El Códice de Gaueko Capítulo IV. — El despertar de las palabras antiguas #2
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Capítulo IV. — El despertar de las palabras antiguas #2

De la piedra, del cuerpo o del alma.

Viajaremos pronto a Navarra. Quiero contrastar los símbolos en persona».

Ane escuchaba sin parpadear, casi sin respirar.

—¿Transformación del cuerpo?

—Probablemente una referencia alquí mica —respondió Itziar, pragm á tica —. Ya en la Edad del Bronce existía la idea de transmutación.

—O de resurrección o inmortalidad —murmuró Ane.

El comentario quedó flotando en el aire e Itziar fingió no escucharlo. Se acercó al ventanal, observando las nubes cargadas sobre la ciudad, aunque la tormenta parecía haber terminado, las personas en la calle seguían con los paraguas abiertos.

—¿Sabes algo má s de Claire? —preguntó entonces.

—Habl é con ella hace dos dí as. Me confirm ó que está en Navarra investigando unos archivos en Leyre. Llegará a Pamplona esta semana…pero antes tenía que comprobar algo in situ . Dijo que, por fin, la conocerías en persona y no solo a trav é s de las videoconferencias de los chats.

El tel é fono de Itziar son ó.

— Bonjour , doctora —dijo una voz femenina y suave, de acento franc é s.

—¿ Claire? ¡ Qu é grata sorpresa! ¿Ya estás en Pamplona?

—Escuche, Itziar… He descubierto algo que será decisivo para nuestra investigación. Pero necesito verificar un detalle en un sitio… y cuando est é segura le dir é dónde es para que lo compruebe tambi é n, no quiero hacerle perder el tiempo.

La llamada se cortó.

—¿ Era Claire? —preguntó Ane, asombrada.

—Sí. — Itziar guard ó el m óvil, inquieta—. Quiere que quedemos, tiene algo importante que mostrarme. Pero quiere estar segura primero, y hasta entonces, seguimos con lo nuestro.

El resto del día transcurrió rutinario, entre análisis, búsquedas de referencias y muchos ratos de silencios.

El códice estaba ya casi completamente traducido. Ane había trabajo muchas horas durante mucho tiempo para conseguirlo, prácticamente se podría señalar que en ese momento era una referente en paleoescritura protovascona.

Las primeras páginas hablaban de plantas, ungüentos y brebajes: « La savia del tilo para la fiebre, el aceite de brezo para las llagas, la ceniza del tejo para los dolores de parto».

De cómo extraer el veneno de plantas tóxicas o de animales de ponzoña.

Pero en las últimas, los t é rminos se volvían más difusos, se hablaba de puertas oníricas, de transmutación, de oscuridad y del poder de Gaueko.

Itziar anotó en su cuaderno:

« Transición del saber m é dico al m í stico.

Posible texto sincr é tico: ciencia empírica y rito supersticioso».

Cuando levantó la vista not ó que Ane se había quedado inmóvil, ausente. El lápiz resbaló de entre sus dedos y cayó en la mesa.

—¿ Est ás bien? —preguntó Itziar, acercándose.

Ane no respondió. Parecí a un maniqu í con los labios pálidos y la mirada fija en la pantalla del ordenador, completamente ida. Fueron apenas dos segundos o menos antes de que se su cuerpo se desplomara.

—¡ Ane! —Itziar la sostuvo antes de que se golpeara la cabeza contra el suelo.

El rostro de la joven estaba blanco, frío, como la nieve congelada. La ayudó a sentarse en el suelo.

— Tranquila. Respira. Toma —le ofreció un vaso de agua—, bebe.

Ane parpade ó, desorientada al principio.

—Estoy bien… solo ha sido un mareo. Estoy prácticamente en ayunas, no he comido nada desde ayer.

—Eso no ha parecido un simple mareo, Ane.

—De verdad, doctora, no es nada — insisti ó—. Me pasa a veces. Falta de hierro, tal vez.

Se levantó con lentitud, sujetándose al borde de la mesa.

—Voy a casa. Comer é algo y dormir é unas horas, mañana como nueva. —La mueca de sus labios quiso mostrar una sonrisa infructuosa.

—Quiero que vayas al m é dico, Ane.

—Lo har é , lo prometo. —Pero sus palabras parecí an guardar m á s mentira que verdad.

A la mañana siguiente, cuando Itziar entró en su despacho, encontró sobre la mesa una nota escrita a mano:

« He ido al m é dico. Todo bien. Estr é s, anemia y poco descanso.

Nada preocupante.

Ane».

Esa tarde, Ane volvió al trabajo como si nada hubiera ocurrido. Tenía mejor color y hablaba con una energí a renovada. Le hab ía sentado bien la desconexión y el descanso. Incluso bromeó con que el m é dico le había prohibido el caf é , — la peor noticia del día—.

Itziar fingi ó reírse, pero la observó de reojo. Hab ía algo distinto en su actitud: una determinación silenciosa, casi obsesiva.

—He seguido traduciendo los pasajes del final —dijo Ane—. Hay uno que me resulta fascinante.

Abri ó el cuaderno y leyó:

« Cuando la luz deje de brillar,

Será cuando las sombras,

Y aquellos que viven en ellas,

Hagan de la oscuridad el camino».

—Parece un texto litú rgico —comentó Itziar.

—O una advertencia —dijo Ane—. De alguien que conocía la naturaleza del miedo.

Hubo un silencio largo.

El personal del laboratorio poco a poco iba abandonando sus labores a medida que finalizaba la jornada.

