El Club 25 #2
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25 #2

—Sé lo de los suplementos y sé perfectamente el trapicheo que te traes con Oskar… —escupió de malas formas—. Os estoy viendo después de los entrenos. Y algo me dice que Jon también ha empezado a sospechar.

June apretó la mandíbula.

—Baja la voz.

—¿Por qué? —recriminó—. ¿Te da miedo que me oigan los pájaros?

—No te pases, ¿vale?

La tensión empezaba a flotar en el aire.

—No me paso.

El tono de Alba se endureció.

—Todos empiezan a sospechar, June… Es imposible la mejora que has dado en semanas, ¿sabes? —instó—. Ese rendimiento no es normal.

June notó la rabia levantándosele por dentro como una fiebre.

—¿Y qué coño sabrás tú?

Alba dio otro paso.

—Más de lo que te gustaría.

—Pues dilo.

—Lo estoy diciendo.

El viento les dio de lado con más fuerza, obligándolas a entrecerrar los ojos un instante.

June miró hacia el sendero por donde se habían ido los demás mientras sentía que la impotencia le ascendía por la garganta, transformándose en bilis y en ardor.

Por fin había conseguido clasificarse en las estatales y Alba estaba a punto de arruinarlo todo, de tirar todo su trabajo y su esfuerzo por la borda.

Si se lo contaba a Jon o a Aritz, si alguien llegaba a enterarse…

—Alba —dijo, intentando bajar el tono—. No tienes ni idea de cómo están siendo estos meses. No tienes ni idea de nada.

—Entonces explícamelo.

—No tengo que explicarte nada.

—Claro que sí, porque esto ya no es solo cosa tuya.

June soltó una risa amarga.

—¿Y de quién es? ¿Tuya?

—Del club.

La palabra le golpeó con violencia.

—No metas al club en esto.

—Lo has metido tú, June —dijo, resignándose con los brazos en jarras—. Lo has metido tú solita.

Alba ya no sonaba dolida, sino enfadada.

—Ya vale, por favor —suplicó, y cuando las palabras salieron de su boca, fue consciente del tono de desesperación que había empleado.

—No pienso seguir mirando a otro lado, June.

—Pues aparta la mirada.

—No.

Se retaron en silencio durante unos segundos largos, demasiado largos.

—¿Quién más lo sabe? —preguntó al final.

Alba tardó lo justo en responder.

—¿Y qué importa eso?

June volvió a mirarla.

—Sí importa.

—No.

—¿Se lo has dicho a alguien?

Ella guardó silencio, titubeante.

June sintió una descarga de miedo subirle desde el estómago hasta el pecho.

—¿A quién?

—Todavía a nadie…, pero…

El “todavía” se le clavó por dentro mientras sentía que las extremidades le comenzaban a temblar. Joder. Alba estaba a punto de destrozarlo todo… de hundirla.

—Joder, Alba…

—Pero iba a hacerlo… Voy a hacerlo.

June lo percibió al instante, con una claridad feroz.

—No hagas estupideces.

—La estupidez la has hecho tú —le recriminó con la voz rota—. Lo he pensado mucho, June. Muchísimo. He intentado convencerme de que no era verdad, de que estaba exagerando, de que quizá eran paranoias mías. Pero no… No lo son.

June apretó los puños.

—No me jodas la vida con una película que te has montado en tu cabeza.

—¿Yo te la voy a joder? —Alba soltó una risa llena de incredulidad—. Te la estás jodiendo tú sola, tía. Pareces no darte cuenta…

—Cállate.

—No.

—¡He dicho que te calles!

El tono ya no era bajo porque, sin darse cuenta, las dos habían comenzado a gritar.

—¿Y si no qué?

El silencio volvió a tensarse mientras la respiración de June se desbocaba. Alba la observó de arriba abajo con una mezcla de tristeza y asco que la atravesó como una cuchillada.

—Es que ya ni siquiera eres tú —dijo en voz baja—. Últimamente no te reconozco. Vas acelerada siempre, estás agresiva, a la mínima saltas, te obsesionas con ganar… ¿Te merece la pena?

June dio un paso hacia ella.

—Ten cuidado, ¿vale? Porque te estás pasando.

—¿Con qué? ¿Con la verdad?

—Con seguir tirando.

—Voy a denunciarlo, June —confesó con suavidad, pero sin rodeos y sin matices.

June sintió que el monte entero se le venía encima. —No —consiguió musitar, apenas sin voz.

—Sí.

—No lo harás —repitió, incapaz de decir nada más. Todo le daba vueltas y más vueltas.

—Sí, lo voy a hacer.

—No…, no tienes pruebas, Alba —titubeó. —Tengo las suficientes, ¿sabes? No necesito más. June negó con la cabeza, despacio, como si todavía pudiera desmontarlo todo.

—Te estás equivocando.

—No.

—Alba…

—No me mires así, ¿vale?

—¿Así cómo?

—Como si esto te doliera más a ti que a nadie.

Aquella frase la partió en dos. ¿Estaba hablando en serio? ¿De verdad su propia amiga iba a ser capaz de denunciarla?

—No voy a permitir que sigas haciendo esto… Que sigas mintiendo al club y a Jon.

—Escúchame bien —dijo, acercándose más—. No se te ocurra abrir la boca.

Pero Alba no se apartó ni un solo centímetro. Tenía el borde del sendero a pocos pasos, a su espalda, aunque ninguna de las dos parecía ser plenamente consciente de ello. —¿Y si la abro qué? —preguntó.

June no respondió, porque no podía.

El viento les pegó otra vez, más fuerte, levantando una pequeña ráfaga de gravilla entre las dos.

