El Club 14 #2
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14 #2

Era un llanto torpe, irregular y cargado de pequeños espasmos que le sacudían el diafragma.

El aire se colaba en su cuerpo a trompicones, raspándole la garganta.

—Necesito salir de aquí —sollozó, alejándose de Aritz.

Caminó hasta el exterior y abrió la puerta de par en par, aspirando una fuerte bocanada de aire fresco.

Se abrazó a sí misma resguardada bajo el alero del Tiki Toki, aunque la lluvia encontraba la forma de colarse igualmente, empapándole el pelo, las pestañas y el cuello.

Todo olía a invierno, como si la primavera fuera algo que nunca fuera a llegar.

La puerta del Tiki Toki se abrió con un chirrido metálico antes de que Ale apareciera al otro lado.

Ella seguía así, encogida y temblando con la espalda apoyada contra la pared de cristal. Durante un segundo ninguno de los dos dijo nada, porque no sabían muy bien qué decir.

—Eh… —murmuró él con un tono de voz apenas audible entre el repiqueteo de la lluvia.

June negó con la cabeza. Intentó decir algo, pero el llanto le cerró la boca. No podía…, estaba superada.

Alejandro se quitó la chaqueta del uniforme y, sin dramatismos, la deslizó por encima de sus hombros. Ella aspiró hondo, sintiéndose ligeramente reconfortada por el tejido seco y el aroma a detergente y perfume que emanaba. Olía a Ale.

—Venga, vamos —dijo él, esta vez con una firmeza sua- ve—. Voy a llevarte a casa.

No discutió porque no tenía energía para hacerlo. Sentía los brazos pesados y las piernas de algodón, con la sensación constante de que estaba a punto de derrumbarse contra el césped.

—Vamos —repitió, tirando de ella para obligarla a caminar.

June temblaba de pies a cabeza.

A unos pocos metros, justo al otro lado de la avenida, encontraron el coche patrulla aparcado bajo una farola que parpadeaba de forma intermitente.

La lluvia parecía ganar intensidad por momentos, como si la tarde se estuviera deshaciendo en agua.

Subieron en silencio. Ale se apresuró a encender al máximo la calefacción.

Después hizo girar la llave, puso en marcha el motor y activó el vaivén rítmico del limpiaparabrisas.

June apoyó la frente contra el cristal frío, sintiéndose más agotada que nunca, pero un poco más en calma.

Se quedó mirando un par de paraguas doblados que, empujados por el viento, rodaban cuesta abajo como insectos malheridos.

Ale conducía en silencio, pero el gesto tenso de su mandíbula delataba que aún seguía alterado por la discusión que había mantenido con el presidente. Cinco minutos más tarde, paró el coche frente a su portal.

—Ya estamos —dijo, antes de apagar el motor.

La lluvia golpeaba con violencia y de forma irregular el techo del coche.

June asintió, abrió la puerta y se dispuso a enfrentarse al exterior. El viento frío —más bien, congelado—, le azotó la cara como con una infinidad de pequeñas agujas que la hicieron temblar de pies a cabeza. Desde allí podía olerse el mar, el salitre.

—Toma —dijo, quitándose la chaqueta despacio.

Ale la miró mientras ella deslizaba la prenda por sus brazos. El gesto fue lento, casi íntimo.

—No sé qué haría sin ti, Ale.

Y aunque no quería ponerse melodramática, había vuelto a comenzar a llorar.

A fin de cuentas, era la verdad, ¿no? Ale siempre había estado ahí; en cada entrenamiento, en cada domingo de competición, en cada discusión absurda en el vestuario y…

en cada momento duro. Alejandro siempre había estado ahí para arreglarlo todo.

—Sí lo sabes, pequeñaja —rio él, guiñándole un ojo—. Tú solo… cuídate, ¿vale?

No, no lo sabía. Ale era…, el que hacía bromas cuando el aire se volvía irrespirable, el que llevaba agua de sobra para todos y el que se quedaba el último para recoger vallas y ayudar.

El amigo que todo el mundo desearía y debería tener.

El chico puso las luces de emergencia y se bajó del coche, dispuesto a custodiarla hasta el portal.

—Venga, vamos… Vas a terminar cogiendo una neumonía —instó.

Ella apretó el paso con la mano derecha metida en el bolsillo, intentando encontrar las llaves de casa.

—Gracias por todo.

Se iba a dar la vuelta cuando él le sujetó el brazo con un gesto decidido. El calor de su mano atravesó la manga húmeda de su jersey erizándole la piel.

—Da igual las veces que te tomen declaración… —murmuró, muy cerca de su oído—. No cuentes nada de lo tuyo con Artabe. Nunca.

—¿Lo mío con Artabe? —preguntó, apenas sin voz, mientras sentía que Basagoiti se desvanecía bajo sus pies.

Alejandro asintió lentamente sin soltar su brazo.

—No hace falta que a mí me mientas —dijo, en un tono que no era ni de reproche ni de acusación—. Te voy a proteger.

—Ale…

—Pero a ellos… no les cuentes nada, ¿entendido? —insistió—. Jamás.

June sintió un vacío breve en el estómago mientras un sinfín de interrogantes empezaban a aglomerarse en su cabeza. ¿Cómo lo sabía? ¿Desde cuándo? ¿Por qué se lo había callado hasta el momento?

Intentó descifrar si en su mirada había celos, rabia o algo… ¿más oscuro? Pero no. En realidad, lo único que encontró en Ale fue lealtad.

Él se inclinó y le dio un beso en la frente con ternura. Y sin añadir nada más ni ponerse la chaqueta, echó a caminar por la avenida mientras la lluvia le empapaba la camiseta, ciñéndosela a los músculos.

¿Por qué era consciente Alejandro de lo que había pasado entre Artabe y ella?