El Códice de Gaueko Capítulo II. — El encargo en Borgoña
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Capítulo II. — El encargo en Borgoña

Cap í tulo II .

El encargo en Borgoña

La lluvia caía fina y persistente sobre los tejados de Cluny.

Desde la ventana de su despacho, Jon observaba cómo el agua resbalaba por las canaletas del edificio y se perdía en el patio interior, donde a capricho del viento las hojas se iban agrupando con cí rculos lentos.

Frente a é l, una pila de carpetas: facturas impagadas, informes de clientes que ya habían olvidado su nombre, fotografías de rostros sin expresión, requerimientos para el juzgado.

Esa tarde la dedicaría a poner en orden todo ese trabajo que antes hacía su secretari a.

Apoyó los codos sobre la mesa. A su espalda, la orla de graduación de la Universidad de Navarra como detective privado; al lado, el tí tulo de m áster que lo habilitaba para trabajar como experto forense en los juzgados.

Sus primeros trabajos desde que volvió de España consistieron en cotejos caligráficos e informes de falsedad documental para distintos organismos: tareas que le resultaban particularmente aburridas, pero necesarias, hasta que pudo dedicarse por completo a la investigación.

Ser detective en Cluny era casi una ironía; el silencio no dejaba lugar a los misterios.

Y, sin embargo, seguí a all í , resisti é ndose a abandonar aquel rincón del mundo que había sido su refugio durante má s de dos d é cadas.

El reloj marcaba las cinco cuando oyó los pasos.

Tres golpes firmes en la puerta, un compás que sonó má s urgente que corté s.

Jon se incorpor ó y al abrir vio a un hombre empapado bajo un paraguas cerrado: alto, elegante, de cabello corto y gris, repeinado hacia atrá s.

—¿ Monsieur Jon Lavoisse? —preguntó el visitante.

—Sí. Pase y si é ntese.

El hombre dejó el paraguas junto a la puerta, se quitó el abrigo y lo dobló con un gesto meticuloso antes de sentarse.

—Soy François de la Rochelle. No s é si mi nombre le sonará… —dijo, con una voz grave, conteniendo la urgencia de un impulso mayor.

Jon afirmó con la cabeza. Sabía que era uno de los grandes empresarios y filántropos de la zona de Borgoña. Sus donaciones a las restauraciones de patrimonio histórico nacional, subvenciones en proyectos de investigación y recuperaciones arqueológicas eran muy conocidas.

—Tenemos un amigo en común, el hermano Bernard, de la abadía. Me habló de usted.

Jon sinti ó un leve sobresalto. Hacía años que nadie mencionaba a su tío en ese tono.

Asintió, y el visitante continuó:

—Mi hija ha desaparecido. Se llama Claire.

El silencio volvió a ocupar la habitación. Fuera, la lluvia golpeaba el cristal como un metró nomo. Jon se sent ó despacio, abrió el cajón y sacó una libreta para tomar anotaciones.

—¿Cuándo fue la última vez que supo de ella?

—Hace tres semanas. Había comenzado una ruta por el Camino de Santiago. Quería recorrerlo desde Borgoña hasta Navarra. Me enviaba mensajes al principio, breves, solo para decir que estaba bien. Luego, nada.

Franç ois abri ó la cartera que traía y sacó una carpeta de cuero.

— La polic ía cree que se extravió en V é zelay.

Dejó sus pertenencias en la posada donde se hospedaba, y ya volvió allí.

Además, y como dije a la policía, sabía que estaba documentándose para su trabajo y estaba en contacto con gente de Navarra, en España.

Aunque parte de sus pertenencias estaban en V é zelay, me consta que tenía contacto con una doctora en arqueología del Museo de Navarra, o algo así.

Pero no sé nada más. La Gendarmería Francesa y la policía española archivaron el caso por falta de pruebas, eso me dijeron.

No hay signos de violencia ni nada que no demuestre que fuera algo voluntario.

Jon abrió la carpeta. En el interior, informes policiales, copias de correos electró nicos, una fotograf ía: una joven de rostro sereno, ojos claros, el cabello recogido en una trenza. Había algo en su mirada que transmitía determinación.

—¿Arqueó loga? —preguntó Jon, al leer el encabezado de un documento.

—Restauradora. Y curiosa a partes iguales. Trabaja para la Universidad de Dijon. Está estudiando iconografía precristiana o algo parecido en los monasterios del Camino y quería documentar todo el trabajo haciendo una labor más de campo, está en su ú ltimo recorrido del doctorado.

—¿Y mencionó algún contacto, algún motivo especial para hacer ese viaje?

—Solo que había encontrado algo en Cluny, algo que la intrigó. Como puede intuir, mi relación con Claire en los ú ltimos a ños se fue distanciando.

Jon levantó la vista.

—Entonces tengo que empezar en Cluny para seguir sus pasos. ¿En la Abadí a?

—Sí. Dijo que era una referencia a un manuscrito relacionado con el antiguo pueblo vascón. El Có dice de Gaueko , creo que lo llamó. No entendí gran cosa, pero lo repitió varias veces.

Jon apoyó la espalda en la silla.

François siguió hablando:

—Mi amigo, fray Bernard, insistió en que hablara con usted. Dijo que… —el hombre vaciló— que usted sabe escuchar los silencios que las piedras guardan.

