19
Zumárraga. La mañana de la Urolako Trenaren Maratoia, antes de la carrera.
Zumárraga había amanecido con un sol radiante, como si la tormenta de la noche anterior no hubiera sido más que una simple pesadilla.
No quedaba rastro de lluvia ni de viento.
Aquella humedad pesada que durante horas había golpeado las ventanas de la casita rural de Azpeitia prácticamente se había extinguido por completo.
Aritz conducía con las manos apoyadas firmemente so - bre el volante y los ojos fijos en la carretera que serpenteaba entre las montañas.
—Hoy volamos —dijo con una sonrisa breve.
Alejandro estaba sentado en el asiento del copiloto, con el brazo apoyado en la ventanilla abierta. El aire frío de la mañana le revolvía el pelo mientras miraba el paisaje sin decir demasiado.
—Eso lo dirás tú… —respondió Artabe desde el asiento trasero—. Yo aún tengo las piernas dormidas.
June estaba sentada a su lado, con las manos entrelazadas sobre el regazo.
—A ver qué tal nos sienta el desnivel negativo del recorrido —comentó Ale—. ¿Nos cargará mucho más las piernas?
—No tiene ninguna pendiente pronunciada —explicó el presi—. Y a partir del kilómetro quince es bastante llana. Tocará sufrir el tramo final después de la ayudita extra del principio.
Entraron en Zumárraga a las nueve de la mañana.
Para entonces, las calles del pueblo ya estaban abarrotadas de gente y de corredores que habían madrugado más de la cuenta.
Aparcaron en el patio del colegio local, que se había habilitado como parking provisional para que los participantes pudieran estacionar sus vehículos.
Aunque todavía faltaban unas cuantas horas para la salida, los voluntarios ya se disponían a colocar las vallas.
Un arco enorme inflable marcaba la salida de la carrera y alrededor de él se acumulaban pequeños grupos de atletas calentando, estirando o simplemente observando el ambiente.
—¿No es muy pronto para estirar?
—Nosotros aún estaremos en el primer túnel y esos habrán pasado ya la meta —se rio Aritz.
La música salía a todo volumen de unos altavoces instalados en un camión y el speaker comentaba con un entusiasmo exagerado el buen día que había salido para correr.
Se pararon en una zona común para terminar de vestirse.
June sacó el dorsal, los imanes y se los colocó en la zona baja de la camiseta del club.
Después se puso el cinturón y echó un vistazo a los geles.
Los guardó en los bolsillos, repartidos en los compartimentos laterales para que le molestasen menos.
—Hay ambientazo.
—En Gipuzkoa siempre lo hay —respondió Aritz.
El speaker seguía hablando mientras la música subía y bajaba de volumen.
—¿Tomamos un café? —propuso Alejandro.
June levantó la cabeza.
—Sí, por favor —respondió con rapidez—. Necesito cafeína para espabilar.
El café que había ingerido a las siete de la mañana, tras presenciar la discusión de Aritz y Artabe, estaba más que digerido y quemado.
Cruzaron la plaza hasta un bar cercano, cuyo interior estaba abarrotado de corredores que habían tenido la misma idea que ellos.
Sin dejar de mirar el reloj en un intento de calcular cuánto tiempo podían permitirse para la pausa, procuraron hacerse un hueco en la barra para ser atendidos con rapidez.
—Dos cortados, un con leche sin lactosa y un con leche normal —pidió Aritz, que para esas alturas no necesitaba ni preguntar a sus compañeros a ver qué querían. Conocía a sus amigos —y a casi todos sus atletas— mejor que nadie.
El camarero asintió mientras colocaba tazas bajo la cafetera y June apoyó las manos sobre la madera de la barra. Artabe estaba a su lado, tan cerca que podía sentir el calor de su brazo a través de la fina tela de la camiseta que se ha- bía puesto para calentar.
—¿Cómo estás? —preguntó él en voz baja.
June clavó la vista en la espuma del café cuando la taza apareció frente a ella.
—Bien.
Mentía, aunque a esas alturas ya estaba acostumbrada a mentir.
Dio un sorbo. El café tenía un sabor fuerte y amargo, pero no le importó.
June dejó que el líquido oscuro permaneciera un segundo en su boca antes de tragarlo.
El calor descendió lentamente por su garganta, expandiéndose después por el pecho con esa sensación familiar que siempre aparecía antes de una carrera.
Era una sensación extraña que después de tantas veces reconocía muy bien; como un leve temblor en el estómago y una corriente eléctrica suave que le recorría los músculos.
