El Club 12
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Bilbao. Comisaría de la Ertzaintza. Días después de la carrera y de la muerte de Artabe.

El coche patrulla estaba aparcado frente a la comisaría con el motor apagado y el parabrisas aún salpicado de barro seco y suciedad. Ale seguía dentro, sentado en el asiento del conductor, con la frente apoyada contra el volante. Necesitó unos segundos de más para recomponerse y bajar del vehículo.

Llevaba días sin dormir y la piel morena de su rostro había ido adquiriendo lentamente una tonalidad violácea muy impropia de su moreno habitual. Sin siquiera sopesar bien lo que estaba haciendo, marcó un número de teléfono y esperó.

—Dime —respondió una voz al otro lado.

Sonaba grave y hastiada.

—Soy yo.

—Ya, ya sé que eres tú… Pero no deberías seguir llamándome para esto, Ale.

Alejandro cerró los ojos un segundo.

—Lo sé.

Al otro lado resonó el arrastre de una silla.

—El informe aún no es oficial.

—Me da igual que no sea oficial.

Un coche pasó por la carretera y el sonido se filtró

amortiguado dentro del habitáculo.

—Estoy destrozado, ¿vale? —añadió más bajo—. Solo

quiero saber qué ha pasado.

—Pero esto no puede salir de aquí. ¿Lo entiendes? —Lo entiendo, joder.

—Niveles elevados de estimulantes.

Alejandro no se movió.

—Elevados, ¿cuánto?

—Más de lo recomendable —comentó su compañero

al otro lado de la línea—. No letales por sí solos… pero elevados.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

—¿Estaban en el gel?

—Se ha cotejado, pero todavía no hay resultados firmes. Él suspiró.

—¿Qué tipo de estimulantes?

—Cafeína y…, algo más.

Alejandro notó cómo la piel de su cuello se tensaba. —Algo más, ¿qué?

—Compuestos que suelen encontrarse en suplementos

deportivos. Nada ilegal per se, pero la combinación… —Termina, por favor…

—Antiinflamatorios en sangre, deshidratación leve, es-

timulantes…

Un coche arrancó a lo lejos.

—El forense cree que la mezcla pudo alterar el ritmo

cardíaco.

Alejandro apretó el móvil con más fuerza.

—O sea que ha sido un accidente.

—No lo sabemos, Ale —musitó al otro lado—. Y ya

sabes que esto lleva su curso…

Silencio.

—¿Llevaba su propia mochila?

Al otro lado hubo una pausa.

—Eso lo sabrás tú.

Había preguntado sin pensar. Sí, claro que lo sabía.

Alejandro miró hacia la comisaría sin verla realmente. —Compartíamos mochila.

La respuesta fue inmediata.

—¿Compartíais?

—Sí.

—¿Quién la preparó?

Alejandro tragó saliva.

—La llevábamos entre todos.

El silencio al otro lado cambió de textura.

—Ale…

—¿Qué?

—¿Quién la preparó? ¿Quién preparó la mochila? Los dedos de Alejandro comenzaron a golpear el volante en un ritmo irregular. Tac, tac, tac. Estaba evidentemen

te nervioso.

—Aritz trajo los geles de casa y June organizó las cosas

la noche antes.

—¿Tú tocaste la mochila?

Alejandro no respondió de inmediato y la pregunta se

quedó flotando dentro del coche como una gota que no

terminaba de caer.

—Todos la tocamos —dijo, procurando que la frase no

sonara tan mal como lo parecía en su cabeza.

Su tono había cambiado apenas un matiz.

—¿Ale?

—¿Qué?

—Ten cuidado con lo que dices.

Alejandro miró sus propias manos. Tenía una pequeña

herida en el nudillo derecho, abierta y reseca. No recordaba

habérsela hecho.

—Solo quiero saber la verdad.

Su compañero no respondió.

—Cuando el informe sea oficial te llamarán —dijo fi-

nalmente—. Y, colega…

—¿Qué?

—No te metas donde no debes.

Sin añadir más, ni despedirse, su interlocutor colgó. Alejandro se quedó dentro del coche sin arrancar, aún

con el móvil en la mano, mientras sopesaba si entrar en la comisaría o no. Al final, volvió a sacar la llave y arrancó el mo-

tor. En lugar de meter primera y abandonar el aparcamiento,

se inclinó hacia la guantera y la abrió. Dentro había papeles,

una linterna pequeña y una bolsita transparente con suplementos energéticos. La sostuvo entre sus dedos y la observó

detenidamente antes de dejarla exactamente en el mismo sitio del que la había sacado. Después cerró la guantera y se

dirigió a Fadura, en dirección a la caseta de madera. Aquella tarde, y a pesar del frío, la pista estaba llena de movimiento. Había varios grupos de chavales entrenando y sus

compañeros y compañeras estaban dentro del Tiki Toki con

los últimos preparativos de la Media Maratón de Getxo. Nada

más entrar, echó un vistazo rápido. Estaba Oskar, tan metódico, metiendo dorsales en las bolsas. June y Aritz preparaban

las camisetas, haciendo montones por talla. Eider, con su ya

prominente barriguita, iba colocando números a las etiquetas

y Oskar y Younes, al otro lado, empezaban a preparar cajas. —¿Necesitáis ayuda con esto? —preguntó, consciente

de que a esas horas aún debería estar cubriendo su turno

de tarde.

—Sí, ponte al lío.

Pero no podía. No era capaz de concentrarse. Desde hacía días su cabeza daba vueltas y mil vueltas, y la culpa…, la

puñetera culpa lo estaba matando vivo.

Suspiró y se acercó a June solamente con el propósito

de corroborar que estuviera bien. No tenía buen aspecto,

pero tampoco malo. Pocas personas sabían lo que ella y Artabe habían tenido, y él era una de ellas. Era consciente que

ella había estado enamorada, así que…

—¿Te apetece venir a cenar luego a casa? —preguntó la

chica, justo antes de estrecharle entre los brazos—. Total,

no consigo dormir… Algo de compañía me vendrá bien. —Yo tampoco consigo conciliar el sueño —musitó él

en voz baja, sintiendo de forma agradable su cuerpo contra el de ella—. Creo que debería pedir unos días de baja.

Esto… me está costando.

Alejandro sintió que una lágrima resbalaba por su mejilla.

—Tranquilo, ¿vale? —susurró June, tirando de su brazo para apartarlo de la zona—. Lo superaremos. Juntos,

como lo hicimos la última vez.

Él asintió, titubeante.

—Sí, claro.