Capítulo V. — La noche es para los de la noche
Cap í tulo V .
La noche es para los de la noche
Pamplona amanecía envuelta en un lienzo de nubes blancas y grises, sin la decisión definida en que se convertiría la mañana. Las losas del casco antiguo conservaban el brillo de la lluvia nocturna, y el aire, afilado y limpio, traía consigo el olor del río y de las panaderías que abrían al alba.
El detective observaba la ciudad. El hotel, discreto y silencioso, se alzaba frente a los tejados oscuros de la catedral.
Termin ó de buscar la información que necesitaba sobre Itziar Mendívil.
Sobre la mesa, el cuaderno de Claire de la Rochelle permanecía abierto por una pá gina arrugada.
» Museo de Navarra — Itziar Mend ívil — Proyecto Irulegi».
Habí a le ído esa frase tantas veces que la tinta parecía tenerlo grabado a fuego en su memoria. Era la última pista firme que le quedaba.
Llamó al museo para pedir cita.
—Museo de Navarra, buenos días, ¿en qu é puedo ayudarle? — contest ó el vigilante de seguridad que estaba en el control de acceso.
—Buenos días, me llamo Jon Lavoisse, y me gustaría hablar con la doctora Itziar Mendívil por un tema concerniente a una amiga en común, Claire de la Rochelle, es muy urgente y de vital importancia.
—Deme un segundo que llamo a su despacho. —El vigilante puso la llamada en espera para contactar con la doctora—. ¿Sr. Lavoisse? Me dice la doctora que le recibirá en su despacho en una hora si quiere.
—De acuerdo, dígale que voy para allá.
Jon colg ó el tel é fono. Cerr ó el cuaderno y lo guardó en su satchel, cogió su abrigo y salió a la calle.
Pamplona todavía despertada con lentitud. Los paraguas cruzaban los soportales, las campanas repicaban sobre el murmullo del mercado y un olor a humedad y madera mojada se notaba en el ambiente.
El museo se alzaba sobrio, de piedra gris, severo. No parecía un museo, sino má s bien una fortaleza. El tipo de lugar donde el pasar de los a ños guarda descanso y protege el legado.
Un hombre uniformado de seguridad, de semblante amable, le pidió su identificació n. Jon mostr ó su credencial de investigador privado.
—Tiene cita con la doctora Mendívil —dijo él abri é ndole el torno de paso—. Primer piso, ala este.
El ascensor subió despacio. Jon se miró en el reflejo metálico: barba incipiente, ojeras, mirada alerta. Pensó que podía haberse afeitado, aunque tampoco estaba seguro de hacerlo, llevaba tiempo planteándose dejarse la barba.
Cuando las puertas se abrieron, un pasillo luminoso se desplegó ante é l. En las paredes, cuadros con fotografí as a é reas y planos de excavaci ón; por el corredor, alguna vitrina con cerámicas o fragmentos antiguos.
En la última puerta de la derecha, una placa dorada:
Dra. Itziar Mend ívil — Dirección Arqueoló gica.
Llamó con dos golpes secos.
—Adelante —respondió una voz clara desde dentro.
Itziar Mend ívil levantó la vista de unos documentos. Era más joven de lo que Jon habí a imaginado.
Cabello oscuro recogido con un moño, gafas de montura fina, expresión cansada pero firme.
El despacho estaba cubierto de mapas, libros abiertos y fotografí as de excavaci ón.
En la pared del fondo, una gran imagen a é rea mostraba el yacimiento de Irulegi, con sus terrazas escalonadas y la colina recortada contra el horizonte, así como un mapa topográfico y en relieve de la comunidad foral.
—Señ or Lavoisse —dijo ella, pronunciando con cuidado el apellido—. Me ha dejado bastante intrigada, dice que tenemos una amiga en comú n, Claire de la Rochelle. Cué nteme.
—Le agradezco que me reciba sin aviso. Investigo la desaparició n de Claire y …
—¿Có mo? ¿Claire ha desaparecido? — le cort ó la palabra mientras la cara de la doctora reflejaba un absoluto asombro, o al menos eso le pareció a Jon.
Jon afirmó.
—Dígame, doctora Mendívil…
—Por favor, llá meme Itziar — le cort ó amablemente.
—De acuerdo, Itziar. Según la información que tengo de Claire mantenían un contacto continuado incluso antes del hallazgo de Irulegi.
Itziar entrelazó los dedos sobre el escritorio, pensativa, y detuvo su contestación para pensar con más detenimiento.
—Sí, veo que se ha informado sobre mí y mi trabajo —le sonrió mientras continuaba—. Me escribió en 2022, tras coincidir en un congreso en Burdeos. Desde entonces mantuvimos correspondencia frecuente. Era brillante, aunque impetuosa.
—¿Y llegaron a verse?
—No, salvo las veces que lo hacíamos por videoconferencia o en los congresos.
Su ú ltima carta anunci ó su viaje a Pamplona para finales del mes pasado, íbamos a revisar las traducciones juntas.
Pero no lo llegamos hacer. De hecho, hubo un robo en nuestras instalaciones esa semana en la que nos íbamos a ver.
Lo que robaron fue precisamente el motivo por el que Claire vení a.
—¿La misma semana de la cita fue la del robo?
Itziar asintió.
— La polic ía preguntó por ella. Estuvo en la ciudad aquellos días. De hecho, yo creo que puede estar detrás del suceso. Me siento muy disgustada al respecto.
Jon bajó la voz.