De alguna manera, parecía que su cuerpo estuviera preparándose para algo que aún no había empezado.
En el bar el aire estaba cargado. Demasiada gente y demasiadas conversaciones superpuestas como para encontrar un atisbo de paz en el lugar.
Las ventanas estaban empañadas por el contraste entre el frío exterior y el calor del interior, y sobre el cristal húmedo alguien había dibujado distraídamente una línea con el dedo.
Artabe la miraba de reojo, procurando evaluar la respuesta que le había dado.
—Siento si anoche me pasé —murmuró—. No quería ser tan brusco, pero…
Dejó la frase en el aire. Ella frunció el ceño y asintió, sin saber muy bien qué decirle.
Podía seguir mintiendo, pero, ¿tenía sentido hacerlo?
La realidad era que sí, se había pasado.
Y sí, estaba dolida. Por mucho que lo intentase, por mucho que pasasen los años, no conseguía sacarse a ese chico de la cabeza. —Artabe, yo…
Sintió un zumbido breve, casi imperceptible, de su teléfono móvil.
Lo sacó del cinturón, dejando la frase inconclusa, y corroboró que tenía un mensaje nuevo.
Pensó que debía tratarse de alguien del club deseándoles suerte, pero no.
El remitente era un “Número Oculto” y el mensaje era de texto, no de WhatsApp.
Ese tipo de mensajes que ya nadie mandaba y que, cuando llegaban, solían ser de publicidad.
Ignorando a Artabe, que la observaba sin ocultar cierta curiosidad, abrió el mensaje. En su interior solamente había una frase:
Sé la verdad.
Y pronto todos la sabrán.
Durante un instante el mundo pareció desaparecer bajo sus pies.
El ruido del bar —las conversaciones, el golpe metálico de las cucharillas contra las tazas y la cafetera expulsando vapor— se volvió distante, como si alguien hubiera bajado el volumen del entorno.
Parpadeó, inquieta, mientras sentía cómo su corazón comenzaba a bombear más rápido.
El café empezó a revolverse dentro de su estómago y una corriente fría le recorrió la espalda.
—June, ¿estás bien?
La voz de Artabe llegó desde muy cerca, pero ella no fue capaz de reaccionar.
—¿June?
Levantó la mirada. Él la observaba con el ceño ligeramente fruncido, apoyado con el codo sobre la barra.
—¿Qué pasa?
June negó demasiado rápido.
—Nada.
La palabra salió seca de su garganta, dando la sensación de que se resistía a salir.
Bloqueó la pantalla del móvil y lo guardó de nuevo en el bolsillo del cinturón, como si con aquel gesto pudiera borrar el mensaje.
Pero la frase seguía allí, girando en su cabeza como una rueda que no se detenía: sé la verdad.
—¿Seguro? —insistió Artabe.
June asintió.
—Sí.
Se levantó del taburete con las piernas temblorosas y la necesidad de abandonar con rapidez aquel local. A su otro lado, Ale y Aritz charlaban tranquilamente sobre algún asunto banal. Necesitaba moverse, necesitaba salir de allí.
—Voy al baño un momento.
Ni siquiera esperó respuesta.
Empujó la puerta que conducía al pequeño pasillo de los baños y dejó atrás el tumulto del bar.
Cerró la puerta con rapidez, resguardándose del exterior, y durante unos segundos, se quedó apoyada contra ella.
Respiró hondo, cogiendo aire profundamente.
El espejo frente al lavabo le devolvió una versión aterrorizada de sí misma.
Su rostro había palidecido, tenía los ojos abiertos y la sensación de haber tensado todos los músculos de su semblante.
Abrió el grifo y esperó con paciencia hasta que el agua comenzó a enfriarse.
Se inclinó y dejó que le recorriera los dedos y las muñecas y después se lavó la cara.
¿Quién lo había enviado? ¿Cómo? Y, ¿por qué ahora? Sintió que el corazón seguía golpeándole el pecho con demasiada fuerza, así que cerró los ojos en busca de un instante de paz.
La puerta del baño se abrió de golpe, pillándola desprevenida.
—¿Qué pasa?
Era Artabe, que la había seguido. Ella sacudió la cabeza en silencio, de lado a lado.
—Nada.
—June…
Su voz se volvió más suave, más cercana. Había utilizado ese mismo tono de voz que en un pasado empleaba habitualmente cuando quería obligarla a entrar en razón.
—Nada —repitió ella.
Pero una lágrima cayó antes de que pudiera detenerla, rodando por su mejilla sin hacer ruido. La primera que serviría para abrir la veda para el llanto desmedido.
