4
En la carrera. Vuelta al túnel.
Las sirenas comenzaron a filtrarse en el túnel; primero confundidas con el eco húmedo de la montaña y después reconocibles, desgarrando el aire espeso que olía a hierro y a tierra mojada.
El sonido fue creciendo poco a poco, expandiéndose por la bóveda de piedra hasta mezclarse con las respiraciones agitadas y el goteo constante.
Las luces azules aparecieron en la boca del túnel y, durante un instante, la roca se tiñó de un color eléctrico que parecía no pertenecer a aquel lugar. La escena dejó de parecer una carrera para convertirse en otra cosa, en algo que nadie había previsto: una pesadilla real.
—¡Apartaos!
Los sanitarios irrumpieron con una energía que contrastaba con la inmovilidad del cuerpo tendido sobre la gravilla.
El desconocido que había iniciado las compresiones se retiró sin protestar con las manos manchadas y la mirada perdida.
El desfibrilador fue apoyado junto al torso desnudo de Ar- tabe mientras uno de ellos cortaba sin miramientos lo que quedaba de la camiseta rojiza y blanca del club.
La tela cayó a un lado, empapada y sucia, y la piel apareció bajo la luz blanca del frontal.
June no pudo evitar fijarse en el contraste: el cuerpo que tantas veces había visto en movimiento, firme, vivo, de pronto… estaba gris y pálido. Estaba muerto.
—Cargando…
“No, no está muerto”, pensó. “No puede ser”.
El pitido fue agudo y sostenido, casi insoportable dentro de aquel espacio cerrado.
Después vino la descarga y el cuerpo se arqueó apenas un segundo antes de volver a caer con la misma pesadez inerte.
Mientras tanto, las goteras no se detenían.
Pap, pap, pap. Aritz murmuraba algo entre dientes mientras Alejandro caminaba unos pasos hacia delante y hacia atrás, incapaz de quedarse quieto.
La chica, en cambio, no decía nada. Ni siquiera se movía. Permanecía inmóvil con la sensación de que lo contrario implicaría aceptar lo evidente. Sus ojos se volvieron a detener en la boca de Artabe, que seguía ligeramente abierta, como si el aire aún pudiera entrar en su pecho.
—¡Otra vez!
Compresiones, descarga, compresiones.
El eco multiplicaba cada presión contra el pecho, cada
orden seca.
El sanitario miró el reloj y después dirigió la vista hacia su compañero. No hubo palabras, pero el gesto fue más que suficiente. Y el silencio que siguió no fue inmediato, sino progresivo. Primero bajaron las órdenes, luego cesaron las compresiones y después… simplemente, nadie hizo nada.
—No, joder, ¡no! —gruñó Aritz.
Había sido el primero en entender lo que realmente significaba aquello. Se dejó caer de rodillas y agarró el antebra- zo de Artabe con ambas manos, como si pudiera devolverle el calor a base de insistencia.
—No… no me jodas… hace un minuto estaba corriendo…
La frase se perdió en el aire mientras Alejandro lo sujetaba por los hombros en un intento de tranquilizarlo.
Fue entonces cuando desplegaron la bolsa. El plástico negro se abrió sobre la gravilla con un crujido seco que a June le atravesó el estómago. No había nada heroico en ese gesto y tampoco había solemnidad, solamente procedimiento.
Giraron el cuerpo con cuidado. La cabeza cayó hacia un lado sin resistencia porque el cuello ya no sostenía nada. Joder. La chica sintió que el rostro se le llenaba de gotas saladas y cerró los ojos con fuerza, como en un intento de desaparecer de aquel maldito mundo. No quería verlo. No podía.
Y entonces, cuando su alrededor se quedó a oscuras, una imagen acudió a su mente.
Estaban en las gradas de Fadura y podía sentir el hormigón frío contra su espalda mientras intuía, lejano, el murmullo de la pista.
Artabe se inclinaba sobre ella con el pulso aún acelerado por el entrenamiento, la camiseta pegada al torso y el aliento cálido en su piel.
—¿Paramos?
—Sí… Tenemos que parar.
Pero no se apartaban. El beso húmedo e intenso se alargó más, mucho más, mientras la sensación de estar cruzando una línea prohibida se intensificaba.
Las manos de él recorrían su cintura con una familiaridad que ya entonces era peligrosa mientras el riesgo latía con fuerza.
