25
Meses después del cierre del caso de Artabe.
La alarma sonó a las seis y cuarto, pero a esas horas June ya llevaba unas cuantas horas despierta.
Aquella última temporada de su vida había aprendido a convivir con el insomnio, y era plenamente consciente de que, si abría los ojos a horas tardías de la madrugada, conciliar el sueño nuevamente se convertiría en una misión imposible.
El techo de su habitación estaba aún sumergido en una penumbra profunda.
La lluvia había parado durante la noche, pero el aire seguía cargado de humedad y el cristal de la ventana aparecía empañado desde dentro.
Desde la calle llegaba el sonido lejano de un camión de limpieza avanzando por la zona peatonal de Basagoiti, seguramente en un intento de despejar la zona de los residuos que había dejado el poteo del día anterior.
Se quedó inmóvil unos segundos mientras percibía su propio pulso, latente, y el silencio del piso.
Su teléfono móvil descansaba sobre la mesilla, así que lo cogió por costumbre incluso antes de incorporarse en el colchón.
Lo revisó y comprobó que, como venía ocurriendo desde hacía meses, no tenía ningún mensaje ni ninguna llamada perdida.
Ni siquiera una triste notificación de publicidad.
Pensó en abrir el grupo del club, ese en el que estaban mezclados todos los atletas independientemente de la categoría o modalidad en la que compitieran.
Pero Aritz lo había borrado tras dimitir del cargo, así que ya ni siquiera le quedaba eso.
Se sentó en el borde de la cama antes de apoyar la planta de los pies sobre el frío suelo de madera.
—Venga, June…
Se frotó la cara con ambas manos y respiró hondo.
Había algo dentro de su pecho que llevaba días moviéndose despacio, como un animal encerrado que todavía no encontraba la salida.
Volvió a mirar el reloj una vez más. Las seis y diecinueve de la madrugada, demasiado temprano para que Getxo estuviera despierto.
Y justo cuando estaba a punto de bloquear la pantalla de nuevo, se percató de la fecha que era.
No era un día ni un mes cualquiera, no… era cuatro de septiembre.
—Cuatro de septiembre… —repitió, despacio, sin ser consciente siquiera de que lo pronunciaba en voz alta.
Se puso las mallas negras y una camiseta térmica sin pensarlo demasiado. Después se recogió el pelo en una coleta rápida y se calzó las mismas zapatillas de siempre; las que usaba para correr, para ir al gimnasio, para las rutas de montaña…
Diez minutos después, salía a la calle y se encontraba con una Algorta dormida.
Las persianas de casi todas las viviendas estaban bajadas y el paseo que bajaba desde María Cristina a Ereaga estaba desierto, aún con las farolas encendidas mientras el asfalto brillaba por la humedad acumulada durante la noche.
Empezó a trotar despacio en un intento de que los músculos de sus piernas fueran despertando y entrando en calor.
Los pies le respondían con torpeza, pero aun así mantuvo un ritmo constante.
En ese instante fue consciente de que no llevaba el reloj puesto.
“Tampoco importa”, pensó, restándole importancia.
Aquella salida no tenía como objetivo conocer ritmos ni distancias.
Lo único que necesitaba era moverse y despejar la cabeza.
Cruzó la carretera que conducía hacia la playa mientras el cielo comenzaba a aclararse ligeramente sobre el mar por encima del Igeretxe.
Durante décadas, aquel hotel había ofrecido baños de algas para curar los reumas de la burguesía bilbaína que llegaba hasta Ereaga buscando los supuestos beneficios del salitre.
Aunque no había amanecido del todo, la línea del horizonte ya se distinguía entre las nubes bajas y el ambiente olía a sal, despejando sus vías respiratorias.
Se colocó junto al muro que separaba el paseo de la arena y continuó hacia la izquierda mientras contemplaba el leve, muy leve, oleaje.
El mar estaba casi plano aquella mañana, apenas ondulado por una brisa suave que venía del oeste.
Pap, pap, pap. El rebote de sus zapatillas se mezclaba con el murmullo de la mañana y de la naturaleza.
Durante unos minutos consiguió no pensar en nada, lo que a esas alturas era un verdadero milagro. Hacía meses que su mente no descansaba y que, en bucle, la torturaba con aquel maldito túnel de la vía verde del Urola y la bolsa negra en la que metieron el cuerpo sin vida de Artabe.
El ruido del mar golpeando contra las piedras se hizo más fuerte a medida que avanzaba en dirección al faro.
Conocía cada pequeño recoveco de esa zona porque se había criado allí.
Cuando llegó al fondo, se detuvo para saltar la pequeña valla que separaba las zonas antes de cruzar al otro lado y de sentarse sobre la húmeda piedra.
El frío de la roca atravesó la tela de las mallas y se le coló directamente en la piel, pero no se removió ni un solo centímetro.
Artabe siempre decía que la grúa Titán había sido el verdadero gigante del Abra; una máquina de doscientas setenta toneladas que había colocado bloques de sesenta toneladas en mitad del mar.
Si aquella mole había podido mover esas piedras…
, pensó June mirando el rompeolas, también podía tragarse sus secretos.
Aspiró hondo, inundando sus pulmones de aquel oxígeno salado que tan bien le sentaba.
