16
Quince años atrás. Pista de atletismo de Fadura.
En vez de caer, la lluvia parecía estar desplomándose sobre las calles de Algorta. June levantó la cabeza por encima de las gradas y tuvo la sensación de que el cielo plomizo se fundía con el tejado. El tartán había perdido su azul celeste y se había transformado en una lámina constante de agua.
—¡Venga, chicas!
Cada pisada contra el caucho levantaba una leve explosión líquida a su paso.
Solamente estaban ellas dos. Alba ocupaba la calle tres, June la cuatro. Jon Ruiz caminaba por la línea interior con el cronómetro en la mano, el chubasquero negro con el escudo del club pegado al cuerpo y la capucha caída sobre los hombros.
—Ochocientos —gritó, para que ambas le escuchasen—. Última fuerte y sin reservas.
Aquella tarde, seguramente a causa del temporal tan intenso, todos los demás habían fallado al entrenamiento.
June y Alba habían sido las únicas en asistir, y cuando eso pasaba y se quedaban a solas…
, algo cambiaba. Había algo que se transformaba entre ellas y que las hacía mucho más competitivas que de costumbre.
Muertas de frío y sin sentir los dedos de los pies, se colocaron en la línea de salida.
El agua resbalaba por sus clavículas, descendiendo por el esternón hasta perderse bajo la tela empapada.
Y aunque el frío las mordía, sus cuerpos ya estaban calientes.
—¡Ya! —gritó Jon.
No había disparo en los entrenamientos, pero cuando él pronunciaba la palabra mágica, las dos podían sentir ese pistoletazo dentro de su pecho.
Los primeros metros fueron medidos y controlados.
June intentaba controlar la respiración y acompasarla para no reventar: inhalar cuatro, exhalar cuatro, pero, aun así, llegó al segundo “doscientos” sintiendo un dolor intenso en cada célula de su cuerpo.
La lluvia golpeaba la pista con un sonido uniforme, como miles de dedos tamborileando sobre una superficie tensa.
Alba tenía una zancada más larga, más elegante y más limpia. Pero June, al menos aquel día, tenía algo distinto a lo habitual. ¿Más rabia? ¿Más nervio?
En la última curva, el viento lateral les pegó de lleno en la cara.
El agua les cerró los ojos un instante y June sintió el ardor subirle por los muslos.
Podía aflojar un poco, y probablemente eso hubiera sido lo más sensato.
A fin de cuentas, aquello simplemente era un entrenamiento, ¿no? Pero no aflojó.
Clavó los brazos, empujó con los hombros y se dejó caer en la recta final con el pecho adelantado como si la línea fuera un enemigo al que había que atravesar. Alba intentó responder y forzó la zancada, pero llegó tarde.
Cuando pasó la línea, se dobló sobre sí misma. El agua resbalaba por su frente y caía en pequeñas gotas desde la punta de su nariz mientras el corazón le golpeaba con una fuerza desordenada, casi violenta, contra el pecho. Sintió que su amiga llegaba tras ella, unos segundos más tarde.
—Te has pasado, ¿no? —recriminó Alba—. Joder, que estamos entrenando.
—Para una vez que te gano, no seas picona… —murmuró June entre jadeos, levantando la cabeza.
Alba sonrió, pero fue un gesto que no terminó de llegarle a los ojos.
—No soy una picona. Solo digo lo evidente —respondió a regañadientes, medio en broma, medio en serio—. Guárdate algo para las competiciones de verdad.
Estaba acostumbrada a ser la ganadora y a que nadie, y menos June, la pasara por encima.
—Relájate —respondió, apartándose el pelo mojado hacia detrás—. No siempre puedes ser la mejor, Alba.
La frase quedó suspendida entre ambas.
—¡Buen entreno, chicas! —gritó Jon, señalándoles el vestuario—. Ahora a descansar y nos vemos el lunes.
June cruzó el pasillo y se dirigió directa a los vestuarios, que estaban vacíos.
Se desnudó y entró a la ducha sin mirar a su amiga.
El agua caliente cayó sobre su cabeza y recorrió sus extremidades proporcionándole una sensación de calma y paz.
Poco a poco, empezó a sentir cómo la tensión de los hombros iba cediendo.
Cerró los ojos y sintió los latidos aún acelerados dentro de su corazón.
Podía escuchar el agua de la ducha contigua, ahí donde estaría Alba.
Ninguna de las dos dijo nada porque no había nada que decir.
Dos minutos después, se vestían con rapidez en un intento de no dejar escapar el calor que habían recuperado.
Cuando salieron, el móvil de June vibró sobre el banco casi al mismo tiempo que pitó el de Alba.