Desabrochó el cordón del pantalón con facilidad e introdujo la mano en su interior, apartando su ropa íntima mientras ambas lenguas se enredaban.
—Vas a volverme loca… —murmuró June.
—Ya lo estabas antes de que yo llegase a tu vida —bromeó él.
Abrió los ojos cuando la cremallera comenzó a cerrarse.
El sonido fue largo y continuo. Terrorífico. Un sonido que, por desgracia, no era la primera vez que escuchaba.
Un corredor, al fondo, se llevó la mano a la boca y se apartó para vomitar. Otro grababa con el móvil hasta que un agente le obligó a guardarlo.
“Carrera suspendida”, se oyó decir a alguien.
Las luces azules seguían girando en la entrada del túnel, mezclándose con el gris húmedo de la roca.
La camilla entró y la bolsa fue levantada con cuidado mientras el plástico se tensaba bajo el peso de lo que hasta hacía unos minutos había sido un cuerpo lleno de vida.
June sintió cómo la humedad se le pegaba a la piel y cómo el frío se filtraba bajo la ropa. Artabe… estaba muerto. Joder, ¡muerto! ¡Estaba muerto!
Sentía que se encontraba al borde de un ataque de ansiedad cuando, entonces, una voz más cercana la devolvió al presente.
—Perdona…
Se giró.
Un agente de la Ertzaintza la miraba con expresión serena y profesional.
—¿Podemos hacerte unas preguntas? Nos gustaría tomarte declaración.
June sostuvo la mirada del agente unos segundos, en shock.
Al final, asintió. El agente no tenía prisa, o al menos esa fue la primera sensación que tuvo la chica.
No había urgencia en su voz ni dramatismo en su postura.
Solo una calma metódica que contrastaba con el caos que aún palpitaba a pocos metros, dentro del túnel.
—Soy Iñigo Etxeberria —repitió, enseñándole la placa durante apenas un segundo, lo justo para formalizar el gesto—. Necesito tomarte declaración.
Ella miró hacia atrás. La boca del túnel seguía tragando y escupiendo luces azules. El plástico negro ya no estaba allí y solo quedaban manchas oscuras en la gravilla, voluntarios desorientados y corredores que no sabían si llorar, llamar a casa o grabarlo todo con el móvil. Todo era… caótico.
—Sí —murmuró.
No sabía exactamente a qué estaba respondiendo.
Caminaron unos metros hacia un lateral del camino, donde la montaña amortiguaba el eco de las sirenas.
El aire fuera era más frío, pero más limpio.
Aun así, June seguía percibiendo ese leve aroma a hierro, quizás porque lo llevaba impreso en la nariz y en la garganta.
El agente sacó una libreta pequeña.
—Nombre completo.
—June Goiko —respondió.
Anotó sin mirarla.
—Fecha de nacimiento.
Se la dijo.
—DNI.
—No lo llevo encima…, venía a correr. No… —Con el número me basta, June.
Asintió y se lo dijo, número a número.
—Dirección actual.
—Basagoiti nº 38, en el 4A. Algorta. En Getxo. —Teléfono.
Se lo dictó despacio.
El agente levantó la vista por primera vez.
—June, entiendo que estás en shock. Pero necesito que seas lo más precisa posible, ¿de acuerdo?
Asintió. Notó que seguía apretando la palma de su mano con la uña y que la pequeña herida que se había hecho en el parking de Fadura volvía a arder.
—¿Cuál era tu relación con el fallecido?
Fallecido. No dijo su nombre. No… ya no era Artabe. Era… el fallecido.
—Éramos compañeros de club —respondió ella—. Amigos.
La palabra quedó suspendida, demasiado ligera para lo que contenía. El agente tomó nota.
—¿Cuánto tiempo hace que os conocéis?
—Muchos años, más de diez.
—¿Entrenáis juntos habitualmente?
—Sí. Bueno…, no siempre —murmuró—. Pero somos del mismo grupo, a veces coincidimos y a veces no.
Iñigo asintió levemente.
—Quiero que me cuentes qué ha ocurrido desde que habéis entrado en el túnel, ¿vale? Intenta hacer memoria.
June sintió un vacío breve en el estómago.
—Íbamos los cuatro —empezó—. El ritmo era… cómodo. Bajada ligera. Él… —se corrigió— Artabe decía que iba alto de pulsaciones.
E incluso entonces parecía fuerte, demasiado fuerte como para desplomarse un minuto después.
