El Club 10
35%

10

Pista de Fadura. 15 años atrás. Campeonato de Euskadi de pista.

El tartán ardía bajo el sol de junio como una plancha viva. El aire vibraba sobre la recta y, si entornabas los ojos,

el estadio parecía ondularse como si fuera una ilusión óptica. Olía a crema solar barata, a réflex recién abierto y a

ese perfume metálico de las vallas calentadas durante horas.

En la grada, las conversaciones eran un murmullo espeso

que se interrumpía cada vez que sonaba el disparo de salida. ¡PUM! Y después llegaba el silencio que dejaba paso a

las respiraciones entrecortadas y a los nervios por pelear y

conseguir una victoria.

June se colocó en la calle tres. Apoyó las manos detrás

de la línea blanca y sintió el grano áspero del tartán clavándose en sus yemas. Agachó la cabeza, nerviosa. Notaba el

pulso en las sienes, en la garganta y en el hueco blando del

estómago. Estaba en esa época de su vida en la que las competiciones eran lo más importante para ella, como si la vida

se le fuera con cada dorsal. A su derecha, Alba sacudía los brazos con un gesto breve y eficiente, como si descargara

electricidad acumulada.

—Hoy no te voy a esperar —susurró su amiga sin siquiera mirarla.

June estiró la comisura de los labios, divertida. —A ver si aprendes a correr en vez de vacilar tanto —

bromeó.

—Te vacilo para que corras, porque si no, no hay manera.

El juez levantó la pistola con un “a sus puestos”. Y en ese momento, el sol y el calor dejaron de importar

por completo y lo único que quedó fue la pista y la próxima curva que se cerniría sobre ella.

El disparo cortó el aire y ambas salieron con un latigazo seco. Se lanzaron con pasos cortos y explosivos, con un

braceo compacto y las caderas altas. June notaba el impacto limpio del metatarso contra el suelo mientras procuraba

estirar la zancada justo antes de salir de la curva. El viento

le cortaba las mejillas y el sudor ya picaba sobre su frente. Alba tenía ese plus en los primeros cincuenta metros;

siempre lo había tenido. Era rapidísima, la más rápida del

club. Tenía una potencia que parecía brotarle de las caderas

como un resorte, así que solo en la primera curva ya le había

ganado medio cuerpo. June apretó la mandíbula, sintiendo

el ácido láctico subiéndole antes de tiempo con una quemazón agradable y cruel en los cuádriceps. Pensó en las clases de técnica con Jon, su entrenador, y se esforzó por seguir sus

directrices y en abrir la zancada sin descomponerse. —¡Vamos, June! —retumbó una voz desde la grada. La reconoció al instante.

Artabe estaba apoyado en la barandilla, con la camiseta del club pegada al pecho por el calor y unas gafas de

sol negras que reflejaban en los cristales el azul de la pista.

Aplaudía con esa energía exagerada que le salía cuando algo

le importaba de verdad.

Entraron en meta con menos de un metro de diferencia.

—24.87 —anunció el speaker.

June caminó hacia su compañera con el pecho subiendo y bajando a golpes irregulares.

—Te odio.

Alba se irguió y la abrazó sin pensarlo; sudor contra sudor y sus clavículas chocando.

—No me odias, así que no seas mentirosa.

El abrazo era limpio, sincero. Competían hasta que dolía, pero se empujaban hacia arriba sin rencor y se querían,

claro que se querían.

Artabe bajó de la grada con pasos largos y cuando llegó

hasta ellas, el sol le dibujaba una sombra dura en la mandíbula.

—Sois unas bestias —dijo, todavía aplaudiendo—. De

verdad, dais miedo.

Se acercó primero a Alba, le revolvió el pelo con naturalidad, y luego se detuvo frente a June. Sus ojos bajaron un segundo —apenas un segundo— por el recorrido del sudor que descendía desde la sien hasta la base del cuello,

perdiéndose bajo la camiseta.

—Has salido demasiado conservadora en la curva

—añadió en tono técnico, pero la voz le salió más grave de

lo habitual.

—No me des la charla —replicó ella, respirando aún

deprisa.

—Si entras más agresiva, en campeonatos grandes te

comes a cualquiera —insistió—. Hazme caso, que yo entiendo.

June le sostuvo la mirada unos instantes. El sol le daba

de lleno, haciendo que sus ojos parecieran aún más claros,

casi dorados.

—¿Y tú desde cuándo eres entrenador?

—Desde que te miro correr —respondió él, medio en

broma, medio en serio.

Alba carraspeó.

