El Códice de Gaueko Prólogo. — Soroneku
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El Códice de Gaueko

El Códice de Gaueko

Por Alberto Luna Vasco

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Prólogo. — Soroneku

Prólogo.

Soroneku

El calor del sol en lo alto de la colina era sofocante para las horas tempranas de la mañana. Desde el lateral de la ladera se podía ver cómo una baja niebla se entrelazaba entre los pinos y los arbustos.

La zona de trabajo estaba completamente delimitada, y el perímetro acordonado con los puestos de trabajos definidos.

El equipo de la Sociedad de Ciencias Aranzadi llevaba semanas excavando los restos de un poblado de la Edad del Hierro, y el único sonido que se escuchaba era el de las palas clavándose en la tierra, el roce de los pinceles y el susurrar de los que permanecían en el interior de la carpa.

Las conversaciones eran pocas, precisas, medidas con la misma atención con que se retiraba cada centímetro de tierra.

Itziar Mendívil revisaba desde el exterior unas fichas documentadas de los hallazgos que hasta ahora tenían.

El chaleco que vestía le tonificaba la silueta, y las botas le sumaban unos centí metros de m ás a su baja estatura.

El pelo negro recogido en una coleta alta y unas gafas de sol de pasta negra polarizadas, era la est é tica m ás habitual en ella.

No era arqueóloga de campo, pero conocía perfectamente todo el procedimiento de los años anteriores a su puesto y la expectación de estar quitando polvos de siglos para descubrir retales de historia.

A sus cuarenta y tantos, su trayectoria profesional la había llevado a dirigir el Museo de Navarra.

A su lado, Ane Gartzia ojeaba una carpeta plastificada.

Mucho más joven, de habla pausada, anotaba datos con un m é todo casi clínico.

Llevaba varios años trabajando con Itziar; algunos la juzgaban fría, demasiado meticulosa.

Itziar, en cambio, veía en aquel rigor la promesa de una mente brillante, el recuerdo de juventud de su pasado.

—Acaban de delimitar otra capa más abajo —dijo Ane, tendi é ndole una hoja—. Parece que hay fragmentos de bronce y algo que podrí a ser cer á mica.

Itziar asintió sin apartar la vista del cuadro de excavación. Uno de los arqueó logos se inclin ó sobre un rectángulo reci é n despejado. Pasó una escobilla mucho má s peque ña por encima de la arenilla y el brillo de algo metálico se reflejó en la mirada de la directora.

—¡ Cuidado! ¡Despacio! —exclamó Itziar Mendívil mientras se acercaba un poco má s al brillo.

—Espera… —murmuró el arqueólogo—. Esto… esto es una lámina.

Los sonidos y murmullos se pararon de golpe.

Un pincel más fino fue liberando las partículas de encima y alrededor de ese metal, liberando milí metro a mil ímetro la forma de esa figura.

—Parece una mano —dijo Ane.

Itziar se puso unos guantes de nitrilo y entró en el cuadro.

—Es una mano — confirm ó la directora—. La palma abierta con los dedos extendidos simula una mano humana, aunque por el tamaño no lo sea. El material parece bronce.

—¿Una ofrenda? — aventur ó alguien.

—O un amuleto —respondió otro—. La forma es inusual.

Ane tom ó fotografías, concentrada, antes de que se dispusieran a levantarla. A trav é s del objetivo de la cá mara observ ó algo:

—¡Itziar! Hay inscripciones —dijo—. Muy tenues. Parecen letras incisas, o glifos.

—Escritura paleohispá nica, bisil ábica tal vez — contest ó ella devolviendo la mirada con una sonrisa—. O una forma anterior más localizada, protoeuskera, la antigua lengua de los pueblos vascones.

La palabra quedó suspendida como una chispa.

Ane tomó el relevo con el pincel. El trabajo era meticuloso y propio de becarios y de arqueólogos de primeros años, no de alguien que era la mano derecha de la directora del museo, pero tenía una corazonada.

Trabajó con la precisión de un cirujano durante horas.

La mano de Irulegi, como la llamarían despu é s, apareció completa.

Pero no fue lo ú nico. Al retirarla, not ó algo más: una oquedad bajo la losa donde reposaba.

