23
El día antes de la Media Maratón de Getxo.
La caseta de madera de la pista de atletismo de Fadura siempre estaba desordenada y olía a humedad.
Durante años había sido el lugar donde se guardaban las pancartas del club, los conos de entrenamiento y las cajas con dorsales sobrantes de otras carreras.
Ahora era también el lugar donde se almacenaba el material que los entrenadores utilizaban en los entrenamientos.
Tenía ese olor característico a madera húmeda, zapatillas empapadas y tierra seca que traían pegadas en las suelas después de correr por la zona.
Aritz llevaba casi diez minutos dentro cuando escuchó el murmullo de alguien en el exterior, cerca de la puerta.
De forma más lejana se podían percibir los quejidos del grupo de fondo. Miró el reloj rápidamente.
Aritz se pasó una mano por la cara mientras pensaba que aquel lugar era todo, absolutamente todo, lo que había sido su vida durante años.
Suspiró hondo mientras intentaba reprimir una lágrima rebelde que se deslizaba por su rostro.
¿Cuánto llevaba sin dormir? Desde lo sucedido en Azpeitia no había conseguido descansar más de dos o tres horas seguidas, y todo ese cansancio acumulado empezaba a cobrarse muy caro.
El chirrido de la puerta lo sacó de sus pensamientos y, cuando levantó la mirada, se encontró con Alejandro. Había entrado en silencio, sin decir nada.
Se quedó unos segundos junto a la puerta, mirando alrededor, antes de cerrar.
—¿Qué pasa? —preguntó, al fin.
Aritz tardó unos segundos en responder.
Durante unos segundos le resultó extraño verlo allí, como si la imagen de Alejandro perteneciera a otra vida distinta y muy lejana; como si ya no fueran los de siempre o como si no se conocieran desde hacía tantísimos años. En otra época todo había sido más sencillo.
—No puedo más —musitó el presidente sin ocultar su cansancio.
Alejandro frunció ligeramente el ceño.
—¿Con qué?
Aritz soltó una pequeña risa, aunque ya no le quedaba ni una gota de humor. Se había ido consumiendo poco a poco, muy lentamente.
—¿De verdad tengo que explicártelo?
El ruido del entrenamiento del grupo de fondo seguía oyéndose a lo lejos.
Alejandro se acercó despacio a la mesa donde solían dejar el material del club antes de deslizar los dedos por la superficie de madera, como si limpiara una capa invisible de polvo.
—Sí —respondió—. Porque no tengo ni idea de qué coño haces citándome aquí.
El presi se quedó mirándolo fijamente mientras procu- raba decidir por dónde comenzar. Había recreado aquella conversación muchas veces en su cabeza durante los últimos días, pero ahora que tenía a Alejandro delante todo se le mezclaba sin sentido y no sabía qué decir.
—La Media Maratón es dentro de dos días —dijo al fin.
Alejandro se encogió de hombros.
—Lo sé.
—El ayuntamiento no deja de llamar y preguntar si está todo en condiciones. Ni siquiera hemos pegado los carteles —señaló.
—También lo sé.
—Los voluntarios están nerviosos.
—Normal.
Aritz lo escrutó fijamente.
—Y la policía sigue preguntando, Ale.
El ertzaina levantó la cabeza antes de clavar su mirada en el presidente.
—Eso también es normal, Aritz.
Aritz sintió un latigazo de irritación.
—¿Normal?
Alejandro apoyó las manos sobre la mesa.
—Se murió un corredor en mitad de una carrera y hay una investigación abierta.
Aritz dio un paso hacia él.
—¿Se murió un corredor? —inquirió con un tono acusatorio y herido—. Se murió Artabe.
—Ya lo sé, joder —respondió—. Pero para la policía fue un corredor.
—Era nuestro amigo, Ale…
Aritz empezó a caminar por la caseta, incapaz de quedarse quieto. El suelo de madera crujía bajo su peso mientras él daba vueltas y más vueltas de un lado a otro.
—La policía me ha preguntado tres veces si en el club hay dopaje —escupió, de repente.
El silencio que siguió fue inmediato.
—¿Y qué les has dicho?
Aritz se detuvo frente a él.
—La verdad.
—¿Y cuál es la verdad?
Aritz lo miró fijamente.
—Que esto es un club serio y que no permitimos esos juegos sucios.
Alejandro soltó una carcajada breve y seca.
—Venga ya, Aritz.
El ertzaina negó con la cabeza.
Durante un buen rato, ninguno de los dos se atrevió a decir nada más y el silencio se apoderó de cada rincón de la caseta. Era un silencio… denso, de esos que espesan el aire y que son predecesores de algo más.
Desde la pista llegaba el sonido de las zancadas de los corredores que continuaban con su entrenamiento. Pap, pap, pap…
—Joder, no puedo más —repitió el presidente, totalmente exhausto.
Tenía las manos apoyadas sobre la mesa donde guardaban los conos y los rollos de cinta de balizar.
Sentía los nudillos tensos, blancos, como si el simple hecho de sostener el peso de su propio cuerpo sobre la madera le exigiera más esfuerzo del habitual.
Alejandro estaba frente a él, apoyado contra la pared.
—¿De verdad vamos a fingir que no sabemos nada?
Aritz frunció el ceño.
—Es que no hay nada que saber, Ale.
