El Club 14
48%

14

Una semana después de la muerte de Artabe. El club Atlético de Getxo. Preparativos para la Media Maratón del Club.

El local del Tiki Toki, espacio en el que los integrantes del club estaban organizando la carrera, olía a café requemado, a papel húmedo y a estrés, a mucho estrés.

La chica miró por la ventana, distraída.

La lluvia caía sobre Los Chopos igual que caía sobre el Abra cuando llegaban los temporales de invierno.

Habían instalado unas cuantas mesas plegables, una al lado de otra, donde se acumulaban carteles recién impresos de la Media Maratón de Getxo, rollos de cinta adhesiva,

un portátil abierto con el Excel de las inscripciones y varias tazas con restos de café frío y Cola Cao que habían traído del bar de las piscinas.

El murmullo del radiador era constante, pero no conseguía templar la tensión que flotaba en el aire.

Aritz estaba de pie con un taco de carteles bajo el brazo, repasando la lista de puntos donde debían pegarlos.

Estaban en euskera y en castellano, cumpliendo con la normativa que les habían impuesto desde el ayuntamiento.

June se quedó mirándolo fijamente y sintió lástima por él.

Parecía agotado. Tenía el gesto más marcado de lo habitual, las ojeras profundas y la barba de varios días mal rasurada.

Desde la muerte de Artabe apenas había dormido, y eso se notaba en la manera en que se pasaba la mano por el pelo, una y otra vez, como si quisiera arrancarse la presión que llevaba dentro de su cráneo.

Todos en el club eran conscientes de las migrañas que sufría Aritz, así que ninguno se extrañó de que constantemente se quejase de lo mucho que le dolía la cabeza.

“Vete a casa”, le había dicho Oskar con cariño propinándole una palmadita en la espalda.

“Si me voy a casa, este año no sale adelante la carrera”, había respondido él, sin titubear.

“Lo hago por el club”, añadió, masajeándose la frente.

Aquella mañana en concreto estaban bastantes personas, lo que no solía ser habitual. Por lo general, nunca faltaban atletas para correr y ponerse en la salida, pero a la hora de arrimar el hombro la gente siempre intentaba escaquearse.

Alejandro se alejó unos metros para tomarse un descanso con el teléfono móvil en la mano.

El reflejo azulado de la pantalla iluminaba su rostro y parte de la chaqueta del ertzaina; y aunque sus ojos parecían perdidos en la pantalla, en realidad estaban muy lejos de aquel lugar.

Ni siquiera había sacado fuerzas para quitarse el uniforme del trabajo.

June los observaba a los dos desde el otro lado de la me- sa, sentada, con las manos apoyadas en el borde de madera.

—¿La policía ya ha dictaminado algo? —preguntó Aritz de pronto, sin levantar la vista del papel—. Quiero decir… oficialmente... ¿fue un paro cardíaco?

El silencio que siguió fue tan espeso como la lluvia en los cristales. Se lo estaba preguntando a Ale, obviamente. Y aunque a esas alturas el Tiki Toki se había vaciado notablemente, todavía estaban Younes y Oskar presentes.

Alejandro tardó unos segundos en responder. Demasiados.

—No lo saben —dijo al fin, mientras guardaba el telé- fono móvil en el bolsillo—. Y no puedo hablar del caso… Me podría meter en un lío, Aritz.

La palabra caso cayó como un objeto pesado sobre la mesa y el presidente levantó la cabeza de la mesa, sorprendido.

—¿Caso? —repitió—. ¿Desde cuándo es un caso? Se desplomó corriendo, Ale.

June tanteó la mirada entre ambos y corroboró que ninguno de los dos tenía buen aspecto. Compartían similitudes y rasgos de la mella que el cansancio iba dejándoles: los ojos hundidos, las ojeras profundas…

—No lo sé —respondió—. Pero hay algo que no encaja y mis compañeros están investigándolo.

June sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco.

—¿Qué no encaja? —preguntó Aritz, más tenso.

Alejandro se apartó de la pared y dio un paso hacia la mesa. Younes y Oskar, en silencio, prestaban atención. —Aritz… tú trajiste los geles de casa, ¿no?

De pronto, el recinto parecía ir quedándose sin oxígeno. June notó cómo el estómago se le contraía.

—Sí —respondió, demasiado rápido—. ¿Qué estás insinuando con eso? Siempre soy yo el que lleva los malditos geles.

—Siempre —corroboró June—. Porque si esperáis que yo los lleve, mal vais.

Se miraron durante un segundo que pareció eterno. Afuera, una ráfaga de viento empujó con violencia la lluvia contra el cristal.

—Nada —dijo Alejandro, pero la palabra no sonó limpia—. No estoy insinuando nada. Solamente pregunto, ¿vale?

—No, no preguntas… insinúas. Y estoy empezando a cansarme —Aritz dejó los carteles sobre la mesa con un golpe seco—. ¿Qué quieres decir? ¿Que yo…?

La frase quedó suspendida en el aire.

June se levantó lentamente, sintiendo cómo el suelo parecía inestable bajo sus pies.

—Por favor —intervino con voz baja—. No empecemos con esto… Creo que ya estamos bastante afectados como para que todo se complique más.

Pero Alejandro no apartó la mirada de Aritz.

—El informe toxicológico habla de niveles elevados de estimulantes... y antiinflamatorios…

Aritz abrió la boca, dispuesto a decir algo, pero después la cerró.

—Los geles tienen estimulantes, Ale —intervino June—. Es normal, ¿no?

