El Códice de Gaueko Capítulo VI. — El Guardián de Leyre
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Capítulo VI. — El Guardián de Leyre

— Claire traz ó esto la ma ñana que salió de Leyre —explicó—. Anotó estos lugares como si fueran parte de una red. Pero el trasfondo de todo solo lo sabe ella.

Irulegi, Uju é , Santacara, San Miguel de Aralar, Andelos, Roncesvalles, Eunate, Zugarramurdi, Iturrisa

—¿ Qu é buscaba? —preguntó Jon—. Estos lugares tambi é n los he visto anotados en los apuntes que me han dado en el museo.

—Una relación. Una pauta. Algo que conectara estos lugares con el manuscrito, pero es algo que todaví a no sabemos.

Mart ín sacó un lápiz del cajón y sin tocar el papel empezó a dibujar como líneas en el aire.

—Irulegi aquí —señaló el centro — . Claire cre ía que todo empieza…

y termina… en este cerro. San Miguel de Aralar al oeste.

Roncesvalles, Zugarramurdi e Iturrisa al norte.

Andelos y Eunate hacia el sur. Monreal, Santacara y Uju é al este.

Las otras localizaciones creo que las fue descartando hasta quedarse con estas.

—Finalmente, apoyó el l ápiz—. Yo creo en estas opciones —dijo mientras marcaba con un punto en Irulegi y trazaba líneas a mano alzada hacia los distintos enclaves.

El resultado no era perfecto… pero sugerí a algo. Martin dibuj ó un boceto y se lo enseñó a Jon

—No son rutas de peregrinación conocidas ni documentadas, ni tampoco algo geom é trico —murmuró Mart ín—, pero…

—continuaba con la explicación—. Pero… —se detuvo—.

Claire se obsesion ó con esta idea — continu ó—.

Dijo que algo estaba «en movimiento». Que estos lugares guardaban un patrón que nadie había visto, un conocimiento posiblemente transmitido por maestros canteros.

Jon se cruzó de brazos. Realmente no sab ía a lo que Martín quería llegar ni le entendía.

—¿Y si… es una espiral? ¿O una especie de cruz con varios brazos? Tipo estrella de mar, ¿podrí a ser?

Mart í n levant ó la vista del mapa. No había burla ni incredulidad en su mirada. Solo curiosidad genuina.

—No lo sé —dijo controlando la voz.

Mart ín sacó una carpeta. La colocó entre ambos.

—Esto lo escribió Claire para d árselo a Itziar. Pero como ya sabes, nunca llegó a pasar.

Jon abrió el documento: bosquejos de símbolos, notas en franc é s y euskera.

Y una frase subrayada:

» Solo cuando te adentras en el camino eres capaz de conocerlo, y si lo conoces puedes llegar a dominarlo».

Jon creyó estar leyendo alguna frase de su tío en Cluny. Ojeó alguna hoja más y el corazón le dio un vuelco.

—¿Y esto? —señaló un dibujo: una forma circular unida por cuatro líneas torcidas—. ¿ Qu é es?

—Un esquema —respondió Mart ín—. Pero según ella estaba todavía en fase de intuición, yo creo que tiene má s forma de crux spiralata o incluso un lauburu. —No había nada esot é rico en su voz. Solo datos— . Quer ía comprobar los lugares in situ .

—¿Y no avisaron a nadie cuando no apareció ? —preguntó Jon.

Mart ín bajó la mirada un instante.

Cre ímos que había cambiado de planes. Claire era…

bastante intensa, la juventud es lo que tiene, ser impetuoso a veces no tiene nada de virtud.

En ocasiones desaparecía sin avisar, y nadie sabí a cu ándo regresarí a.

Ten ía el favor del prior para entrar y salir a su antojo.

Luego ocurrió el robo y las pruebas. Por lo que tengo entendido, apuntan a que ha sido Claire.

Jon cerró la carpeta, con el pulso firme.

—Necesito hablar con Itziar —dijo.

— Lo s é . — Mart ín le ofreció el mapa—. Y deberías llevar esto.

En cuanto salió del archivo, Jon marcó el n úmero de Itziar. Ella respondió al primer tono.

— Dime, Jon, ¿en qu é te puedo ayudar?

—Quiero saber por qu é no me contaste que Claire estuvo en Leyre.

Un par de segundos de silencio.

—Quise hacerlo —respondió ella finalmente —. Pero… no sabía qu é pensar. Ni qu é creer. Tampoco quería condicionar tu investigación.

Su voz no era frí a. Era fr ágil, rota por el sentimiento de culpa.

—Iba a quedar con ella. Me llamó por tel é fono. Hab ía descubierto algo — confes ó—. Teníamos que vernos en un enclave. Pero me tenía que confirmar. Por la voz notaba entusiasmo, una alegría contagiosa. Luego… desapareció.

Jon cerró los ojos.

— Lo asociaste al robo.

