El Club 18
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4 de septiembre de 2016. Salida a la montaña.

La claridad del cielo había comenzado a filtrarse entre las montañas bizkaitarras. Las nubes eran altas y finas, cubier- tas de un leve manto azulado que tamizaba la luz suave con la frescura con la que amanecen los primeros días de septiembre en el norte.

El monte olía a tierra viva y a bosque, y aunque aún quedaban días de calor por delante, las hojas del entorno habían comenzado a secarse poco a poco.

A las seis y media de la mañana, la carretera que ascendía hacia el macizo de Ganekogorta estaba prácticamente vacía.

Era una de esas carreteras estrechas que serpentean entre prados inclinados y bosques profundos, como si pretendiera transportar a quien la recorriera hasta los mundos de Narnia o algo similar.

A un lado se levantaban muros de piedra cubiertos de musgo y, al otro, pequeños caseríos dispersos con tejados oscuros que todavía estaban húmedos por el rocío.

El coche avanzaba lentamente, con el motor ronroneando en bajas revoluciones.

No tenían prisa. Dentro de él, el silencio era cómodo y natural.

Ese tipo de silencio que se instala entre personas que ya han compartido demasiadas aventuras y demasiados kilómetros.

Por una vez, era Ale y no Aritz quien conducía.

El presi del club llevaba fatal los madrugones, así que iba adormilado en su asiento mientras se preguntaba a sí mismo cómo narices habían conseguido sus amigos arrastrarlo a una salida así.

Ale tenía la ventanilla ligeramente bajada y el aire fresco entraba en el interior del coche arrastrando el olor húmedo del monte.

—¿Seguro que esta es la subida correcta? —preguntó finalmente, rompiendo el silencio.

Aritz miró por la ventanilla.

El valle se abría a su derecha, cubierto por una capa de bruma que todavía no había terminado de levantarse.

—Claro —respondió con una seguridad total—. Es más largo, pero la subida es mejor. He mirado el GPS antes de salir de casa para programar toda la ruta.

—¿Traducción? —preguntó Alba—. El presi pretende hacernos sufrir.

June sonrió sin apartar la mirada del paisaje. Los primeros rayos de sol empezaban a iluminar las laderas con una calma absoluta y relajante.

A su lado, estaba Artabe. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y miraba hacia la luna delantera con una expresión tranquila y sosegada.

Muy él, claro. June pensó que el chico siempre había tenido una especie de superpoder con el que intentar camuflar todo lo que sentía y pensaba.

E incluso tras tantos años, se quedaba mirándole y veía en él un hermetismo que asustaba.

—Hoy la primera en hacer cima es Alba —apostó Ale, sin apartar los ojos de la carretera—. ¿Aceptamos apuestas?

Alba soltó una risita tranquila.

—Siempre gano yo, no sé ni para qué os molestáis en apostar.

—Eso es verdad —murmuró Aritz—. Pero June viene fuerte últimamente.

La chica giró la cabeza.

—Hoy no compito, estoy en modo relax con amigos.

—Eso dices siempre —respondió Alba, propinándole un codazo juguetón—. Y luego te dejas los pulmones intentando pasarnos a todos.

Alejandro detuvo el coche en un pequeño claro de tierra seca que, por el estado de la tierra, debía de ser el aparcamiento improvisado de casi todos los senderistas de la zona.

Se bajaron del coche despacio, aún adormecidos por el ronroneo del motor.

June percibió el zumbido grave de algunos insectos, el susurro del viento moviendo la copa de los árboles y el sonido silencioso de la naturaleza, inmóvil, sin que el ser humano la trastornase.

Se quedó observando el comienzo del sendero mientras sus compañeros se iban calzando las zapatillas de Trail.

A unos metros del parking había una cinta estrecha de tierra oscura que se abría paso entre helechos altos y brezos que empezaban a teñirse de tonos rojizos con la llegada del otoño.

June inhaló profundamente antes de sentir sus pulmones recargándose con una sensación fresca y limpia.

—Qué paz —murmuró.

—Durará poco —bromeó Alba mientras ajustaba el reloj—. En diez minutos estarás jadeando.

Casi sin decir nada más, comenzaron a trotar. Tenían pensado hacer los primeros kilómetros muy suaves para entrar en calor, así que no necesitaban estirar más de la cuenta.

El primer tramo del recorrido discurría dentro del bosque y era precioso, casi mágico.

Las hayas y los robles iban formando un techo verde sobre sus cabezas y el suelo estaba cubierto de hojas húmedas que amortiguaban el sonido de las zapatillas.

Las raíces cruzaban el sendero como serpientes, obligando al grupo a levantar bien los pies para no tropezar y terminar de bruces en el barro.

Avanzaban juntos, como siempre que empezaban. Llevaban las respiraciones acompasadas y los pasos eran rítmicos.

—Qué bonito está todo, ¿eh? —comentó Alba que, casi sin darse cuenta, había tomado la delantera.

Con el tiempo había dejado de competir para centrarse más en disfrutar, pero seguía teniendo la forma limpia de correr de quien ha pasado muchísimas horas trabajando la técnica.

Su zancada era larga, elegante y fluida.

Incluso en Trail y en terreno irregular.

June corría detrás de ella, observando cómo su amiga se movía con una naturalidad casi insultante.

