25 #3
Y Artabe cumplió, sin decir nada. Ni una acusación, ni una frase fuera de lugar, ni una mirada demasiado larga.
Nada, absolutamente nada, hasta que ese silencio comenzó a transformarse en otra cosa.
Al principio fue algo tan pequeño que June pensó que debía de tratarse de imaginaciones suyas.
Era…, la forma que tenía de observarla. Poco a poco él había ido despertando del estado de shock y, de alguna forma, parecía que iba hilando y reconstruyendo la escena dentro de su cabeza.
June lo notaba en la forma que tenía de mirarla, que de pronto parecía diferente y acusatoria.
Sentía su presencia en la nuca, en sus hombros, en el pecho…
, era como una presencia invisible que nunca terminaba de desaparecer.
No quiso darle importancia porque, a fin de cuentas, Artabe la quería.
No iba a traicionarla… ¿o sí? Después llegaron las llamadas.
La primera fue tres semanas después del funeral de Alba, cuando ella ya empezaba a pensar que todo había quedado atrás.
June estaba sentada en el sofá con las piernas encogidas bajo su cuerpo cuando el teléfono empezó a vibrar encima de la mesa.
Clavó la vista en la pantalla y corroboró que se trataba de él.
—¿Sí?
En lugar de una respuesta, escuchó su respiración. Era lenta y pesada, como si estuviera sopesando si decir algo o cortar la comunicación.
June se levantó del sofá despacio y caminó hasta la ventana.
—¿Artabe?
—June…
Algo en él sonaba distinto.
—Tenemos que hablar.
June cerró los ojos un instante. Había estado esperando esa frase desde el mismo día en que lo vio caer de rodillas en el barro.
—No hay nada que hablar.
—Sí lo hay.
—Artabe…
Al otro lado del teléfono se percibió un pequeño ruido.
—Tenemos que confesar.
June apoyó la frente contra el cristal frío de la ventana.
—No digas tonterías.
—Tenemos que decir la verdad.
June apretó los dedos alrededor del teléfono mientras el reflejo de los faros de un coche cruzaba lentamente la fa- chada del edificio de enfrente.
—No hay ninguna verdad que decir.
El silencio del otro lado duró más de lo normal y supo que aquella conversación no terminaría bien.
—La empujaste.
Ella suspiró, se separó de la ventana y, nerviosa, comenzó a caminar por el salón.
—Se cayó.
—No.
—Artabe…
—June, yo lo vi todo, joder —soltó, estallando en llanto—. Tenemos que contar lo que pasó.
Durante unos segundos solo se escuchó la respiración de ambos lados de la línea.
—No puedo vivir con esto —continuó él—. No puedo, ¿lo entiendes? La culpa me está matando…
June cerró los ojos.
—Escúchame —dijo, respirando despacio y manteniendo un tono de voz firme—. Si dices algo nos hundes a los dos.
—No me importa.
La frase salió casi en un susurro.
—A mí sí.
En ese preciso instante June comprendió algo con una claridad brutal: no importaba el tiempo que pasase porque Artabe no iba a olvidarlo. Jamás.
Poco a poco el silencio de Artabe fue transformándose en algo mucho más intenso, en una grieta que con el paso de los días comenzaba a resquebrajarse y a hacerse más y más profunda.
A veces lo notaba en el club, cuando coincidían por casualidad entre las calles de la pista o junto a las taquillas.
Artabe ya no bromeaba igual, ya no discutía por tonterías y ya no se reía como antes.
De pronto, se había vuelto más callado, más opaco y más viejo.
Había días en que parecía decidido a decir algo y otros en los que apenas levantaba la vista del suelo.
Pero siempre, siempre, estaba esa tensión, ese hilo tirante y esa posibilidad.
Después llegó la mañana del túnel. Apretó los párpados y recordó la mochila abierta sobre la mesa y la luz gris entrando por la ventana de la cocina mientras observaba los geles.
No hubo dramatismo ni hubo temblor, solo la certeza de lo que tenía que hacer.
Quería que todo desapareciera de su mente, pero imposible.
Recordó el sonido del plástico cuando Artabe lo rasgó con los dientes.
—¿Quieres que bajemos el ritmo? —preguntó ella.
No sonó preocupada, pero sí correcta.
Artabe apretó el envase.
—No. Recargo y listo.
La vibración intensa del teléfono móvil en su bolsillo hizo que el pasado se esfumase de su mente para regresar a la realidad.
Con el ceño fruncido, observó la pantalla y comprobó que se trataba de otro mensaje de un “número oculto”.
Lo abrió con el dedo tembloroso, sopesando si en esta nueva ocasión también se trataría de su imaginación jugándole una mala pasada.
Lo vas a pagar, June.
La sangre le golpeó en las sienes con una violencia húmeda que casi pudo escuchar, el pulso le subió hasta la garganta y durante un segundo pensó que iba a marearse allí mismo, sentada sobre la piedra fría del faro de Ereaga.
Alguien lo sabía… Alguien lo sabía todo.
Había intentado ignorar las pisadas de barro de la encimera de la casa rural, el mensaje tan extraño el día de la carrera o el tipo que se dedicó a grabarles durante la conmemoración de Artabe.
Pero ahora estaba convencida de que alguien sabía perfectamente lo que había sucedido, así que una única pregunta comenzó a crecer dentro de su cabeza, envenenándolo todo:
¿A quién se lo había contado Artabe?