7
Plaza de Azpeitia. La mañana después de la carrera.
La lluvia no había dado tregua en todo el día, pero a esa hora caía con una obstinación distinta; era más pesada, más visible bajo las farolas amarillas de la plaza.
Las gotas golpeaban los paraguas abiertos y rebotaban en el empedrado formando pequeños cráteres que se llenaban al instante.
La antigua estación, iluminada desde dentro, se había transformado en un pequeño museo de velas que servía como recordatorio de la pesadilla vivida el día anterior.
El homenaje había surgido sin planificación previa.
¿Cuánto tiempo habían dedicado desde la organización a que aquella carrera discurriera perfectamente y sin contratiempos?
Meses, muchos meses. Justo ellos, los tres amigos presentes, lo sabían muy bien porque la Media Maratón de Getxo, cada año, suponía verdaderos quebraderos de cabeza.
De pronto, toda esa planificación se había ido al traste para dejar paso a unos altavoces pequeños, una mesa plegable con una fotografía ampliada de Artabe —sonriendo, sudado, con la camiseta del Club Atlético de Getxo— y un ramo de flores blancas apoyado junto al marco.
Demasiado blanco para tanto gris, pensó June.
La chica permanecía unos pasos por detrás del resto, bajo el paraguas que Alejandro sostenía a medias sobre los dos.
El plástico vibraba con cada golpe de lluvia y el murmullo llegaba contenido, como si temieran levantar demasiado la voz.
La familia de Artabe estaba allí. Reconoció a su madre —su padre hacía tiempo que había fallecido— y a su mujer.
María vestía de negro riguroso y su rostro estaba limpio, sin maquillaje.
Tenía el pelo recogido en una coleta baja y el gesto desencajado, como si aún no terminara de entender muy bien qué era lo que estaba haciendo allí y qué había pasado.
No lloraba de forma evidente; parecía más bien vacía, como si alguien hubiera apagado una luz dentro de ella.
Y sujeta de su mano estaba la pequeña, que llevaba un abrigo rojo escarlata que desentonaba con todo lo demás por ser demasiado vivo.
Miraba alrededor con ojos enormes, confundida por la cantidad de adultos que se inclinaban hacia ella con gestos compungidos y palabras suaves. June sintió un latigazo en el pecho.
—Joder —gruñó Aritz, roto en pedazos.
Se llevó la mano a la cara antes de que el llanto le estallase sin filtro y sin dignidad con un sonido crudo y animal, uno que ni siquiera se molestó en intentar disimular.
Alejandro lo abrazó por detrás, sujetándolo por los hombros.
Y fue entonces, en ese preciso instante, cuando levantó la vista por encima del hombro de su amigo para percatarse por primera vez de él.
Era un hombre joven que llevaba puesta una capucha negra y que se encontraba alejado del grupo principal.
No llevaba paraguas, así que la lluvia le iba calando la ropa que, a esas alturas, ya goteaba.
June se quedó mirándolo con atención. Tenía el móvil levantado y ligeramente inclinado, como si estuviera grabándolo todo.
Aunque a primera vista podía haberse tratado de un simple curioso que documentaba el homenaje de un corredor fallecido por morbo, había algo que no cuadraba.
Los enfocaba a ellos. ¡A ella! Lo miró con la misma fijación con la que él parecía grabarles a ellos hasta que el desconocido, ese cuyo rostro apenas era visible, levantó los ojos hacia ella.
Sus miradas se cruzaron, pero no pareció importarle y tampoco dejó de grabar.
En lugar de ello, sonrió. Sintió cómo las pulsaciones se le aceleraban y se separó un paso a la izquierda del paraguas de Alejandro.
Sintió las gotas de agua calándole con rapidez el cabello, pero no le importó.
Necesitaba… necesitaba ver mejor. Entonces, y solo entonces, el hombre bajó el teléfono móvil y dejó de grabar.
June estuvo tentada de caminar en su dirección, pero antes de que pudiera tomar una decisión, él ya había desaparecido entre la multitud.
—June —susurró Ale al notar que se había apartado—. ¿Estás bien?
Ella asintió en silencio y, de pronto, alguien comenzó a aplaudir.
El sonido hueco de las manos chocando bajo la lluvia se mezcló con el repiqueteo constante del agua.
María levantó la cabeza por primera vez y buscó con la mirada a los compañeros de club.
Sus ojos se encontraron con los de June y, aunque no había odio en ellos, sí reproche.
Sabía perfectamente lo que había habido entre Artabe y ella.
—… y así, de esa manera, mantendremos viva su memoria. A través de su club, del deporte y de todos los recuerdos bonitos que nos dejó.
El aplauso se apagó.
Aritz y Alejandro se separaron de ella en dirección a María para poder despedirse.
June, en cambio, se mantuvo alejada de la escena.
La niña miraba a su alrededor, desconcertada.
Sintió una punzada de lástima por esa pequeña que había heredado de su padre los ojos grandes y el cabello castaño claro… Era la viva imagen de Artabe.
—Volvamos a casa —dijo Aritz con la voz rota pero fir- me.
Había recuperado esa tonalidad práctica que adoptaba cuando necesitaba funcionar, aunque estuviera hecho pedazos. Alejandro asintió con los ojos hinchados y la nariz enrojecida.
—Sí —murmuró ella—. Volvamos a casa.
Unos minutos más tarde, el coche del presidente del Club Atlético de Getxo se alejaba por la carretera dejando atrás las luces titilantes de todas las velas que aquella trágica mañana de lunes decoraban esa plaza en la que, un día antes, se había dado el pistoletazo de salida a una media maratón.
El limpiaparabrisas trabajaba a máxima velocidad, pero aun así la visibilidad era precaria.
La carretera hacia Getxo serpenteaba entre montes oscuros y el cielo plomizo parecía caer sobre ellos como un manto asfixiante.