El Club 3
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Sábado. Un día antes de la carrera. Llegada a Azpeitia.

La carretera se estrechó a medida que dejaban atrás el núcleo urbano y comenzaban a internarse entre montes húmedos y caseríos dispersos.

La niebla no había desaparecido del todo; simplemente se había elevado unos metros, quedándose suspendida entre las laderas.

El asfalto estaba oscuro y las ruedas del coche levantaban una película fina de agua que salpicaba los bajos.

Aritz conducía con el GPS puesto en el teléfono, callado y concentrado.

Alejandro iba de copiloto, hablando sin parar.

Artabe miraba el móvil en el asiento trasero, respondiendo algún mensaje breve con el ceño ligeramente fruncido.

Y June observaba el paisaje por la ventanilla, viendo cómo el verde se volvía más intenso según iban ascendiendo.

Siempre había pensado que Gipuzkoa tenía algo más cerrado, más profundo que Bizkaia.

Aunque, si debía ser sincera, tenía claro que ellos sabían organizar las carreras mucho mejor.

Tenían más ambiente y eran más divertidas, más dinámicas.

—Es aquí —anunció Aritz, girando por un camino de grava que crujió bajo las ruedas.

—¿Estás seguro? —inquirió Ale—. Pero si estamos en mitad de la nada…

La casa apareció al final de la pequeña pendiente, aisla- da, rodeada de árboles desnudos y una valla de madera que parecía tan vieja como el propio caserío.

No era exactamente un caserío tradicional; era más bien una de esas casas rurales rehabilitadas con madera oscura, balcones pequeños y tejado inclinado.

Tenía algo acogedor que la hacía parecer la típica casita pintoresca de cuento.

—Pues habla con la señora que va detrás, que es quien ha reservado.

—¡Encima que me encargo del trabajo sucio! —protestó la chica—. Y de señora, nada. No te pases, Aritz.

Aparcaron frente a la entrada. El motor se apagó y el silencio del monte cayó sobre ellos con una densidad distinta a la del parking de Fadura.

Allí no había coches pasando ni voces lejanas, solo el rumor apagado de algún pájaro y el crujido leve de la madera dilatándose por la humedad.

“Joder, Ale tiene razón. Estamos en mitad de la nada”, pensó June, justo antes de que la puerta principal se abriera.

—¡Egun on! —saludó la mujer con una sonrisa amplia.

Era Carmen, la propietaria. Tendría cerca de sesenta años, el pelo corto y teñido de un castaño demasiado uniforme, gafas finas y un delantal sobre el jersey grueso de lana.

—Ya he puesto la calefacción —añadió, haciéndoles un gesto para que pasaran—. Anoche bajaron mucho las temperaturas.

June fue la primera en cruzar el umbral.

El aire del interior estaba tibio, sí, pero no lo suficiente.

Sintió el frío colársele bajo su ropa nada más entrar, como si la casa conservara en sus paredes la humedad de todos los inviernos anteriores.

Olía a madera, a leña vieja y a algo más…

Y es que, por mucho que Carmen se hubiera esforzado en atemperar el ambiente, el calor de la calefacción no conseguía borrar del todo la gelidez que parecía vivir atrapada entre las paredes.

Era ese frío húmedo de las casas antiguas que se quedaba pegado a la piel.

El suelo crujió bajo sus botas, haciéndola agachar la mirada a la tarima.

Las tablas de madera estaban viejas, aunque en algún momento alguien debía de haberles dedicado una capa nueva de barniz.

Era una casa completamente de madera. Vigas vistas en el techo, paredes revestidas, escaleras estrechas que subían al piso superior y una chimenea apagada que dominaba el salón.

El sofá era amplio, con mantas dobladas sobre el respaldo.

Una mesa larga de comedor ocupaba el centro de la estancia.

—¡Yo quiero la de arriba! —gritó Alejandro ya desde la escalera, subiendo sin esperar indicaciones.

—¡Eh! ¡Sin trampas! —le siguió Aritz entre risas. Artabe no dijo nada. Se limitó a coger su mochila y subir detrás de ellos.

June se quedó un segundo más en el recibidor, mientras Carmen cerraba la puerta. En ese instante, un golpe seco sonó desde la cocina, como algo que hubiera chocado contra la madera o cristal. June giró la cabeza.

—¿Qué ha sido eso?

Carmen ni siquiera pareció inmutarse.

—Nada, hija. La ventana de la cocina, que a veces, si

entra una ráfaga fuerte, se abre un poco y golpea.

Lo dijo con naturalidad, restándole importancia.

La joven miró hacia el ventanal del salón, y corroboró que a través del cristal solo se veían árboles y diversa vegetación.

Las ramas no se movían, lo que significaba que no había viento. ¿Bruma? Sí, mucha. Pero nada de viento.

June la siguió con la mirada mientras ella se dirigía a la cocina.

