21
Años atrás. Último campeonato de Alba y June. Unas semanas antes de la muerte de Alba.
El aire estaba cargado de ese aroma particular que solo existe en las pistas de atletismo, ese que desprende una mezcla de olor a caucho caliente, crema solar, sudor y nervios.
En las gradas, el murmullo constante de familiares, entrenadores y compañeros se mezclaba con la voz metálica del speaker hasta que, durante una fracción de segundo, todo quedó suspendido en el aire.
Y ¡pum! Todas las zapatillas de los atletas comenzaron a golpear el tartán casi al mismo tiempo.
El grupo salió disparado de la línea de salida, como una bandada desordenada de cuerpos tensos.
El aire entró frío en los pulmones de June mientras, a su izquierda, veía a Alba.
Iba medio metro más atrás que ella. El grupo se compactó al entrar en el peralte y los cuerpos se acercaron unos a otros con esa tensión contenida que siempre existía en los primeros metros de una final.
Una atleta del Club de Atletismo de Barakaldo tomó la cabeza durante unos segundos, marcando un ritmo agresivo que obligó al resto a colocarse rápido.
June se dejó llevar. El estadio seguía rugiendo alrededor y las voces del público llegaban en oleadas confusas; había gritos aislados, aplausos y las indicaciones de algún entrenador que gritaba instrucciones desde la valla.
—¡Vamos, June!
Reconoció la voz de Aritz entre todas las demás, pero no miró. No podía. Tenía toda la atención puesta en la pista.
Unos segundos más tarde entraron en la recta opuesta. El viento del norte cruzaba el estadio de lado y traía consigo ese olor a humedad tan característico de la zona. June sintió cómo la brisa le enfriaba el sudor de la frente.
Alba apareció entonces a su derecha, sin aviso. Había salido de la estela del grupo con un movimiento limpio y preciso, colocándose justo a su altura.
Durante un instante corrieron en paralelo, hombro con hombro. Las dos respiraban fuerte, pero de forma controlada.
June giró ligeramente la cabeza y ella la miró de reojo.
Sonrió, desafiante y divertida. Para cuando llegó la segunda curva el grupo ya se había estirado y la atleta de Barakaldo se había descolgado definitivamente.
Así que solo estaban ellas. June podía sentir cómo sus músculos se tensaban de verdad en ese punto exacto en el que el esfuerzo ya no es esfuerzo y se convierte en una lucha de supervivencia.
Entraron en la última recta y Alba apretó un poco más el ritmo, adelantándose medio cuerpo a ella.
En ese instante, en ese preciso instante, ya no existían las otras atletas, ni las gradas.
Solamente ellas dos y la línea de meta al fondo, al final.
Apretó los dientes, dispuesta a dar todo lo que le quedaba, y su cuerpo entero se proyectó hacia delante con una reserva de energía que ni siquiera ella sabía que existía en su interior.
La línea blanca apareció bajo sus pies y, entonces, el mundo entero volvió a llenarse de ruido.
Las piernas le temblaban y no sabía si había ganado o no, porque durante unos segundos se sintió incapaz de mirar el marcador.
Una milésima de segundo más tarde, el estadio estalló en aplausos y supo que sí, que había ganado.
June apoyó las manos sobre las rodillas y trató de recuperar el aliento, agotada.
El pecho le subía y bajaba con violencia atrapado en el esfuerzo final de la carreray el mundo seguía girando un poco más deprisa de lo normal, como si su cerebro aún no hubiera entendido que todo había terminado. Había ganado.
El cronómetro gigante seguía marcando el tiempo detenido sobre la línea de meta mientras los jueces hablaban entre ellos
para felicitarla. La acercaban bajo el sol
Alba.
y algunos atletas se pista azulada brillaba
y, al fondo, en la recta contraria, estaba La camiseta del club estaba empapada porque se había tirado agua del botellín por encima. Durante un instante sus miradas se cruzaron y June sintió un pequeño pinchazo que le apretaba el estómago.
June caminó hacia ella.
—Joder… —murmuró Alba, todavía jadeando—. Te has salido.
June se encogió de hombros, intentando restarle importancia, aunque todavía sentía el corazón golpeándole contra el pecho.
—Ha sido por poco.
—Una mierda por poco —respondió, negando con la cabeza mientras recuperaba el aliento—. Hoy estabas en otra liga.
La abrazó. Fue un abrazo rápido, sudado y torpe como suelen ser los abrazos entre atletas justo después de competir.
—Enhorabuena —añadió junto a su oído.
June sintió una mezcla rara de orgullo y culpa, porque al final la persona que había dejado atrás no era un atleta sin más, era alguien a quien de verdad quería.
—Voy a ducharme —dijo—. Si me quedo aquí me da algo.
—Luego lo celebramos.
—Claro —respondió ella con una sonrisa cansada—. Hoy invitas tú.
June asintió y Alba se alejó hacia los vestuarios con paso lento, todavía arrastrando el cansancio que sentía en las piernas. Estaba a punto de seguirla cuando, entonces, una voz masculina sonó detrás de ella.
—Campeona.
June se giró y Jon apareció tras ella con esa sonrisa de oreja a oreja. Estaba guapísimo con ese moreno que le habían dejado los rayos de sol del verano. Aún llevaba la camiseta del club colgándole del hombro y el cronómetro en la mano.
