13
Azpeitia. La noche antes de la carrera.
June atravesó la habitación envuelta en la toalla.
Tenía la piel erizada por el frío e iba dejando un reguero de huellas mojadas a su paso.
El vapor de la bañera aún flotaba en el aire, aunque a esas alturas ya había dejado de ser cálido para transformarse en una fría brisa que se le colaba por debajo de la toalla.
Fue en ese preciso instante cuando un segundo golpe la detuvo en seco.
No era el crujido habitual de la madera ni el golpeteo de una rama contra el tejado.
Era un golpe seco, pesado, como si algo sólido hubiera chocado contra la estructura de la casa.
No habían sido imaginaciones suyas, sino un golpe lo suficientemente fuerte e intenso como para hacer vibrar la estructura de toda la casa.
¿Se habrían despertado los chicos o había sido ella la única en escucharlo?
Se quedó quieta, inmóvil, sintiendo cómo su corazón comenzaba a latir con una fuerza descomunal.
El tercer golpe llegó entonces y aquella vez, por alguna razón, lo sintió más…
¿cercano? Bajó la mirada al suelo y contempló las pequeñas marcas húmedas que había ido dejando sobre la tarima.
La toalla le rozaba los muslos temblorosos, así que se la ajustó con fuerza en un intento de recuperar el calor que hacía minutos se había desvanecido de ella.
—No es nada… —murmuró, pero el timbre tembloroso de su voz delataba lo asustada que se sentía.
Abrió la puerta del dormitorio y el pasillo la recibió con una oscuridad espesa y vacía.
Allí no parecía haber nadie. Pero, si los chicos no estaban despiertos, ¿quién narices había dado esos golpes?
Cruzó el pasillo y descendió el primer peldaño de la escalera, que protestó con un crujido.
El segundo crujió todavía más fuerte. Y, poco después, lo escuchó por tercera vez.
Pero, ¿cómo era posible que el resto no se despertara?
Esa última vez, además, no había sido un simple golpe.
Algo más lo había acompañado… ¿un arrastre?
¿Un roce contra la madera? Parecía provenir de la cocina, así que descendió los últimos escalones con la respiración contenida y cruzó el salón que estaba en la penumbra.
“¿A dónde vas, June?”, se decía a sí misma, incapaz de comprender aquel acto de valentía que repentinamente parecía haberse adueñado de ella.
La puerta de la cocina estaba entreabierta y desde allí podía verse la ventana. La cortina… ¿se estaba moviendo?
—¿Aritz? —musitó en voz baja.
“Muy bien, June”, se reprochó a sí misma, “tú avisa al psicópata de que estás ahí”.
En realidad, no era de ese tipo de chicas, qué va.
¿Para qué iba a colarse alguien en una casa rural en un intento de atacar a un grupo de corredores?
No tenían nada de valor encima, así que un robo no tenía sentido.
Era una persona racional, lo suficiente como para pensar que con casi total probabilidad una repentina ráfaga de aire hubiera abierto la ventana y ya está.
Pero, si tan racional y práctica era, ¿por qué podía sentir cómo el miedo le subía por la columna vertebral como si se tratase de un líquido helado?
Dio un paso al frente. La hoja derecha, hecha de madera pesada, golpeaba intermitentemente contra el marco con un sonido seco que coincidía con los golpes que había escuchado.
El viento entraba a ráfagas, trayendo lluvia y un olor intenso a tierra removida al interior.
Dio otro paso al frente. La encimera estaba mojada y sobre la madera clara, justo al lado del fregadero, había barro.
—Joder —musitó, tapándose la boca con ambas manos para no gritar.
Era una huella. Se trataba del dibujo completo de una suela que, marcada con claridad, había quedado impresa en la superficie como una firma.
Se acercó despacio mientras sentía el pulso desbocado y martilleándole en los oídos.
Después extendió los dedos y tocó el barro.
Estaba frío y blando. Era…, reciente, muy reciente.
Notó que se le secaba la boca y desvió la mirada hacia el suelo, donde encontró otro par de huellas más.
Caminaban hacia… dentro. Hacia el salón.
Eran huellas claras, con el dibujo profundo y las líneas diagonales surcando un pequeño desgaste en el talón izquierdo.
Estaba paralizada e intentaba decidir si aquello era una alucinación, un sueño o algo real.
