El Club 5
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El día antes de la carrera. Recogida de dorsales.

La plaza de Zumárraga bullía con ese nerviosismo alegre que precede a cualquier carrera.

No era todavía el caos del día siguiente, pero ya había voluntarios colocando vallas, colgando cintas entre farolas y una carpa blanca frente a la antigua estación de tren que se había convertido en el punto neurálgico del evento.

El edificio de piedra, con sus ventanales altos y su tejado oscuro, parecía observarlo todo con la serenidad de quien ha visto pasar demasiados trenes como para alterarse por una media maratón.

Apenas se bajaron del coche, comenzaron a caer las primeras gotas.

—Ya estamos —murmuró Aritz, mirando al cielo—. Si no llueve en Euskadi el día antes de una carrera, algo va mal.

Alejandro soltó una carcajada y abrió el maletero.

—Es ambientación, hombre… para que los de fuera sepan dónde están.

—A esta carrera no creo que venga mucha gente de fuera —añadió el presi.

—Pues tiene muy buena pinta —comentó June, que había estudiado el mapa con el recorrido—. Ya verás, en unos años el dorsal a sorteo como en la Behobia.

—No lo creo porque no es homologada —señaló Artabe.

June cerró la puerta del coche y alzó la cara hacia el cielo gris mientras la humedad se le pegaba a las pestañas. No le molestaba. Al contrario, había algo en esa atmósfera que la hacía sentirse en casa. O quizá no era el lugar, sino la compañía.

Ale se colocó a su lado y le dio un codazo suave.

—Como te pongas dramática con el tiempo, te meto en el coche otra vez y te mando de vuelta a Getxo.

—Yo no soy dramática —protestó ella, fingiendo in- dignación—. Dramático eres tú por comprarte zapatillas blancas viviendo en Euskadi…

—Touché.

Artabe caminaba unos pasos por delante con las manos en los bolsillos de la sudadera. No intervenía en la conversación, pero tampoco se alejaba demasiado. Iba pendiente de todos. De ellos... y de ella.

La cola para recoger los dorsales avanzaba despacio bajo la carpa. Los voluntarios con camisetas fluorescentes re- visaban los carnés de DNI y entregaban bolsas azules con el logo de la carrera impreso en blanco. El olor a plástico nuevo se mezclaba con el del café que escapaba de un bar cercano.

—¿Os acordáis que en la última carrera que corrimos juntos se equivocaron y me metieron en el último cajón? —bromeó Aritz mientras enseñaba el documento—. Os tuvisteis que pasar atrás conmigo.

—Si te hubieran puesto con la élite te hubieras quejado igual —respondió Ale—. Lo tuyo es protestar por deporte.

El voluntario cogió el DNI de June y lo observó un segundo más de lo necesario. Tecleó algo en la tablet y frunció levemente el ceño.

—¿Todo bien? —preguntó ella.

—Sí… —respondió, aunque tardó una décima de más—. Espera un momento.

Buscó en una caja lateral, removiendo varios sobres hasta dar con uno. Cuando lo sacó, lo miró antes de entregárselo, como comprobando algo que no terminó de decir.

—Aquí tienes.

June lo cogió sin darle importancia.

Recibió su dorsal con una sonrisa automática y el número impreso en negro. 27. Tan pequeño, tan absurdo... Nadie podría imaginar que al día siguiente ese rectángulo de papel quedaría asociado a otra cosa para la eternidad.

El voluntario seguía mirándola cuando ella dio un paso atrás.

—¿Seguro que está bien? —insistió, casi sin saber por qué.

El chico parpadeó, como saliendo de un pensamiento.

—Sí… claro.

Pero no sonó del todo convencido.

June se giró hacia los demás con la bolsa en la mano.

—A ver qué trae la bolsa —dijo el sevillano nada más apartarse.

Se sentaron en un banco de piedra junto a la plaza y comenzaron a rebuscar dentro. La lluvia parecía mantenerse en una intensidad baja.

—¿Qué es esto? —murmuró la chica, sacando un paquete de papel encerado.

—Queso Idiazabal —leyó Aritz en voz alta, repasando la etiqueta—. Pero no un trocito, no. Un buen trozo de queso.

—Joder, estos giputxis… ¡Qué nivel!

—Y aquí hay una botella de sidra —añadió Ale levantándola como si fuera un trofeo—. En Euskadi no se andan con chiquitas, ¿eh? Nada de geles cutres y barritas de avena. ¡Aquí te dan para cenar!

—Pues a ver si aprendéis un poquito los del sur… —bromeó la chica.

—Igual esperan que la corramos con resaca, ¿eh?

—Eso explicaría muchas marcas personales —respondió Ale, riéndose.

—Esta noche portaros bien, niños —regañó el presi, poniendo orden—, que yo pienso dormirme a las nueve y no voy a estar para meteros en la cama.

Artabe observaba el contenido de su bolsa sin demasiado entusiasmo, en silencio. June notó su mirada sobre ella incluso cuando fingía no hacerlo, como una corriente fría que recorría la superficie de su piel.

—¿Vamos a comer algo? —propuso el presidente—. Tengo un agujero en el estómago.

—Tú siempre tienes un agujero en el estómago, Aritz —señaló ella.

Cuando justo la llovizna comenzaba a intensificarse, entraron en una taberna a pocos metros de la plaza y pidieron un menú del día. Chuletón con patatas; nada sofistica- do ni ligero, pero sí muy de la zona.

—Dieta precarrera nivel profesional —anunció Ale, levantando el tenedor en alto antes de lanzarse a por el primer bocado.

—Proteína y felicidad —corrigió Aritz, con una sonrisa, guiñándole el ojo.