Jon esbozó una sonrisa leve.

— Mi t ío siempre fue má s poeta que monje.

De la Rochelle no sonrió.

—No me importa el dinero, monsieur Lavoisse. Solo quiero saber qu é le pas ó a mi hija. Si sigue viva. Si alguien la ayudó o la detuvo.

Abri ó la cartera por segunda vez y sacó una pequeña caja de madera.

—Esto le pertenecí a. La polic ía me la devolvió. No he tenido valor de abrirla.

Jon tomó la caja. Estaba húmeda, con la tapa agrietada. La abrió con cuidado. Dentro, un cuaderno de tapas de cuero, una cámara compacta y una piedra del tamaño de un puñ o, con un s ímbolo tallado en espiral.

Jon pas ó el pulgar por la superficie. El relieve era tosco, antiguo.

—La llevaba siempre consigo —dijo De la Rochelle—. Dijo que era una marca de paso, una firma.

El reloj del despacho marcó el cuarto de hora con un clic seco.

Jon dejó la piedra sobre la mesa.

—La buscar é — dijo al fin—. Pero necesito tiempo. Y acceso a sus notas.

—Tómelo. Le dejar é copias de todo. Le dar é todo lo que necesite.

El hombre se levantó y recogió el abrigo. Antes de marcharse, a ñadió:

—Por favor, haga todo por encontrarla.

Jon lo acompañó hasta la puerta. Cuando el sonido de los pasos se perdió por el pasillo, volvió a su mesa.

Encendi ó la l ámpara del escritorio, la oscuridad era mucho mayor. La luz amarillenta tiñó la vieja madera, el cuaderno, la piedra.

La lluvia seguía cayendo sin descanso. Cogió el termo de la mesa y se echó el poco caf é que aún le quedaba.

Abri ó el cuaderno por la primera página, que estaba fechada un mes atrás:

«Anotación de campo. Cluny, 12 de marzo de 2025.

Referencia encontrada en el manuscrito 58C:

… et ille codex, quem barbari Gauekon Liburua vocant, in terris Vasconum latet; immensi est potestatis, quae dominum tenebrarum sopitum custodit …» .

Jon leyó la l ínea tres veces. Apenas recordaba el latín que estudió en la abadía.

Pero sí sabía quién podría tener esas respuestas.

Cerró el cuaderno y permaneció largo rato escuchando la lluvia mientras apuraba con sorbos las últimas gotas de caf é .

Se había hecho tarde y la noche había llegado.

Cerró el despacho y decidió que a primera hora de la mañana empezaría a seguir las pistas que le habían proporcionado

La lluvia había cesado al amanecer, pero el aire conservaba el olor de la noche hú meda. Jon camin ó por el sendero que unía el pueblo con la abadía. Los tejados aún brillaban bajo las luces blancas de las farolas, y la piedra de los muros rezumaba agua.

La silueta de la Abadía de Cluny emergía entre la neblina: las arcadas, el campanario, los jardines trazados con una geometría monacal que parecía resistir el paso del tiempo, un tiempo anclado desde siglos pasados, imagen muy distinta a la temporada estival.

Hacía años que Jon no entraba por aquella verja. Durante un instante pensó en volver atrás, pero el recuerdo de la caja sobre su mesa —el cuaderno, la piedra, el nombre de Claire— lo empujó a seguir. Hab ía adquirido esa responsabilidad.

Un joven monje le abrió.

—Vengo a ver al padre Bernard.

—Me ha dicho que le espera en la biblioteca —respondió el monje, con una leve inclinación.

Jon atraves ó el claustro. El sonido de sus pasos se perdió entre los arcos del claustro principal, donde el eco era el mismo que recordaba de niñ o.

Hab ía pasado media infancia allí, despu é s del accidente que se llevó a sus padres.

La abadía lo había alimentado, enseñ ado, salvado … pero tambi é n confinado.

En la biblioteca la luz entraba tamizada por los vitrales. El olor interior era el mismo que el de los siglos anteriores: a tinta, pergamino y cera.

Fray Bernard estaba de pie frente a una mesa cubierta de libros y algún manuscrito. Estaba más delgado, el cabello completamente blanco, pero su voz conservaba la firmeza de siempre.

—Has tardado en venir —dijo sin mirar.

—No suelo venir cuando llueve.

—Entonces en los ú ltimos a ños siempre llueve, Jon. Jejeje —rio con iron í a.

Se abrazaron con la torpeza de quienes llevan tiempo sin hacerlo. El monje lo estudió con una mezcla de afecto y prudencia.

—François vino a verme. Me habló de su hija. Como bien sabes, ha sido un gran benefactor de la abadí a. S é por la situación de escasez que estás pasando, hijo, y le envi é a ti.

—Quiere que la encuentre.

—Y lo harás. No me cabe ninguna duda, hijo.

Jon sonrió sin ninguna convicción.

—No soy policía, tí o.

—No. Pero sabes ver lo que los demás no miran.

Eso sigue siendo útil. Además, tu especialidad es la búsqueda de personas desaparecidas, de hecho, desde que dejaste de dar clase en la universidad, solo te dedicas a eso —aseveró—.

Y s é que la é poca de bonanza est á pasando de largo.

S é que puedes hacerlo y François te pagará bien.

El monje se sentó junto a la mesa y abrió un libro grueso, de cubiertas de piel.