El Códice de Gaueko Capítulo IV. — El despertar de las palabras antiguas #3
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Capítulo IV. — El despertar de las palabras antiguas #3

Itziar alz ó la vista. Un leve sonido captó su atención, era el zumbido del generador de emergencia que rompía de nuevo la oscuridad en la sala.

—¿Otra vez? —susurró con cierta resignación.

Se levantó y cruzó el pasillo hasta la escalera principal.

El vigilante de seguridad apareció al fondo del corredor, con una linterna en la mano.

—Parece un fallo en el sistema el é ctrico —dijo—. El t é cnico de mantenimiento está bajando al cuadro de control.

—¿Ha afectado a las cá maras de conservaci ó n?

—No lo creo, pero… espere.

Ambos volvieron a consigna para comprobar en los monitores el estado de las cámaras y las temperaturas.

Un sonido alertó al uniformado. El pitido provenía del cuadro del sistema de incendios:

« Incendio detectado. Nivel uno. Laboratorio norte».

Los dos se miraron al mismo tiempo.

—Debe de ser un error del sensor, a veces pasa cuando hay apagones —dijo el vigilante, pero ya echaba a correr escaleras arriba.

Itziar lo siguió, aunque no al mismo ritmo.

El olor a ozono flotaba en el aire, mezclado con un leve humo que salía de las rejillas del techo.

El sistema antiincendios se activó: un chorro blanco de gas inerte llenó parte del pasillo, envolviendo el aire en una bruma frí a.

—¡ Cuidado, directora! —gritó el vigilante —. ¡Cierre las puertas!

Pero Itziar ya había llegado a la sala de conservación. El corazó n le lat í a desbocado. Empuj ó la puerta del laboratorio para cerrarla. Dentro, el humo formaba una neblina densa y el pitido de la alarma seguía retumbando en las paredes.

El olor del humo era distinto al de una hoguera, este era más químico, el é ctrico.

Avanz ó despacio, guiada por la luz de su tel é fono m óvil, y entonces se dio cuenta:

« La urna del c ó dice est á rota».

El metacrilato estaba astillado y los precintos arrancados.

—Dios mío…

Acababan de robar el códice y la tablilla.

Solo quedaba un martillo en el suelo con el que habían fragmentado el metacrilato. A su lado, una hoja doblada ocupaba el lugar donde antes reposaba el códice.

Itziar la recogió con los dedos temblorosos.

Abri ó la hoja: estaba escrita a mano, doblada con cuidado, y en la parte superior se leía su nombre:

» Para la doctora Mendí vil. Gauekoaren Legea . La ley de los de la noche».

Abri ó la nota y creyó reconocer la letra; parecí a de Claire de La Rochelle:

«El códice tiene algo más que palabras escritas.

Hay un lenguaje oculto entre líneas:

La noche es para los de la noche, y el día para los del dí a.

Cuídese, doctora.

Nuestros caminos ahora se separan por un bien mayor».

Un escalofrí o recorri ó el cuerpo, todaví a tembloroso del incidente, de Itziar.

El vigilante entró con la respiració n entrecortada.

—No hay fuego, pero el sistema se ha vuelto loco. Y alguien ha abierto la puerta de servicio. La que está atrás. No hay cámaras ahí.

—¿ Qu é ?

—Es una puerta de emergencias, y el cierre magn é tico nos lleva dando problemas varios dí as.

Itziar no contest ó , no pod ía, sus ojos seguían clavados en la urna vacía intentando asimilar lo que acabada de suceder. El códice, el hallazgo más importante de su carrera, había desaparecido sin dejar rastro.

La polic ía llegó pasadas la una de la madrugada.

Las siguientes horas fueron un torbellino, llamadas por tel é fono, explicaciones.

La unidad de forenses de la policía municipal tomó fotografías, levantó actas, interrogó al personal.