—Era una carrera —replicó Aritz—. Todos tomamos estimulantes y todos llevamos antiinflamatorios alguna vez. ¿O ahora resulta que somos monjas?

—No es eso.

—Entonces, ¿qué es?

El tono de Aritz se había endurecido. June reconocía esa vibración en su voz: era la misma que utilizaba cuando discutía con patrocinadores o con el ayuntamiento. La voz del presidente, claro. Esa que a lo largo de los años había ido “cogiendo forma” para evitar que el sistema lo engullera.

Alejandro se pasó la mano por la barba.

—Solamente estoy diciendo que la policía no está conforme y está barajando todas las opciones posibles. Ya está —musitó a la defensiva—. A mí tampoco me cuentan nada más.

—¿Creen que pudo ser un asesinato? —inquirió Oskar, que había estado escuchando la conversación ojiplático—. Joder, pensé que tenían claro que se trataba de un accidente.

Aritz soltó una carcajada seca.

—Esto es absurdo, de verdad.

—Vamos a relajarnos, ¿vale? —sugirió Younes, que también había modificado su habitual buen humor—. Ar- tabe llevaba días mareado…, él mismo lo comentó en más de una ocasión.

Alejandro negó con la cabeza.

—Eso no es normal en alguien como él.

—Y qué es normal, ¿entonces? —estalló Aritz—. ¿Que alguien manipule un gel en mitad de una carrera? ¿De verdad estás diciendo eso?

El eco de sus voces rebotó contra las paredes del local mientras June notaba cómo el sudor le surcaba la nuca.

—Bajad la voz —murmuró—. Estamos en el club.

—¿Y qué? ¿Es que acaso tenemos que dejarlo pasar y ya está? —gruñó de mal humor—. No tenemos bastante con intentar seguir con nuestras vidas como para que encima nos investiguen.

Alejandro dio un paso hacia él.

—Nadie ha dicho que hayas hecho nada.

—Pero lo has pensado, joder.

Se quedaron tan cerca que June temió que se empujaran. Pero no iban a hacerlo… ¿verdad? No iban a enzarzarse entre ellos porque ninguno de los dos era así.

—Artabe llevaba días raro —insistió Alejandro, más bajo ahora—. Nervioso, como si quisiera decir algo y no supiera cómo hacerlo. ¿No os disteis cuenta de que no estaba bien?

—Sí —intervino Younes—. Hacía semanas que nos había comentado que él y María estaban mal, que discutían y que estaba agobiado.

El silencio volvió a expandirse, como si ninguno encontrara nada que comentar al respecto.

—¿Pero por qué a nosotros? —murmuró Aritz, sintiendo cómo sus extremidades comenzaban a temblar—. ¿Por qué tenemos que pasar por esto otra vez?

—No lo sé —dijo, al fin—. Pero una vez puede ser ca- sualidad, dos…

La frase se quedó en el aire y June sintió un frío súbito recorriéndole la espalda. Aritz levantó la cabeza, cada vez más afectado. “Joder”, pensó ella, sintiendo la tensión que latía entre los chicos. Todo estaba mal. Todo se había roto.

—Dos tragedias en el mismo grupo… es mala estadística —soltó Ale, sacudiendo la cabeza de lado a lado.

Notó cómo algo, poco a poco, se iba resquebrajando dentro de ella hasta romperse por completo, hasta hacerla estallar.

Aquellos últimos años habían sido… demasiado.

Pero lo peor no era que Alba ya no estuviera o que Artabe jamás fuera a regresar, no.

Lo peor era que el miedo seguía ahí y que nadie podía prometerles que aquello hubiera terminado.

La investigación seguía abierta, lo que significaba claramente que cabía una alta posibilidad de que no se tratase de un accidente.

Y si no era un accidente, entonces… Entonces cabía la posibilidad de que hubiera alguien más detrás de ellos. De ella.

No pudo evitar estallar, porque todo aquello era demasiado.

Lo de Artabe, lo de Alba… Tenía tantas razones por las que estar hundida en su cama que ni siquiera terminaba de entender qué diablos hacía allí.

Estaba muerta de miedo. ¿Por qué no se permitía parar y quedarse en casa?

Podía hacerlo, ¿no? Quedarse en la cama llorando, viendo los días pasar y el mundo girar…

Sentía cómo, lentamente, se iba resquebrajando; haciéndose añicos.

Era como si la vida la estuviera envenenando poco a poco: el pasado que ya no podía recomponerse y el miedo a que aquello no fuera realmente el final.

¿Y si aún no había terminado? ¿Y si todavía quedaba más?

¿Y si había alguien más detrás de ellos?

Tenía el rostro empapado en lágrimas y no podía dejar de llorar.

Aritz se levantó y se acercó a ella. La abrazó de golpe, con fuerza, como si necesitara anclarse a algo real.

—Ya está —murmuró él, apretándola contra su hombro—. Tranquila… Todo va a pasar.

—Tengo tanto miedo… —confesó, confusa.

Sintió el latido acelerado del presi bajo la tela de su sudadera.

—Lo importante es que estemos unidos —dijo él final- mente—. Que nos cuidemos los unos a los otros.

Ella intentaba mantener a raya los sollozos, pero no lo conseguía.

¿Estaba haciendo bien en ocultarles el mensaje?

¿Y si realmente no había sido un accidente?

¿Y si detrás de aquello había algo —o alguien— más?

Sentía cómo, despacio, se iba desbordando por completo.

Las lágrimas caían sin control, empapando la sudadera que Aritz llevaba puesta.