17
Días antes de la Media Maratón de Getxo. Reparto de dorsales.
A esas horas de la mañana, el aire seguía teniendo un olor particular a invierno de costa incluso aunque la primavera acabara de imponerse en el calendario.
La humedad fría de las horas tempranas arrastraba el salitre metálico del mar.
Hacía rato que Aritz había abierto las puertas del Tiki Toki y el olor a café se expandía por todas partes.
Para cuando June llegó, el ruido ya era constante.
Cucharillas golpeando tazas, corredores que entraban y salían, atletas descargando la furgoneta del presidente…
Pero, por suerte, Eider estaba ahí para poner algo de orden y que la situación no se descontrolase.
Faltaban muy pocos días para la Media Maratón del club y todos empezaban a estar nerviosos.
June pasó por delante de las mesas plegables donde se acumulaban las cajas abiertas de plástico repletas de dorsales y bolsas del corredor.
Había varios listados impresos que, de forma continua, iban pasando de mano en mano.
Se colocó detrás de una de esas mesas, intentando ubicarse para ser de ayuda.
—Dorsal trescientos dieciocho —dijo un chico joven, todavía jadeando, con las mejillas rojas a causa del frío.
Ella también estaba congelada a pesar del calor que se acumulaba en el portal. ¿Cuándo narices iba a empezar a notarse la proximidad de la primavera?
Comenzó a pasar las páginas del listado con movimientos casi automáticos en busca del número. Lo tachó y después se dirigió a la caja que correspondía.
—Aquí lo tienes.
El chico respondió con un guiño antes de dirigirse a la mesa de la tienda, donde los corredores podían adquirir más camisetas o sudaderas de la Media Maratón.
Durante un segundo June apoyó las manos sobre la mesa y respiró hondo. Era temprano, muy temprano, pero el Tiki Toki ya estaba hasta arriba, a reventar.
El murmullo de la gente se mezclaba en una masa uniforme que hacía vibrar el aire.
Levantó la vista y sus ojos se tropezaron con los de Ale, que estaba al fondo del local inclinado sobre otra mesa.
Revisaba la caja de los dorsales con la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo y el ceño fruncido, como si alguien se hubiera saltado algún número y todo le descuadrara.
Segundos después, vio a Aritz. El presidente vestía el plumífero negro del club mal abrochado, con el pelo revuelto. Tenía el gesto cansado y los ojos hinchados, como si llevara días sin dormir bien. Cuando empezó a caminar hacia las mesas June sintió un nudo extraño en el estómago.
—¿Cómo va? —preguntó con voz áspera al acercarse.
—Bien… —respondió—. Hay mucha gente, ¿no?
Aritz miró alrededor y asintió lentamente.
—La normal —comentó—. Pero ya verás, la gente esperará hasta los últimos cinco minutos antes de la salida para recoger el dorsal.
—Ya, como siempre —murmuró ella con la misma desgana en el mismo instante en el que Alejandro se acercaba hasta ellos.
Llevaba un sobre en la mano.
—Aritz —dijo en un tono bajo, casi un susurro—. Tenemos que hablar un momento.
—Ahora no, Ale.
—Es importante.
Ambos se quedaron mirándose fijamente.
—Esto también es importante.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, con curiosidad.
Y antes de que el sevillano tuviera tiempo para responder, la puerta lateral se abrió y dos hombres entraron desde la calle trasera.
No tenían pinta de corredores y, por la forma en la que Alejandro se quedó mirándolos, supo que no se trataba de unos curiosos que se habían extraviado por la zona de Fadura.
Iban vestidos con ropa de calle. Vaqueros, chaquetas oscuras y botas de lluvia.
Pero algo en ellos, algo que June no supo identificar, no encajaba del todo con el ambiente.
El murmullo del local fue bajando poco a poco, como si alguien estuviera girando lentamente un interruptor invisible. Uno de ellos, el más joven, se acercó a la mesa en la que estaban los tres y sacó una placa.
—Ertzaintza —anunció—. Somos del grupo de delitos contra las personas.
June sintió cómo el estómago se le encogía.
—Necesitamos hablar con vosotros —comentó el otro.
Aritz parpadeó.
—¿Ahora?
—Ahora.
El agente miró a los tres con calma.
—Se ha reabierto la investigación sobre la muerte de Alba López.
June notó cómo el pulso le golpeaba en la garganta.
—¿Por qué? —preguntó Aritz.
El segundo agente habló entonces.
—Dos muertes, mismo grupo y mismo entorno —comentó con una voz neutra, profesional y pausada—. Y desde hace unos días tenemos indicios de que la muerte de Artabe podría no haber sido accidental.
—Eso es absurdo —dijo Aritz.
Pero la seguridad que solía ser habitual en él había desaparecido de su voz.
Los agentes se sentaron frente a ellos en una mesa apartada antes de sacar una libreta.
El primer agente miró a Ale, dirigiéndose hacia él directamente.
—Compañero del cuerpo, ¿verdad?
Alejandro asintió.
—Sí.
—Entonces sabrá que ocultar información en una investigación es un delito.
La mandíbula del sevillano se tensó al instante y June sintió cómo un nudo le apretaba el estómago.
—No estoy ocultando nada.
El agente inclinó la cabeza ligeramente. Sí, estaba ocultando lo mismo que ella. Estaba mintiendo…, para protegerla.
