El Club 15
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Azpeitia. Mañana de la carrera, aún en la casa rural.

Aún no había amanecido del todo cuando abrió los ojos y se levantó de la cama.

Llevaba tantas horas dando vueltas sobre sí misma que empezaba a dolerle la espalda.

Se incorporó con lentitud, bostezando. Tenía la sensación de que por fin dejaba atrás el espesor del agua para sacar la cabeza a la superficie y tomar una bocanada de oxígeno puro.

Aun- que, en realidad, lo que dejaba atrás eran las pesadillas y el caos de su mente.

Se quedó contemplando el techo inclinado y las vigas de madera oscura que cruzaban su habitación con un leve olor a leña fría y húmeda.

Hoy corrían. Hoy se corría la “Urolako Trenaren Maratoia”, y ella iba a ponerse un dorsal con las energías por los suelos.

Giró la cabeza hacia la mesilla y corroboró que solamente eran las 05:58 de la madrugada.

Demasiado temprano. ¿Cuánto había dormido en total?

Un par de horas mal repartidas entre toda la noche, quizás.

Cerró los ojos un segundo para sentir la respiración de Artabe cerca de ella, rozando su piel, mientras la toalla caía lentamente hasta su cadera.

Aspiró profundamente, procurando relajarse, antes de encender la lamparita auxiliar y volver a tumbarse bocarriba.

Se quedó mirando el techo con fijación mientras percibía cierta tensión que provenía de su cuello, de sus hombros y de su mandíbula.

Tenía la sensación de que se había pasado la noche apretando los dientes.

En el exterior, varios pájaros comenzaron a piar anunciando la salida de los primeros rayos de sol y, como si de una especie de despertador se tratase, June volvió a levantarse de la cama.

El abdomen se le contrajo de golpe cuando puso la planta del pie sobre la fría tarima del suelo.

Después subió la persiana y abrió la ventana para asomar la cabeza.

El amanecer era limpio, perfecto. El cielo brillaba con un azul pálido que parecía ir clareándose por el horizonte.

June apoyó los codos y contempló, ensimismada, la magnitud de las montañas que se extendían frente a ella.

El aire le acarició la cara. Olía a hierba mojada, a tierra húmeda y a campo.

A pura naturaleza. Aspiró hondo, impregnando sus fosas nasales con ese olor a libertad mientras sentía el oxígeno descender hacia sus pulmones.

Se apartó de la ventana y comenzó a vestirse con movimientos automáticos, prenda a prenda. Después se recogió el pelo en una coleta alta y tirante antes de mirarse en el espejo. Tenía los ojos brillantes, demasiado brillantes y despiertos.

—La carrera va a ir bien —se dijo, como en un intento de convencerse a sí misma.

Después se puso las zapatillas y, justo cuando se disponía a anudar la segunda de ellas, escuchó una voz lejana que llegaba hasta ella de forma amortiguada.

Se quedó inmóvil un instante procurando percibir si la había escuchado de verdad o si era otra mala jugada de su imaginación.

Pero no, no se lo había imaginado. Era una voz masculina…

, en realidad, varias. Intentó dejar los miedos de lado y ser racional.

¿Habría alguien más despierto a esas horas?

Aritz seguro que no. Siempre apuraba hasta el último minuto del despertador.

Levantó la cabeza, se incorporó y salió de la habitación en busca de respuestas.

El pasillo estaba en penumbra, como si la casa aún dormitase a pesar de que sus inquilinos hubieran amanecido hacía rato.

Bajó el primer peldaño, que se quejó bajo sus pies a pesar de la delicadeza con la que había caminado.

—…no puedes seguir así —escuchó.

Era la voz de Artabe y provenía de la cocina. Bajó otro escalón mientras sentía su corazón acelerándose. Por el tono, podía percibir que estaba… ¿afectado?

—No me digas lo que puedo o no puedo hacer —respondió Aritz—. Somos ya mayorcitos.

June descendió el resto de la escalera procurando no hacer ruido y, procurando no ser vista, asomó la cabeza.

A esas horas de la mañana, la luz exterior ya se había filtrado dentro bañando las paredes con una luz blanquecina, casi cruda.

La ventana estaba abierta y las cortinas se movían con un vaivén lento, suave.

June observó las dos tazas que descansaban, intactas, sobre la encimera y la cafetera italiana que aún desprendía un hilo fino de vapor. Olía a café recién hecho.

