El Club 21 #2
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21 #2

—June, esto no tiene nada que ver con ella… No la metas en esta discusión

—¿Por qué? ¿Por qué esto es un juego para ti? —continuó, y su voz tembló a pesar del intento absurdo que había hecho por mantenerla firme—. ¿Por qué yo siempre he sido un pasatiempo para ti?

Artabe tragó saliva y el músculo de su mandíbula se tensó.

—Yo…

Él no era capaz de terminar la frase, y no se daba cuenta de que para ella el silencio era muchísimo peor que cualquier mentira o excusa que pudiera darle.

Sintió cómo la rabia se mezclaba con un dolor espeso que empezaba a subirle desde el estómago hasta el pecho y, consciente de que no podría contener el llanto durante mucho tiempo más, salió del coche.

El agua de la lluvia, congelada, le cayó sobre la cabeza nada más abrir la puerta; pero en lugar de detenerse, echó a caminar sin mirar atrás.

El viento que llegaba desde el mar azotaba el paseo con una fuerza salvaje y el olor a salitre, más intenso que de costumbre, inundaba sus fosas nasales.

El mar rugía, furioso, haciendo explotar el oleaje con una espuma blanquecina que cubría el océano como un manto.

Sentía el agua calándole el cuello, los brazos y la espalda, pero no le importaba.

En realidad, aquella gelidez era lo único que conseguía apaciguar la rabia que carcomía sus entrañas.

Escuchó unos pasos detrás de ella y supo que era Artabe. ¿Quién iba a ser, si no?

—Sabes que te quiero, joder.

Ella se detuvo en seco mientras la lluvia le caía por las pestañas, nublándole la visión. Apretó los puños con fuerza y se quedó mirándole, plantándole cara.

—Entonces… —dijo, y la voz le salió más baja de lo que esperaba— ¿por qué estás con ella?

Tenía el pelo pegado a las mejillas, los labios le temblaban ligeramente y se sentía incapaz de controlar la rabia que se le acumulaba en el pecho.

Él estaba ahí, de pie, con esa carita de niño bueno que a ella tanto le gustaba.

Tenía la camiseta oscura pegada al torso y el pelo mojado le caía por la frente.

—Tú y yo… —murmuró, pasándose la mano por el pelo mojado en un intento de apartarlo hacia detrás. —Tú y yo, ¿qué?

—Somos como el perro y el gato, June.

—¿Cómo el perro y el gato? —repitió, incapaz de contener una carcajada sarcástica.

Si en aquel instante alguien los hubiera estado mirando allí, en mitad de la nada y del aguacero, hubiera pensado que se trataba de dos chiflados.

—Somos explosivos…, June.

El viento levantó la camiseta empapada de June contra su cuerpo.

—Explosivos…

La chica no conseguía decir nada coherente, así que simplemente se limitaba a repetir lo que él murmuraba en un intento de encontrarle sentido a aquella sarta de estupideces y excusas baratas.

—No podríamos… Tú y yo no podríamos…

Artabe dejó la frase inconclusa y ella sintió que algo se le desgarraba dentro del pecho.

—No podríamos… —repitió ella, casi en un susurro, sin borrar de su rostro esa sonrisa irónica—, no podríamos porque no quieres, Artabe.

Él negó lentamente con la cabeza.

—Entonces, ¿qué es lo que me estás diciendo?

—Yo… Joder, June.

La lluvia seguía cayendo con violencia. El chico, con los ojos brillantes, volvió a sacudir la cabeza en señal de negación.

—¿Qué para divertirte estoy bien, pero que no soy tu tipo?

Artabe cerró los ojos un instante, como si necesitara reunir el valor suficiente para pronunciar aquello que sabía que lo destruiría todo.

—Que eres amiga, June —susurró en un murmullo leve, casi inapreciable—. Que tú y yo somos amigos.

La mano de June cruzó el aire antes de que ninguno de los dos pudiera anticiparlo y su palma impactó contra la mejilla del chico con un chasquido sonoro y seco.

—No quiero saber nada más de ti, ¿me oyes? —le había gritado, levantando el tono de voz por encima del gruñido del viento.

Artabe volvió lentamente el rostro enrojecido hacia la chica, consciente de que lo que acababa de suceder entre ellos…, no tenía vuelta atrás. No podía borrarse.

—June…

Pero ella ya se había dado la vuelta y no pensaba regresar. Echó a correr sin meditarlo, como si necesitase liberar la tensión y el dolor por algún poro de su piel.

Sus zapatillas golpearon el asfalto encharcado del paseo de Azkorri levantando a su paso una infinidad de gotas de agua. Tac, tac, tac.

Corría sin ritmo, sin técnica, muy lejos de la precisión limpia con la que había corrido aquella tarde en la pista y muy lejos de todo lo que Jon le había intentado inculcar a lo largo de aquellos últimos años.

En esos momentos su zancada era torpe, desordenada, impulsada únicamente por la necesidad brutal de escapar de algo que se le había clavado dentro del pecho.

Las gotas se estrellaban contra su rostro como pequeños cristales fríos que se incrustaban dolorosamente en su piel.

Y, cada vez que parpadeaba, el mundo se deformaba detrás de aquella cortina líquida.

El viento que subía desde el Cantábrico era áspero, salado, y le llenaba la boca de un amargo sabor a mar crudo.

Las olas golpeaban los acantilados con una violencia grave provocando que el estruendo se filtrase por el mis- mísimo interior de la tierra, como si el propio acantilado estuviera partiéndose por la mitad.

Cada embestida del mar levantaba columnas de espuma blanca que se elevaban contra la roca rojiza de los acantilados de Azkorri antes de caer de nuevo en el agua con un rugido espeso.

June apenas veía el camino porque la tormenta lo borraba todo.

Se detuvo en seco con la voz de Artabe rebotando contra las paredes de su cráneo; “eres mi amiga”.

Incapaz de contenerse, liberó una risita rota y amarga.

Estaba llorando; llorando y riéndose a la vez.

Intuyó que debía de parecer una auténtica chalada, pero le daba igual.

Ya todo le daba igual.