El Club 20
74%

20

Cinco días antes de la Media Maratón de Getxo.

Últimamente siempre llovía en Getxo.

Por alguna razón incomprensible el sonido de las gotas golpeando el tejado no la dejaba descansar con normalidad.

June llevaba horas dando vueltas y más vueltas en la cama.

Las sábanas se le habían enredado entre las piernas y la almohada estaba caliente, deformada por el peso de su cabeza.

Hacía horas que había apagado la luz, pero lo de conciliar el sueño se había convertido en un imposible.

Cerró los ojos e intentó concentrarse en su respiración, pero los latidos de su corazón respondieron a su esfuerzo por mantener la calma acelerándose todavía más.

—Joder…

Eran las dos y once de la madrugada. Demasiado temprano para quedarse despierta y demasiado tarde para insistirle al sueño y que llegara de forma natural.

Los ojos le escocían con ardor, pero aun así cogió el libro que descansaba en la mesilla de noche, se acomodó contra el cabecero y, tras arroparse hasta el pecho, comenzó a leer.

Poco a poco, las páginas del libro fueron avanzando y las letras comenzaron a emborronarse. Y sin apenas darse cuenta, el sueño terminó alcanzándola y el libro se deslizó entre sus brazos.

La negrura y el espesor se fueron disipando y cuando quiso darse cuenta, sus piernas estaban en movimiento y el sonido de su respiración le golpeaba los oídos.

Corría, corría sin control. No era una carrera objetiva ni controlada en la que el reloj de su muñeca fuera marcando unos ritmos concretos, sino…

otra cosa. Corría por miedo. Notaba el olor húmedo de los bosques del norte y la mezcla de tierra mojada, hojas descompuestas y musgo.

Una piedra afilada se clavó en la planta de su pie izquierdo, desgarrándole la carne en el acto.

Sintió la sangre caliente y la punzada de dolor intenso, pero no se frenó. Ni siquiera paró para coger aire.

—¡Artabe!

Su voz se perdió entre los árboles, sin obtener respuesta.

Hasta ese instante, hasta ese preciso momento, no se había percatado de que estaba en pijama.

El algodón blanquecino se había cubierto de barro y estaba mojado.

La ropa le pesaba, pero aun así seguía corriendo entre la niebla.

Experimentó otra punzada de dolor que le atravesaba el pie y un rasguño en su brazo derecho.

La niebla se abría y se cerraba tras ella, como si el monte estuviera respirando a su alrededor. —Artabe… —musitó entre sollozos.

Entonces lo vio.

Él estaba de pie en mitad del sendero, inmóvil.

Paralizado.

—Artabe…

June se acercó hacia él con la ansiedad oprimiéndole el

pecho y la necesidad urgente de alcanzarlo.

—Artabe…

Él no se movió, pero poco a poco el miedo fue dejando

paso al alivio. Solamente necesitaba fundirse en sus brazos y entonces todo volvería a estar bien.

Alargó la mano y tocó su hombro, y fue en ese instante cuando se percató de lo húmeda que estaba la tela de su camiseta.

El chico se giró con lentitud y ella sintió cómo algo se desgarraba dentro de su pecho.

Su rostro…, estaba cubierto de sangre, como si la piel de su cara estuviera desprendiéndose en pequeños fragmentos, deshaciéndose desde dentro pedazo a pedazo.

La sangre descendía por su cuello en líneas gruesas y oscuras, mezclándose con un tejido más espeso que no debería estar ahí.

—June… —murmuró con la voz deformada y gorgoteante.

Ella abrió los ojos de par en par, impactada.

—No… no…

Pero Artabe avanzó un paso hacia ella mientras su piel seguía cayéndose a tirones. Se desprendía desde su mandíbula con lentitud, como si un ente invisible se la estuviera arrancando.

Abrió la boca…, demasiado. Mucho más de lo que una boca humana debería abrirse.