—Directora Mendívil —llamó—. Hay algo más debajo.

Itziar descendi ó al foso con cuidado, ajustándose los guantes. Ayudó a despejar los bordes del hueco y cuando la tierra ya no tapaba lo vieron. Una vasija cerrada.

—No está aquí por azar —dijo Ane—. Parece que es una ocultació n deliberada.

— Resina — confirm ó mientras pasaba el dedo por el cierre.

—Podría ser una ofrenda —dijo Ane—. Una urna, quizá.

—Si alguien selló esto as í es porque el contenido importaba. En cualquier caso, se traslada al laboratorio del museo, aquí no se abre.

El cielo había cambiado de lienzo y no se habían dado cuenta al estar absortos con los hallazgos.

El viento movía con más fuerza los plásticos y el cielo estaba ya completamente encapotado.

La amenaza de lluvia parecía inminente. Mientras descendían con la vasija embalada, una ligera lluvia empezaba a mojar los cristales del todoterreno.

—Ahora cae txirimiri —dijo Ane—. Suerte hemos tenido, doctora.

Ella sonrió.

—La Mano justo encima. Es casi… protector. Me recuerda a una señal de stop.

—Una alerta — replic ó Itziar —. Pero no lo s é . Aunque no parece casual.

El trayecto transcurrió sin palabras. Ane revisaba notas en la tablet ; Itziar miraba el paisaje húmedo, los campos y sombras de los montes. El silencio compartido entre ambas tenía la misma sensación: el descubrimiento de algo que dejarí a legado.

El Museo de Navarra estaba casi vacío a esas horas.

El vigilante de seguridad de la entrada era el único custodio de los restos de historia.

Aparcaron el vehículo en la parte de atrás, y accedieron por una puerta lateral con las cajas.

En el laboratorio de conservación, el equipo recibió la vasija siguiendo protocolo: registro, documentación, fotografía.

Tras el cristal de seguridad, Itziar supervisaba; Ane y dos t é cnicos depositaron la pieza sobre la mesa principal.

En una bandeja aparte, la Mano de Irulegi —ya limpia, fotografiada— dejaba ver la pátina verde y los surcos de las letras, aú n por descifrar.

Ane observaba las fotografías de esas marcas.

Analizando el exterior de la vasija se dio cuenta de que había unas hendiduras.

En un lado, unas espirales, y en la parte inferior había una especia de cruz, como un lauburu , pero algo distinto en la forma tal y como se conoce hoy.

La fascinación por todo ese material se veía reflejada en su cara.

—No aparece en repertorios estandarizados de la Edad del Hierro —explicó—. Pero se repite en algunos petroglifos pirenaicos. Interpretaciones diversas: ciclo lunar, ritual nocturno…

—En la mitologí a vascona … la noche tiene un nombre: Gaueko —murmuró uno de los t é cnicos.

—¿ Perd ó n? —preguntó Itziar.

—Un cuento —se excusó el joven— . Mi a mama decía que Gaueko era el señor de la noche. Leyendas que nos contaban los abuelos para que fu é ramos precavidos.

—El folclore tambi é n forma parte de la historia — concedi ó Itziar —. Pero aquí trabajamos con la base empírica. Ciencia y hechos.

Ane asintió y siguió con el protocolo.

La hora del final de la jornada llegó y el personal empezó a marcharse, quedando solo ellas dos. La mayoría recogió instrumentos; el vigilante encendió las luces del pasillo y se despidió. El laboratorio quedó en un silencio profesional.

—Si quiere, doctora, no me importa quedarme y proceder a la apertura de la vasija. No tengo prisa por ir a casa — sugiri ó Ane .

Itziar dudó. El dí a inici ó muy temprano y se encontraba cansada. Pero la curiosidad de ambas era más fuerte.

—Haremos una inspección mínima. Sin forzar. Solo registro y documentación.

Ane sac ó el trípode y ajustó la c á mara de v ídeo en él, enfocando hacia donde reposaba la vasija. Los dos pitidos cortos avisaban del inicio de la grabación a las 22:07h.

—Registro de apertura, pieza IRU-105. 2021-06 Vasija cerámica sellada. Sello intacto. Procedemos a examen externo —dictó Ane.

