El Club 8
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De vuelta en Getxo.

El apartamento la recibió con ese olor leve a aire estancado que queda cuando nadie ha abierto las ventanas a lo largo de muchos días. No era desagradable, aunque sí denso.

Todo estaba en calma, sumido en el silencio.

Con un gesto automático, dejó las llaves en la consola de la entrada, se quitó la chaqueta mojada y se descalzó mientras intentaba sacarse de la cabeza el coche familiar gris de Artabe.

Estaba ahí… Lo había visto cuando Aritz había aparcado en Fadura.

Solo, abandonado. La imagen se le había quedado incrustada justo detrás de los párpados y no conseguía desprenderse de ella.

Había pasado por delante del coche para llegar al suyo y no había podido evitar fijarse en la sillita infantil del asiento trasero.

Tragó saliva mientras se acercaba al ventanal del salón.

Apartó ligeramente la cortina y se fijó en el mar que se extendía por el horizonte, bajo la tormenta. No paseaba nadie por Ereaga.

Sin darse cuenta de ello, se llevó la mano al pecho para notar su corazón palpitando con rapidez. Latía rápido, pero regular. Latía… Ella estaba viva, pero ellos ya no volverían jamás.

Caminó hasta el dormitorio sin necesidad de encender las luces y se desnudó despacio, prenda a prenda.

Después, sin ponerse el pijama, se metió en la cama.

El contacto repentino de su piel contra las frías sábanas le arrancó un escalofrío.

Se acomodó boca arriba, mirando el techo en la penumbra, mientras la tormenta marcaba un ritmo grave y constante con el repiqueteo de la lluvia que caía sobre el tejado.

Algo en su interior le decía que aquella noche conciliar el sueño sería imposible, pero, aun así, cerró los ojos sin tener muy claro si lo hacía por agotamiento o por rendición.

Justo en ese instante, la memoria comenzó a hurgar en el pasado con esa precisión cruel que tienen los recuerdos cuando nadie los invita a aparecer.

—Sabes que cualquier día nos van a pillar, ¿verdad?

La voz de Artabe sonaba baja. Olía a humedad, a cloro y a sudor.

—El riesgo lo hace más divertido —respondió ella mientras sentía la pared de hormigón contra su espalda desnuda.

No recordaba exactamente quién de los dos había dado el primer paso.

En realidad, lo único que recordaba con exactitud eran sus manos firmes apoyadas en su cintura y el pulso con el que la elevaba a horcajadas sobre él.

Resultaba increíblemente morbosa la sensación con la que encajaban con una naturalidad…

obscena. Sus bocas se encontraron con una urgencia contenida, chocando ligeramente por la brutalidad con la que se movían.

La lengua de él descendiendo por su cuello, lenta, consciente del efecto que producía.

June tenía la piel erizada y sus cuerpos quedaban tan pegados que ni siquiera el aire conseguía pasar entre ellos.

—Me caso en dos semanas, June…

Pero la frase, en realidad, no había conseguido que ninguno se detuviera. Quizás, incluso, había conseguido causar un efecto contrario volviendo cada caricia más urgente, más veloz. Como si tuvieran un reloj de arena a punto de derramarse sobre sus cabezas.

—No te cases —susurró ella contra su piel, antes de morderle el cuello con una intensidad que rozaba la súplica—. No te cases…

Abrió los ojos de golpe, volviendo a la realidad mientras el recuerdo quedaba atrás mezclándose con el deseo y la culpa. El móvil, que estaba sobre la mesilla de madera, vibró con un pitido seco y cortante que consiguió dejar atrás lo que quedaba de la excitación del momento.

Se incorporó despacio mientras sentía ese nudo fuerte que le retorcía sin piedad el estómago mientras se preguntaba a sí misma qué hubiera dado por una última caricia, por un último beso o por un adiós.

Él ya no estaba, y ella ni siquiera había llegado a decirle lo mucho que le había querido y lo enamorada que había estado.

Cogió el teléfono móvil con los ojos empañados y la visión borrosa. Era la una y veinte de la madrugada y tenía un mensaje nuevo. “Número Oculto”, leyó, con el corazón desbocado. Dejó de respirar mientras clicaba sobre él.

Tú serás la siguiente, June.

Sintió el grito de espanto dentro de su cuerpo y soltó el móvil de golpe para poder taparse la boca con las manos en un intento de amortiguar el sonido.

—Qué narices… —murmuró, espantada.

La carita sonriente resultaba más perturbadora que la frase en sí. Titubeó, nerviosa y espantada, mientras se incorporaba de un salto en la cama.

Con la mano temblorosa, volvió a coger el aparato. La pantalla se había apagado, así que lo volvió a desbloquear. Y entonces… nada. No había nada.

—No puede ser…

No había mensaje, no había notificación y no había nú - mero desconocido.

Revisó las conversaciones, el historial, las llamadas, el correo electrónico e incluso el buzón; pero allí no había nada nuevo.

El único mensaje proveniente de un número oculto que había recibido era el de Azpeitia.

Y sí, ese mensaje seguía ahí… Ese mensaje del que no había dicho nada a nadie.

Ni a sus compañeros, ni a la policía. ¿Estaba cometiendo un error callándoselo?

¿Se estaría poniendo en peligro a sí misma?

Lo abrió mientras sentía cómo el pulso se le aceleraba en las sienes y un breve cosquilleo se deslizaba por sus brazos. ¿Se había imaginado el otro mensaje? ¿Le estaría la imaginación jugando una mala pasada?

—Tranquilízate, June —musitó en voz baja—. Tranquilízate.

Se levantó de la cama y caminó descalza hasta el baño. El tacto frío de las plantas de sus pies la obligó a concentrarse en algo tangible. Apoyó ambas manos sobre el lavabo y respiró despacio.

—Tranquila… Solamente han sido imaginaciones tuyas.

O eso era lo que quería creer.

Abrió el grifo y dejó correr el agua para que se enfriase. Después introdujo las muñecas bajo el chorro y se empa- pó la cara. Inhaló y exhaló con calma, cargándose de oxí- geno.

—Ya está…

Estaba al borde de sufrir un ataque de ansiedad y era consciente de ello porque aquella no era la primera vez que le sucedía.

Cuando ocurrió, cuando pasó el primer accidente…

entonces… Apoyó las manos sobre el lavabo y agachó la cabeza mientras escuchaba el sonido de la tormenta que llegaba amortiguada a través de las paredes.

¿Por qué narices no conseguía desprenderse de la sensación de que alguien la espiaba?