—No…, no me dejes…

June sintió que las piernas dejaban de responderle y que el bosque se cernía a su alrededor, engulléndola. —No me dejes solo…

Alargó las manos hacia él y tocó su pecho. Tenía la piel caliente, ardiendo.

—Yo no me voy si tú no te vas —gimoteó, sollozando, antes de abrazarlo—.

Yo me quedo si tú te quedas. Sintió cómo su cuerpo se iba desvaneciendo, como si literalmente estuviera deshaciéndose.

La carne se desprendía en fragmentos que se quedaban pegados a sus manos y la sangre se extendía por todas partes, borboteando sin control.

Los ojos del chico parecían a punto de escaparse de las cuencas y ella, aterrorizada, intentó besarlo en un acto desesperado.

La mandíbula de Artabe se separó ligeramente de su rostro, cediendo ante la presión, mientras la boca de la chica se inundaba de un sabor metálico de su sangre espesa y caliente. —Siempre supiste la verdad…

Su voz salió en un susurro húmedo.

—Siempre…

El suelo empezó a abrirse bajo los pies de June y la niebla se transformó en un manto ennegrecido. El cuerpo de Artabe comenzó a hundirse entre sus brazos, deshaciéndose en una masa oscura que se filtraba entre sus dedos.

—No… no… ¡NO!

La joven se incorporó en la cama con un grito ahogado mientras su pecho subía y bajaba con una violencia extrema.

La habitación giraba a su alrededor, dando vueltas y más vueltas en unos círculos incontrolables, y afuera la lluvia seguía cayendo y golpeando el tejado.

Toc, toc, toc. Las palpitaciones que sentía en la sien eran tan intensas que, por un instante, estuvo convencida de que perdería el conocimiento allí mismo.

Toc, toc, toc. Temblando, se llevó las manos a la cara e intentó levantarse, pero sus piernas no respondían a las órdenes que el cerebro les enviaba.

La habitación seguía girando sin control y coger aire dolía. Como si sus pulmones se hubieran cerrado de golpe y alguien o algo invisible y de un peso enorme se hubiera colocado sobre sus costillas. La sensación fue tan repentina, que tuvo la firme certeza de que se estaba ahogando de verdad.

El corazón le golpeaba con una violencia salvaje y cada latido continuaba resonando dentro de ella como un martillo.

Intentó incorporarse de nuevo. Inspirando, luchando porque sus malditos pulmones retuvieran algo de oxígeno en su interior mientras las lágrimas brotaban sin aviso.

Lloraba con pequeños gemidos entrecortados, doblada sobre sí misma en mitad de la cama mientras se abrazaba el torso en un intento absurdo de volver a recuperar el control sobre sí misma.

—No era real, June… No era real —se dijo con la voz rota y entrecortada.

Contó hasta diez, y después repitió el proceso a la inversa: diez, nueve, ocho…

Pero el miedo ya había echado raíces en su cuerpo y el pánico crecía en ella como una ola a punto de romper.

La habitación seguía moviéndose. “Tú serás la siguiente, June…”

, decía una voz en su cabeza. A tientas, estiró el brazo y rebuscó en la mesilla hasta dar con su teléfono móvil.

Se estaba ahogando, así que lo primero que pensó fue en llamar a emergencias. Pero, finalmente, llamó a Alejandro.

Los tonos comenzaron a sonar, uno detrás de otro, mientras ella seguía esforzándose por no perder el control de sí misma. Durante un instante pensó que no respondería, y cuando estaba a punto de rendirse…

—¿Sí?

La voz de Ale, somnolienta, apareció al otro lado de la línea.

Ella intentó decir algo, pero el aire bloqueaba su garganta.

—June… ¿eres tú?

—Ale… —jadeó, rota.

Él guardó silencio durante un instante.

—June, ¿estás bien? ¿Qué pasa?

—No… puedo… —musitó entre jadeos—. No puedo respirar…

—June, escúchame —respondió él, manteniendo la calma—. ¿Quieres que llame a emergencias?

