El Club 9
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Días después de la muerte de Artabe. Vuelta a la rutina.

Hacía varias horas que había amanecido, aunque el cielo seguía sin tener un color definido.

Estaba gris. Tan gris, que parecía una masa pegada al suelo.

Daba la sensación de que se había desplomado hasta el asfalto para engullir la pista de atletismo en su interior.

La niebla aún se deslizaba sobre el tartán azulado, oscureciéndolo casi hasta el color del mar.

June apoyó la suela en la línea blanca del carril uno y miró hacia la recta principal. Estaba sola, aunque no era de extrañar dadas las horas tempranas que aún eran. Miró el reloj. Las siete y media. Demasiado temprano incluso para ella.

Después pulsó el cronómetro y salió. La primera zancada y los primeros metros siempre dolían un poco. El cuerpo solía tardar en entrar en calor, y más aún durante aquellas mañanas de invierno en las que el frío arañaba la garganta convirtiendo su respiración en vapor.

Pap, pap, pap. El sonido rítmico de las zapatillas contra el caucho despejaba su cabeza mientras los cuatrocientos metros se iban quedando atrás.

Recuperó el aliento inhalando profundamente y después se encaró a los siguientes cuatrocientos de manera fuerte.

Durante unos segundos, quizás minutos, consiguió olvidarse de todo.

Del túnel, del sonido de la maldita cremallera, de la boca abierta de Artabe…

Pero en algún momento desvió la mirada hacia las húmedas gradas y todo lo que contenía dentro estalló de nuevo.

Ella no se daba cuenta, pero corría con el rostro salpicado de lágrimas mientras liberaba pequeños sollozos.

Estaba sola, así que daba igual. Nadie iba a juzgarla.

Estaba a punto de comenzar la tercera serie cuando, de pronto, los vio.

Justo al otro lado de la pista, frente a los baños y al otro lado del pequeño muro que delimitaba la zona, había dos figuras oscuras.

Intentó distinguirlos, pero no le sonaban de nada.

Algo le decía que no eran atletas del club.

No se movían, ni llevaban mochilas, ni iban vestidos de deporte.

Solamente observaban, quietos. June bajó el ritmo y fingió no verlos.

Aceleró en la curva antes de notar cómo el ácido láctico empezaba a subirle por los muslos.

Pap, pap, pap . “No mires, no mires”, se dijo a sí misma, obligándose a mantener la concentración en los siguientes cuatrocientos que tenía por delante.

Seis vueltas, estaba en la cuarta. Le quedaban dos y terminaría con el entrenamiento.

Aceleró el ritmo y el final le salió más rápido de lo que esperaba.

Miró el reloj, comprobando las estadísticas con cierto orgullo, antes de inclinarse con las manos en las rodillas para recuperar la respiración. Sentía el pulso golpeándole las sienes.

—Ya está, he cumplido —se dijo en voz alta, levantando la cabeza.

Las dos siluetas ahí seguían, quietas. Se irguió sin prisa y, aún con la respiración agitada, caminó hacia ellos mientras sentía el sudor que comenzaba a enfriarse en su espalda.

—¿June Goiko? —preguntó el más alto de los dos mientras enseñaba un carnet—. Ertzaintza. Somos del grupo de delitos contra las personas.

Delitos contra las personas.

—Nos gustaría poder hablar contigo —comentó su compañero.

June se quitó el reloj y lo detuvo. El pitido breve sonó excesivamente alto en el silencio.

—¿Ahora?

—Ahora.

El otro agente, más joven, tenía los ojos claros y parecía más... agresivo. Más enfadado. O, al menos, eso le parecía a ella.

—¿Qué necesitáis de mí?

—Me gustaría que nos hablases de tu compañero y del accidente que tuvo lugar en Zumárraga el domingo veintidós de febrero.

—No sé qué podría contaros… Ya le conté a la policía todo lo que pasó.

—Por lo que hemos leído en las declaraciones, fuisteis cuatro compañeros, ¿verdad?

Ella asintió.

—Alejandro, Aritz, Artabe y yo.

—¿Hubo alguna discusión previa entre vosotros antes de la media maratón? —preguntó el mayor.

—No.

La palabra salió demasiado rápida y el agente ladeó la cabeza.

—¿Entre ninguno? ¿Artabe no discutió con nadie?

Ella volvió a sacudir la cabeza de lado a lado mientras la cocina de la casa rural cruzaba su mente con una nitidez insoportable. El barro sobre la encimera, la ventana abierta, el mensaje…

—Nada fuera de lo normal —dijo, titubeante—. Estrés, organización… Y charlas sobre la media de Getxo, que está al caer. Nada raro.

El agente, en lugar de anotar algo, le sostenía la mirada.

—June… —intervino el más joven—. Necesitamos que nos cuentes qué pasó exactamente la tarde del cuatro de septiembre de dos mil dieciséis.

Aquella última petición la sacudió con tanta fuerza que tuvo la sensación de que se tambaleaba sobre la pista.

Alba. El aire se espesó, como si se resistiera a oxigenar sus pulmones.

Apretó los puños y contuvo el aliento mientras apartaba la mirada hacia esa pista.

La misma pista que años atrás las había visto competir a ambas hasta quedarse sin aliento; la misma pista donde Alba le había sacado una décima guiñándole un ojo, riéndose, divertida.

—Estoy segura de que ya sabéis lo que pasó.

—Pero queremos que nos lo cuentes —insistió el de los ojos claros.

—¿Es necesario? ¿De verdad tenemos que removerlo todo después de tantos años?