—Sí. Y me call é . —Hubo un temblor leve en su respiración, como si estuviera a punto de llorar—. Porque pens é que quizá… yo había provocado que se metiera en algo peligroso.

— Esc ú chame —dijo Jon—. Esto no es tu culpa, solo somos responsables de nuestros actos, no de las decisiones que toman otros. Pero necesito tu ayuda.

— Dime qué puedo hacer.

— Claire ten ía varias localizaciones marcadas en un mapa: Irulegi, Iturrisa, Uju é , Zugarramurdi, Roncesvalles, San Miguel de Aralar, Monreal, Eunate...

—En esos sitios, ¿qu é podría haber para que quisiera ir allí ? ¿Por cuál debería empezar a buscar respuestas?

—San Miguel de Aralar —respondió sin dudar—, cerca del santuario.

Claire ya me hizo esa pregunta alguna vez y le coment é que ese lugar era el más mágico de todos.

Le dije que debería visitarlo por devoción, no por obligación —aclaró.

Hizo una pausa—. Pero nunca supe cuáles eran sus intenciones completas.

Sabía, sin mucha profundidad, lo que investigaba para su tesis y cómo esa investigación la llevó a interesarse más por el códice y por todo lo relacionado con é l. Pero ya no s é más que lo dicho.

Jon le prometi ó que la mantendría al tanto. Y colgó.

Mart í n insisti ó en acompañ arlo.

— La compa ñía siempre es mejor, aquí se dice que cuatro ojos ven siempre más —dijo—. Además le podr é ayudar, ya que tambi é n he tenido la oportunidad de estudiar el manuscrito y si puedo contribuir a la recuperación del códice mucho mejor.

Condujeron hacia la sierra. La niebla se espesaba al ascender y en la carretera trazaba una cortina que parecía conducir a otra dimensión, una en la cual el paisaje fantasmagó rico cobra m á s peso.

Aparcaron en un pequeño claro. Cuando Jon se bajó del coche se encendió un pitillo dándole una fuerte calada, en el viaje no había fumado por respeto al silencio de su copiloto.

La quietud y el silencio del lugar infundían cuanto menos respeto.

« Itziar ten ía razón», pensó Jon cuando pisó ese lugar.

Realmente el paisaje, los robles, la niebla y el silencio roto solo por los pasos cuando andaban por el terreno de piedra y grava, era una combinación » má gica » para recordar el lugar.

—Por aquí, vamos detrás de la ermita — indic ó Mart ín, señalando un sendero estrecho entre unas piedras.

Subieron hasta un montículo desde donde se divisaba parte del valle, o, al menos, eso pretendí a Mart ín, pero la tarde caía y la niebla espesaba.

Y entonces Jon lo vio. Había una zona en el suelo cercada con rocas formando un círculo casi perfecto, de unos dos o dos metros y medio de diámetro, y en el interior la tierra estaba má s ennegrecida.

Hab ía ceniza humedecida por la climatología de la zona y restos de madera quemada.

Mart ín se agachó y observó sin tocar.

—Una pira parece —dijo en voz baja—, o al menos los restos de una.

Jon no respondió . Sinti ó cómo algo se cerraba dentro de su pecho.

— Vandalismo tal vez —añadió el laico —. Puede ser que haya sido hace una semana o diez días a lo sumo.

Jon dio un paso atrás y giró sobre s í mismo, como si esperara ver a alguien observándolos. Y entonces algo le llamó la atención.

— Mart ín, mira ahí — le indic ó mientras le señalaba con el dedo hacia una piedra con una marca.

—Una espiral —dijo Martín.

—¡Sí! Como las que Claire apuntó en su cuaderno. —Apenas era visible, pero estaba en lo cierto.

—Si este es el primer lugar — continu ó Mart ín—, entonces… hay un orden.

—¿Cuá l? —preguntó Jon, sabiendo que nada les indicaba que eso fuera así, pero por algún lado tenían que empezar y esa espiral apuntaba a que Claire ya había estado allí. Si la hoguera tenía relación con ella o no, todavía tendrían que averiguarlo.

Miró a Mart ín, que aún examinaba la piedra marcada.

—Tenemos que avisar a Itziar. Y a la policí a.

—Sí —asintió Mart ín, aunque su mirada decía: «el tiempo juega en nuestra contra».

Una campana son ó en la distancia, oculta entre el espesor de la niebla.

Jon volvió a sentir que algo o alguien los estaba mirando.

—Vámonos —dijo finalmente.

Mart ín se puso en pie. Y se dio cuenta de algo má s.

—Mira, Jon. Escrito con un trozo del carbón de la hoguera, seguramente.

—¿ Qu é significa gor? —dijo pronunciando la palabra con el diptongo en franc é s.

—Es g aur . Est á escrito en euskera, y significa hoy. Al menos ese sería el significado literal.

Jon sac ó varias fotograf í as que envi ó con un mensaje de audio a Itziar comentando lo que en San Miguel de Aralar habí an visto.

Se subieron al coche. Y pusieron rumbo hacia donde todo empezó. Irulegi.