Itziar, con un guante de nitrilo, sujetaba en la mano una espátula fina que cuidadosamente iba retirando la suciedad y la cera que sellaba la oquedad de la vasija.

Con la ayuda de una tenaza quitó la madera que hacía de sellado vacío.

Se escuchó un leve sonido de descorche. Ane alumbró en el interior del recipiente y dijo:

—Es eso… ¿un manuscrito?

Itziar asintió mientras lo sacaba con cuidado del interior y lo depositaba encima de la mesa de trabajo.

Parecía protegido con una tapa endurecida de piel de animal, y la encuadernación hecha con cera o resina. Abrió la primera página. El asombro de ambas no lo reflejaba la cámara, que hacía tiempo que ya no grababa por falta de baterí a.

—Ane, mira esta tablilla. Es más grande y está completamente llena de grafías similares a las que hemos visto en la mano.

Fíjate. —Se dirigió a ella mostrándoselo—.

Hay como unas hendiduras en sus extremos, con espirales, otra vez espirales, pero encendido inverso, hacia la izquierda, Ane.

Estoy convencida de que esta escritura parece ser de un estadio mucho más primitivo al euskera moderno, creo que es protovascón.

Siguieron ojeando el resto de hojas en los que aparecían dibujos de animales, plantas, recetarios… todo escrito con la misma simbologí a.

—Creo que es un compendio, o un manual.

—Esto es un có dice —murmuró Itziar, incr é dula. Y sorprendida del hallazgo.

El registro se completó con total profesionalidad: fotografías de detalle, micromuestras superficiales, etiquetado.

— A c á mara de conservaci ón — orden ó Itziar .

Ane ejecutó el protocolo con eficacia: sellado, traslado, firma, depósito. La mano junto con la tablilla regresaron a una vitrina de tránsito para control de humedad.

Itziar subió andando las escaleras hacia su despacho situado en las plantas superiores. Abrió la puerta y se sentó en su escritorio para terminar informes y papeleos. El reloj de pared marcaba más de las once de la noche.

Llamaron a la puerta. Ane asomó, sirviente y respetuosa como siempre.

—Cámara cerrada y sellada, doctora. La llave queda en consigna en la caja de seguridad dos. Aquí el resguardo que me han dado en seguridad.

—Gracias —dijo Itziar—. Buen trabajo. Descansa; mañ ana seguiremos.

— Agur, doctora —dijo Ane despidi é ndose con una inclinación de cabeza. Cerró la puerta y se marchó.

Itziar se quedó mirando el resguardo. Se sentía cansada, pero sabía que todavía le quedaba algo por hacer. Cogió el tel é fono y marcó un número guardado desde hacía años en la agenda: G. Leyre.

—Habla el prior Gabriel —respondió una voz firme y cá lida.

—Padre, soy Itziar Mendívil —dijo—. Hemos encontrado algo en las excavaciones de Irulegi.

Al principio se halló una especie de amuleto con unas inscripciones antiguas, en forma de mano; bajo ella, una vasija sellada que en su interior contení a un c ódice de piel con inscripciones en lo que creo que puede ser protovascón, y una tablilla metá lica con s ímbolos que… no logro ubicar.

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea.

—Hija, ¿necesitas ayuda t é cnica?

—Bueno, tal vez. Sí. Quizá solo una segunda mirada. No es urgente, pero hay algo en el trazo que me resulta anó malo. Si el profesor Martin y tú pudierais pasar por el museo, me gustaría mostraros las piezas.

El prior pareció pensarlo un instante antes de responder.

—Podemos hacerlo. Hablar é con Mart ín, ahora está en su celda durmiendo. Como sabes, dirige un master en la Universidad de Navarra sobre paleografía y escritura prerromana. Martin seguro que estará encantado de ayudaros.

—Perfecto. Gracias, padre. Te espero en los pró ximos d í as.

Colg ó el tel é fono, apagó las luces, guardó el resguardo en un cajón y salió del despacho. Se despidió del vigilante de la entrada y se alejó por las calles empedradas.

El museo dormía, pero entre sus paredes parecía que algo acababa de volver a despertar.