Capítulo V. — La noche es para los de la noche #2
Ane Gartzia estaba allí, vestida con su bata blanca y una carpeta con hojas de control de temperaturas en la mano.
Jon no la había oído llegar. Pensó que tenía el sigilo de un gato.
—Disculpe —dijo ella— , no quer ía asustarlo.
—No lo hizo. No conozco a Claire. Y a su padre solo por el encargo. En la zona de Francia donde vivo, Borgoña, es un filántropo muy conocido — contest ó.
Ane se detuvo frente a una urna. Apoyó la mano sobre el cristal, con delicadeza.
—Para mí este lugar me llena de vida. Descubrir y entender sobre nuestro pasado nos ayuda a preparar nuestro futuro. En la universidad me dijeron una vez que las piedras guardan y respiran memoria, son guardianas de la verdad antigua, solo hay que saber escuchar.
É l la observó de lado, con una media sonrisa.
—Eso suena más a un pensamiento filosó fico que a observaci ón arqueoló gica.
Ane sonrió tambi é n, sin apartar la vista de la pieza.
—Quizá. Pero aquí todo lo antiguo tiene su memoria.
Para el resto del mundo es solo arqueología, trozos de piedras, ornamentos rotos y un poco de historia.
—Hizo una pausa y continuó—. Para m í es mucho más —añadió, apenas un segundos—.
Es dar voz a lo callado, presente al pasado, es continuar un legado.
Jon bajó la mirada hacia la vitrina vací a.
—¿Llegó a ver el có dice?
—Por supuesto. Fui activa en el hallazgo y en catalogarlo.
—¿Lo tradujeron?
— Totalmente. Hab ía pasajes que mencionaban a Gaueko, el de la noche. No parecí a un demonio, sino un l ímite. Una frontera entre lo que puede verse y lo que no.
—Claire tambi é n lo mencionaba —dijo Jon— . Cre ía que podía haber una relación entre unos lugares con unas marcas de cantero.
—Sí —asintió Ane —. Recuerdo que investigó distintas localizaciones de lugares que estaban relacionados de alguna manera entre sí. Hablaba de los lugares, de las piedras, cruces, espirales. Si busca respuestas, tal vez deba empezar por ahí.
Jon la observó.
—¿Cree en las advertencias? —preguntó ella de pronto.
—Depende de qui é n las escriba.
—Más bien depende si se escuchan o se ignoran.
Sonrió con un cansancio que no era del cuerpo, sino del alma.
—Descanse, señor Lavoisse. Yo me retiro tambi é n. Necesito desconectar.
La tarde llegó a Pamplona con una ligera lluvia.
En la cafetería había escuchado comentarios que entre las nevadas de primeros de año y las lluvias casi diarias en primavera, los ríos y los embalses estaban a su má xima capacidad.
Jon regres ó a la habitación del hotel sin paraguas y se planteó que podría ser una buena inversión comprar uno.
Encendi ó la l ámpara de la habitación y extendió sobre la mesa el cuaderno de Claire, la carpeta que le había dado Ane y las notas de Itziar. Había muchas localizaciones reseñadas: Monreal, Irulegi, Eunate, Iturrissa, Roncesvalles, Aralar, Zugarramurdi, Uju é , Leyre…
«Muchos puntos», pens ó mientras abría una botella de vino y se servía un poco en una copa.
Se encendi ó un cigarrillo y mojó sus labios con un sorbo grande a la copa. Buscó entre las anotaciones y una relacionada con un mail le llamó la atenció n:
» No son señ ales: son advertencias.
La noche es para los de la noche».
Jon leyó tres veces la última frase, era la misma que Itziar le dijo que había traducido, la misma que Claire habí a escrito.
Con una calada má s prolongada apag ó el cigarrillo en el cenicero de la mesa.
Cogió la copa de vino y se fue hacia la ventana.
Afuera, la música que el viento tocaba hacía bailar al compás a los á rboles m ás jóvenes, de un lado hacia otro.
Pensó que llevaba años sin bailar, sin salir y sin divertirse.
Ese pensamiento le arrastró a otro má s profundo: é l, de ni ño, bailando con los pies posados encima de los de su madre horas antes del fatí dico accidente.
Miró hacia un callejón al fondo de la calle. Bajo una farola, al lado de la puerta de una capilla, una figura parecía observarle. De mediana estatura, delgada, cubierta con una sudadera negra con capucha. No se movía. Solo observaba. Parecía un duelo de miradas; cuanto menos, inquietante.
Entonces oyó un golpe leve en la puerta.
— Al fin. Ser á la pizza para cenar —murmuró.
Abri ó y pag ó, y el repartidor, además de entregarle la caja, le dio un sobre.
Un sobre con su nombre: Jon Lavoisse.
—Estaba en el suelo de la puerta, señor; o se lo han dejado o se le ha caído —comentó el chico.
—Muchas gracias. Seguro que se me ha caído al entrar — contest ó, dá ndole una generosa propina.
Dejó la pizza en la mesa, la caja todavía le quemaba en las manos y abrió el sobre, que contenía una hoja doblada por la mitad.
En el centro, escrita en tinta roja:
Lux in via, lux in sanguine.
Luz en el camino, luz en la sangre.
—Al final me pondr é al día de nuevo con mi latín —dijo con voz tenue.
Debajo de la escritura, una especie de cruz curvada en los extremos hacia la izquierda, como las que había visto en las anotaciones de Claire. Jon sintió un escalofrí o.
Volvi ó a mirar el papel. No era una advertencia. Era algo más. En ese instante, la incertidumbre pesaba más que las respuestas. ¿ Qui é n le había dejado la nota? ¿Por qu é ?
Tenía claro una cosa: alguien le había seguido y sabí a d ónde se alojaba.
Cenó mientras su mente buscaba respuestas, sobre todo acerca de la posible implicación de Claire, aunque todo apuntaba a ella, no estaba convencido de que así fuera.
Su encargo había pasado de ser la desaparición de una persona a la desaparición de un códice.
Termin ó el ú ltimo trozo de pizza. Apag ó la luz y la habitación quedó en penumbra.
A lo lejos, unas campanas sonaban y Jon, sentado en la cama, contó hasta diez.
—Mañana, Leyre... necesito más respuestas —murmuró.
» La noche es para los de la noche», pensó.
Y supo que, a partir de entonces, ya no habría vuelta atrá s, seguir ía hasta el final.