Cuando sonreía de esa manera le salían cuatro arrugas a cada lado de la comisura de los labios, dotándolo de un aspecto de niño travieso que le otorgaba cierta característica adorable y peligrosa, todo al mismo tiempo. Así era él. Serio y divertido; testarudo y diplomático. Una antítesis andante.

“Pero, ¿cómo narices no voy a querer a esta banda de tarados?”

, se preguntó la chica, mirándolos de reojo.

Los había echado de menos… mucho. A fin de cuentas, habían sido uña y carne, inseparables, hasta que el accidente lo destruyó todo.

No quería ilusionarse, pero quizás aquel fin de semana en Azpeitia conseguiría volver a unirlos.

Quizás, después de todo, podía volver a sentirse un poco menos sola.

Brindaron con sidra y agua. Aritz no bebía, nunca lo hacía, pero el resto sí.

Ninguno tenía pensado propasarse con el alcohol, pero una copita no iba a hacerles daño.

El presidente del club, por todos conocido como el rey de las apuestas, apostó por quién llegaría mejor hasta meta; Artabe se mantenía callado y pensativo, intercediendo en su justa medida, y Ale y June se picaban con naturalidad, como de costumbre.

—Te voy a sacar dos minutos —le dijo él.

—En tus sueños, Ale —respondió—. Incluso sin entrenar estoy en mejor forma que tú.

—Te apuesto una botella de sidra.

—¿La de la bolsa del corredor?

—Sí.

—Pues prefiero el queso —bromeó June.

—Acepto. Pero vas a pagar caro ese exceso de confianza que tienes, ¿eh? —instó, divertido—. Menos mal que estoy yo para poner a tu ego en su sitio.

Ella miró hacia Artabe de reojo, que apenas hablaba.

Comía despacio, con la mandíbula tensa. En algún momento levantó la vista y sus miradas se cruzaron.

Fue un segundo más largo de lo que debía, lo suficiente para que el aire entre ellos cambiara de densidad.

Nadie más pareció notarlo, pero la chica volvió a tener esa sensación rara de que las tripas se le revolvían.

—Voy al baño —anunció él, dejando la servilleta so- bre la mesa.

En otros tiempos, esa hubiera sido la excusa perfecta para encontrarse con él a solas, a hurtadillas. “En otros tiempos”, pensó.

Bebió un trago de agua e intentó concentrarse en la conversación que Aritz y Ale mantenían sobre la logística del día siguiente.

—Ahora vuelvo —dijo ella unos segundos después, levantándose con naturalidad.

“¿Qué narices estoy haciendo?”, se preguntaba. Pero, aún con las dudas, en lugar de retroceder

los servicios.

estrecho y

seguía caminando en dirección a El pasillo hacia los baños era estaba iluminado por una luz amarillenta. Cuando empujó la puerta del lavabo femenino, se apoyó en el mármol y respiró hondo. Tenía las manos heladas y un ligero mareo empezaba a cerrarle el estómago.

—No empieces —murmuró para sí.

Abrió el grifo y sintió el agua fría recorriéndole las muñecas. Y justo en ese instante, cuando estaba a punto de darse la vuelta y regresar a la mesa, la puerta del servicio de caballeros se abrió de par en par. Era Artabe.

El espacio era demasiado pequeño para dos personas y el zumbido del extractor de aire llenaba el silencio. Apenas había medio paso entre ambos y, si cualquiera de los dos avanzaba un centímetro, sus cuerpos se tocarían.

—No sabía que… —empezó él.

Artabe bajó la mirada un segundo hacia su cintura antes de volver a mirarla a los ojos.

—Da igual.

Se quedaron frente a frente, separados por apenas unos centímetros de distancia, y June tuvo que levantar ligeramente la barbilla para mirarlo a los ojos.

El espejo duplicaba la escena, creando más tensión de la que ya existía.

Titubeó, nerviosa, aunque al final fue ella la primera en romper el silencio.

—¿Vamos a estar así para siempre?

Estaba cansada de aquello y… joder, lo echaba de menos. Mucho, muchísimo.

Artabe la observó unos segundos, conteniéndose. Parecía dudar entre responder con sinceridad o guardar silencio.

—Estoy aquí por ellos, June —dijo, al fin, con voz baja pero firme—. No por ti.

La frase le golpeó el pecho, sacudiéndola. “No lo dice en serio”, pensó. “No es verdad”.

—Ojalá desaparecieras del todo de mi vida, June.

El zumbido del extractor se hizo más fuerte mientras la chica intentaba sostenerle la mirada sin que se le aguasen los ojos.

—Eso ya lo intentaste una vez —respondió con suavidad—. Es fácil. Hazlo de nuevo.

Un músculo se tensó en la mandíbula de él y, durante un instante, pareció que estuviera a punto de decir algo más. Al final sacudió la cabeza y abrió la puerta.

—Volvamos —murmuró—. Lo mejor es que nos soportemos mientras estemos todos juntos.

Cuando regresaron a la mesa, Ale estaba contando una anécdota absurda sobre una carrera que le habían suspendido en Sevilla y Aritz discutía con el camarero sobre los postres que quedaban disponibles.

—¿Os lo podéis creer? ¡Por lluvia! —exclamó, indignado—. Un fin de semana que me voy al sur y me suspenden la maldita carrera por lluvia… ¡Cómo si no tuviera bastante con la lluvia de Euskadi!

Todo parecía exactamente normal. Todo, menos ella…

en el fondo, tenía la sensación de que algo se le resquebrajaba poco a poco dentro del pecho.

Observó a Artabe, que, sin miramientos, se había interesado en la conversación y bromeaba como si entre ellos no hubiera sucedido nada.

La chica cogió aire despacio, inflando sus pulmones, mientras se prometía a sí misma que no le daría el gusto de verla llorar.