¿Cómo narices lo hacía para que todo pareciera ser… , tan sencillo?

Artabe se mantuvo a su altura.

—No te piques, que te conozco —dijo en voz baja.

—No me pico.

—Claro que sí…

June le lanzó una mirada enfurruñada.

—Cállate —gruñó ella, justo antes de propinarle un empujón juguetón.

Artabe era algo así como su “Pepito Grillo” invisible.

Ese que siempre estaba ahí para recordarle que en aquel mundo existía alguien capaz de ver lo imperfecta que era.

Su cara b, la menos amable. La celosa, la competitiva, la testaruda…

En realidad, empezaba a tener serias dudas de que Artabe fuera capaz de percibir y apreciar su mejor versión.

Suspiró, procurando no darle demasiadas vueltas. ¿Acaso importaba?

Más adelante, Aritz y Alejandro habían empezado a acelerar el ritmo hasta que, segundos después, sus siluetas comenzaron a difuminarse tras una curva.

El bosque había comenzado a abrirse poco a poco y los árboles iban perdiendo altura a su paso.

En esa zona la vegetación se había transformado en una ladera de brezos y pastos cortos donde el viento parecía discurrir con mayor libertad.

Desde aquel punto del sendero el paisaje se abría de pronto, como si el monte respirara y separara la vegetación para mostrar lo que había al otro lado.

El valle se extendía hacia Bilbao en una sucesión de colinas verdes, suaves y profundas.

Desde allí arriba el mundo parecía inmenso y silencioso; un mosaico de prados, caseríos dispersos y manchas de bosque que se perdían en la distancia hasta confundirse con la bruma gris del horizonte.

El viento soplaba con más fuerza en esa parte de la ladera, tal y como debía de ser. Cuanta mayor altitud, mayor era el temporal.

—Parece que nos va a aguantar el tiempo —comentó Artabe con la mirada clavada en el cielo.

Fue entonces cuando June sintió el flato, ese que rara vez le daba por aparecer.

Al principio tan solo fue una leve molestia, como un pequeño pinchazo en la parte baja de las costillas, justo dentro de su costado izquierdo.

Era el tipo de dolor que cualquier corredor podía reconocer y tolerar.

Lo había experimentado en un par de ocasiones y sabía que, tras unas cuantas respiraciones profundas, solía desaparecer sin dar guerra.

Intentó ignorarlo y siguió corriendo mientras ajustaba el ritmo de su respiración tal y como, años atrás, le había enseñado Jon —su entrenador—.

Inhalar, exhalar… Inhalar, exhalar… Pero el dolor, en lugar de mitigarse, comenzó a acentuarse todavía más.

Sentía cómo, poco a poco, iba creciendo y extendiéndose desde ese punto preciso donde nacía hacia el interior de su abdomen; como si una aguja invisible estuviera clavándose más y más profundamente en el interior de su cuerpo.

June apretó los dientes. Aún quedaba mucha, muchísima subida por delante de ellos.

“Piensa en algo diferente, distráete”, se dijo a sí misma. Pero a esas alturas cada zancada se había transformado en una nueva punzada más intensa que la anterior y su mente solamente podía dirigir la atención al dolor.

—Joder… —murmuró entre dientes.

Artabe giró la cabeza. Había estado corriendo a su lado y manteniendo un ritmo constante que no precisaba de esfuerzo ninguno para él.

—¿Qué pasa?

—Flato.

La palabra le salió entrecortada y él, de inmediato, redujo el ritmo.

—Para un momento, venga —insistió él—. Caminamos un rato.

June negó con la cabeza, aunque ya estaba aflojando la velocidad sin querer.

—No… se pasa.

Pero el dolor no se estaba pasando. Al contrario…, aunque no iba a admitirlo en voz alta, le costaba incluso respirar.

Más arriba, Alba seguía corriendo con fluidez, como si el sendero fuera una prolongación natural de su cuerpo. Su silueta se recortaba contra la línea del cordal mientras ascendía entre los brezos que cubrían la ladera justo tras Alejandro y Aritz, que también se habían adelantado.

—Seguid… —musitó unos instantes más tarde, parándose en seco.

Apoyó las manos sobre las rodillas y bajó la cabeza mientras intentaba recuperar el aire. El corazón le golpeaba en el pecho.

—Luego os pillo.

Artabe también se paró, dispuesto a no dejarla sola. La miró con una mezcla de duda y paciencia, como si estuviera evaluando realmente la gravedad del asunto.

—¡Qué te marches! —gruñó ella, propinándole un manotazo.

El chico titubeó.

—¿Seguro?

June levantó una mano, haciendo un gesto breve.

—Sí.

Alba se había detenido unos metros más arriba. El viento agitaba su cabello oscuro con la misma impaciencia con la que ella intentaba entender qué les pasaba a sus compañeros para frenar así la marcha.

—¡Venga! ¡No os durmáis!

June levantó el pulgar.

—Corre.

Artabe asintió rápidamente.

—Llevo el móvil encima, llama si…

—¡Venga! ¡Largo!

Él se rio y, finalmente, continuó.

June se quedó ahí, quieta, observando cómo sus amigos abandonaban el contorno de su campo de visión. Y segundos más tarde, el monte volvió a quedarse en silencio. Respiró hondo y sintió esa sensación áspera, casi dolorosa, apretándole el costado.