El Códice de Gaueko Capítulo IV. — El despertar de las palabras antiguas
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Capítulo IV. — El despertar de las palabras antiguas

Cap í tulo IV .

El despertar de las palabras antiguas

Han pasado casi cuatro años desde que los arqueólogos trasladaron al Museo de Navarra los hallazgos de Irulegi.

El polvo de las excavaciones ya es memoria, ahora es un reclamo más a turistas y curiosos, pero Itziar Mendívil sigue teniendo la sensación de que el trabajo apenas ha empezado.

La sala de conservación estaba casi en silencio, apenas interrumpido por el zumbido en los ciclos de temperatura del sistema de climatización.

El códice descansaba en su urna de metacrilato, junto con la Mano y la vasija, todos con el apellido — de Irulegi—.

A su lado, la tablilla metálica con inscripciones finísimas que ni los expertos del CSIC ni el departamento de Paleografía de la Universidad de Navarra habían logrado fechar con certeza.

Itziar se ajust ó las gafas y revisó las últimas notas de catalogació n con la lupa digital.

Proto-vascón. Lengua imposible, anterior al latín, un puente entre lo que fue y lo que apenas intuimos.

—¿Has dormido algo, Ane? —preguntó sin apartar la vista del monitor.

Ane Gartzia levantó la cabeza del cuaderno donde llevaba horas copiando fragmentos. Tenía el rostro pálido, los ojos marcados por noches de trabajo.

—Tres o cuatro horas —respondió con una sonrisa leve—. No puedo dejarlo. Cuanto más leo, más siento que todo encaja.

—Encaja si lo miras desde el mito —dijo Itziar, seca—. No desde la ciencia.

—¿Y si el mito fuera la ciencia de entonces?

Itziar no contest ó. Esa clase de discusiones eran habituales.

Ane era su mejor ayudante, su mano derecha, brillante, minuciosa, con una facilidad inusual para las lenguas muertas.

Pero últimamente algo en ella se estaba desplazando: trabajaba hasta el amanecer, murmuraba palabras en euskera antiguo, en la cual se había vuelto una experta, hablaba del códice como si fuera un interlocutor.

Sabía que esa perseverancia podría convertirse en obsesión.

Sobre la mesa había tres carpetas abiertas.

En una, los análisis químicos del soporte: piel de ciervo curtida.

En otra, la transcripción parcial de las fórmulas escritas en las primeras pá ginas.

Y en la tercera, las cartas de Claire de La Rochelle, que habí an empezado a llegar a mediados de abril.

Itziar tom ó la primera carta y la leyó en silencio, con la familiaridad de quien relee algo ya memorizado:

« Doctora Mendívil:

He encontrado referencias sobre el mismo símbolo que figura en la Mano de Irulegi.

En un altar de la Cô te-d ’Or aparece la espiral doble acompañada de la palabra « Gaueko» .

Si mi hip ótesis es correcta, el t é rmino no designaba solo a una deidad, sino tambi é n a un principio de equilibrio.

La noche y el día, lo oculto y lo visible, el miedo y la calma.

Estoy convencida de que el códice que estudian es un manual de sabiduría ancestral, mezcla de medicina, superstición y rito».

Al pie, una firma elegante y la fecha: 16 de abril de 2025.

Itziar suspiró. Había respondido a Claire con una carta más prudente, pero cordial. Le fascinaban sus observaciones: eran rigurosas y a la vez audaces.

Desde entonces habían mantenido correspondencia regular, ambas seguían siendo unas fervientes defensoras del uso postal, incluso Itziar cerraba sus misivas con un sello en cera. En la ú ltima carta, Claire ped ía reunirse en Pamplona para intercambiar hipótesis frente a frente.

—¿ Qu é opinas de ella? —preguntó Ane, mirando las hojas.

—Es inteligente. Y tiene una mente estructurada. Como ya sabes nos conocimos en un congreso en Dijon, y desde entonces hemos mantenido cierto contacto profesional y acad é mico. Demasiado impetuosa, a veces. Pero me gusta que mantenga el ánimo postal vivo, la gente ya no escribe cartas.

—¿Y si tiene razó n?

—No lo s é — respondió Itziar —. Pero si la tiene, significa que lo que tenemos aquí no es solo arqueología. Es una puerta.

Ane frunció el ce ñ o.

—¿ A qu é ?

—A un modo de pensar perdido. Al tiempo en que las palabras curaban o mataban, no por magia, sino por fe.

En el monitor, el códice se desplegaba como un mapa de signos imposibles.

Cada línea era una frontera entre lo comprensible y lo sagrado.

El reloj del laboratorio marcó las siete y media. Fuera, la lluvia caía sobre los ventanales con una sintoní a constante.

Itziar revis ó los registros de humedad y volvió a las notas de traducción.

En las páginas centrales del códice aparecí an f órmulas de hierbas, ungüentos, oraciones fragmentarias.

Remedios para curar fiebres, partos, heridas de hierro.

Pero en el último cuadernillo, las palabras cambiaban: ya no eran consejos m é dicos, sino más bien frases rituales.

—Lee esto —dijo Ane, señ alando una l ínea escrita en un dialecto apenas reconocible.

—¿ Qu é significa?

Ane lo pronunció despacio, llenándose la boca con cada sílaba:

— Ilunabarra gaukoentzat da, eta eguna egunezkoentzat .

—¿Y la traducció n?

—La noche es para los de la noche, el día para los del dí a.

