El Club 6
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Tras la muerte. Regreso a la casita rural de Azpeitia.

El coche avanzaba por la estrecha carretera como si se tratara de un intruso que se había colado entre las montañas verdes y húmedas.

Estaban envueltas en una bruma baja que parecía pegada a las laderas y, desde allí, podía dar la sensación de que el mundo se había detenido.

Pero no. Lo peor de todo es que solamente se trataba de una ilusión, porque la vida seguía.

El interior del coche olía a sudor frío, a barro y a esa mezcla metálica que todavía parecía pegada a su garganta desde el túnel.

Ninguno de los tres decía nada. Aritz conducía con la espalda recta, los hombros rígidos y la mirada clavada en el asfalto como si desviarla un segundo pudiera provocar otra tragedia.

Tenía los ojos rojos e inyectados en sangre, cubiertos por un brillo húmedo que no terminaba de convertirse en lágrimas.

Parpadeaba demasiado y tragaba saliva con frecuencia.

Aunque el presi se obligaba a respirar despacio, el aire entraba a golpes cortos e irregulares delatando el estado en el que se encontraba.

Alejandro, en cambio, no hacía ningún esfuerzo por disimular; lloraba sin pudor con la cara vuelta hacia la ventanilla empañada y dejando que las lágrimas le resbalaran por la barba de varios días.

Se limpiaba con la manga, se sorbía la nariz y volvía a romperse, en bucle.

Y, por último, ella. June iba detrás, junto a la puerta derecha mientras sentía el cinturón que le cruzaba el pecho como una cuerda demasiado apretada que le exprimía el esternón.

El hueco contiguo tenía que haberlo ocupado alguien que ya no estaba.

Miraba el respaldo del asiento de Aritz sin verlo realmente y su reflejo en el cristal le devolvía una imagen bo- rrosa, pálida, con los labios ligeramente agrietados y resecos.

El pelo rubio se le pegaba a la frente húmeda y los hombros pequeños parecían aún más tensos bajo la chaqueta.

No lloraba, pero podía notarse el pulso desbocado latiendo con fuerza en sus sienes, en los oídos y en su garganta.

Y, por encima de todo, el sonido. El sonido de la maldita cremallera, ese que había cortado el aire del túnel como una sentencia firme que ya no tenía vuelta atrás.

Cerró los ojos un segundo y la imagen regresó con una precisión cruel y macabra: la bolsa negra extendida sobre la gravilla húmeda, el plástico tensándose y la cabeza de Artabe cayendo hacia un lado. Estaba muerto. ¡Muerto!

—Recargo y listo...

Podía escuchar su voz perfectamente, como si su presencia silenciosa aún estuviera al otro lado del asiento, junto a ella.

El limpiaparabrisas marcaba un ritmo constante. Chac, chac, chac. June pensó que aquel sonido se parecía demasiado al del desfibrilador cargando. Cargando… Descarga… ¡PLAF! y nada.

—No puede ser… —murmuró Alejandro por fin, con la voz rota—. No puede ser, joder.

Aritz no respondió, pero apretó los puños con fuerza hasta que sus nudillos, alrededor del volante, se quedaron blancos.

La carretera descendía hacia Azpeitia, serpenteando entre montes.

Era la misma carretera por la que habían subido, riendo a carcajadas, con la bolsa del corredor dando botes en el maletero y la sidra rodando entre mochilas.

Y el número de su dorsal, ese que de pronto se quedaría grabado para siempre en su puñetera cabeza, la abofeteó sin piedad: 27.

Pensó en lo absurdamente pequeño que era aquel maldito número y en el peso que había ganado en un solo segundo. 27. No olvidaría jamás aquella cifra.

—Para un momento —pidió Alejandro, de forma abrupta, mientras se inclinaba hacia delante con la respiración entrecortada—. Para, Aritz.

Él obedeció, desviando el coche hacia un mirador para después apagar el motor.

Alejandro abrió la puerta y salió casi tropezando.

Se apoyó en la barandilla metálica y después dobló su cuerpo hacia delante.

No vomitó, pero un espasmo visible para todos le recorrió la espalda como una descarga eléctrica.

Aritz se quedó dentro, inmóvil, mientras el reflejo de la lluvia contrastaba con la luz de la farola que tenían sobre ellos y le atravesaba el rostro en líneas diagonales.

—He tardado —dijo, sin siquiera mirar a June—. He tardado demasiado.

No le hablaba a ella, sino que lo comentaba consigo mismo.

June sintió cómo algo se contraía en su estómago.

—No —susurró la chica, aunque intuía que aquello no serviría de nada.

Aritz giró levemente la cabeza hacia su compañera. Tenía los ojos llorosos y cargados por la culpa, la rabia y… el miedo, quizás.

—Si hubiéramos parado la primera vez que se quejó… —musitó con la voz ronca.

June abrió la boca, dispuesta a decir que lo que había sucedido no había sido su culpa.

Quiso decirle que el golpe había sido seco, rotundo, y que el cuerpo de Artabe ya estaba rompiéndose por dentro cuando ellos todavía creían que todo iba bien.