—No… Yo no…

Ella cerró los ojos.

—Respira conmigo.

Pero no podía porque el aire entraba a trompicones dentro de su pecho. Sintió que la visión empezaba a oscurecerse a golpes por los bordes y, de pronto, tuvo miedo. Estaba a punto de desmayarse.

—Estoy… —jadeó—. No puedo…

A pesar de las horas tardías que eran, su viejo amigo no dudó un instante más.

—Voy ahora mismo para allí, ¿vale? —aseguró desde el otro lado mientras comenzaban a escuchar sonidos variados—. Espera…, y no cuelgues.

June dejó caer el teléfono sobre el colchón mientras un temblor extraño le recorría el cuerpo de pies a cabeza.

Se abrazó a sí misma y comenzó a balancearse ligeramente hacia delante y hacia atrás sin darse cuenta, como si su cuerpo buscara instintivamente alguna forma de calmar el caos que tenía en su interior.

No supo cuánto estuvo de esa manera, porque poco a poco fue perdiendo la noción del tiempo hasta que, en algún momento, el timbre resonó cogiéndola desprevenida.

Se levantó a tientas, aún temblorosa, y caminó hasta la puerta principal. Allí, al otro lado, estaba Ale. Tenía la chaqueta empapada por la lluvia y las gotas resbalaban por su rostro.

—Hostia…

No dijo nada más. En cuanto la vio temblar, dio un paso hacia ella y la rodeó con los brazos. June se derrumbó contra su pecho, dejándose caer. Sollozaba con pequeños espasmos, esforzándose por volver a la normalidad.

—No puedo… —balbuceó—. No puedo…

—Sí puedes.

La abrazó con más fuerza aún antes de deslizar una de sus manos hasta su nuca.

—Venga, respira conmigo y cálmate…

Su otra mano comenzó a moverse lentamente sobre su espalda, dibujando círculos suaves y constantes.

—Inhala despacio —dijo, antes de hacer una pausa—. Y ahora suelta el aire muuuy despacio, sin prisa…

Estaban sentados en la alfombra del pasillo, en mitad de la nada. Ale repetía el mismo proceso una y otra vez con una paciencia infinita.

Poco a poco, la respiración de June empezó a acompasarse y tanto los sollozos como las sacudidas fueron disminuyendo hasta casi extinguirse.

Seguían sentados en el suelo; ella mantenía la cabeza apoyada contra su pecho y él la mecía con suavidad, como si fuera una niña pequeña tranquilizándose tras una rabieta.

Aunque todo había vuelto a la calma, la mano de él continuaba moviéndose lentamente sobre su espalda.

—Ya está… —susurró de forma casi inaudible.

June respiró hondo hasta que, por fin, el aire entró hasta el fondo de sus pulmones y la presión de su pecho comenzó a ceder.

Alejandro apoyó la mejilla sobre su cabello húmedo.

—Tranquila, ¿vale? Respira… —murmuró de nuevo—. Yo siempre estaré para cuidarte. Siempre.

El silencio volvió a llenar la casa. La lluvia seguía cayendo fuera, pero en esos momentos parecía mucho más lejana.

—Todo lo que he hecho… —añadió después— ha sido para protegerte.

Ale bajó la mirada, consciente de que la respiración de la chica se había vuelto mucho más profunda.

Se había quedado dormida entre sus brazos.

Tenía el rostro pálido, el cabello rubio desordenado en la cara y las pestañas todavía húmedas por las lágrimas.

Se la veía derrotada, así que sin perder el tiempo la levantó del suelo y la llevó hasta la cama.

Durante un momento se quedó allí de pie, mirándola.

Pero después, sin hacer el más mínimo ruido ni rozarla, se acostó a su lado manteniendo una distancia prudencial.

La lluvia seguía cayendo sobre los tejados de Getxo y el viento del mar sacudía suavemente las ventanas.

Todo, absolutamente todo, había sido por ella.