Era un mensaje de Aritz:
Estamos tomando algo en el bar de las piscinas. La idea es cenar aquí.
También vienen Ale y Artabe. ¿Os venís?
June miró a su amiga.
—¿Vamos?
Alba tardó medio segundo en responder.
—Claro.
Diez minutos después cruzaban la puerta de la taberna.
El contraste con la lluvia del exterior densificaba el interior porque las ventanas empañadas lo difuminaban todo. Olía a fritura, a cerveza y a cloro.
Alejandro levantó la mano en cuanto las vio entrar. —¡Las campeonas!
Aritz sonreía con esa mezcla de formalidad y picardía
que siempre llevaba puesta. June le devolvió la sonrisa con esa sensación infantil que el presi siempre transmitía.
De alguna forma, siempre le recordaba que, por muchos años que fueran cumpliendo, nunca debían de sacarse esa inocencia interior.
Artabe estaba sentado en el extremo de la mesa con la espalda apoyada en la pared, observando.
De forma involuntaria, se sentó a su lado.
June llevaba puesta una camiseta lencera, un jersey básico corto y una falda negra que por la humedad se había pegado a su piel y le rozaba los muslos.
El primer contacto fue accidental, un simple roce de rodilla con rodilla.
Pero aquel roce mínimo, tan sutil, hizo que el cuerpo de la chica reaccionara incluso antes que su cabeza.
—¿Habéis visto el cartel nuevo del gimnasio? —preguntó Alba, apoyando los codos sobre la mesa mientras giraba el vaso entre los dedos—. Van a reformar la zona de pesas.
Alejandro levantó la cabeza.
—¿Otra vez? Pero si hace nada cambiaron las máquinas. June intentaba seguir el hilo de la conversación que
había empezado a fluir entre sus compañeros.
Reía cuan - do tocaba reír y asentía, aunque toda su atención estaba dirigida a lo que ocurría por debajo de la mesa.
Sintió la mano de él apoyándose sobre su rodilla con una naturalidad casi insultante, como si no hubiera nada de extraño en aquel gesto y como si lo que tenían entre ellos no fuera un secreto.
No se apartó.
—Sí, pero quieren meter una nueva zona de entrenamiento funcional —respondió Alba—. Más moderno. Más… competitivo.
Aritz sonrió.
—Ahora todo tiene que ser competitivo.
—No todo —replicó Alba con suavidad—. A veces competir demasiado cansa.
Él estaba en silencio y ella notaba cómo su pulgar comenzaba a moverse lentamente por su piel, acariciándola. El calor se extendió desde ese punto hacia arriba, hacia dentro.
June clavó la vista en su vaso y mantuvo la mirada fija en la espuma que descendía por el cristal.
—Pues yo agradezco que mejoren cosas —dijo Alejandro—. Así igual voy más al gimnasio y menos al bar.
—Eso no te lo crees ni tú —rio Aritz.
—Te sorprenderías.
Alba inclinó ligeramente la cabeza.
—Ale, tú siempre sorprendes.
La mano de Artabe ascendió lentamente entre sus muslos con un movimiento lento y determinado. Y, de pronto, la tela de la falda se convirtió en un territorio frágil. Ella cruzó ligeramente las piernas. No para detenerlo, sino para intensificar la sensación.
—¿Y tú qué? —preguntó Aritz a Alba—. ¿Sigues con la idea de irte fuera a competir este verano?
Alba se encogió de hombros.
—Depende.
—¿Depende de qué?
—De muchas cosas.
June sentía cómo su respiración se volvía más profunda, más contenida. No era evidente para el resto, pero para ella el aire se había espesado.
—¿Pero de verdad te vas a ir? —preguntó Alejandro, genuinamente sorprendido.
—Estoy pensándolo —respondió Alba—. A veces cambiar de entorno ayuda a ver las cosas con más claridad.
Aritz frunció el ceño.
—¿Qué cosas?
El dedo de Artabe trazó un círculo apenas insinuado sobre la piel interior del muslo. Un gesto mínimo que a ella le provocó una descarga eléctrica hasta el vientre. Entonces, lentamente, sintió cómo las caricias se intensificaban más por encima de su ropa interior.
—Las importantes.
La lluvia golpeó con más fuerza en el instante en el que Artabe se inclinaba para coger una servilleta.
Su hombro rozó el de June de forma accidental, así que ella le miró directamente a los ojos mientras el local daba vueltas a su alrededor.
Hacía rato que había perdido el hilo de la conversación entre sus compañeros.
Sintió cómo el calor se concentraba en un punto concreto y empezaba a expandirse en círculos lentos hacia el vientre.
