22
Días antes de la Media Maratón de Getxo. La mañana siguiente a la pesadilla de June.
La mañana había amanecido gris, como si Getxo todavía no se hubiera despertado del todo.
Una luz lechosa se filtraba por las cortinas del salón y di - bujaba manchas suaves sobre el suelo de madera.
Ale llevaba ya un buen rato despierto, aunque no sabía bien calcular cuánto.
¿Diez minutos? ¿Media hora? En fin, en realidad, no importaba.
Estaba sentado en el borde de la cama, inclinado hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas.
El silencio de la casa era profundo, casi absoluto.
Lo único que se atrevía a romperlo era el murmullo atascado del frigorífico, que amenazaba con terminar de romperse en cualquier instante.
June dormía. La chica estaba tumbada en el otro extremo del colchón, medio cubierta por una manta que él mismo había colocado sobre su cuerpo durante la noche.
Tenía la cabeza ladeada sobre la almohada, el pelo rubio desordenado cayéndole sobre la cara y la respiración tranquila, aunque irregular.
Ale la observó en silencio mientras rememoraba el estado en el que se la había encontrado al llegar la noche anterior.
Jamás, en todos los años de amistad que había compartido con ella, la había visto así, en ese estado.
Miró el reloj y comprobó que aún era temprano.
Faltaban pocos minutos para las siete, así que calculaba que su amiga debía de llevar dormida…
¿cuatro horas? Volvió a observarla, pero esta vez con cierta preocupación.
Tenía la cara pálida e incluso dormida parecía agotada.
Sus labios, ligeramente agrietados, estaban entreabiertos y deshidratados.
Con un gesto lento, tiró un poco más de la manta hacia arriba para cubrirle los hombros y, después, casi sin pensar, apartó un mechón de pelo que le caía sobre la mejilla.
—Descansa, pequeña… —susurró, consciente de que ella no le escuchaba.
Se quedó allí un segundo más, pero después decidió que por fin había llegado la hora de ponerse en marcha. Fue hasta la mesa baja del salón, cogió un bolígrafo y arrancó una hoja pequeña de una libreta que había junto al portátil.
Me he tenido que ir a trabajar.
Si me necesitas, llámame. Sea la hora que sea.
Dejó la nota junto al móvil de June para asegurarse de que la viera nada más despertarse.
Y un instante después, abandonó aquel piso de la avenida Basagoiti para adentrarse en el frío aire de marzo, que le golpeó en la cara con un fuerte olor a algas húmedas.
El cielo seguía cubierto por una capa uniforme de nubes bajas que convertían la mañana en una especie de prolongación gris de la noche, aunque al menos no llovía.
Caminó unos metros por la avenida Basagoiti con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y la cabeza funcionándole a gran velocidad.
Algorta seguía dormido. Las persianas de casi todos los comercios seguían bajadas, a excepción de la panadería de Galdaretxe y la tienda de revistas.
Alejandro caminaba sin un rumbo concreto, procurando ordenar todo lo que tenía en su cabeza.
Al final, respiró hondo y sacó el teléfo- no del bolsillo.
Tenía claro a quién debía llamar para obtener información, pero titubeó.
No quería parecer insistente porque sabía lo que ello podría acarrear.
Aun así, terminó por pulsar el botón verde que conectaba la llamada y esperó mientras los tonos se reproducían.
—¿Sí?
La voz al otro lado sonaba cansada, ronca, como si hubiera dormido poco o mal.
Ale exhaló el aire lentamente.
—Soy yo —dijo.
Hubo un silencio breve.
—Ale, colega…
Él bajó la mirada hacia el asfalto.
—Necesito saber algo… ¿Hay alguna novedad? No le dejó espacio para responder.
—Ale…
—Lo que sea.
Su interlocutor suspiró.
—Ya sabes que no deberíamos hablar de esto —comentó—. Y menos aún por teléfono.
Ale apretó un poco más el móvil contra la oreja.
—Venga, por favor… —insistió, bajando la voz casi hasta convertirla en un susurro—. Cuéntame algo, lo que sea. Artabe era amigo mío…
Un coche pasó despacio por la calle y el ruido del motor se deslizó entre las palabras.
—Estás siendo muy pesado, colega… —respondió el otro policía—. Tienes que esperar y mantener la calma. No deberías involucrarte en la investigación.
Ale apoyó la espalda contra la pared de un portal.
—Lo sé.
—Y sabes perfectamente que no debería decirte nada.
—También lo sé.
Se hizo otra pausa.