Aritz, de espaldas a ella, mantenía los hombros rígidos bajo la sudadera. June conocía bien ese gesto, esa tensión…

—¿Qué os pasa? —preguntó ella desde el umbral.

—Nada —dijo Aritz, demasiado rápido.

Artabe, en cambio, no apartó la mirada de la chica. A pesar de lo distanciados que habían estado aquellos últimos años, se conocían lo suficientemente bien como para saber que a esas alturas de la vida no tenía sentido andarse con mentiras.

—Estamos hablando.

June avanzó un paso hacia ellos sin ocultar su curiosidad.

—Pues no parecía una conversación tranquila.

—No tiene que parecerlo para serlo —comentó Aritz, siempre tan… presidente.

June miró a uno y a otro en un intento de calcular la tensión que emanaba el ambiente.

—Aún no son ni las siete de la mañana —murmuró ella—. ¿De verdad?

Artabe, que acababa de darle un sorbo al café, dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco que resonó por toda la cocina.

—Sí.

Aritz alzó la barbilla.

—No.

Y, de pronto, la chica tuvo la sensación de que estaba presenciando algo que no le correspondía, pero de lo que, sin embargo, formaba parte.

—¿Qué está pasando? ¿De qué estáis hablando? —insistió.

Aritz carraspeó.

—De las cosas del club —dijo, sin entrar en detalles y comentándolo de forma superficial—. De que algunas co- sas deben quedarse de forma interna.

—Y hay cosas que no pueden seguir tapándose, ¿no, presidente? —preguntó Artabe sin apartar la mirada.

June notó cómo el estómago se le contraía.

—No estamos tapando nada —gruñó Aritz.

—Ah, ¿no? —inquirió de forma afilada.

—Si sale —continuó Artabe—, no sólo nos arrastraría a nosotros.

—Ten cuidado con lo que dices, Artabe… —respondió el presidente, manteniendo la voz estable y sin perder los nervios.

Artabe estaba… ¿amenazándole?

—No estoy diciendo nada que no sepas.

La chica dio otro paso al frente, colocándose entre ambos. No entendía nada, pero sentía que, si seguía así, callada, explotaría.

—¿Decir qué? —preguntó en voz baja, con esa sensación de estar metiéndose donde no debía.

Aritz miró a June un segundo.

—Son rumores…, tonterías.

—No son rumores —corrigió Artabe.

—Lo son hasta que haya pruebas.

—Las habrá.

La tensión era casi física.

June dio un paso adelante y apoyó la mano en el pecho de Artabe para separarlo un poco de su amigo.

El contacto fue mínimo, pero el suficiente para que pudiera percibir el calor que emanaba bajo su camiseta y el latido firme de su corazón.

La chica se apresuró a retirar la mano con rapidez, como si se hubiera quemado.

—No puedes protegerlo todo, ¿lo entiendes? —insistió—. Hay cosas que se escapan a tu puto control.

—Estoy protegiendo el club —respondió él con su calma habitual.

—¿O te estás protegiendo a ti?

Aritz apretó los puños.

—No voy a permitir que lo hundas todo…

—No soy yo quien lo está hundiendo.

June sentía el corazón en la garganta.

—Bajad la voz —susurró—. Ale todavía está dormido. Artabe dio un paso atrás.

—Si no lo paras tú, lo haré yo —amenazó, señalándole con el dedo índice—. ¿Lo entiendes?

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy avisando.

June tanteaba la mirada entre uno y otro sin saber muy bien qué decir o cómo actuar. Se quedó quieta, esperando la reacción de Aritz. Este, finalmente, se pasó la mano por la cara y suspiró.

—No es el momento para esto, Artabe.

—El momento fue hace meses —escupió, rabioso, antes de darse la vuelta.

Aritz y June se quedaron observándole hasta que, antes de salir, se detuvo un segundo.

—Piensa bien lo que haces.

Y se fue, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en toda la casa.

—¿Hay algo que deba saber? —preguntó ella con un tono cariñoso.

Lo cierto es que el presidente del club llevaba mucho encima.

Era el pegamento que mantenía todo unido y, para colmo, el que cargaba con toda la responsabilidad.

Lo único que le salvaba de la locura, era que desde hacía años parte de esa calma la compartía con Eider.

Si no hubiera sido por ella —y eso era una apuesta común entre los atletas más veteranos—, lo más probable es que ya hubiera terminado perdiendo la cabeza.

—Venga, vamos a prepararnos para la carrera.