Capítulo I. — Cuando llega la oscuridad
Cap í tulo I .
Cuando llega la oscuridad
El castillo se alzaba unos metros más arriba, un esqueleto de piedra recortado contra el cielo sin estrellas, envuelto en un silencio abrumador. A lo lejos, Pamplona era solo un parpadeo de luces ahogadas por la bruma, visible más por el recuerdo que por la vista.
No era la primera vez que subía aquel monte, pero esa noche era distinta.
El aire fresco traía un olor distinto al recordado de pino y naturaleza.
Habí a temor, suspense y decisi ón en el ambiente.
En su mente las luces sordas de las sirenas, la sangre en sus manos, el miedo en su corazón, y en su cabeza un so lo nombre. Claire.
Los últimos acontecimientos habían cambiado su paradigma mental; se había abierto a una espiritualidad más profunda, aunque todavía no entendía hacia qu é , pero algo en su interior se removía.
Se detuvo. Apagó la linterna y escuchó. Nada.
Solo el susurro del viento entre los pinos y arbustos, algún roedor entre la maleza.
Todo el paraje parecí a fantasmag órico, ajeno al tiempo.
«Sugestión», pensó. «O miedo, tal vez». Pero su racionalidad lo obligó a seguir.
El sendero se estrechó en una trinchera de barro.
Jon apoyó una mano en la roca, sintiendo la respiració n acelerada.
Ú ltimamente hab ía tenido más actividad física, pero nunca fue ni mucho menos un atleta.
Había dejado el coche a la entrada del camino que estaba al final del pueblo, porque una cadena impedía el acceso en vehículo hasta la cima.
Los postes con carteles recordaban la normativa sobre el acceso a los recintos arqueológicos.
A medio camino, una silenciosa y húmeda niebla blanca empezaba a acompañarle.
Mientras subí a record ó a Itziar Mend ívil, la llamada que lo había iniciado todo, la voz temblorosa de la directora del museo al mencionar por primera vez el códice.
Nadie había entendido su magnitud hasta que fue demasiado tarde.
El terreno se empinaba a medida que se acercaba a la cima. La luz de la linterna parpadeó debido a la humedad que entraba por todos los lados. Jon tenía la camiseta interior mojada por un sudor frío y la chaquetilla que llevaba por fuera, con una película de agua.
Cuando alcanzó la explanada el castillo se levantó ante é l en toda su desolació n: muros derrumbados, torres reducidas a cubos de piedra, el port ón abierto como una herida negra.
Entró por el primer torreón de la entrada sin pensarlo.
El interior olía a humedad y a silencio de siglos.
La piedra del suelo era resbaladiza y la estrechez de sus muros resultaba claustrofóbica.
La luz de la linterna reflejó marcas y escrituras en una de las piedras de la pared, que ya había visto en el museo, lauburus , espirales dobles como en Leyre, y la palabra Gaueko.
Un golpe seco lo hizo girar. Provenía del patio exterior.
Apagó la linterna y esperó . Pasos. Una voz.
S ílabas que no reconocía, otro idioma, palabras repetidas como un mantra con una cadencia que resultaba hipnó tica, atrapante.
Avanz ó despacio hasta el arco derrumbado.
Desde allí vio, entre la niebla, una figura encapuchada arrodillada ante un altar de madera tallada.
Su forma helicoidal recordaba un lauburu , y de su centro partían cuatro surcos que terminaban en las esquinas donde había colocadas unas piedras negras, como roca volcá nica.
El corazón de Jon golpeó con fuerza. La escena era completamente ritual. Ocho antorchas rodeaban el altar, oscilando con el viento y bailando con los cá nticos. La figura encapuchada levant ó una l á mina met álica, rectangular, que reflejó el fuego en los ojos de Jon como una llama cegadora.
La tablilla.
El canto se detuvo y el fuego pareció congelarse, inmóvil.
El encapuchado extendió los brazos ofreciendo el metal a la noche, lo que pareció provocar como un destello a modo de respuesta.
Unos aullidos próximos hicieron vibrar el suelo bajo los pies de Jon.
El pulso se le aceleraba y su corazón parecía ir al ritmo del que teme por la vida.
Entonces, la figura pronunció una última frase. Su voz era humana, o al menos eso parecía. En ese instante, el fuego de las antorchas pareció apagarse con el aullido cercano de un lobo, creando una oscuridad total en la explanada, para volver a recuperar de nuevo la siniestralidad de la escena.
Jon dio un paso adelante. Observó. Había algo que no podía ver y que la distancia y el cuerpo del misterioso personaje le tapaban. Al avanzar dos pasos má s, distingui ó algo sobre el altar. Una silueta. Un cuerpo inerte. El encapuchado levantó una daga y el tiempo pareció detenerse.
La joven, desnuda e inmóvil sobre la madera, abrió los ojos un segundo antes del golpe, lo justo para ver cómo la hoja entraba en su pecho, sin oponer resistencia .
El grito resonó como un desgarro. La sangre corrió desde el centro del altar serpenteando por los surcos hasta las piedras negras, que parecían comenzar a brillar.
—¡ No! ¡ Para! —gritó Jon.
Pero ya era tarde.
Sac ó valor y fuerza del interior de sus entrañas y se abalanzó hacia el encapuchado. Jon recibió un golpe en el brazo al intentar esquivar el mamporrazo recibido con la antorcha, quedando apostado contra una pared del muro.
Jon aprovechó un despiste del asesino para coger una piedra y dejarle inconsciente.
Se apresuró hacia el altar, donde reposaba el cuerpo de la joven. Quiso pedir ayuda, pero recordó que había dejado su tel é fono en el coche. Escuchó el ruido de un motor. Se giró y vio como el encapuchado huí a.
La suerte parecía que seguía jugando en su contra. Necesitaba ayuda. Tenía que salvarla.