Capítulo II. — El encargo en Borgoña #3
En el bar de la esquina pidió un caf é .
«Doble y bien cargado», añadió al camarero cuando le preguntó.
Mientras esperaba ojeó el cuaderno de Claire.
Algunas de las páginas estaban amarillentas por la humedad, lluvia quizás, y con anotaciones breves, casi cifradas con fechas, nombres de monasterios, croquis de capiteles, comentarios en franc é s, español y en ingl é s.
En la página correspondiente a V é zelay, una sola nota:
« E n el claustro norte de V é zelay, bajo el capitel del tercer arco, se distingue una cruz de brazos curvos, semejante al lauburu. No es ornamento ni parece firma de cantero».
Jon sabía, por instrucción de Fray Bernard, que muchos monumentos guardaban simbología con el conocimiento esot é rico e inici ático. Y si é l lo sab ía, Claire tambi é n.
Horas despu é s, una ligera llovizna sorprendió a Jon mientras ascendía la colina de V é zelay.
La imponente basí lica emerg ía entre la lluvia como un gigante de piedra, silenciosa, observante y custodia del pueblo.
El claustro se abría hacia la parte sur, donde el conjunto de columnas parecían crear un juego de geometría con las luces y sombras que entraban por las vidrieras.
Jon recorrió los capiteles uno a uno hasta que en el tercero la vio: una cruz cuyos brazos se retorcían en espiral, girando sobre un centro invisible. No era sim é trica ni parecí a cristiana. Era m ás bien un símbolo pagano o solo una broma del cantero de la é poca.
—¿Le interesa la piedra, monsieur? —dijo una voz detrá s.
Jon se gir ó. Un hombre mayor, rapado y con una perilla cana, de rostro sereno y sotana gris, lo observaba desde la galerí a.
—Busco un motivo particular —respondió Jon—. Esa cruz. No parece habitual en el romá nico.
El monje se acercó y siguió su mirada.
—Ah, la crux spiralata . Muchos creen que es un simple adorno solar. Pero su forma… —hizo un gesto con la mano— sugiere algo más antiguo. Los canteros traían sus propios signos, sus creencias. Algunos vení an de Borgo ña; otros, de reinos más lejanos: de Castilla o de Navarra.
Jon sinti ó un estremecimiento.
—¿Desde tan lejos?
—Sí. En aquella é poca los talleres itinerantes trabajaban por toda Europa. A veces dejaban su marca oculta, una manera de decir yo estuve aquí o quiz á mi dios tambi é n está aquí.
El monje lo miró con un brillo de complicidad, guiándole con la mirada de nuevo al relieve de la piedra.
—¿Sabe? Los antiguos llamaban a ese motivo «la rueda del sol». Pero hay quienes dicen que no representaba al sol… sino a algo que se oculta de ella, de la luz. Pero lo desconozco.
Jon guard ó silencio.
Record ó otra línea del cuaderno de Claire, escrita con trazo tembloroso:
« El símbolo gira hacia fuera. No sigue el ciclo solar. ¿ Ciclo antisolar? ¿ Ciclo lunar? ».
Jon cerró el cuaderno con cuidado.
La espiral seguía girando en su mente, como si lo llamara a continuar el camino de Claire.
Esperó a que el monje se alejara. El claustro volvió al silencio, solo interrumpido por el goteo del agua que bajaba de las gárgolas hacia los canalones.
Acarició la piedra. La cruz espiralata tenía el tacto frío y poroso, erosionado por siglos de dedos devotos y curiosos.
En el borde inferior del capitel, casi invisible bajo la pátina del musgo, notó una incisión distinta: unas líneas quebradas, como si fuera una cicatriz en la piedra.
Sac ó una pequeña linterna del bolsillo y la iluminó con cuidado. No era una grieta. Era un sí mbolo grabado.
Una figura diminuta, casi un sello: dos líneas curvas cruzadas en aspa, unidas por una pequeña media luna.
Jon la copi ó en su cuaderno. Parecía una marca de cantero, pero no coincidía con ninguna de las que había visto en otros templos borgoñones, o al menos no las recordaba.
Al revisar las notas de Claire encontró un apunte marginal escrito al costado de la descripción del claustro:
« Marca con media luna invertida. Posible procedencia vascona. Taller itinerante – ruta de peregrinación hacia Roncesvalles».
Jon mir ó de nuevo la piedra. La media luna parecía orientarse hacia el suroeste, como apuntando en una dirección.
¿Podía ser una indicació n? Sab ía que habí a le ído algo en las anotaciones del cuaderno de Claire. Volvió a buscarlas y encontró el apunte que hacía alusión al responsable de la restauración de unos capiteles:
« Motivo no identificado. Presunto signo de maestro navarrensis. V é ase concordancia con la piedra n.º 42 del p ó rtico de Roncesvalles».
Jon se reclinó en la silla. El nombre estaba subrayado en lápiz: Navarrensis . Dedujo que Claire recibió algún tipo de permiso para acceder a la biblioteca y poder consultar el inventario de los capiteles restaurados y la relación con su iconografía durante el tiempo que estuvo aquí.
Termin ó su visita en la basílica y parecía saber cuáles habían sido los siguientes pasos de la desaparecida.
Desde la explanada, el horizonte de colinas se extendía hacia el sur.
Más allá estaban los pasos pirenaicos, y tras ellos, Navarra.
Claire había llegado hasta V é zelay. Pero su ruta no terminaba allí y Jon sabía ya hacia dónde debía ir: Roncesvalles, el umbral donde la fe medieval y los dioses antiguos aún parecían estar dormidos entre caminos y montañ as.
Descansó en una hospedería y a la mañana siguiente alquiló un coche y tomó rumbo sur.