—¿Alto cuánto?
—No lo sé con exactitud, no miré su reloj —respondió, llorando—, pero se quejaba.
—¿Se llevó la mano al pecho? ¿Al cuello? ¿Se tambaleó?
June negó con la cabeza.
—No. Solo dijo que necesitaba un gel y que llevaba las pulsaciones más altas de lo normal.
El bolígrafo se detuvo una fracción de segundo.
—¿Un gel energético?
—Sí.
—¿Lo llevaba él?
June sintió cómo el aire se volvía más espeso.
—No —musitó—. Los llevaba yo.
—¿Por qué?
La pregunta no era agresiva, pero… dolía. Joder si dolía.
—No sé, porque los había cogido yo —señaló, encogiéndose de hombros—. Soy la única que llevo cinturón y si no ellos tenían que llevarlos en la mano…
El agente anotó despacio.
—¿Qué tipo de gel era?
—Con cafeína, uno normal.
—¿Recuerdas la marca?
June vaciló una décima de segundo.
—No exactamente.
El agente la miró sin pestañear.
—¿Se lo diste tú a la mano?
—Sí.
—¿Lo abrió él?
—Sí.
—¿Se lo tomó entero?
La pregunta la atravesó y ella, deshecha en lágrimas, cerró
los ojos un segundo. Pudo rememorar sus dientes rasgando el plástico y escuchó el sonido seco del envoltorio. —Sí —susurró.
El ertzaina inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Cuánto tiempo pasó entre que se lo tomó y que se cayó?
El túnel volvió a cerrarse sobre ella.
—Muy poco —dijo—. Quizá un minuto.
Desde el interior del túnel llegó un grito ahogado y la voz de Aritz. June no se giró.
—¿Antes de desplomarse dijo algo más? —insistió.
June recordó el murmullo. Recargo y listo.
—Dijo que recargaba y listo —respondió, casi mecánicamente.
El agente anotó la frase literal.
—¿Se cayó hacia delante o hacia atrás?
—No lo sé… —tragó saliva—. Nos adelantamos sin querer y cuando escuché el golpe…
—¿Tomaba medicación? ¿Sabes si tenía alguna patología cardíaca?
—No.
—¿Había bebido alcohol la noche anterior? June percibió una punzada breve.
—Cenamos juntos, y bebimos algo de sidra, pero nada excesivo. Una copa.
—¿Tú bebiste?
—Sí.
—¿Él?
—Sí.
El agente cerró la libreta durante un segundo, como si organizara mentalmente la información.
—June, necesito que me mires.
Ella lo hizo.
—¿Hubo alguna discusión entre vosotros en las últimas horas? ¿Algún conflicto?
La chica sintió cómo los recuerdos se abrían paso sin permiso y cómo la cabeza le retumbaba con fuerza, mareándola.
—No —dijo.
Mentira pequeña, pero verdad a medias.
—¿Seguro?
—Seguro.
El policía sostuvo su mirada unos segundos más de lo necesario. Después volvió a abrir la libreta.
—Te vamos a llamar en los próximos días para ampliar la declaración. Es importante que no abandones la zona sin avisar.
La frase fue técnica. Fría. Procedimental.
—¿No podemos irnos? —preguntó ella, casi sin voz. —De momento, la carrera está suspendida y necesitamos identificar bien a todos los implicados. Es un falleci- miento súbito en vía pública, tenemos que descartar cualquier circunstancia externa.
June notó un zumbido leve en los oídos.
—¿Pero podemos volver a Getxo?
—Sí, a Getxo sí. Aunque lo dicho, te recomiendo que lo hagáis mañana… Hoy las carreteras serán un caos.
La joven volvió la vista hacia la boca del túnel justo cuando dos agentes salían con una cinta roja y blanca. Empezaban a acordonar la entrada y la escena.
—June —dijo el agente con suavidad—. ¿Hay algo más que quieras añadir? Algo que te haya llamado la atención, aunque te parezca insignificante.
Ella pensó en el beso en las gradas y en su cuerpo encajando perfectamente contra él. En la tensión, en las discusiones… en su lengua, sus manos, sus caricias, su voz suave, lenta… Pensó en Artabe, en que ya no estaba y en que no volvería a estar. Jamás.
—No —respondió al fin.
El agente la observó un segundo más y después asintió.
—De acuerdo.
Y sin añadir más, cerró la libreta.