Se le habían empañado los ojos hasta estallar en llanto, pero a ninguno de los agentes parecía darles pena.

—Es necesario, June.

—Salimos a hacer una ruta de Trail... se había terminado la temporada de asfalto y queríamos algo de monte.

—¿Quiénes ibais?

“Nosotros, los de siempre”, pensó, procurando enjugarse el llanto.

—Aritz, Alejandro, Artabe, Alba y yo.

El silencio posterior fue deliberado. El más joven dio un paso apenas perceptible hacia delante y el otro se mantuvo inmóvil, sosteniéndole la mirada con seriedad.

—Repítenos cómo fue el accidente.

June cerró los ojos un segundo, regresando a aquella mañana.

El sendero estrecho, la tierra suelta, el olor a salitre mezclado con sudor.

Había un cielo limpio y azulado tiñendo el horizonte y no se esperaban lluvias.

En realidad, agosto había dejado la tierra lo suficientemente seca para que la subida fuera cómoda.

—Nos descolgamos —empezó—. Aritz y Alejandro cogieron la delantera. Iban fuertes. Artabe y Alba también se adelantaron. Yo me quedé atrás.

—¿Por qué?

—Me dio el flato y apenas podía respirar —comentó—. Iba apretándome el costado con los dedos, pero aun así no conseguía cogerles el ritmo.

Sintió el pinchazo bajo las costillas como si todavía estuviera allí.

—Me paré y respiré…, necesitaba descansar un poco antes de seguir ascendiendo —comentó—. Ellos están acostumbrados al desnivel, pero yo soy de asfalto y de llano. Cuando quise alcanzarlos ya los había perdido de mi campo de visión.

El agente asintió.

—¿Y después?

June notó cómo el recuerdo avanzaba por dentro de su memoria con una lentitud pegajosa.

—Alba… —titubeó apenas una fracción de segundo—, debió de darse la vuelta para venir a buscarme.

—¿La viste darse la vuelta?

—No… No llegamos a encontrarnos… Yo solo…

Ellos guardaron silencio, concediéndole unos instantes para recuperarse.

—Solamente llegué a escuchar el grito.

Y si cerraba los ojos con fuerza, aún podía seguir escuchándolo. No importaban los años que pasasen, porque nunca lo olvidaría.

El agente joven no apartaba la vista de su cara.

—¿Cómo se cayó?

—No lo sé… Creemos que patinó en un tramo de gravilla suelta mientras corría hacia abajo y…, no lo sé. Siempre he pensado que perdió el equilibrio.

—¿Quién llegó primero?

June abrió los ojos.

—Casi todos llegamos a la vez. Cuando escuchamos el grito supimos que algo malo había pasado y todos nos redirigimos hacia ese punto.

—¿Quién estaba más cerca de ella cuando cayó?

La pregunta se quedó flotando.

—No lo sé.

Era una pequeña mentira. En realidad, sí que lo tenía muy claro.

—Artabe fue quien llamó a emergencias.

—Sí.

—Y se quedó hasta que llegaron.

—Sí.

—¿Discutisteis Alba y tú ese día?

El pulso volvió a subirle.

—No.

El agente dejó que el silencio se alargara. Solo se oía el

zumbido lejano de un coche pasando por la carretera. —June —dijo finalmente—, Artabe acudió tres veces a

comisaría las semanas previas a la media maratón del Urola.

¿Sabes por qué?

Ella abrió los ojos, sorprendida. Aquella información sí

que la acababa de pillar por sorpresa.

—¿Puedes imaginar qué era lo que quería o necesitaba?

¿Le pasaba algo?

—No… no lo sé.

Y esta vez la negación fue real.

—Estamos revisando si existe alguna conexión entre

ambos hechos —añadió el policía—. La muerte de Alba y

la de Artabe.

—¿Insinúan que…?

—Investigamos, no insinuamos.

—Pero eso no tiene sentido —titubeó.

—Te llamaremos en caso de que sea necesario, así que

procura estar disponible.

Sin decir nada más, sin siquiera despedirse, se dieron la

vuelta y se encaminaron hacia la salida de la pista. Sus figu-

ras se desdibujaron entre la neblina baja de la mañana hasta desaparecer por completo mientras ella seguía ahí, quieta, en silencio, totalmente inmóvil sobre el carril uno.

Levantó la mirada en dirección a la curva norte y recordó a Alba adelantándola con esa sonrisa con la que siempre era capaz de descolocar a cualquiera.

Y también recordó a Artabe, como si aún pudiera verla desde ese rincón de las gradas

que siempre ocupaba.

—Ojalá estuvieras aquí —susurró en voz baja, mientras

retrocedía en su memoria a aquellos años en los que ambos

habían sido algo más que amigos—. Si siguieras aquí, esto

no estaría pasando…

—¡Buenos días! —exclamó Younes, cruzando la pista

con una sonrisa de oreja a oreja y el cabello rizado revuelto

por el viento y la humedad.

June regresó a la realidad de un plumazo mientras su

compañero torcía el gesto, consciente de que la chica aún

no estaba de humor para encarar una conversación banal.

Todos sabían lo que le había sucedido a Artabe y todos eran

conscientes de que aquel bache no sería fácil de superar. —Eh, June —añadió él, al ser consciente de que ella se

encaminaba a la salida sin siquiera devolver el saludo. La

sujetó por el brazo en un intento de retenerla unos segundos de más—. Sabes que si necesitas algo…

—Lo sé —musitó, enjugándose el llanto—. Lo sé.