—¿Sabes qué? Pensaba que ibas a negarlo mejor —dijo con una tristeza inesperada—. Pensaba que al menos ibas a tener la decencia de intentar convencerme.

Aquello terminó de romper algo dentro de June.

—Vete a la mierda.

June sintió el cuerpo moverse en un gesto brusco antes siquiera de haberlo pensado del todo.

Estiró las dos manos sobre el cuerpo de Alba y, sin comprender muy bien qué estaba haciendo y cómo terminaría todo, la empujó.

No fue un empujón fuerte, ni limpio. Fue más bien un gesto enfadado y torpe, desesperado.

Un pequeño empujón nacido del más primario sentimiento de pánico.

Pero había sido lo suficientemente intenso como para que el pie de su amiga resbalase sobre la gravilla húmeda y su cuerpo perdiera el eje.

Su expresión cambió de golpe, pasando del enfado al desconcierto en tan solo unas milésimas de segundo.

Instantes más tarde, llegó el grito. Fue breve y brutal; un grito que rasguñó el aire de la montaña tiñéndolo todo de horror.

June se quedó inmóvil, observando la escena con espanto mientras veía el cuerpo desaparecer por el borde.

Asomó la cabeza y contempló cómo se golpeaba contra la ladera, rebotando una y otra vez hasta finalmente terminar deteniéndose entre las rocas oscuras y los matorrales a varios metros de distancia.

Ya no había gritos, ni discusiones. Sintió que el pánico se estrellaba contra su pecho y, justo en ese instante…, lo vio. Artabe estaba allí, de pie, a pocos metros de ella. Su rostro estaba muy pálido y tenía la respiración rota.

June sintió que la sangre se le congelaba.

—Tú… —balbuceó—. ¿Lo has visto? ¿Has visto algo?

Artabe asintió con la cabeza, lentamente, antes de comenzar a retroceder paso a paso hasta que las piernas le fallaron. Cayó de rodillas contra el barro reseco del sendero y el llanto ascendió desde su pecho en pequeñas sacudidas, como si todo él estuviera deshaciéndose por dentro.

June miró hacia abajo.

El cuerpo de Alba estaba en una postura extraña, con una pierna doblada bajo la otra y un brazo extendido sobre las rocas. El pelo oscuro se había desparramado alrededor de la cabeza como una sombra irregular. Y no se movía, joder. No se movía ni un solo milímetro.

—¡Joder!

—June… —gimoteó él.

Tenía los ojos cubiertos por una película líquida y el cuerpo seguía sometiéndolo a pequeñas convulsiones. Estaba roto, completamente roto, tirado en el suelo y manchándose de barro sin siquiera darse cuenta.

June se acercó a él a toda prisa.

—¿Lo has visto? —repitió, arrodillándose frente a él. Él volvió a asentir, entre gemidos.

Fue en ese preciso momento cuando ella tomó una decisión que sabía que, tarde o temprano, le pasaría factura. Se acuclilló a su lado y le acarició la cabeza con una delicadeza escalofriante.

—Pues no digas nada —susurró—. Diremos que los dos llegamos tarde y así nos dejarán en paz.

Artabe la miró como si no la reconociera.

—Está muerta… —balbuceó—. Alba está muerta.

Las lágrimas de June comenzaron a deslizarse por sus mejillas.

—Lo sé… —murmuró, meciéndolo entre sus brazos—. Lo sé…

—Alba… —gimoteó él—. Alba…

Entonces, muy bajo, casi sin aire, lo dijo.

—La has matado…

June cerró los ojos un segundo.

—Se ha caído.

La frase salió rápida e instintiva, como si simplemente se tratase de un acto de supervivencia.

Artabe negó con la cabeza y el llanto volvió a sacudirle el cuerpo entero.

No dijo nada más, porque no podía. El shock lo tenía atrapado por completo.

Temblaba, lloraba, respiraba a trompicones y mantenía la vista clavada en el barranco, como si su cerebro se negara a aceptar lo que acababa de ver.

June le acariciaba el pelo con un gesto lento, casi maternal, mientras sentía el latido brutal de su propio corazón golpeándole el pecho.

Cada pulsación era demasiado fuerte, demasiado presente, como si el cuerpo quisiera recordarle a gritos lo que acababa de pasar.

El viento seguía soplando sobre la cresta del monte, aullando entre los brezos y levantando pequeñas partículas de polvo y gravilla que chocaban contra las rocas. Y en el barranco, varios metros más abajo, descansaba sin vida el cuerpo de Alba, inmóvil entre los matorrales.

Artabe seguía llorando.

—Está muerta… —murmuró otra vez.

La frase parecía salirle sola, como si su mente necesitara repetirla para comprenderla.

—Lo sé… —susurró.

Artabe temblaba entre sus brazos.

—Alba… Alba…

La chica apoyó la barbilla sobre su cabeza y, durante un segundo, pensó que aquel instante iba a quedarse congelado para siempre; como una fotografía fija dentro de su memoria.

—No digas nada —susurró muy bajito—. Ambos contaremos que llegamos tarde.

Que cuando llegamos hasta aquí ya…, ya estaba así.

Artabe no respondió, pero tampoco dijo que no. En su lugar, el llanto volvió a sacudirle con violencia el cuerpo. Estaba en shock mientras sus ojos seguían clavados en la nada, en el vacío.

El accidente de Alba no tardó en ocupar todas las conversaciones.

Durante semanas, no se hablaba de nada más en el club ni en Algorta.

Hubo visitas al tanatorio, carreras suspendidas, lloros en los vestuarios y entrenamientos vacíos a los que no acudía nadie.

Su nombre, el nombre de Alba López, resonaba en todas partes como un eco que nunca parecía acabarse.