—Ale…
—Por favor.
Se escuchó un largo suspiro al otro lado de la línea. Después percibió el arrastre de una silla y el roce de papeles que se movían.
—El gel que encontraron junto al cuerpo de Artabe podía tener la composición ligeramente alterada. No hay pruebas suficientes, pero sí indicios —comentó—. Están comprobando con la empresa fabricante si podría tratarse de un fallo de producción, porque la variación es apenas significativa.
Alejandro dejó de respirar un segundo.
—¿Cómo que alterada?
—Alterada —repitió él con paciencia—. El laboratorio encontró una diferencia en la composición química respecto a la fórmula original.
El ertzaina sintió un golpe seco en el pecho.
—¿Pero creéis que pudo ser manipulado?
Su interlocutor carraspeó.
—Eso es lo que no podemos demostrar y lo que no tenemos claro —respondió con sequedad—. Tampoco sabemos si esa ligera variación podría ocasionar un paro cardíaco o no.
—Joder…
—Tenemos los resultados de la científica. No hay hue- llas útiles —continuó él—, ni rastros de manipulación externa… Por ahora no hay nada concluyente.
El viento empezó a soplar un poco más fuerte, moviendo los cables eléctricos que colgaban entre dos edificios. Ale, sin siquiera darse cuenta, echó de nuevo a caminar.
—Eso no es todo…
Él levantó la cabeza.
—¿Qué más hay?
La pausa esta vez fue más larga.
—Artabe había ido a comisaría tres veces en las últimas semanas.
Ale frunció el ceño mientras cruzaba la calle sin mirar.
—¿A comisaría?
—Sí.
—¿A denunciar algo?
—No exactamente.
El tono de su compañero había cambiado ligeramente.
—¿Entonces? —apremió, deseando obtener más información.
—Dos de ellas se quedó fuera —continuó—, en la calle. Pensamos que no se atrevió a entrar.
¿Qué cojones?
—¿Cómo sabes eso?
—Por las cámaras de seguridad.
El viento agitó las hojas de un árbol cercano.
—¿Y cómo habéis llegado a eso?
—Porque una de esas veces sí entró.
—¿Y? ¿Para qué?
—Dijo que quería hacer una declaración.
Ale sintió cómo el corazón empezaba a latir más deprisa.
—¿Declarar qué?
—Eso es lo curioso —comentó, titubeante—. Cuando mi compañero le preguntó si estaba relacionado con él… comentó que sí.
El estómago de Ale se tensó.
—¿Y?
—Mi compañero fue a buscar a alguien que pudiera tomarle declaración y a comprobar las salas disponibles… Solamente se ausentó unos minutos.
—¿Y qué pasó? —instó, apremiante, incapaz de contenerse.
Cada vez estaba más nervioso.
—Cuando volvió…, Artabe ya se había ido.
Ale se quedó mirando el asfalto mojado bajo sus pies. La lluvia de la noche anterior había dejado pequeñas manchas oscuras que en esos momentos parecían sombras difusas y deformes.
—¿Lo habéis identificado con total seguridad?
—Sí.
—¿Cómo?
—El compañero que le atendió corroboró que se trataba de él y las cámaras han captado la matrícula de su coche alejándose de la comisaría.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
—Ale…
—Sí.
—Ten cuidado con esto.
—¿Por qué?
—Puede que todo esto se quede en nada, pero por si acaso mantente al margen hasta que la investigación se dé por concluida, ¿vale?
Alejandro no dijo nada porque la voz se le había quedado incrustada en la tráquea.
Solo entonces se dio cuenta de que había llegado al Puerto Viejo sin ser realmente consciente de haber caminado hasta ese lugar.
Observó su alrededor, sintiéndose perdido.
Las casas blancas se escalonaban sobre la roca húmeda como si estuvieran apretadas las unas contra las otras, protegiéndose del viento.
Recordó las fiestas del Puerto Viejo; las romerías, el txistu y la gen- te bailando en la plaza del Arrantzale hasta bien entrada la noche.
Por alguna razón, aquella época parecía pertenecer a unos años felices que hacía demasiado que habían quedado atrás.
Abajo, el Cantábrico golpeaba los muros del puerto con una fuerza grave y constante. Se apoyó en el pretil desde donde los viejos pescadores miraban el horizonte esperando ver regresar a los barcos y sintió el viento agitándole el pelo y llenándole la boca de sabor a sal.
—Joder… —musitó con la vista perdida en las aguas oscuras y revueltas.