Las piernas se le endurecieron bajo la mesa, pero no se movieron.
El dedo trazó otro círculo un poquito más arriba, más cerca.
Segundos antes, su cuerpo había estado sometido al esfuerzo, a la lluvia, a la pista y al ardor de sus músculos.
Y entonces, unos minutos después, ese mismo ardor se estaba transformando en otra cosa muy diferente.
June cerró los ojos, esforzándose por controlarse. La tela de la falda, aun ligeramente húmeda, se había pegado al contorno de sus piernas y hacía que cada roce fuera más nítido.
Ella notó cómo el pulso se le aceleraba en la garganta. Tragó saliva.
—…ver las cosas con más claridad —seguía diciendo Alba, pero June ya no distinguía el contexto porque no prestaba atención.
Si debía ser sincera, no conseguía mantenerse en el presente.
Clavó la vista en su vaso mientras el pulgar de él presionaba un poco más.
“Dios mío”, se dijo, sintiendo cómo sus pensamientos se iban disipando con lentitud.
Si se había propuesto volverla loca, iba por buen camino.
Se removió sobre la silla y se mordió el labio inferior, conteniendo un gemido.
Artabe movió ligeramente la muñeca, adaptándose a la nueva posición de sus piernas.
La caricia dejó de ser un círculo y se convirtió en una línea lenta y firme.
Una línea muy sen- sual. El vientre se le contrajo con un impulso breve y un escalofrío le recorrió la parte interna de los muslos hasta la base de su espalda.
Abrió los ojos y comprendió que Alba, inquieta, la miraba con el ceño fruncido.
—¿Estás bien?
June tardó medio segundo en responder.
—Claro —murmuró en voz baja, con un tono mucho más grave del habitual.
Artabe no dejó de moverse, aunque había empezado a hacerlo con mayor lentitud y mucho más profundamente. June procuró sonreír, aunque por dentro ardía. Y él… él seguía tocándola como si tuviera la firme certeza de que nadie podría pillarlos.
La respiración de June se volvió todavía más contenida.
—Te has quedado callada —comentó Alejandro.
—Estoy escuchando —respondió ella, sin mirarle a la cara.
Un estremecimiento fino le recorrió el vientre y su espalda se arqueó imperceptiblemente contra la pared.
El corazón empezó a latirle más abajo, más profundo.
Arriba, la conversación continuaba su ritmo.
Miró a Artabe de reojo, pero este fingía estar prestando atención a la conversación.
Hablaba con Alejandro, respondía y sonreía.
Mientras ella…, ¡Pf! Ella se deshacía poco a poco por debajo de la mesa.
Estaba tan excitada, que fue incapaz de contener un escalofrío y de sacudirse sobre la silla.
Artabe inclinó la cabeza en su dirección, casi rozándole el oído.
—Tranquila —susurró apenas, sin que nadie más pudiera oírlo.
Tuvo que morderse el interior de la mejilla para no dejar escapar un gemido.
—¿Estás seguro? —preguntó Alba.
No estaba hablando con ella, pero aun así intentó desviar su atención hacia el foco de la conversación.
El dedo de Artabe volvió a moverse por debajo de su ropa interior y June sintió cómo el control se le escapaba centímetro a centímetro.
La tensión en el vientre se volvió insoportable, mezclándose con una presión dulce y violenta al mismo tiempo.
Los músculos internos se contrajeron de forma involuntaria.
—June… —murmuró Alejandro desde el otro lado de la mesa—. ¿Tú qué opinas?
No sabía de qué hablaban y, si debía de ser sincera, tampoco se encontraba en condiciones óptimas para pensar.
Artabe movió el pulgar con un gesto preciso y lento y ella se tensó por completo antes de que sus ojos se clavaran en él.
—No lo sé —respondió a Alejandro, sin mirarle siquiera.
—¿Y María? —inquirió Ale, apoyando los codos en la mesa—. ¿Va a venir el sábado o al final no?
La mano se detuvo al instante.
—No —respondió él con voz neutra—. Tiene turno.
Y entonces, sin decir nada, retiró su mano como si no hubiera pasado nada. June podía seguir sintiendo el calor golpeándole la piel, como una vibración residual de su cuerpo que no desaparecía.
—¿Así que lo de María va en serio? —inquirió, recolocándose la falda.
—Tío, de verdad, ¿todavía no le has contado a las chicas que os vais a vivir juntos? —exclamó Ale con un tono eufórico—. ¡Pronto tendremos inauguración!
June apretó los dientes, conteniendo la respiración mientras sentía que algo se resquebrajaba dentro de ella.