Y después cerró los ojos, dejando que el murmullo del mar meciera con suavidad su corazón desbocado y sus pensamientos.
Antes de que quisiera darse cuenta Ereaga había desaparecido y estaba en la montaña aquel fatídico cuatro de septiembre, contemplando con los ojos muy abiertos el valle que se extendía frente a ella.
Bajó la mirada hacia sus manos, que estaban frías, mientras se preguntaba cómo podía frenar la invasión de aquel recuerdo.
Pero era tarde. Primero sintió el flato; esa sensa- ción física clavándosele de nuevo en su costado izquierdo, afilada y molesta, obligándola a aflojar la marcha con rabia.
Se recordaba a sí misma corriendo a contraviento, hacia arriba, hasta llegar a la parte expuesta de la ladera.
Y unos minutos después, fue capaz de sentir el silencio de la montaña retomando el protagonismo cuando sus compañeros terminaron de dejarla atrás.
—Venga, vamos… —se había dicho entonces a sí misma, doblándose un poco sobre la cintura mientras respiraba como podía.
El pinchazo seguía allí, duro, incrustado bajo las costillas.
Se llevó una mano al costado y siguió avanzando despacio por el sendero.
Ya no veía a Alejandro ni a Aritz, ni tampoco a Alba.
Artabe había tardado unos segundos más en desaparecer porque se había resistido a dejarla sola, como si se creyera con derecho a vigilarla siempre.
—Llevo el móvil encima, llama si…
—¡Venga! ¡Largo! —le había soltado ella, seca, deseando perderlo de vista.
A esas alturas ya no sabía si lo que le dolía era el flato o el orgullo.
El sendero seguía ascendiendo y ella, poco a poco, notó cómo la punzada empezaba a aflojar.
No desaparecía del todo, pero cedía lo suficiente como para permitirle volver a correr.
Levantó la cabeza y comprobó que el paisaje se había abierto por completo dejando a su izquierda el valle que descendía hacia Bilbao en capas de tonos verdosos y grisáceos de bruma y, a su derecha, la ladera que subía hacia la cresta entre brezos y placas de roca humedecidas por el rocío.
Daba por hecho que no sería capaz de volver a alcanzar al grupo cuando, de pronto, se dio de bruces con Alba. Su amiga había bajado hacia ella con la respiración agitada, las mejillas encendidas por el esfuerzo y el pelo oscuro escapándose de la coleta que llevaba ya malhecha.
—¿Te vas a quedar a dormir aquí?
La frase salió con un tono burlón y cariñoso, como tantas otras veces. Así era Alba. June soltó el aire por la nariz muy lentamente y apoyó una mano sobre el costado.
—Me ha dado el flato —respondió con un suspiro can- sado, todavía intentando recuperar del todo el ritmo normal de su respiración.
Alba se detuvo un par de metros más arriba mientras el viento le levantaba juguetonamente algunos mechones de la frente.
—Pues últimamente eres la que más en forma está…
June levantó la cabeza, escrutándola con el ceño fruncido. No lo había dicho con su tono habitual. Se irguió del todo y trató de quitarle importancia con un gesto rápido de la mano.
—Venga, vamos a seguir —la instó—. Como nos quedemos aquí Aritz nos va a dar la chapa luego con que le hemos roto el entrenamiento.
Alba no se movió ni un solo paso.
—No —dijo al cabo de unos segundos, pillándola desprevenida.
June frunció ligeramente el ceño, sin comprender.
—No, ¿qué?
—No quiero seguir —escupió con seriedad—. Quiero hablar contigo, tía.
El cuerpo de June se tensó de inmediato, aunque no se notó por fuera. Con los años y después de la práctica había aprendido a que casi nada se le notara por fuera.
—Pues habla andando —respondió, intentando sonar ligera—, que tampoco estamos para montar aquí una asamblea.
Alba negó con la cabeza y el aire que mecía la montaña pareció enfriarse varios grados de golpe y porrazo.
—Alba, de verdad… ¿Qué te pasa?
—Sé todo —murmuró con un tono suave, casi en un susurro.
June se quedó quieta, imaginándose a qué podía estar refiriéndose.
—¿Qué?
—Sé lo que está pasando —respondió la joven, cruzándose de brazos.
June notó cómo el pulso empezaba a golpearle con más fuerza en las sienes.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes —respondió, dando un paso hacia ella—. Y sé lo que estás haciendo.
June tragó saliva, aunque por fuera mantuvo la expresión casi intacta.
—Estás diciendo tonterías.
—No… No son tonterías —murmuró con una convicción bestial—. Llevo semanas mirándote, June. Lo sé todo.
June soltó una risa breve, seca y falsa.
—Pues búscate un hobby mejor.
—No me hace gracia.
Y entonces, sin adornarlo, sin prepararlo, lo soltó.
—Te estás dopando, June.
La frase cayó entre las dos con la misma violencia de una piedra lanzada al agua.
June sintió cómo algo se le hundía dentro del estómago.
—Estás fatal, ¿eh? —señaló—. Nunca imaginé que ibas a ser tan mala perdedora.
—No, June —negó, sacudiendo la cabeza de lado a lado—. No estoy loca.
—Pues estás empezando a parecerlo…