondas y si las hace, últimamente solo quiere fichar y que llegue su relevo a tiempo.

Es suficiente para entrar sin ser visto y sin levantar alerta.

Primero provoco el incendio pequeño en el cuadro el é ctrico, algún trapo empapado y mezclado con compuestos para que genere una reacción química y prenda provocando el cortocircuito y apagando las luces.

Esa reacció n endot é rmica provocar á tambi é n humo y, como en ese cuarto no hay ventilación directa, tampoco hay nada que se ponga en peligro.

El humo y el aviso será suficiente para que el vigilante acuda ahí.

Con el acceso libre entro en el laboratorio y acudo a la cámara donde se guarda el códice y la tablilla.

Con un martillo romper é el metacrilato y la vitrina.

Un guante de nitrilo con las huellas del señuelo se quedarán impregnadas en el borde del vidrio y el zócalo de la vitrina.

Las sospechas irán dirigidas y confabuladas para la misma persona.

Como colofón final, su frase escrita en una nota:

Gauekoaren Legea . La ley de los que pertenecen a la sombra.

Cuando el vigilante llegue al incendio se dará cuenta que no hace falta llamar a nadie, que el incendio ha sido provocado por el descuido de la mujer de la limpieza por dejar ahí un trapo impregnado con los productos de limpiar.

El humo se soluciona abriendo puertas y ventilando.

Nada extraordinario que requiera atención profesional y que un vigilante no pueda solucionar solo.

La salida del edificio no puede ser por donde entré, tiene que realizarse saliendo por un ventanal que hay en el baño de la planta baja y con una caída de solo un par de metros, o incluso si las cámaras siguen apagadas, por la entrada principal.

Habrá un informe del incidente por parte del vigilante, al principio solo por un conato de incendio provocado por un descuido humano.

Un anexo se añadirá despu é s de alguna ronda de control, que ha habido un robo, pero tampoco se podrá hacer público algo que no ha existido a los ojos de terceros.

Vendrá la polic ía a investigar y las pruebas que encontrarán llevará todo hacia la misma persona: Claire de la Rochelle.

El sonido del arranque de un motor de coche hace que su mente vuelva a la realidad, al presente, no al futuro.

La noche, fría y cargada con el olor de la humedad en los baldosines de piedra en el final del oscuro callejón, sigue protegiendo al encapuchado que observa por un momento más la tranquilidad del hormigón que envuelve el Museo de Navarra.

En el asiento del copiloto, un cuaderno de notas abierto donde un croquis perfectamente ejecutado hace de guion:

1º. Oeste, ocaso, Aralar, Gaur

Porque en el fin es cuando comienza la oscuridad —subrayado—

2º. Norte, ipar …

Ese norte al que se hace referencia no es una orientació n geomagn é tica exacta.

Es un límite, es una barrera o un comienzo o el final, es donde la luz pasa desapercibida en busca del ocaso, de la oscuridad.

Ese lugar, ese norte, es Roncesvalles. Ahí es donde comenzará a morir la luz. Donde Argi entrar á.

El vehículo del encapuchado arranca, nada queda para quien se rige por las leyes de la noche. El sol amenaza con salir y el cuerpo necesita algo de descanso, no mucho, pero lo suficiente para afrontar el día siguiente. Días que pasaran con lentitud hasta que la luna pase a su siguiente ciclo.

La ciudad comienza a abrir los ojos, primero con los más madrugadores, las primeras villavesas inician las distintas rutas por la ciudad, el chorro del agua de una barredora salpica a su paso contenedores de metal, el panadero extrae una carretilla en la que carga dos cajones de pan reci é n traídos del obrador, un repartidor de prensa en patinete el é ctrico atraviesa la calle con premura.

El chirrido metálico de la verja de una antigua cafetería sube para abrir el establecimiento, algunas luces amarillas se empiezan a observar en las ventanas de los más madrugadores.

Todo eso pasa mientras el asesino se retira a su descanso.

La ruta tomada marca distancia con Pamplona y las campanas que suenan a lo lejos, procedentes de la Colegia de Roncesvalles, marcan unas horas más que prudentes para quienes deben volver a la cama.

Con el último golpe metálico los párpados del encapuchado se cierran, solo serán un par de horas.

Pero es el precio de la ley, una ley que mentalmente sigue repasando como si fueran los propios artículos que la reglamentan: la noche por encima del día, el ciclo lunar completo en las cuatro direcciones, primero fuego, despu é s luz…

Imágenes unas tras otras de los lugares que faltan parecen entrar como una nana hasta que el sueño llega y sigue su curso.

Gaueko, el de la noche, el tenebroso, el señor de las bestias, sigue guiando buscando la oscuridad, es su ley.