18 #2
—Venga, a caminar… —se dijo, insuflándose ánimos.
Poco a poco el flato empezó a ceder, haciendo que el pinchazo se transformase en una sensación más difusa y menos agresiva.
El sendero continuaba ascendiendo hacia una zona más expuesta del cordal, en la que ya no quedaban árboles y solamente se divisaba la ladera abierta.
El suelo también había cambiado. La tierra compacta del bosque había desaparecido y en su lugar quedaba una mezcla de gravilla suelta, piedras pequeñas y placas de roca humedecidas por el rocío que obligaban a colocar los pies con cuidado.
A su izquierda la montaña se abría de golpe, como si la ladera descendiera abruptamente generando un profundo barranco, cubierto de zarzales y rocas negras que emergían entre la vegetación más colorida.
Sintió que, para entonces, su cuerpo ya podía responder a un ritmo más alto, así que empezó a correr de nuevo.
Dudaba que fuera a ser capaz de alcanzar a sus compañeros, pero esperaba que, al menos, tuvieran la deferencia de esperarla en la cima.
El viento allí arriba soplaba con una fuerza bestial, empujando su camiseta contra su piel sudorosa.
El corazón poco a poco había recuperado su ritmo normal y, por fin, empezaba a disfru- tar de las sensaciones que le proporcionaba la carrera.
Ella era de asfalto, sin duda. Le gustaba la sensación de velocidad y de control sobre su cuerpo.
Pero, a su vez, también era de naturaleza y de perderse en la inmensidad de la nada.
Era imposible contemplar todo lo que se extendía bajo sus pies y no sentirse pequeña y diminuta, como una hormiguita.
Fue entonces cuando lo escuchó. El grito. Al principio había pensado que debía de tratarse de algún animal, pero… No, había sido un grito brutal.
Corto, intenso y desgarrador.
—¡AHHH!
El sonido rasgó el aire de la montaña y rebotó contra las paredes del valle como un eco salvaje.
June sintió cómo el mundo se detenía durante un segundo.
Literalmente, la sensación que experimentó fue algo bastante similar a la de quedarse paralizada, petrificada.
Unos segundos después, sintió que su corazón volvía a latir con una nueva violencia casi salvaje.
Echó a correr por el sendero que ascendía hacia una pequeña explanada cerca de la cresta. Llegó al final casi al mismo tiempo que Artabe. Él se detuvo ahí, de pie, a pocos metros del borde del acantilado.
—¿Qué narices ha pasado? —preguntó June, titubeante.
Estaba paralizado, inmóvil, mirando hacia el vacío con una expresión de horror que bañaba su semblante.
Artabe no respondió.
Ni siquiera giró la cabeza cuando June llegó a su altura.
Estaba de pie a pocos pasos del borde del sendero, inmóvil, con la mirada fija hacia delante, como si estuviera contem- plando algo que no podía dejar de mirar.
El viento le movía ligeramente la camiseta pegada al cuerpo por el sudor del ascenso, pero él no parecía notarlo.
Tenía los brazos caídos a ambos lados, las manos abiertas y los dedos tensos, como si se hubiera quedado congelado en mitad de un gesto.
Allí arriba, en ese pequeño tramo del sendero, el aire parecía más pesado. June dio otro paso y la grava crujió bajo sus zapatillas.
—Artabe…
Esta vez su voz fue más baja, más cauta.
—¡Alba!
El eco descendió por el valle, chocó contra las paredes de la montaña y regresó hasta ellos como un mal augurio que poco a poco se iba transformando en una realidad.
June avanzó un paso más con las piernas temblorosas, aproximándose cautelosamente al borde del sendero. Debía de quedar menos de medio metro y, una mala patinada, podía terminar en…
—Dios mío —gimió, tapándose la boca con las manos.
La gravilla se desplazó bajo sus pies y por un instante sintió cómo algunas piedras pequeñas rodaban hacia el vacío.
Se inclinó con cuidado. El plano era inclinado y estaba cubierto de matorral, brezos y rocas oscuras que emergían entre la vegetación como huesos antiguos.
Y…, el cuerpo. Ahí estaba su cuerpo, varios metros más abajo, sobresaliendo entre dos bloques de piedra grisácea cubiertos por arbustos.
Ella estaba inmóvil, demasiado inmóvil. La camiseta roja de Alba resaltaba violentamente contra el verde profundo del monte, como una herida abierta sobre el paisaje.
—Tú… —tartamudeó, confusa y afectada—. ¿Lo has visto? ¿Has visto algo?
Artabe asintió con la cabeza, lentamente, mientras se alejaba un par de pasos antes de caer arrodillado contra el terreno seco. Había empezado a llorar y parecía deshacerse en pequeñas sacudidas.
June volvió a mirar hacia abajo. El cuerpo de la chica estaba en una postura extraña, con una pierna doblada bajo la otra y un brazo extendido sobre las rocas. Tenía el cabello oscuro esparcido alrededor de la cabeza como una sombra irregular. No se movía, ni siquiera un milímetro.
