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La Media Maratón de Getxo se suspende.
La casa estaba sumida en un silencio total.
De vez en cuando se escuchaba el murmullo lejano de algún coche que pasaba por Kasune Kalea o el golpeteo irregular de la lluvia.
¿Dejaría de llover algún día? se preguntó Eider, desviando la vista hacia el ventanal.
Bueno, en realidad, no era lluvia, sino ese xirimiri testarudo que desde hacía meses parecía haberse apropiado de Getxo.
La chica estaba medio recostada en el sofá, con una manta celeste sobre las piernas y la espalda hundida entre los cojines.
Llevaba una camiseta ancha de algodón que le había robado a Aritz del armario y unos leggins negros que le marcaban el volumen rotundo del vientre.
Ya no le entraba su ropa, y eso la hacía desesperarse porque no encontraba nada con lo que sentirse cómoda.
De vez en cuando se llevaba una mano a la barriga para acariciarla con un gesto casi ausente sin dejar de mirar de reojo el televisor.
De fondo se reproducía el Teleberri y los sucesos iban variando desde deportes hasta anuncios de seguros y medicinas.
—Ay… —murmuró, llevándose la mano al costado.
Aritz, que estaba sentado en el otro extremo del sofá, levantó la cabeza con aire ausente. Tenía el móvil entre las manos y parecía concentrado en algo.
—¿Qué pasa? —preguntó al cabo de unos segundos, con la voz algo ronca.
—Tu hija, que está ensayando para entrar en kickboxing antes de nacer —respondió Eider con una sonrisa cansada—. Me acaba de pegar una patada que me ha atravesado el hígado.
La broma se quedó ahí, porque Aritz ni respondió, ni se rio.
En un pasado no muy lejano había sido él la persona bromista de la pareja, y lo más probable es que se hubiera levantado del sofá para ponerle la mano en la barriga y sentir a la pequeña.
Pero aquella vez no lo hizo. En realidad, ¿hacía cuánto tiempo que estaba así?
Sumido en una depresión profunda, en un estado de somnolencia que parecía no abandonarle jamás.
Eider le miraba con lástima, sin saber qué más podía hacer o decir para animarlo.
Estaba claro que lo de Alba había sido un golpe bestial, pero lo de Artabe había terminado de rematarlo del todo.
Suspiró. June y Ale debían de estar igual que él, porque hacía tiempo que ya ni se les veía en el club.
Aritz volvió la vista a la pantalla. Tenía abierto frente a él el grupo de WhatsApp de “Los Valientes”.
Durante años, muchos años, aquel grupo había sido una prolongación de ellos mismos.
De las carreras, de las bromas, de fotos mal hechas en aparcamientos embarrados, de los cafés a las seis de la mañana antes de una media, de las apuestas absurdas sobre quién petaría primero en una carrera,
de los vídeos de salidas en masa y de los mensajes enviados a horas imposibles desde algún baño de gasolinera.
Había sido la prueba de que existían como manada, de que habían sido algo compacto, algo sólido.
Habían sido un “nosotros”. Y, de pronto, en aquella pantalla, no quedaba nada que se pareciera ni remotamente a eso.
Aritz deslizó el dedo hacia arriba y leyó mensajes antiguos con los ojos empapados en nostalgia.
No quería llorar, porque sabía que Eider ya estaba lo suficientemente preocupada, pero…
Aspiró hondo, relajándose. Había audios de Alejandro imitando a algún speaker de carrera, fotos borrosas de June en la pista con la cara roja después de una serie y unos cuantos vídeos de Artabe y de él, disfrazados de renos mientras entraban en meta en una San Silvestre con los brazos en alto.
Un poco más arriba, también estaba Alba.
Era una foto de ella, sentada en el suelo, riéndose y con las piernas llenas de barro hasta las rodillas.
Se la habían sacado justo después del kross de Ortuella.
Alejandro salió del grupo.
Y, justo después, la siguiente notificación:
June salió del grupo.
Aritz se quedó mirando los nombres que quedaban, esos que sí figuraban como miembros del grupo. Artabe, Alba y él… Él y dos muertos. Dos personas cuyas voces no volvería a escuchar, ni cuyos cuerpos podría volver a abrazar.
Eider cambió de postura en el sofá y volvió a tocarse la barriga.
—No sé qué le pasa a esta niña hoy que no para de moverse —dijo, más para sí misma que para él—. ¿Vamos a hacer otra noche de gaupasa, Elaia?
Aritz no contestó, porque seguía mirando la pantalla.