Se pellizcó el brazo, nerviosa. Dolía. Joder, sí que dolía.
No estaba soñando, así que…, aquello era real.
Alguien, un intruso, se había colado por la ventana del baserri.
¿Seguía allí? ¿Estaría observándola en aquellos instantes?
La respiración se le aceleró hasta convertirse en algo parecido al jadeo de un animalillo muerto de miedo. Se giró lentamente, esperando ver una sombra detrás de ella. La cocina parecía más estrecha y las vigas del techo más bajas, como si el mismo espacio estuviera a punto de aplastarla.
Sintió que la observaban, pero no supo desde dónde. Y entonces percibió un leve roce en su mano y supo que alguien estaba tras ella. Gritó con violencia justo antes de girarse, asustada, mientras la toalla se aflojaba y caía alrede- dor de sus caderas.
Artabe. Era Artabe.
—Joder, June —exclamó, serio, con el ceño fruncido—. ¿Qué narices te pasa?
Estaba tan cerca de ella que habían estado a punto de chocar. Estaba histérica.
—Había… alguien… —logró decir, señalando la ventana con dedos temblorosos mientras sentía su respiración casi más acelerada que después de un entrenamiento—. Mira.
Él siguió la dirección de su gesto y observó la ventana abierta, el barro y las huellas.
Durante un segundo, su mandíbula se tensó.
—Ha sido el viento —dijo, al fin.
Pero su voz no sonaba convencida.
June lo miró.
—El viento no deja huellas sobre la encimera de la cocina —susurró—. Ni en las baldosas.
Y nada más verbalizarlo en voz alta, se rompió. El miedo que se había ido acumulando dentro de ella se derramó a través de sus ojos sin pedir permiso. Estaba prácticamente desnuda y un temblor descontrolado sacudía su cuerpo.
—Joder, Artabe… De verdad… Había alguien, aquí…
Él dio un paso al frente y, en silencio, la abrazó.
La estrechó con fuerza entre sus brazos, oprimiéndola hasta que poco a poco las sacudidas de su cuerpo fueron disminuyendo hasta casi desaparecer.
Él la rodeó con sus brazos, apretando su cintura desnuda mientras ella buscaba algo de consuelo apoyando la frente sobre su pecho.
Olía a sudor y a colonia. Olía a él. Y, si debía ser sincera, era un olor que había echado demasiado de menos durante aquellos últimos años de su vida.
La mano de él descendió instintivamente por su espalda, dibujando la línea de su columna hasta la base de la toalla.
La sostuvo con más fuerza de la necesaria y, por unos instantes, el miedo comenzó a mezclarse con algo mucho más intenso y sensual.
Resultaba imposible que ambos cuerpos no se aproximasen sin despertar cierta electricidad.
Las células que los componían se reconocían, como si supieran bien cómo reaccionar; la respiración del otro cuerpo, el calor que irradiaba…
Un relámpago iluminó la cocina durante un segundo y sus sombras se proyectaron unidas contra la pared.
La tormenta rugió justo en el instante en el que Artabe bajó la cabeza.
Sus labios rozaron su sien y después su mejilla.
Un roce leve, apenas un suspiro, pero lo suficiente como para que la razón de la chica se esfumara por completo.
Los dedos de June se aferraron a la tela de su camiseta y, sin siquiera ser consciente, apretó el vientre contra él buscando una mayor proximidad.
—Para —musitó él, separándola.
Sus manos se posaron en sus hombros, marcando distancia. Durante casi un minuto, la sostuvo así. Estaba claro que estaba haciendo un esfuerzo imposible por controlarse.
—Eso no va a volver a pasar entre nosotros, June — dijo, muy despacio—. Jamás.
Ella sintió cómo algo se rompía por dentro, pero no apartó la mirada.
—¿Jamás? —preguntó, apenas audible.
—Jamás.
Él se dio la vuelta y salió de la cocina sin mirar atrás. Y ella…, ella se quedó allí, sola, con la lluvia entrando en ráfagas y el barro extendido sobre la madera clara.
Se acercó despacio hasta la encimera y se agachó para volver a tocar una de las huellas con los dedos.
El barro cedió ante la presión, empapando su piel, y ella se llevó los dedos a la nariz.
Olía a tierra mojada y a bosque; y aunque seguía asustada, en su cabeza solamente quedaba espacio para el olor de él.