11
Azpeitia. Un día antes de la carrera y del accidente.
El tejado de la casa rural vibraba con cada embestida del temporal, como si el cielo estuviera descargando todo el peso acumulado del invierno sobre aquel viejo y débil tejado.
June se quedó inmóvil escuchando el tamborileo grave sobre las vigas y cómo el agua se deslizaba de forma continua por los canalones desbordados. Estaba en la cocina, sola.
La luz amarillenta de la lámpara suspendida sobre la mesa dejaba sombras largas en las paredes de madera y el olor a humedad y leña se mezclaba con el perfume tenue del detergente de los platos recién fregados.
Abrió la mochila despacio. Sacó el contenido sin mucho cuidado porque se disponía a reorganizarlo todo para no olvidarse de nada.
Los geles cayeron sobre la encimera con un leve chasquido de plástico, así que los alineó rectos y paralelos.
Dos con cafeína, otros dos sin y uno extra de repuesto.
Para veintiún kilómetros y cuatro personas, tenían de sobra; uno para cada uno más el extra.
Pasó el pulgar por la superficie brillante y notó el frío del envoltorio.
Des- pués colocó el dorsal sobre la mesa y lo alisó con la palma abierta.
Sintió la textura rugosa del papel técnico bajo la piel y el pequeño bulto del chip al otro lado.
Las zapatillas descansaban junto a la silla, limpias todavía.
Blancas aparentemente, y con la suela ligeramente desgastada por los escasos entrenamientos en Fadura.
Se agachó y presionó la entresuela con los dedos, comprobando la elasticidad de la espuma.
Lo suficientemente firme a pesar del mucho tiempo que ya tenían las pobres.
Revisó las sales y el isotónico. También las tiras de esparadrapo para los talones y la vaselina que sabía que Aritz iba a necesitar.
Después de tantos años de amistad todos se conocían lo suficientemente bien.
La lluvia arreció en cuestión de segundos, golpeando la ventana con más violencia, y June levantó la vista hacia el cristal. Fuera, a pesar del chaparrón, todo parecía tranquilo. No había viento, solo agua y más agua cayendo en vertical; compacta e insistente.
Cerró la mochila, pero en el último momento la volvió a abrir para echar un último vistazo y hacer una última comprobación.
Todo estaba en orden, aunque ella seguía con la sensación de que se dejaba algo fuera.
“Ah, el reloj”, se dijo, antes de comprobar que tuviera la batería cargada a tope.
Después lo guardó en el bolsillo pequeño, el que quedaba en el exterior.
Apagó la luz de la cocina y subió por las escaleras despacio, procurando que el peso de su cuerpo no hiciera crujir los peldaños de madera para no despertar a sus compañeros.
En el pasillo superior el aire era más frío que en el resto de la casa, pero no le molestó. A ella siempre le había gustado el frío.
Aunque todos dormían, encendió la luz del baño y se dispuso a llenar la bañera. Un vapor tibio y agradable inundó el espacio empañando la imagen que le devolvía el espejo. Se desnudó sin prisa.
Primero la sudadera, que dejó caer sobre la silla; luego la camiseta, que deslizó por su torso y que se quedó atrapada un segundo en su cadera antes de tocar el suelo.
Aún tenía la piel fría por el ambiente de la casa, así que sentía el vello erizado.
Con los pies dentro, se sentó en el borde de la bañera mientras el agua subía y enroscó una toalla sobre sí misma para transformarla en un cojín.
Después se metió dentro, apoyó la cabeza en el respaldo con la toalla hecha un ovillo debajo, y cerró los ojos.
No quería seguir pensando en él, pero no sabía cómo evitarlo.
No podía. Era imposible que no acudiera a su mente.
Para cuando quiso darse cuenta, sus recuerdos ya la habían transportado a los vestuarios de los frontones, al club.
Las taquillas metálicas estaban alineadas como soldados y el olor a spray mentolado inundaba sus fosas nasales.
Ella estaba de espaldas a esas taquillas, y el frío del metal le atravesaba con fuerza la camiseta.
Las manos de Artabe estaban firmes en su cadera y el peso de su cuerpo caía levemente contra ella.
—Van a pillarnos —susurró bajito, riéndose. —Que lo intenten.
Mentía, claro que le importaba. En el fondo, June no
podía evitar pensar que el riesgo era el latido que sostenía con vida aquella relación.
Recordó la presión exacta de sus dedos, el modo en que su respiración caliente le recorría la nuca y el sonido leve de la taquilla vibrando contra la pared cuando él la empujó con más fuerza, apretándola contra su cuerpo.
—Sabes que no puedo contigo, ¿verdad? —ronroneó—. No sé cómo puedes ser tan increíblemente obstinada.
Lo había dicho con los labios pegados a su cuello mientras le arañaba la piel con los dientes, mordiéndola levemente como si así pudiera reclamar algo que, en realidad, nunca le había pertenecido.
Sin abrir los ojos y sin abandonar el recuerdo, metió la mano bajo el agua y acarició su vientre.
Tenía la piel más sensible de lo habitual, más…
sensitiva. Sus dedos descendieron por el abdomen, lentos, mientras su respiración se iba volviendo más y más profunda.
Volvió a Fadura, a ese preciso instante en el que él la levantaba del suelo y la aupaba en sus brazos.
Sintió cómo se hundía en ella, lentamente, penetrándola hasta el fondo mientras el sonido rítmico contra la taquilla ganaba protagonismo en el ambiente.
—June…
Tenía una manera de pronunciar su nombre… íntima, grave. Era un tono de pertenencia, como si en aquellos minutos que le robaba al universo ella le importara más que nadie.
Su cuerpo respondió con una tensión contenida y el calor se concentró en un punto preciso, como una chispa bajo la piel.
Se movió apenas, con un gesto mínimo, y el agua vibró alrededor de su cintura.
Ahogó un suspiro mientras se masturbaba con el corazón galopándole contra el esternón.
Después notó los espasmos y el orgasmo la atravesó.
Abrió los ojos y respiró hondo, inundando sus pulmones. Tenía que dejar de pensar en él. Tenía que sacarse a Artabe de la cabeza.
Salió de la bañera y se envolvió en la toalla. El espejo le devolvía una silueta borrosa, distorsionada por el vaho. Afuera, un trueno retumbó, profundo, como si la montaña misma hubiera hablado y estuviera de acuerdo con la decisión de resetear sus recuerdos y…, de paso, sus sentimientos.
Fue entonces cuando lo oyó.
Un golpe seco, rotundo y cercano, que no parecía venir ni de la lluvia ni del tejado.
Se quedó inmóvil un segundo en un intento de averiguar de dónde procedía.
El crujido de la casa volvió a resurgir con fuerza, pero aquella nueva vez no parecía tener que ver con el sonido de la madera dilatándose. Parecía…
—¿Hola? —preguntó, abriendo la puerta del baño y asomando la cabeza hacia su dormitorio.
El corazón empezó a latirle en la garganta.
Por alguna razón inexplicable, June tuvo la sensación nítida y física de que no estaba sola.