¿Qué diablos estaba pasando? Nadie parecía verlo ni percatarse de ello, pero estaba convencida de que alguien estaba… ¿instigándola? Sí, acechándola. June apretó los labios y se llevó las manos a la cara.
—Joder…
Artabe dio un paso hacia ella, acortando la distancia que los separaba antes de estrecharla entre sus brazos. La chica apoyó la frente contra su pecho casi sin darse cuenta y aspiró el olor a detergente limpio que irradiaba su ropa. Cerró los ojos y sintió la respiración del chico contra su cabello.
—Tranquila —susurró él.
La mano de Artabe comenzó a moverse lentamente por su espalda con un gesto suave y casi mecánico.
—Tranquila, ¿vale? —repitió—. Todo está bien. June negó contra su pecho, gimoteando.
—No puedo correr…
La frase salió entrecortada porque cada sílaba pronunciada le suponía un esfuerzo.
Artabe se separó lo justo para mirarla mientras le sostenía el rostro entre las manos. Sus dedos estaban tibios, pero su gesto era firme.
La obligó a levantar la mirada.
—June…
Su nombre salió de los labios de Artabe en un susurro lento.
Le mantuvo la mirada como si, de alguna forma, aquel chico que tanto había querido en un pasado tuviera la capacidad de hipnotizarla.
Todo lo que habían sido, todo lo que habían sentido, seguía ahí.
No era solo deseo, que también. Era una tensión más profunda y mucho más peligrosa que se había construido a base de recuerdos compartidos y de silencios a gritos que ninguno de los dos había sabido acallar.
El pulgar de Artabe descansaba junto al ángulo de su mandíbula.
June podía sentir el calor de su piel ahí, en ese punto concreto.
Él…, siempre había sido él. Rozó la curva de su cuello con una caricia casi involuntaria.
Y aunque había sido extremadamente superficial, el efecto fue inmedia- to.
Respiró, sintiendo el aire del baño distinto.
Artabe inclinó ligeramente la cabeza como consecuencia natural a esa proximidad que se había ido acortando sin que ninguno de los dos pareciera darse cuenta.
Su respiración acarició la piel de June y ella, en lugar de apartarse, se acercó a él todavía más.
No respiraba, ni siquiera pestañeaba. De pronto, el miedo y la incertidumbre parecían haber quedado atrás…
A fin de cuentas, aquel era el efecto que él siempre había tenido en ella, ¿no?
Siempre, desde la primera vez que se habían dado un empujón en la pista de atletismo de Fadura.
El calor de sus respiraciones se entremezcló y la chica tuvo la certeza silenciosa de que volvían a estar a punto de cruzar esa frontera silenciosa que, en una ocasión del pasado, los había destruido a ambos.
—No vuelvas a abandonarme… —suplicó ella, con la cara empapada en lágrimas.
Entonces la puerta del baño se abrió de golpe con un ruido seco y brusco y Alejandro apareció al otro lado de la puerta. Ellos se separaron de golpe, recuperando su espacio vital mientras fingían normalidad.
—¿Qué pasa?
Artabe sacudió la cabeza.
—Nada, no pasa nada.
Alejandro carraspeó ligeramente.
—¿Interrumpo algo?
—Nada.
Ale asintió despacio, sin dejar de mirarlos. En realidad, sin dejar de mirarla a ella. No pasó por alto su cara empapada en lágrimas y su mirada enrojecida.
—Faltan quince minutos para la salida —comentó, dirigiéndose únicamente a la chica—. Deberíamos empezar a calentar.
Artabe asintió y, sin siquiera responder, salió del baño. June se apresuró a seguirle, pero Ale la retuvo sujetándola del brazo.
—Niña, ¿estás bien?
Ella asintió.
—Estoy bien, Ale, lo prometo.
Él no parecía conforme con la respuesta, pero tampoco insistió.
En la calle, la música ya sonaba a todo volumen y el murmullo de la gente comenzaba a desplazarse hacia la salida como una corriente que iba arrastrando todo a su paso.
No había solamente corredores, sino que el lugar se había llenado de espectadores y de curiosos que se acercaban para averiguar a qué se debía aquella repentina multitud.
Sus compañeros empezaron a trotar y ella los siguió de cerca mientras sentía el peso de su teléfono móvil hundiendo sus pies contra el asfalto.
Sé la verdad.
Y pronto todos la sabrán.
El mensaje borboteaba sin cesar en su cabeza, recordándole que, en algún lugar… alguien la estaba vigilando.