—Te dije que hoy ibas a volar —dijo, chocando suavemente su puño con el de ella.
—Ha salido bien —respondió June, todavía con la respiración agitada—, pero ha sido gracias a ti.
Él la observó unos segundos.
—¿Cómo vas con lo de la anemia? —inquirió—. ¿Sigues mareándote o ha ido bien?
June se encogió de hombros.
—Mejor.
—¿Sí?
—Los suplementos están ayudando.
Jon asintió, pensativo.
—Vale, pero ve contándome cómo vas con las analíticas, ¿vale?
Antes de que ella pudiera responder, una sombra se detuvo a su lado.
Era Artabe. Lo supo porque percibió el olor de su perfume incluso antes de que él dijera una sola palabra.
Se giró, sonriente, dispuesta a celebrar la victoria con él.
El sol de la tarde le dibujaba un brillo dorado en el pelo oscuro y en la camiseta oscura que llevaba puesta.
—¿Nos vamos? —preguntó con un tono de voz seco y cortante.
Y antes de que ella pudiera siquiera responder, Artabe ya caminaba hacia el aparcamiento. June lo siguió en silencio mientras sentía que el buen humor que le había dejado la victoria se iba diluyendo poco a poco en su interior.
El calor del estadio quedó atrás cuando atravesaron la zona de grava donde se acumulaban los coches de los atletas.
El viejo Golf de Artabe estaba aparcado bajo la sombra de unos árboles.
June abrió la puerta del copiloto y se dejó caer en el asiento mientras sentía un escalofrío recorriéndole la espalda.
A pesar de que la tela del asiento estaba caliente y de que la temperatura interior era alta, se apresuró a ponerse la sudadera para no quedarse fría.
La joven levantó la mano y bajó el pequeño espejo del parasol del copiloto.
El esfuerzo de la carrera la había despeinado por completo y su cabello rubio se había soltado en mechones desordenados alrededor de su cara.
Deshizo la coleta y separó un mechón húmedo para recolocarlo tras su oreja.
Después reunió el pelo a la altura de la nuca y volvió a rehacer la coleta con movimientos rápidos, acostumbrados.
Llevar el pelo recogido le solía generar irremediables dolores de cabeza,así que no abusaba de ello.
Se observó con detalle; tenía las mejillas encendidas y el calor de la carrera aún le subía por el cuello.
Sus ojos, muy abiertos, reflejaban el cansancio que sentía en su interior.
Eran de un color avellana claro que, bajo la luz dorada que entraba por el parabrisas, parecían adquirir un tono casi ambarino, como si el sol de la tarde se hubiera quedado atrapado en el fondo de sus pupilas.
Cuando inclinaba ligeramente la cabeza, el iris mostraba pequeños destellos del color de la miel que se apagaban y encendían a su antojo.
Parpadeó despacio y, durante un segundo, se observó con atención. No era su mejor versión, pero al menos estaba aceptable. Luego cerró el espejo con un pequeño golpe seco y apoyó la espalda contra el asiento, dejando que el calor del cuerpo terminara de disiparse poco a poco.
El coche salió del aparcamiento, se deslizó por Los Chopos y cruzó Bidezabal hacia las estradas. No necesitaba preguntar a dónde se dirigían para averiguar que iban a Azkorri. La luz de la tarde empezaba a apagarse lentamente y las primeras nubes oscuras avanzaban desde el horizonte.
June apoyó la cabeza contra el cristal.
—¿No me vas a felicitar por haber ganado?
Artabe no respondió. Tenía las manos apretadas alrededor del volante y los nudillos blancos. Parecía estar enfadado con ella, aunque la chica no entendía muy bien a qué venía aquella actitud.
—¿Qué narices es eso de los suplementos? —preguntó finalmente.
June giró la cabeza hacia él.
—Tengo anemia.
—Ya.
—De verdad, he estado fatal.
Artabe soltó una risa breve.
—No soy idiota, June —comentó con un tono seco, casi áspero—. Puedes intentar engañar a Jon, pero a mí no. Te conozco mucho mejor que él.
Ella sintió cómo algo se encendía dentro de su pecho.
—Pues no serás idiota, pero ahora mismo lo pareces.
Artabe condujo hasta el segundo aparcamiento de Azkorri, ese que quedaba justo a un lado del bosque y que tenía acceso al paseo que descendía a la playa. Echó el freno de mano y se quedó mirándola con fijación.
—Pues este idiota espera una explicación.
—Ya vale —gruñó ella, evitando el contacto.
En cuestión de segundos el cielo había comenzado a ennegrecerse y la luna delantera recibía las primeras gotas dispersas de lluvia.
¿Cómo diablos era posible que ese clima se transformase con tantísima rapidez?
Habían pasado de un sol primaveral a la tempestad de una tarde de invierno en cuestión de… ¿minutos?
Artabe apagó el motor.
—Me preocupo por ti, June… —dijo al cabo de un momento.
La chica soltó una carcajada breve, áspera, que no tenía nada de alegría.
—Si de verdad te preocuparas por mí, no estarías con María.
—Yo…
Ella giró la cabeza hacia él.
—¿Tú qué?
Sentía el corazón golpeándole contra el pecho con tanta fuerza que parecía querer escaparle por la garganta.