No se descartaba nada. El t é cnico de mantenimiento afirmó que la avería del sistema era imposible sin acceso interno, pero reconoció que el martillo hallado era de su caja de herramientas.

El vigilante aseguraba que no había visto a nadie entrar ni salir; pero ya había dado varias veces parte a su inspector de que la cámara de vigilancia de la puerta 3 de la salida de emergencias no funcionaba, y la entrada y salida podría haber sido por esa zona.

La limpiadora lloraba, asustada, diciendo que no había oído nada, ya que solía llevar los auriculares puestos cuando estaba trabajando.

La comisarí a de Pamplona abri ó una investigación.

Solo una docena de personas supo de lo ocurrido aquella noche.

No hubo ni prensa o comunicados ni por parte de la policía ni por parte del gobierno de Navarra, el hallazgo del códice no había sido aún anunciado oficialmente.

Solo el reducido grupo de investigadores, arqueólogos y acad é micos conocía de su existencia.

Treinta y dos personas. Itziar las contó una por una en su mente antes de poner esos nombres en conocimiento de la investigación policial, aunque sus sospechas se inclinaban por un sentimiento de traición.

Claire, en ella había depositado demasiada confianza, pensó, pero lo del códice y lo que había hecho no tenía ningún sentido. Al menos Itziar no lo encontraba.

A las cuatro de la madrugada, cuando los agentes se marcharon, ella quedó sola en su despacho. Compungida y desolada. La ciudad, ajena a ese suceso, dormía bajo el silencio que queda despu é s de la tormenta.

Encendi ó la l ámpara de mesa. El papel de Claire seguía junto al tel é fono.

Leyó de nuevo la frase:

» La noche es para los de la noche, y el día para los del dí a».

Sinti ó una presi ón en el pecho, una mano que le estrujaba el corazón.

Bebió de un vaso de agua buscando terapia en él para aliviar la sequedad de la boca y el nudo en la garganta.

Respiró hondo antes de utilizar el tel é fono que tenía entre las manos.

Aunque su primera intención fuese llamar a Ane, la imagen de ella agotada, dormida sobre el sofá, la detuvo.

Necesitaba descansar y recuperarse, y temía que este varapalo fuera todavía peor, y aparte que ella no podría hacer nada, quizás empeoraría las cosas.

Cerr ó los ojos un instante, como si buscara valor. Luego marcó un número que conocía de memoria. El tono tardó en responder. Al otro lado, una voz grave y pausada rompió el silencio, era el prior.

—Itziar. Hija. Dime, ¿qué ha pasado?

—Han robado el có dice, Gabriel —dijo con la voz temblorosa por el sentimiento de culpa.

Un largo silencio permaneció al otro lado de la línea, interrumpido solo por el leve sonido lejano del campanario en Leyre.

—¿Cuá ndo? —preguntó Gabriel.

—Esta noche. Aprovecharon un apagón y un falso incendio. No s é cómo… pero sabían exactamente dónde buscar y cómo hacerlo.

El prior respiró con lentitud.

—¿Alguien más lo sabe?

— La polic ía. Y el departamento. Nadie fuera del cí rculo acad é mico.

—Entonces ya no hay tiempo.

Itziar se quedó en silencio.

—¿Tiempo para qu é ?

—Para cerrar lo que nunca debió abrirse.

He analizado junto con Martín, unos de nuestros expertos en paleografía y prehistoria, los documentos que nos enviabas.

Y el códice en las manos equivocadas puede ser una catástrofe, quien lo malinterprete, o algú n fan á tico obsesivo con la mitolog ía o incluso quien haya perdido la luz en el camino.

El sonido de la línea se distorsionó por un momento, como si el viento del monasterio soplara dentro del auricular.

Luego, un clic. La llamada se cortó. Itziar permaneció quieta un instante, con el tel é fono en la mano.

La madrugada del 31 de mayo al 1 de junio quedaría grabada como una de las más infames de su carrera profesional.