El sol de la tarde parecía brillar con fuerza, y los rayos rebotaban en la mesa de trabajo reflejando distintas tonalidades en la madera y en la porcelana del suelo.

Ane cerró la tapa de su portátil y dirigió su mirada hacia Itziar.

—¿ Qu é crees que es lo que Claire quiere mostrarnos?

Itziar tard ó un instante en responder.

—Como ya te coment é , lo desconozco —dijo al fin, sin levantar la vista—. Pero me gustaría que viniera al museo y viera el códice antes de trasladarlo al depó sito definitivamente.

Ane asintió, aunque no parecí a convencida.

—¿Y la investigación del prior de Leyre? ¿Han encontrado algo nuevo?

El silencio se alargó apenas unos segundos, pero fue suficiente para crear un ápice de suspense en la sala.

—El prior Gabriel se ofreció a examinar el códice unas semanas. Quería que uno de sus expertos, un tal Martín, lo revisara tambi é n.

—¿ Conf ía en su criterio?

—Con mi vida. Le entregu é varias copias para que trabajaran en paralelo con nosotros —dijo Itziar sin vacilar.

Ane asintió en silencio. Sabía que la relación entre Itziar y el prior se remontaba a d é cadas atr ás, cuando Gabriel enseñaba Teología en la Universidad de Navarra.

Aquel vínculo, más religioso que acad é mico, segu ía alimentando la relación.

Gabriel era muchas veces más un consejero espiritual que un colega acad é mico.

Se quedó mirando la urna del códice. Sintió como una pulsión hacia él. El hecho de pensar en tenerlo físicamente entre sus manos, acariciar con los dedos la encuadernación y saborear letra a letra cada párrafo le aceleraba el pulso.

Continuaron con su trabajo mientras la tarde iba ganando el tiempo al dí a.

Ane se llevó una mano a la sien.

—Otra vez ese dolor… —murmuró, apretando los pá rpados.

Itziar la miró con preocupación.

—No estás bien. Tienes mala cara.

—Son solo unas jaquecas, nada más. Me pasa cuando paso mucho tiempo frente a las pantallas.

— Vete a casa, Ane. En serio. Descansa.

—Termino de revisar las imágenes y…

— No. —La interrumpió con una firmeza suave —. Ya está bien por hoy. Llevas muchos días trasnochando y sin parar. Necesitas descanso. No quiero verte por aquí de nuevo hasta el lunes.

Ane asintió con resignación, recogió sus carpetas y su bolso.

—Le escribir é cuando llegue.

—Y te llamar é luego —dijo Itziar—. Me pasar é por casa de mi madre y despu é s te llevar é caldo caliente.

La sonrisa de Ane fue breve, sincera.

— Ezkerrik asko , doctora. Gabón . Buenas noches.

—Buenas noches, Ane.

Itziar la vio alejarse por el pasillo hasta perderla entre las sombras del pasillo a las taquillas del vestuario.

Despu é s, tranquilidad absoluta. Encendió una l ámpara auxiliar y se sentó frente a los documentos del códice y a otros libros que tení a para consultar referencias e informaci ón sobre mitología prerromana en Hispania , cultura vascona arcaica e informes sobre otros hallazgos en la Comunidad Foral de Navarra.

Tomó notas en su libreta: « Simbolismo solar y lunar. Posible uso medicinal y ritual. Confirmar paralelismos con Iturissa y Zugarramurdi».

El reloj marcaba una hora más que prudencial para dar por terminada la jornada.

La siguiente mañana comenzó de forma rutinaria. Itziar abri ó su despacho, preparó una cafetera y tachó el día en el calendario: sábado, 31 de mayo.

Miró por la ventana; las nubes negras se agrupaban, pesadas, como si advirtieran que pronto haría falta algo más que un paraguas.

—Parece que va a jarrear —murmuró.

El resto del día transcurrió tranquilo. S olo trabajo de ordenador. Responder correos y demás tareas organizativas de despacho. Las nubes se disiparon y la tarde prometía luz y paseo. Decidió regresar a casa y descansar, lista para empezar el lunes. «Nuevo mes, nuevas energías», se dijo.

Al salir del museo solo quedaban el vigilante en la garita, una limpiadora en la planta baja y un t é cnico revisando la climatización del archivo. El edificio se fue apagando poco a poco.

El museo dormía ya.

El inicio de la madrugada la sorprendió dormida en el sofá con un libro en una mano y las gafas en la otra.

Estaba agotada. Un trueno sacudió el tejado de su apartamento y la despertó sobresaltada.

La lluvia comenzó a golpear los cristales con furia.

Entonces recordó, de pronto, que había dejado la ventana del despacho abierta.

Busc ó el tel é fono para avisar a seguridad, pero lo había dejado cargando en el laboratorio. Suspiró. No tenía otra opción que volver.

—Buenas noches, doctora Mendívil. No esperaba su visita —advirtió el vigilante, incorpor ándose.

—Buenas noches, Unai. Tengo que recoger un par de cosas. Serán diez minutos a lo sumo —respondió ella, pasando la tarjeta de acceso por el torno.

El silencio del edificio la envolvió al cruzar el vestí bulo. Subi ó las escaleras hasta la primera planta y se dirigió a su despacho. Al abrir la puerta comprobó que las ventanas ya estaban cerradas.

«María», pensó. «La mujer de la limpieza, seguramente».

Bajó por el ascensor hasta la planta -2, donde se encontraba el laboratorio.

Y entonces, hubo un parpadeo en la iluminación, las luces titilaron y se apagaron durante un segundo.