—Eh, que yo sigo aquí.

Los tres se rieron mientras caminaban hacia una zona con

mayor sombra. El suelo quemaba bajo las zapatillas y el corazón aún les latía de forma brusca por el esfuerzo realizado. Jon Ruiz estaba junto a la valla con el cronómetro en la

mano y la libreta abierta. Tenía la piel curtida y los antebrazos tostados después de pasar tantísimas horas al sol junto a sus atletas.

—Bien las dos —dijo sin efusividad—. Alba, explosiva en salida. June, limpia de técnica… Pero os falta una décima en la recta, así que espabilad.

—Siempre falta algo —bufó June, frunciendo el ceño. —Por eso seguimos viniendo —respondió él. Les dio un golpecito en el hombro y miró a Artabe. —Cuídalas.

—Siempre —dijo él, esta vez sin bromear.

Cuando Jon se alejó hacia los sub18, el ambiente se relajó. Era un gruñón, pero se hacía querer.

Fue entonces cuando Aritz cruzó la pista con paso rápido, carpeta bajo el brazo y una camiseta blanca impecable pese al calor.

—¿Habéis oído lo de Dimas? —preguntó sin respirar. Artabe frunció el ceño.

—¿Qué pasa con Dimas?

—Se jubila.

—No te creo —dijo Artabe.

Dimas era el club. Aquella voz ronca y sus manos llenas de callos salvaguardaban muchas décadas del Club Atlético de Getxo.

—Está cansado —insistió Aritz—. Tiene casi ochenta. Era hora, ¿no?

—¿Y quién va a coger el relevo? —preguntó Artabe. Aritz titubeó unos instantes, manteniendo el suspense

durante unos segundos antes de señalarse en el pecho. —Yo.

—¿Presi? —murmuró Alba, divertida—. ¡Estás fatal! Artabe se acercó y le dio dos palmadas fuertes en la espalda.

—Joder… Te veo ahí arriba dando discursos. —No empecéis —protestó Aritz, aunque el orgullo le

asomaba en la mirada.

June dio un paso y lo abrazó.

—A bueno le van a dejar el micrófono y el mandato…

—bromeó Alba, sumándose al abrazo.

Artabe cerró el círculo y los cuatro cuerpos jóvenes,

sudados, rieron bajo el sol mientras se abrazaban sin saber

que esa fotografía invisible algún día dolería más de lo que

ninguno de ellos querría admitir.

Cuando se separaron, June sintió la mano de Artabe en

su cintura un segundo más de lo necesario y la yema de sus dedos presionando levemente bajo la fina camiseta rojiblanca. Ella no se apartó hasta que las gradas rugieron con otra

salida. ¡PUM!

—Voy a escribir a Ale, a ver si se anima a tomar algo

para celebrarlo —dijo June, rompiendo el instante. Sacó el móvil del bolsillo del chándal con los dedos aún

temblorosos por el esfuerzo que había realizado segundos

atrás.

Alba puso los ojos en blanco.

—Ese no viene ni aunque le prometas un récord. —Vendrá —aseguró June, tecleando rápido—. Siempre acaba viniendo… ¿No ves que es andaluz? Le va la mar

cha.

Mientras escribía, notó la mirada de Artabe sobre ella. —¿Qué le escribes? —preguntó él.

—Que si quiere saber a quién tenemos de nuevo presi

mueva el culo del sofá —respondió, sin levantar la vista. Mientras tanto, Aritz ya hablaba de presupuestos, de

sponsors y de modernizar el club; y Alba escuchaba con

interés sincero.

Artabe se inclinó un poco hacia la chica, lo justo para

que solo ella pudiera oírlo.

—Algún día te ganaré yo.

June lo miró de reojo.

—¿En la pista o fuera de ella?

La sonrisa de él fue lenta, casi peligrosa.

—Ya veremos.

En ese momento ninguno intuía todavía lo que vendría

después; ni las decisiones equivocadas, ni las promesas que

se romperían.

Ese día solo eran jóvenes y tenían el mundo a sus pies. —¿Y a dónde vamos para celebrarlo? —inquirió Alba. —No lo sé —respondió Aritz—, pero yo no me puedo

liar, ¿eh? He quedado con una chica.

Artabe le propinó un codazo.

—Pobrecita —respondió, divertido—. ¿Cómo se llama

tu próxima víctima?

Aritz le fulminó con la mirada.

—Se llama Eider.

June se adelantó un paso para hacerle cosquillas, consciente de lo mucho que este las detestaba.

—¡Qué el presidente se nos casa! —gritó, divertida.