Aritz se inclinó hacia delante.
—Mire, estamos organizando una carrera. Si quieren hablar podemos…
—Ya estamos hablando.
El segundo agente abrió la libreta.
—¿Quién llevó los geles el día de la carrera?
Aritz frunció el ceño, cansado. Había respondido a esa pregunta en un sinfín de ocasiones y estaba tan cansado, que se le hacía terriblemente tedioso volver a explicar lo mismo una y otra vez.
—Yo —dijo, sin ocultar su hastío—. Pero no entiendo…
—¿De dónde salieron?
—De mi casa —respondió con sequedad—. ¿De dónde iban a salir?
Alejandro levantó la cabeza lentamente.
—Aritz…
El tono era extraño.
—¿Qué?
—Solo están preguntando —murmuró él, apaciguando el ambiente—. Tienen que hacer su trabajo.
—Ya lo sé —respondió el presi—. Pero yo también tengo que hacer el mío y aquí estoy.
El agente tomó nota.
—¿Quién los distribuyó?
June carraspeó mientras sentía el teléfono, pesado, en su bolsillo. El mensaje…, ese mensaje del que no había dicho nada a nadie. Al igual que tampoco había contado nada del tipo que pilló grabando en el homenaje a Artabe.
—June —dijo finalmente Ale—. Ella los organizó, como hace siempre. Es la más responsable de todos… Era… Es… —titubeó, consciente de que ni Alba ni Artabe volverían.
Estaba claro que no sabía si debía hablar del grupo en presente o en pasado.
Los ojos de los agentes se volvieron hacia ella.
—¿Los abriste?
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
De pronto, la chica sintió cómo todo se iba volviendo más denso y asfixiante. Necesitaba salir del maldito Tiki Toki y coger aire.
—¿Tenía su propia mochila?
Alejandro respondió sin mirar a nadie en concreto.
—Agente, todas estas preguntas ya las hemos respondido en un sinfín de ocasiones —explicó sin ocultar su cansancio—. Ya lo saben porque nos han tomado declaración… Así que sí, claro que compartíamos mochila, siempre lo hacíamos.
—¿Quién la llevaba?
—Aritz —respondió Ale.
El presidente del club lo miró como si acabara de recibir un golpe.
—¿Perdona?
El sevillano levantó la vista.
—La llevabas tú.
La tensión entre ambos se volvió casi visible, como un objeto latente que pasaba de uno a otro, rebotando.
—¿Qué estás insinuando? —preguntó Aritz.
—Nada.
—Pues lo parece.
Alejandro apoyó las manos sobre la mesa y suspiró.
—Artabe llevaba días mareado, estaba mal —siguió explicando el policía del club—.
Tenía problemas conyugales y llevaba semanas sin entrenar.
Da igual quién llevase la mochila o trajera los geles —continuó—.
Todos estuvimos juntos en la casa rural y todos compartíamos nuestras cosas.
—¿Alguien pudo manipular durante la estancia el contenido de los geles?
Alejandro negó.
—No, eso es imposible.
June se mantenía en silencio, sin saber qué podía aportar. ¿Cuándo iba a terminarse todo aquello? ¿Cuántas veces tendrían que pasar por esa tortura?
—Es decir que, si el contenido fue manipulado, llegó así a la casa rural…
Ale titubeó, aunque finalmente asintió.
Aritz se levantó de golpe, haciendo chirriar las patas contra la baldosa del suelo.
—¿Qué coño estás insinuando?
—Nada.
—¡Era ansiedad! —gritó June, procurando calmar las cosas—. Ya vale, ¿qué os pasa a vosotros dos? ¡Él mismo lo dijo! ¡Era ansiedad!
Aritz se llevó las manos a la cara y, por un instante, pareció que estuviera a punto de derrumbarse allí mismo.
—¿Por qué a nosotros? —murmuró—. ¿Por qué tiene que pasar otra vez, joder?
La chica se levantó para estrecharlo entre sus brazos. A unos metros de distancia, desde allí, podía ver a Eider repartiendo dorsales con el ceño fruncido por la preocupación.
—Está bien, tranquila —susurró en voz baja, vocalizando dramáticamente para que ella pudiera entenderlo a pesar de la distancia y del ruido—. Tranquila, todo está bien.
Eider, acariciándose la barriga con cierto nerviosismo, asintió.
Aunque, en realidad, no. Aritz no estaba bien. Podía sentir cómo su cuerpo temblaba contra el suyo y, si debía ser sincera, nunca lo había visto así…, de esa manera. Ni siquiera cuando Alba falleció y la vida se transformó en una pesadilla, en un mal sueño.
—Ya está, presi… —susurró en su oído—. Todo va a estar bien.
¿Qué narices le pasaba a Ale? ¿Por qué actuaba así?
¿Por qué estaba intentando lanzar a Aritz a los leones?
“Quizás, por protegerme”, pensó June. Pero aquello no tenía sentido.
Protegerla, ¿de qué? Incluso aunque los agentes se enterasen de lo suyo con Artabe, no tenía nada que temer.
Y, además, ni siquiera Ale sabía nada de lo que habían tenido.
Durante todos esos años ambos se habían esforzado por mantener su relación oculta.
Por un instante, tuvo la certeza de que el problema real no eran ellos, sino lo que acechaba fuera del grupo y más allá del club.