Pensó en Artabe, siempre quejándose, pero animándose a todos los planes cuando ya se le daba por perdido.
Y también pensó en Alba, mandando audios larguísimos desde el coche o fotos de geles nuevos, de zapatillas y de dorsales.
¿Qué narices había pasado con ellos? ¿Cómo podían haberse destruido tanto los unos a los otros?
Alejandro llenándolo todo con ese tono de cachondeo que parecía volver soportable hasta el peor madrugón y June…
, que siempre tardaba más en contestar, pero acababa diciendo la frase exacta que todos esperaban.
June había sido su pilar, su mejor amiga. Su apoyo cuando todo fallaba.
Y de repente, fue consciente de que ya no quedaba nada. De que estaba solo.
Por supuesto, no físicamente. Eider estaba ahí, sentada en la otra punta del sofá, y tenía una preciosa hija en camino que pronto dejaría de patearle el vientre a su madre para dar berridos al otro lado de la piel.
Pero sí, se había quedado solo en esa antigua fotografía de tiempos pasados, mucho antes de que encontrase a alguien con quien comenzar un camino.
Estaba solo dentro de un grupo que ya no existía, solo en un sitio frío y vacío que tiempo atrás había sido un refugio para él.
Arrastró el dedo índice hasta “opciones” y lo dejó ahí, dubitativo, decidiendo si era capaz de hacerlo o no.
“Salir del grupo y eliminar”. Dos gestos ridículos, dos movimientos mecánicos, y adiós.
Pero sentía que, si lo hacía, si presionaba el botón y veía desaparecer aquella conversación, algo iba a clausurarse para siempre.
Tenía la sensación de que era algo así como bajar la persiana de un sitio que nunca volvería a abrirse.
La televisión seguía parloteando al fondo.
Una presentadora con sonrisa demasiado blanca daba paso a una pieza sobre sucesos antes de que los anuncios tuvieran lugar.
Eider no dejaba de quejarse, incómoda, mientras él seguía con la sensación de haberse tropezado con una dimensión equivocada a la suya.
Tragó saliva, siendo consciente de lo poco que quedaba del presidente del Club Atlético de Getxo.
Ya no estaba ese tipo que organizaba carreras, cuadraba horarios, discutía con ayuntamientos, conseguía voluntarios y se sabía de memoria el nombre de cada socio del club.
No quedaba nada, absolutamente nada, de ese que llegaba el primero a Fadura y se iba el último, de ese hombre que siempre estaba dispuesto a meter horas hasta encontrar una solución.
En su lugar, solamente quedaba un cuerpo cansado que arrastraba una culpa persistente y pegajosa.
¿Cuándo? ¿Cuándo se había torcido todo? Mucho antes de Azpeitia, sí.
Si cerraba los ojos con fuerza, aún podía recordar el instante preciso en el que vio allí a Alba, tendida entre las rocas, y la expresión de horror de Artabe y de June.
Fue en ese instante, en ese momento, cuando entendió que aquella mañana de septiembre del dos mil dieciséis había partido sus vidas en dos y que nunca, jamás, nada volvería a ser lo mismo.
—¿Estás bien? —inquirió ella, mirándole de reojo.
—Ajá.
Llevaba años fingiendo que podía seguir adelante como si no pasara nada; organizar carreras, abrir inscripciones, crear formularios, llamar a patrocinadores y ocuparse del club.
Como si así, corriendo y mirando hacia delante, pudiera tapar de alguna manera lo que iba dejándose atrás.
Sintió el puntapié de Eider, propinándole una patada desde el otro lado.
—Aritz.
Alzó la mirada.
—¿Sí?
—¿Estás bien?
Su mujer llevaba el pelo recogido a medias y la cara limpia a pesar de su gesto cansado.
—Sí —mintió.
Lo conocía lo suficientemente bien como para saber que mentía, pero no insistió. Sabía que su marido podía ser testarudo a rabiar y que presionarle, como norma general, solamente conseguía el efecto contrario.
Él volvió a bajar la mirada hacia la pantalla del teléfono y, con el dedo índice tembloroso, pulsó el botón de “salir y eliminar grupo”.
La aplicación le pidió confirmación y, durante un segundo, volvió a titubear.
¿Qué sentido tenía permanecer en un lugar donde solamente quedaban fantasmas?
Aunque, por otro lado, sabía que eliminar aquel grupo también significaba eliminar una parte del pasado y…
, dejarlos atrás. Ya no podría volver a escuchar los audios de Alba ni leer las respuestas escuetas de Artabe.