Su dominio del euskera compensaba el conocimiento casi nulo de Itziar, así que a menudo hacía de int é rprete m ás que de colega. Pero no parecí a importarle.

—¿Un conjuro?

—Más bien suena a advertencia —respondió Ane — . Est á asociado al nombre Gaueko.

Aquel nombre pareció resonar en el eco de las paredes del laboratorio.

Itziar lo conocía, ya habí a le ído sobre él: era el espíritu de la noche en la mitologí a vascona, guardi án de los límites, el que castigaba a quien desafiaba el orden natural. No era un demonio, sino una ley.

— Claire mencion ó lo mismo en su ú ltima carta —dijo Itziar, abriendo otra hoja—. Decía que Gaueko no representaba el mal, sino el miedo necesario, la cautela que ha mantenido viva la humanidad. El que guarda a los hombres dentro de la luz.

Ane asintió, pero no habló. Realmente tení a una opini ón más amplia sobre el tema.

Sus dedos temblaban levemente sobre el teclado. Estaba copiando el fragmento con una concentración casi obsesiva.

—Ane, deberí as descansar.

—Lo har é despu é s. Quiero terminar la transliteración del párrafo siguiente.

— Est á bien, pero cierra en una hora.

—Sí, doctora.

Itziar recogió su bolso y las carpetas de correspondencia. Antes de salir, se detuvo frente a la urna. El códice parecía dormido bajo la exposición de la luz blanca.

Mientras bajaba las luces del laboratorio, pensó en Claire y en lo que les estaba ayudando.

Ane seguía revisando las ú ltimas fotograf í as.

—No te quedes mucho —advirtió Itziar.

— Solo un rato m ás. Quiero comparar unas grafí as.

—De acuerdo. Cierra bien al irte.

Antes de irse, Itziar pasó por consigna para revisar en la bandeja de mensajería si había algún correo que no le habrían subido al despacho y había uno nuevo desde la Poste en V é zelay: Claire confirmaba su viaje para finales de mayo.

« Estamos en la última semana de mayo», pensó. Y no sabía nada de ella.

Cuando Itziar salió, el reloj marcaba las nueve y cuarto.

El vigilante la saludó con un gesto distra í do.

Itziar se march ó bajo la lluvia, sin saber la cadena de acontecimientos que se estaban a punto de desatar.

El amanecer del 29 de mayo entró por los ventanales del museo en forma de una claridad gris, fría, que apenas lograba romper la penumbra del laboratorio.

Itziar llegó antes que nadie. Dejó el paraguas en la entrada, colgó la gabardina y encendió las lá mparas de techo.

El haz de luz cayó directamente sobre la urna del códice, que parecía despertar junto a ella.

Ane ya estaba allí.

—¿Desde cuá ndo? —preguntó Itziar al verla inclinada sobre la mesa.

— Un rato. No pod í a dormir. So ñaba con las grafías —respondió con una sonrisa que apenas se sostuvo.

Sus manos temblaban un poco al pasar las pá ginas digitalizadas.

Itziar se acercó y observó el texto ampliado en el monitor.

En la esquina superior, un dibujo: un círculo con cinco puntos dispuestos alrededor.

—Otra espiral —dijo—. Pero aquí parece interrumpida.

— Exacto —respondió Ane —. Y junto a ella, un t é rmino que no he visto en ningún otro texto: Arg i-harri.

—¿Piedra de luz?

—Sí. Es curioso. Aparece en el mismo pasaje en que se menciona Gaueko por ú ltima vez.

Ane amplió el fragmento. Las letras, diminutas y angulosas, se ordenaban con una precisió n casi matem á tica.

—Podría ser una metá fora —añadió Itziar —. Tal vez algo usado en rituales de sanación.

— O una gu ía —susurró Ane —. Una piedra que ilumina el camino de los que caminan en la oscuridad.

Itziar levant ó la mirada.

—Eso es pura interpretació n simb ó lica.

—Todo lenguaje antiguo lo es —respondió Ane sin inmutarse.

El silencio se impuso durante unos segundos. En la ventana, la lluvia golpeaba con fuerza como si tuviera algo que añadir a esa conversación. En la mesa, el có dice digital segu ía abierto dispuesto a revelar la historia.

Itziar puso en marcha la cafetera, en los últimos meses la máquina tambi é n hacía horas extras.

—He recibido otra carta de Claire —dijo.

—¿Cuá ndo?

—Ayer. Está fechada hace más de una semana.

Sac ó un sobre color marfil de su carpeta. Lo abrió con cuidado y leyó en voz alta:

« Doctora Mendívil:

Las copias de los documentos que me envió confirman mi sospecha. Los bajorrelieves de las espirales y esa crux spiralata coinciden con los de otros lugares que he tenido oportunidad de investigar.

He encontrado en un monasterio de Borgoña un manuscrito que hacía alusión a una antigua orden monacal de « guardianes de la luz» encargados de guiar y trasmitir conocimiento.

Pero tambi é n de proteger de los peligros de la oscuridad, de las creencias paganas.

Se pueden encontrar inscripciones en piedra como Lux in via .

Creo que esta orden la formaban no solo monjes, sino tambi é n laicos juramentados y maestros canteros.

En relación al códice, en el manuscrito encontr é anotaciones marginales relacionadas con los pueblos vascones, y de un saber mucho más antiguo, ancestral o incluso divino.

Si mis deducciones son correctas, el conocimiento que está en el interior del manuscrito de Irulegi no es de tipo religioso, sino más profundo de transformación.