—¿Y qu é ocurrió exactamente? Pó ngame en antecedentes, por favor.
—Encontramos una vasija sellada en 2021.
Dentro, un manuscrito en piel, perfectamente conservado.
Lo llamamos el Códice de Irulegi. Durante estos años lo hemos estudiado.
Pero el pasado 31 de mayo, durante un apagón y una falsa alarma de incendio, desapareció de su urna; bueno, lo robaron. Sin dejar rastro.
—¿Sospechosos?
—Ninguno de momento, según la policía. Nadie forzó ni las cerraduras, ni puertas, no se violentaron cámaras, y el único uso de la fuerza fue para romper el metacrilato.
Fue… limpio. Como si qui e n lo robó supiera exactamente dónde buscar.
Aunque ya le he dicho que tanto la policía como yo sospechamos de Claire. Encontr é una nota con su letra.
Itziar buscó en su mó vil la fotograf ía de la nota, la original se la llevó la policía científica.
Jon quedó asombrado. Reconoció y asintió en la afirmación de la autoría de la nota.
Conocía la letra de Claire por sus anotaciones en la libreta.
Y como perito calígrafo y forense estaba en lo cierto.
Casi sin ninguna, podría decir tambi é n que esa letra correspondí a a Claire.
En ese momento, la puerta se abrió sin llamar y una joven entró con una carpeta entre las manos.
—Doctora, los informes de conservación.
Tenía poco má s de treinta a ños, rostro pálido, ojos claros, pelo recogido con una coleta baja. Sus movimientos eran precisos, sin esfuerzo.
—Gracias, Ane —dijo Itziar—. Este es el señor Lavoisse. Detective contratado por el padre de Claire. La está buscando.
Ane asintió cort é smente.
—Recuerdo su nombre. Ane Gartzia, ¿verdad? Aparecía en algunos correos. Estoy intentando reconstruir los últimos pasos de Claire —explicó Jon.
—Puedo prepararle las copias de las comunicaciones —dijo Ane—. Incluyen traducciones parciales y correspondencia con la universidad de Dijon.
—Se lo agradecerí a.
—Por supuesto —sonrió—. Enseguida las traigo. — Se ech ó una mano a la cabeza buscando el alivio momentá neo —. Disculpe… es solo el cansancio. Me duele un poco la cabeza.
— Vete a casa temprano —le dijo Itziar con tono de madre preocupada—. Has trabajado demasiado.
—Sí, doctora.
Ane sali ó y cerró la puerta con cuidado.
—¿Y lograron traducir parte del có dice? —preguntó Jon.
—Prácticamente todo, aunque ese trabajo fue casi por completo de mi ayudante, Ane. Creemos que el manuscrito no era teoló gico, sino m ás bien un compendio de fórmulas, remedios, e invocaciones. Una mezcla de ciencia primitiva y rito.
—¿Un manual de curandero?
—O algo más —respondió Itziar —. Había fragmentos con un tono distinto. Referencias a la luz y la sombra, al equilibrio, y una frase que aún resuena en mi cabeza: Gaua gauekoentzat, eguna egunezkoentzat.
—Y ¿tiene algú n significado?
—La noche es para los de la noche, el día para los del dí a.
—¿Eso suena a advertencia tal vez?
— Exacto.
Itziar cerró la carpeta.
— Le preparar é copias de todo lo relacionado con ella. Y, señor Lavoisse… Claire cre ía que el conocimiento podía salvarnos. Yo ya no estoy tan segura. Como sabrá, la misma luz que nos ilumina es la misma que proyecta la sombra.
—En eso coincidimos —dijo Jon, pensando en esa última frase que le recordaba a los sermones de Fray Bernard en Cluny.
Jon sali ó del despacho y bajó por las escaleras hacia el hall de la entrada. Sostenía la carpeta que Ane le había preparado: inventarios, correos, informes, cada hoja marcada con precisión.
El aire en la planta baja se notaba más frío. El auxiliar de servicios bostezaba junto al mostrador de la entrada, y un grupo de turistas recorría las salas en silencio.
Jon aprovechó y avanzó hasta la galería arqueoló gica, quer ía echar un ojo.
Las vitrinas se apostaban contra las paredes alineadas una tras otra formando pasillos bajo una luz blanca.
En el centro, la Mano de Irulegi brillaba como la protagonista.
Aunque no era grande, su presencia daba respeto y afianzaba cultura e historia.
El metal restaurado reflejaba un grabado de letras antiguas:
Sorioneku . De buena fortuna.
Jon la contempló en silencio. Siempre le planteaba curiosidad los hallazgos arqueoló gicos. Su formaci ón con Bernard alimentó las ganas de saber y la curiosidad por los misterios.
A la derecha de la Mano, una vitrina vacía, con un letrero que señalaba:
« C ódice de Irulegi (siglo I a. C.) — Piel tratada, escritura protovascona
En estudio de conservación (pieza sustraída el 31 de mayo de 2025)».
Jon pens ó en Claire, en Itziar. Detr ás de é l, unas voces infantiles rompieron el silencio.
Un grupo de estudiantes seguían las instrucciones de uno de los guías del museo.
Uno de los niños, de ocho o nueve años, rubio, se acercó a la vitrina vac ía y mirando al detective le preguntó:
—Y aquí, ¿ qu é hab í a?
—Me temo que más preguntas que respuestas — contest ó con una sonrisa.
Una profesora llamó la atención al estudiante, quien regresó corriendo a la fila con los demá s.
—Entonces, ¿conoce a Claire? —preguntó una voz suave.