El Códice de Gaueko Capítulo III. — Lux in via
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Capítulo III. — Lux in via

Cap í tulo III .

Lux in via

La carretera ascend ía y serpenteaba entre bosques de hayas, pinos y robles.

Jon llevaba horas conduciendo sin música, solo el zumbido del motor y la lluvia golpeando el parabrisas. Los pueblos se sucedían como postales borrosas: Avallon, La Charit é -sur-Loire, Nevers. Todos distintos, pero todos iguales, prados verdes bajo el cielo gris.

En el asiento del copiloto, el cuaderno de Claire permanecía abierto por la mitad, sujeto por una piedra que había recogido en la basílica. Cada vez que miraba de reojo las letras inclinadas sentía que ella seguía hablando desde el papel.

Paró en una gasolinera. El aire olía a gasolina y asfalto.

Mientras llenaba el depó sito, observ ó cómo las gotas de agua empezaban a caer en la uralita del tejado que tapaba los surtidores y pensó que no recordaba un día sin lluvia desde que empezó el caso.

La primavera estaba siendo m ás lluviosa pese a que estaba llegando a su fin.

Entr ó a pagar y en la tienda se pidió un caf é y una caja de cigarrillos. Encendió uno, llevaba años sin fumar, pero el gesto regresó con una facilidad inquietante.

Volvi ó al coche y puso un poco la calefacción, con la lluvia la temperatura había bajado y el destemple por la falta de descanso se acrecentó. En el retrovisor, su propio rostro le pareció un desconocido: barba incipiente, ojeras marcadas, la mirada más cansada que el dí a anterior.

Puso el coche en marcha. La carretera se estrechó entre bosques y, durante un rato, solo se oyó el roce de las ruedas expulsando el agua de la ví a.

De ni ño odiaba los viajes largos.

Record ó el asiento trasero del coche de sus padres, el olor al cuero nuevo de los asientos y al ambientador en forma de pino; a su padre conduciendo mientras sujetaba el volante con una mano y con la otra un cigarrillo de tabaco negro y sin filtro; la madre tarareando canciones en español, invitando a Jon a unirse con su sonrisa dulce.

Parpadeó. Y el sonido del limpiaparabrisas trajo de nuevo a Jon al presente.

Subi ó el ritmo de su respiración.

—No pienses.

Pero era imposible. La soledad de la carretera dejaba que esos recuerdos entraran en su mente, y el peor de todos, la p é rdida de sus padres en uno de esos viajes, una mochila que le lastraba con la misma intensidad pese al pasar de los añ os.

En su mente, de nuevo, el recuerdo de la primera noche tras el accidente que la pasó en una celda del monasterio, sin entender dónde estaba.

Los monjes hablaban en voz baja y el eco de sus pasos lo despertaba cada hora.

Fray Bernard le trajo un vaso de leche caliente y un trozo grande de brioche y se sentó junto a la cama.

— Duerme —le dijo—, ahora nosotros cuidaremos de ti. —Palabras que se grabaron a fuego en su retina. Jon no durmió, pero se quedó escuchando las campanas hasta el amanecer.

Ahora, d é cadas despu é s, segu ía escuchándolas.

La carretera al final lo llevó a su parada, Roncesvalles.

Aparc ó junto al muro del antiguo hospital de peregrinos y se detuvo un instante a mirar las montañ as.

El paisaje le parecía abrumador, envolvente; el aire tenía un silencio denso, como si el valle contuviera aún los ecos de las antiguas huestes que cruzaron aquel paso. Incluso le vino el recuerdo de la é pica batalla acaecida siglos atrás entre las tropas de Carlomagno y los Vascones.

Las últimas horas de sol daban una tonalidad rojiza que se proyectaba en la Colegiata.

Era un lugar que parecía contener muchos más secretos de los que se podían contar. En el archivo local, un sacerdote joven le permitió acceder a las notas de restauración del siglo XIX que habí a le ído en las anotaciones de Claire.

Jon buscaba una referencia: la piedra nú mero 21 del p órtico, la que, según el catá logo de V é zelay, guardaba la marca del magister navarrensis .

—Las marcas de cantero se conservan bien aquí —dijo el sacerdote mientras lo guiaba al claustro—. Cada maestro dejaba su signo. Algunos son simples iniciales, otros, verdaderos emblemas que pueden parecer escudos de armas.

—¿Y esa piedra? —preguntó Jon.

—Ah, la veintiuno… —pensó unos segundos — muro norte, junto al antiguo osario. Casi nadie la mira.

Pasaron por otro claustro que estaba medio en penumbra, cerrado a los peregrinos.

Jon recorrió los sillares hasta que la encontró: una piedra de tono más claro, tallada con un pequeño relieve.

All í, grabada con trazo firme y antiguo, estaba la media luna invertida que había copiado en V é zelay.

