El Códice de Gaueko Capítulo II. — El encargo en Borgoña #2
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Capítulo II. — El encargo en Borgoña #2

—Claire estuvo aquí hace un par de meses.

Trabajaba con los incunables del siglo XV y anteriores.

Copiaba inscripciones de manuscritos litúrgicos, pergaminos, tratados y demás compilaciones para documentar su tesis.

Incluso el prior se interesó tanto por su trabajo, que le autorizó la entrada de la zona del Thesaurus Librorum , dentro del scriptorium , previa autorización del Armarius y el prior Claustral .

Como bien sabes, esto son zonas muy restringidas, incluso para muchos de los hermanos que estamos aquí.

—¿Dijo algo sobre lo que buscaba?

—Hablaba de un manuscrito, de un códice. Un texto perdido que mencionaba una lengua anterior al latín. De una simbología concreta y escritura prerromana. Habló de una doctora española y un hallazgo, pero no me interes é mucho má s.

—Necesito que me digas el significado de estas palabras. —Jon le enseñó la escritura en latín— . Mi lat ín no fue lo que mejor aprendí aquí.

La expresión de la cara de Bernard cambió cuando sus ojos terminaron de leer el texto, y con un tono de voz casi esc é ptico a ñadió:

—… y aquel códice que los bárbaros llaman Gauekon liburua yace oculto en las tierras de los vascones... de inmenso poder que guarda dormido al señor de la oscuridad...

Jon se apoyó en la silla.

—¿ Gauekon liburua ? ¿ Qu é significa, t í o?

—El libro de Gaueko. Jon, ¿ qu é conocimiento tienes sobre mitologí a precristiana vascona?

—Nada en profundidad.

—Gaueko. El señor de la oscuridad. Lo que para nosotros es el Mal.

Lucifer —añadió el religioso —. Aunque posiblemente tenga una connotación má s poé tica, de conocimiento, como nuestra serpiente en el paraí so de Ad án y Eva.

En cualquier caso, poco más te puedo ayudar, hijo. Creo que vas a empezar un largo camino.

Durante un momento no dijeron nada. Afuera, un rayo de sol rompió la nube y tiñó de oro las piedras del claustro.

Fray Bernard cerró el cuaderno de anotaciones de Claire, devolvi é ndoselo con un gesto paternal a Jon.

—No somos quienes tenemos que juzgar, Jon. Eso no nos compete. No lo hagas. La muchacha tenía el veneno de la curiosidad, como tú lo tienes ahora.

—No la juzgo —dijo Jon—. Solo quiero saber por qu é desapareció sin dejar rastro.

El monje se levantó, fue hasta un mueble bajo y regresó con un mapa desplegado.

—Cluny fue el principio del Camino. De las peregrinaciones.

Pero antes hubo sendas mucho má s antiguas.

Esta ruta que ves aqu í —señaló una l ínea que cruzaba Borgoña y descendía hacia Navarra— era usada por los peregrinos, pero tambi é n por quienes portaban y guardaban tanto conocimientos como secretos.

Jon siguió la l ínea con la mirada.

— Lux in via …

—La luz en el camino. Un lema antiguo de nuestra orden. Pero, Jon —añadió, bajando la voz—, la luz tambi é n proyecta sombras, y las sombras mueven los miedos, y los miedos atraen… — cort ó en seco —. En fin, guarda cuidado, hijo.

El reloj del campanario dio la hora para el primer oficio.

Jon dobló el mapa y lo guardó en su satchel, una bandolera de cuero oscuro gastada por los años, de la que sobresalían pliegos doblados y el lomo de un cuaderno de campo. Parecía má s un zurr ón de un pastor que el equipaje de un investigador moderno.

— Si Claire sigui ó esta ruta, yo har é lo mismo.

Fray Bernard lo miró durante un largo rato, con un extra ño presentimiento, como si fuera la última vez que se viesen.

—Entonces, escucha un consejo de quien ha pasado demasiados años entre muros: si buscas verdad, encuentras verdad.

Jon no respondió. Sabía que esas palabras eran demasiado profundas para estar sin caf é .

Salió de la biblioteca y cruzó el patio sin mirar atrás.

Desde el exterior de la abadía el sol había roto la neblina y el día anunciaba un paisaje urbano de Cluny inmejorable, las piedras relucían, la ciudad parecía má s viva.

Hizo una parada previa para ir a su casa a preparar una maleta antes de dirigirse a la estación.

El primer tren que salió despu é s del alba fue el que llevó a Jon a V é zelay. Donde empezaría a buscar respuestas.

El cielo era una manta gris que prometía más lluvia, y el aire olía a tierra reci é n removida.

Jon bajó con su zurrón al hombro y una maleta que empujaba con el brazo.

Apenas había dormido, el insomnio le atacaba por temporadas, y cuantos más problemas, peor descansaba, y eso estaba siendo una constante.

El traqueteo de los vagones y la conversación incesante de dos turistas habían convertido el viaje en una sucesión de minutos de dispersos cabezazos, dejando el cuerpo de Jon un poco má s cansado.

Cruz ó la pequeña plaza frente a la estación. A lo lejos, en lo alto de la colina, la basílica de Sainte Marie Madeleine dominaba el pueblo. El camino que subía hasta ella era empedrado, estrecho, flanqueado por casas de piedra dorada.

Jon empezó a subir despacio.