June sintió que algo dentro de su pecho se rompía, como si su corazón se hubiera golpeado contra una pared de hormigón. Se llevó las manos a la cabeza, espantada, tanteando la mirada entre Artabe y ella.
—¡Joder!
—June… —gimoteó él.
Tenía los ojos cubiertos por una película líquida y el cuerpo seguía sometiéndolo a pequeñas sacudidas. Estaba roto, tirado en el suelo. A esas alturas, su cuerpo, su cara y su ropa habían quedado impregnadas de barro.
—¿Lo has visto? —repitió ella.
Él volvió a asentir entre gemidos.
—Pues no digas nada —susurró en voz baja, acariciándole la cabeza con delicadeza—. Diremos que los dos llegamos tarde y así nos dejarán en paz.
—Está muerta… —repetía una y otra vez el chico, afectado. Resultaba evidente que estaba en shock—… Alba está muerta.
Ella sintió cómo las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, rodando sin control.
—Lo sé… —murmuró, meciéndolo entre sus brazos—. Lo sé…
—Alba… —gimoteó—. Alba…
June volvió a acercarse al abismo. Necesitaba cerciorarse de que lo que acababa de ocurrir era real y no una simple pesadilla de la que tarde o temprano despertaría.
El viento agitaba los brezos que rodeaban el cuerpo de Alba y, desde allí arriba, parecía estar observando una escena totalmente irreal.
Como si, de pronto, alguien la hubiera metido en una película de ficción que no le correspondía.
—¡ALBA!
Gritó con mayor fuerza aún. Pero la única respuesta que obtuvo fue la del eco de su propia voz descendiendo por el valle como una ola. Abajo no se movió nada, absolutamente nada. Ni un gesto, ni una señal.
Las pisadas que golpeaban la gravilla húmeda alcanzaron sus oídos y las respiraciones roncas del resto del grupo inundaron el silencio que solamente los gemidos de Artabe se atrevían a romper. La primera figura en aparecer, descen- diendo por el sendero serpenteante, fue la de Aritz.
Tenía el rostro enrojecido por el esfuerzo del ascenso y pequeñas gotas de sudor le resbalaban por las sienes.
—¿Qué pasa? ¿Estáis todos bien? —inquirió entre jadeos.
Aunque lo había soltado con apremio, el tono de su voz —aún— no delataba preocupación. Durante un segundo su mirada pasó de June a Artabe, que seguía tumbado en el barro reseco mirando hacia el vacío.
—¿Qué pasa? —repitió, confundido, sin entender nada.
June no respondió, no podía. No le salían las palabras.
Tenía la garganta cerrada y sentía que en cualquier momento vomitaría.
—Joder, ¿vais a decirme qué cojones pasa?
Ella no podía hablar, no era capaz. En lugar de pronunciar una sola palabra en voz alta, levantó la mano lentamente y señaló el borde del sendero.
El gesto fue suficiente para que Aritz, con el ceño fruncido, avanzase un par de pasos hacia esa dirección; aunque todavía no parecía consciente de la gravedad de lo que iba a ver.
Se inclinó ligeramente sobre el borde y miró.
Durante una milésima de fracción de segundo, el gesto de su rostro no cambió.
Su mirada descendió por la ladera de forma natural, recorriendo el terreno como lo haría cualquier corredor que estuviera acostumbrado a evaluar un sendero o recorrido.
Hasta que, sin querer, su mirada llegó al punto exacto en el que estaba el cuerpo y, entonces…
El presidente palideció de golpe, perdiendo por completo la tonalidad de su rostro.
Parecía que un vampiro le había arrebatado la sangre de las venas.
Sus ojos se abrieron más, mucho más.
—Hostia…
June vio cómo sus dedos se cerraban lentamente sobre el borde de su rodilla, como si necesitara agarrarse a algo para no perder el equilibrio.
—No… no…
Retrocedió un paso y, un instante después, otro.
Se pasó una mano por el pelo, tirando de él hacia atrás con un gesto brusco que desordenó todavía más sus mechones castaños empapados de sudor.
—Joder…
En ese momento Alejandro apareció por la curva del sendero.
—¿Qué pasa?
Su mirada pasó primero por June, luego por Artabe y finalmente por Aritz, que permanecía de pie con la mirada perdida, respirando como si acabara de recibir un golpe en las costillas.
—¿Qué pasa? —repitió, al ver que nadie respondía a su pregunta.
La grava se desplazó bajo sus zapatillas con un sonido seco mientras se acercaba en dirección a Aritz. Cuando llegó al borde del sendero se inclinó hacia delante, apoyando una mano sobre el muslo para estabilizarse.
—No puede ser… —murmuró.
Su voz temblaba.
Volvió a mirar hacia el borde y, en esa segunda ocasión, algo dentro de él se rompió por completo.
El viento continuaba soplando sobre la cresta del monte, pero, allí arriba, en aquel pequeño borde de tierra y piedra suspendido sobre el vacío, algo se había roto para siempre. Y abajo, muy abajo, el cuerpo de Alba permanecía inmóvil entre las oscuras rocas de la ladera.