Y sobre ella, una pequeña cruz de brazos curvados girando hacia el mismo lado. La crux spiralata.

Jon pas ó la yema del dedo sobre la incisión buscando má s irregularidades.

En el borde inferior había una inscripción minúscula, desgastada pero aún legible.

Se inclinó y la leyó en voz baja:

— Lux in via .

El sacerdote frunció el ce ño con relativo asombro.

—Curioso lema para una piedra funeraria. Luz en el Camino. La luz como acceso al conocimiento; cuando hay luz, las sombras desaparecen, y con ellas, miedos e ignorancia. Suena a guí a para laicos iniciados.

Jon guard ó silencio. Record ó que su tío, fray Bernard, tambi é n se despidió con esa frase.

La tarde declinaba. Desde el claustro, se oía el viento colarse por los arcos y el repique leve de una campana al lado de la hospederí a.

Jon levantó la vista hacia las laderas y, cuando volvió a fijarse en la piedra, lo vio: el sol, al rozar el canto pulido del sillar, rebotó en un destello oblicuo que apuntó hacia la ladera oriental.

Consult ó el rumbo con el móvil: 150º SSE.

No era solo una firma de cantero, era deliberado. Era un gui ño de orientación.

Se quedó un momento pensativo.

Sac ó el m óvil y marcó el n ú mero de Cluny.

—¿Podría hablar con fray Bernard? —pidió.

Unos segundos despu é s, la voz de su tío llenó la l ínea:

—Jon. Sabía que llamarí as.

—Estoy siguiendo las notas de la chica —dijo é l por fin— . Claire. Hay s ímbolos que se repiten: tallas en piedra, espirales, Lux in via. Aparecen en iglesias, en piedras, incluso en señ ales modernas.

—¿Has cruzado ya el Loira?

—Sí. Voy hacia el sur.

—Entonces ya no está s en Borgo ñ a. Est ás en el Camino.

Jon apoyó el tel é fono en el hombro y encendió otro cigarrillo.

—No s é qu é significa eso.

—Significa que las huellas que sigues no son casuales.

—Creo que he encontrado algo. Claire estaba siguiendo un itinerario oculto, quizá de canteros: un camino de autoconocimiento.

—El camino de la luz, Jon. Lux in via .

—En Roncesvalles, una piedra orienta a 150º SSE. ¿ Qu é hay en esa lí nea?

El fraile pensó durante un tiempo antes de especificar.

—Ibañeta primero; luego los valles del Aragón y la sierra de Leyre. En la loma, el monasterio.

—¿Leyre? Me suena del cuaderno de Claire.

—Si vas allí puedes pedir audiencia con el prior, se llama Gabriel. Les comunicar é que en estos días puede que vayas a verle. Te recibirán de mi parte.

—Gracias, tí o.

Jon apagó en el suelo la colilla y el viento pareció llenar un silencio en la distancia.

— Bernard … ¿estás ahí ?

Un murmullo sordo respondió, como si alguien más respirara al otro lado; luego, nada. Las campanas sonaron al fondo, amortiguadas. La línea se cortó.

Jon se quedó un rato con el tel é fono en la mano, mirando la nada.

Volvi ó al coche, encendió el motor y miró el mapa. La capital navarra no estaba tan lejos, aunque el cansancio le estaba pasando factura.

La noche lo alcanzó a su llegada a Pamplona.

Decidió alojarse en un hotel de las afueras donde poder cenar, ducharse y, sobre todo, descansar.

Subió al cuarto; una habitación amplia, con dos sillones y una mesa donde dejó la satchel.

Dejó el abrigo tirado sobre la silla y se acercó a la ventana.

Afuera, silencio; calles vacías. La lluvia volvió.

Corri ó la cortina y, sentado en la cama, encendió la l ámpara de la mesilla. Se puso un cigarrillo en los labios; mientras decidí a si prenderlo abri ó el cuaderno de Claire.

Las ú ltimas p áginas apenas legibles: anotaciones en franc é s, ingl é s y españ ol, fragmentos de frases.

« E n Bayona los símbolos cambian. En lugar de cruces, espirales. Quizás el mismo lenguaje, distinto dialecto. Confirmar con Itziar Mendivíl y el prior Gabriel en Leyre».

Le tembl ó la mano. Claire tambi é n hab ía escrito ese nombre. Gabriel sabía qui é n era por su tí o, pero Itziar no.

Sac ó el m óvil y buscó información sobre ella. Pero el cansancio le hacía mella, y decidió que al día siguiente estaría en mejores condiciones. Puso el tel é fono a cargar y cerró el cuaderno.

Se tumbó sobre la cama y, aunque seguía vestido, se quedó dormido pensando en toda la información que tenía hasta ahora.