Al final, confirmó y el grupo desapareció de la lista.
La conversación se esfumó y en la pantalla apareció el vacío ordenado de otros chats sin importancia.
Sintió cómo el aparato le provocaba un calambre imaginario en las falanges, así que se apresuró a soltar el teléfono y a colocarlo boca abajo sobre la mesita auxiliar.
Eider se incorporó un poco.
—Mira, Aritz…
Pero él seguía absorto en sus pensamientos, así que sin perder tiempo le propinó otra nueva patada. Se sentía desganado y cansado, como si la vida lo estuviera derrotando poco a poco. ¿Cómo narices iba a recuperarse de aquel golpe?
—¡Aritz! —insistió ella, antes de volver a golpearle con más fuerza aún.
—¿Qué pasa?
Pronto nacería la pequeña. Estaba convencido de que cuando ella llegara, todo volvería a cobrar cierto sentido. ¿No decían que los niños venían con un pan bajo el brazo?
—Mira, jolín —insistió, quejándose, mientras subía el volumen del telediario.
Alzó los ojos y corroboró que la pantalla mostraba una imagen aérea de la vía verde del Urola.
Unos segundos después, la oscura boca de uno de los túneles se iluminó mostrando el corte de cinta de la policía, la ambulancia y varios corredores que la policía mantenía fuera de escena.
Un segundo después, la fotografía de Artabe.
Era la oficial, así que lo más probable era que se hubiera extraído de las redes del club.
Salía sonriente, con la camiseta rojiblanca puesta y el dorsal bien visible sobre su pecho.
Aritz sintió que se le secaba la boca.
—La Ertzaintza concluye que la muerte del corredor fallecido durante la Urolako Trenaren Maratoia fue accidental.
Según fuentes de la investigación, la causa más probable habría sido una combinación de esfuerzo físico intenso y presencia de estimulantes en el organismo…
—¿Tú sabías que se daba la investigación por concluida? —preguntó Eider.
Él negó.
—… sin que existan por el momento pruebas suficien- tes que permitan hablar de homicidio ni de manipulación deliberada…
El presidente sentía la mandíbula rígida y los hombros duros como si sus músculos se hubieran transformado en piedras. Podía percibir los latidos acelerados de su corazón, como si en cada nuevo bombeo estuviera a punto de estallar.
Accidente… Había sido un accidente, otro más. Exactamente igual que la muerte de Alba.
—Bueno… —murmuró ella con cautela—. Por lo menos ya está cerrado, ¿no? Creo que todos necesitábamos descansar… incluida María. Tener que revivir su muerte constantemente no le permitía pasar página.
Aritz no respondió de inmediato porque seguía mirando la pantalla, donde ya estaban dando paso a otra noticia. ¿Y ya está? ¿Ese es el tiempo que se merecía? Como si la muerte de Artabe hubiera durado exactamente el tiempo que tardaba un bloque de sucesos en consumirse antes de los deportes.
Investigación cerrada. Ce-rra-da. La saboreó despacio mientras le producía una especie de náusea. Aritz apoyó los codos en las rodillas y se llevó las manos a la cara, conteniendo una arcada.
—¿Estás bien? —insistió ella.
Pero él no respondió.
Eider le puso una mano en el hombro.
—No puedes seguir así —dijo ella con un tono de voz muy bajo—. Tenemos que seguir con nuestra vida, tenemos que pasar página…
Él dejó escapar el aire por la nariz mientras intentaba encontrar una respuesta correcta a todo aquello.
¿Cómo? ¿Cómo iba a seguir si había demasiadas cosas que ya no tenían arreglo?
Por un instante, se sintió tentado de levantar el teléfono, llamar a alguien y contarlo todo; aunque tampoco tenía muy claro qué era lo que significaba ese “todo”.
—Lo sé, tienes razón…
En el teleberri ya hablaban de fútbol.
Se quedó observando su teléfono móvil, que seguía ahí, apoyado y dado la vuelta, y pensó en cogerlo para escribir a June o llamar a Alejandro.
Pero no lo hizo, porque no tenía sentido hacerlo.
Ellos ya… estaban rotos. “Los valientes” ya no existían porque se habían ido pudriendo poco a poco hasta terminar desintegrándose.
—Sí —respondió, girándose hacia Eider—. Tienes razón, ya es hora de pasar página.
No sabía si el peligro acechaba aún, si se había quedado agazapado y en algún momento volvería a resurgir, pero, al menos por el momento… estaba a salvo.