—Ah, ¿no? —se rio él—. Suplementos, pastillas, cafeína…
—Son mierdas que la gente toma para correr más rápido, Ale —instó—. Pero no es dopaje. Eso lo hace todo el mundo.
Alejandro inclinó la cabeza, observándolo con una paciencia que empezaba a resultar irritante.
—Depende.
—No.
—Sí.
Aritz negó con más fuerza y con el gesto seco. —Más del cincuenta por ciento del club está compuesto por corredores populares, Alejandro. Aquí nadie se está metiendo EPO ni historias de esas, así que no seas ridículo.
—Artabe también era popular cuando se murió en mitad de la carrera —señaló—. Así que no me jodas.
El presi sintió cómo algo caliente le subía por el pecho. Estaba tan cansado de todo aquello que sentía que en cualquier instante explotaría de verdad.
—¿Qué insinúas? Dilo de una puñetera vez y déjate de tonterías.
—El informe toxicológico dice que uno de los geles estaba alterado.
Durante un segundo, el presidente sintió que algo se le removía y, nervioso, tuvo que sentarse en la silla para con-tenerse y no vomitar.
—¿Alterado? ¿Qué cojones significa eso?
—Que había sido manipulado.
Los dos se quedaron en silencio, callados. Ninguno se atrevía a decir nada.
—¿Están seguros? ¿Pueden demostrarlo?
—No, no pueden demostrarlo, porque todos tocamos la mochila —instó—, aunque los geles los trajeras tú de casa.
Aritz levantó la cabeza, incapaz de procesar toda esa información que estaba recibiendo.
—¿Qué estás insinuando, Ale? ¿De verdad crees que alguien mató a Artabe?
Él negó lentamente.
—No estoy insinuando nada, solamente te cuento lo que hay.
—Pues ten cuidado con lo que dices porque ya llevas tiempo comentando cosas que no debes y estoy empezando a cansarme.
Alejandro dio otro paso hacia él, acortando la distancia que los separaba.
—¿Y de qué te estás cansando exactamente, Aritz?
—De que estés jugando con fuego.
Lo había dicho sin levantar ni un ápice el tono de su voz, pero incluso de esa forma podía apreciarse el cansancio que delataba.
—El fuego empezó hace mucho tiempo —replicó Ale, dejando escapar el aire muy despacio por los orificios de su nariz.
—Vamos a dejarnos de tonterías, joder.
—No son tonterías, Aritz —atacó el sevillano, cansado de andarse con rodeos—. Todo ha vuelto a suceder, ¿no te das cuenta? La muerte de Artabe, la de Alba… Pero claro, a ti solo te preocupa el club y que se nos relacione con un posible dopaje.
A través de la ventana se veía a los corredores pasar por la recta de meta de la pista, concentrados en sus series y ajenos a lo que estaba ocurriendo dentro de aquella caseta. Aritz apretó la mandíbula hasta que los músculos de la cara se le marcaron bajo la piel.
—Cierra la boca, joder —escupió, sin ocultar su tensión.
—Es curioso, ¿sabes? Cada uno tiene sus propias…
—¡He dicho que cierres la boca!
Aritz avanzó un paso y, hastiado, lo empujó con ambas manos contra su pecho.
Ale, al que el empujón le había pillado totalmente desprevenido y fuera de juego, retrocedió.
Sus zapatillas chirriaron ligeramente contra el suelo de madera y su espalda chocó contra la pared.
Los dos se quedaron muy quietos, mirándose fijamente.
—¿Te molesta? ¿Te molesta lo que estoy diciendo? — escupió—. Porque es la verdad. Ni más, ni menos que la verdad.
El presidente respiraba rápido, como si estuviera en pleno ataque de ansiedad.
—Te he dicho que te calles.
Alejandro dio un paso hacia delante, volviendo a acortar la distancia que había generado el empujón.
—¿Por qué?
Pero en lugar de responder, Aritz volvió a empujarlo.
Aquel segundo encontronazo fue aún mayor, porque Alejandro reaccionó de manera instintiva sujetándolo por la chaqueta y devolviéndole el empujón.
El cuerpo del presidente chocó contra la mesa con un golpe sordo que hizo vibrar toda la estructura de madera antes de derribar una de las cajas de dorsales que estaba apoyada justo en el borde.
El plástico se abrió y cientos de números blancos se desparramaron por el suelo como si alguien hubiera lanzado una baraja de cartas al aire.
—¡Tú no me das órdenes! —gruñó el ertzaina—. ¿Lo entiendes? ¿Te queda claro?
Su voz había perdido cualquier rastro de calma. —¡No tienes ni puta idea de lo que estás diciendo! Podía percibir su aliento, cargado de rabia, rozándole la piel.
—¡Claro que la tengo!
Alejandro lo empujó otra vez.
—¡Fue un accidente!
—¡DOS ACCIDENTES!
El pecho de Aritz subía y bajaba de forma irregular, mientras sus dedos seguían agarrando la chaqueta de Alejandro, como si soltarlo significara perder el control de la situación.
—Si ninguno de nosotros fue… —susurró con mucha calma, calculando cada palabra que pronunciaba—, entonces ninguno de nosotros debería de tener que preocuparse. —Pues ahí tienes la respuesta.
El presidente liberó a su compañero, antes de darle la espalda.
Estaba roto, totalmente roto; y a esas alturas lo único que quedaba por decidir era si seguía adelante o tomaba la decisión de dimitir.