Un segundo más tarde, Aritz bajó las escaleras con el pelo ligeramente más revuelto que antes y una sonrisa abierta, franca.

—¿Todo bien? —preguntó, acercándose a ellas.

June lo miró de reojo. En Fadura siempre solía estar en tensión, pendiente del reloj, de la organización, de los detalles y de la gente del club.

Pero allí… no. Allí, de pronto, parecía ligero, más destensado.

Se le marcaban los hoyuelos cuando sonreía y tenía la mirada limpia, casi infantil.

Parecía un niño travieso al que le acababan de conceder un fin de semana sin responsabilidades.

—Todo bien —respondió ella.

Carmen regresó desde la cocina.

—Nada, ya está cerrada —sonrió—. Estas casas antiguas tienen sus ruidos. No os asustéis si escucháis crujidos por la noche, que es la madera vieja que a veces protesta.

Lo dijo riendo, como si fuera una broma inofensiva. June no respondió.

—Salid sin prisa el domingo —continuó la señora—. No entra nadie después de vosotros.

—Eskerrik asko —respondió el presi.

—Ah, y antes de iros, firmad el libro de visitas. Lo ten- go en la mesita del salón.

Señaló un cuaderno grueso con tapas de cuero apoyado junto a la chimenea.

Aritz cogió las llaves que ella le tendía.

—Perfecto. Mila esker.

—Que disfrutéis… Y suerte mañana.

Y sin esperar siquiera respuesta, la puerta principal del baserri se cerró tras la mujer con un sonido más rotundo del necesario.

Durante un segundo, el silencio volvió a instalarse en la casa.

—Ya hemos escogido habitación —anunció Alejandro bajando las escaleras de dos en dos—. A la princesa le hemos dejado la suite principal.

—¿Perdona? —arqueó una ceja la chica.

—Tiene bañera…, así que menos quejas.

Artabe apareció detrás de él. Sus ojos se cruzaron apenas un instante con los de June, en silencio. Ninguno dijo nada, pero ese segundo fue suficiente para que algo incó- modo volviera a tensarse entre ellos.

—Gracias por vuestra generosidad —respondió ella, intentando dejar atrás la tensión.

Subió las escaleras despacio mientras percibía el crujido de cada peldaño. El pasillo superior era estrecho, con tres puertas a cada lado, y la habitación del fondo —que se suponía que era la que le correspondía a ella—, estaba abierta de par en par.

Era más amplia de lo que había imaginado.

Tenía techos inclinados, una cama grande con una colcha de lino grueso y dos mesillas de madera envejecida.

Al fondo, había una ventana pequeña con vistas al bosque.

La luz entraba difusa, filtrada por la niebla exterior, pero con la suficiente intensidad como para dejar alguna sombra esparcida aquí y allá.

El baño estaba integrado al fondo, separado por una puerta corredera.

Una bañera antigua, de esas profundas, ocupaba el centro.

Asomó la cabeza e inspeccionó ligeramente el ambiente: azulejos blancos y grifería de metal oscuro, todo muy acorde al lugar. Era rural, sí, pero también bonita.

Dejó la mochila sobre la cama, y se acercó a la ventana con la cabeza a mil.

Al día siguiente tenía una carrera para la que apenas había entrenado, y esa debía de ser en aquellos momentos su única preocupación.

La abrió unos centímetros para sentir el gélido aire golpeándole el rostro.

Cerró los ojos y respiró. El olor a tierra húmeda era más intenso allí arriba.

Entonces lo percibió… Esa sensación de que no estaba sola, de que alguien la observaba desde algún rincón.

Era una sensación difícil de explicar. No había ningún sonido, ningún movimiento entre los árboles, pero, aun así, su piel se erizó.

Abrió los ojos y miró a su alrededor, hacia el bosque.

Árboles, niebla… y nada más. Durante unos segundos se quedó completamente quieta, intentando distinguir formas entre los troncos oscuros del bosque.

La niebla flo- taba entre los árboles como una respiración lenta que se expandía y se recogía.

Pero todo parecía estar sumido en una quietud absoluta.

Entonces, ¿por qué la sensación persistía?

Esa certeza irracional de que alguien podía estar mirándola desde algún lugar que ella no alcanzaba a ver.

Con el pulso acelerado, cerró la ventana y se dirigió de nuevo al cuarto de baño con la intención de lavarse la cara y despejarse. Su reflejo en el espejo le devolvió una imagen más pálida de la habitual.

“No seas ridícula, June”, se dijo a sí misma.

Las risas de los chicos llegaban desde la cocina y decidió que había llegado el momento de regresar abajo y dejarse de tonterías.

Cuando entró en el salón, los tres estaban de espaldas, inclinados sobre la mesa de centro mientras se tomaban una cerveza y discutían sobre qué cenar.

—¿Todo bien, niña? —preguntó Ale.

June asintió con una sonrisa inquieta.

No, en realidad... no. Podía notar algo…, extraño. Algo que no sabía muy bien cómo describir.