Que todos alguna vez habían corrido con las pulsaciones más altas de la cuenta y que en más de una ocasión habían sufrido una carrera así de principio a fin.

Y nunca había pasado nada. “No es tu cul- pa, Aritz”, quiso decirle.

Pero las palabras no le salían y si forzaba y pronunciaba algo, terminaría derrumbándose allí mismo.

Alejandro regresó al coche con la cara mojada por la lluvia y las lágrimas saladas. Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.

—Tenemos que llamar a sus padres —dijo, casi sin voz—. Y a su mujer. Joder, ¡su hija, joder!

Nadie respondió y Aritz volvió a poner el motor en marcha.

“Sus padres, su mujer y su hija —que solamente tenía tres años y ni siquiera entendería lo que implicaba aquello— ya lo saben”, pensó June, apretándose contra el asiento trasero en un intento de desaparecer del mundo.

La casa rural apareció entre los árboles mientras la chica sentía una opresión en el pecho que no era capaz de identificar. Aparcaron sin decir una sola palabra y bajaron des- pacio, como si el suelo pudiera abrirse bajo sus pies para tragárselos.

Entraron dentro sin mediar palabra. El leve gimoteo de Ale era todo lo que rompía aquel silencio incómodo.

June se quedó mirándole un segundo, preguntándose si su ciudad de origen también tendría algo que ver en la forma que tenían de expresar sus emociones.

Decían que los euskaldunes eran serios, secos y que guardaban el dolor en su interior.

Una envidia abrasiva le corroyó las entrañas al ser consciente de que todo lo que guardaba, poco a poco, la iba matando.

Alejandro se acercó hasta el sofá y se dejó caer, roto.

No tenía que fingir porque no tenía sentido hacerlo: estaban entre amigos.

Estaban en familia. Y, lo peor de todo, es que todos los presentes ya habían pasado por aquello con anterioridad.

El accidente se repetía. Una vez más, la pesadilla volvía a empezar.

Aritz se quitó la chaqueta sin hablar y caminó hacia la cocina.

Abrió un armario al azar, lo cerró y después volvió a abrir otro.

En realidad, no buscaba nada concreto, porque lo único que necesitaba era moverse y mantenerse ocupado.

Después repitió el proceso con la alacena del salón y, aunque parecía perdido, nadie le detuvo.

Nadie le preguntó qué buscaba ni se molestó en abrazarle.

Parecía… un niño herido. “Necesita a Eider”, pensó ella, quieta, en mitad del salón.

Y entonces escucharon el golpe. Seco, breve y procedente de la cocina.

Los tres se quedaron quietos.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Alejandro en voz baja.

—La ventana.

June caminó despacio hacia el umbral de la cocina para corroborar que se equivocaba.

La ventana estaba cerrada a cal y canto y la cortina, también corrida, colgaba inmóvil y sin movimiento.

“Estas casas antiguas tienen sus ruidos”, había dicho Carmen.

La chica apoyó la mano en la encimera para no perder el equilibrio.

Aunque la madera estaba tibia, sentía sus dedos helados.

—Joder, joder —escupió, golpeándose con el puño la sien en un intento de apagar su cerebro.

La escena del túnel se repetía, una y otra vez, reorganizándose dentro de su cabeza en un bucle infinito. Era como una película rota que no conseguía pausar. Artabe quejándose de las pulsaciones, el gel, el golpe… Todo había sido demasiado rápido, demasiado precipitado.

—June —la llamó Aritz desde el salón.

Ella no respondió.

En lugar de ello, sintió el peso de su teléfono móvil en su bolsillo y recordó el mensaje que había recibido el día anterior.

Una idea espeluznante cruzó su mente, deslizándose despacio como la neblina cuando desciende por la montaña sin que nadie perciba que lo va cubriendo, lentamente, todo a su paso.

June levantó la vista hacia el cristal oscuro de la ventana. ¿Y si no estaban solos?

—June —repitió Aritz, plantándose frente a ella—. ¿Crees que deberíamos llamar a María?

Ella, en silencio, negó.

—No. María ya sabe que su marido ha muerto —sentenció con una dureza que incluso a ella le sorprendió—. A quien deberías llamar es a Eider. Estoy segura de que todos en el club saben lo que ha pasado… incluida ella. Estará preocupada.

La chica apoyó la espalda contra la pared y, en silencio, se deslizó hasta terminar sentada sobre la baldosa fría. Las lágrimas, silenciosas, caían sin control por sus mejillas. “Demasiado he aguantado”, pensó, notando cómo algo se desgarraba en su interior. Aritz también se acuclilló.

—Algo está mal, June… Algo…, no va bien.

—Lo sé —respondió, rota, mientras él apretaba su mano con cariño.

Solamente ellos serían capaces de entender lo que una pesadilla semejante podía llegar a unir a dos personas que, aparentemente, nunca deberían haber estado tan conectadas.

—Vamos a salir de esto. Ya lo hicimos una vez…, lo haremos dos veces.

La chica lo miró fijamente antes de estrecharse contra sus brazos.

—Lo haremos.