El Club 2
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Sábado. Un día antes de la carrera.

El parking de Fadura estaba casi vacío a las ocho de la mañana.

La niebla se deslizaba desde el humedal como una sábana espesa que lo cubría todo, borrando los contornos de la pista de atletismo y apagando los colores del cielo.

El frío era intenso, casi cortante. Pero ¿qué podía esperar?

Estaban a finales de febrero. Se cerró la chaqueta hasta arriba antes de bajarse del coche mientras intentaba encontrar a alguno de sus compañeros con la mirada.

El asfalto estaba húmedo. No había llovido, pero el ambiente tenía ese olor denso y vegetal que dejaba la niebla cuando se posaba durante la noche.

¡Ale! Alejandro ya estaba allí, como siempre.

Había llegado el primero, lo que no era raro en él.

Estaba apoyado contra su coche, con las manos en los bolsillos y el aliento dibujando pequeñas nubes blancas frente a su boca.

—¡Ale! —saludó ella con entusiasmo.

El sevillano levantó la cabeza y sonrió de inmediato, con ese gesto de buen humor tan característico suyo.

Tenía el pelo rapado desde hacía años, una piel morena que ni el invierno vasco conseguía apagar del todo y un cuerpo ancho, de corredor potente, de los que parecían hechos para aguantar kilómetros sin romperse.

A June le encantaba ese gesto relajado de quien rara vez se toma la vida demasiado en serio, y es que a sus treinta y cuatro años seguía teniendo ese aspecto juvenil, quizá por la manera de encogerse de hombros ante cualquier problema.

El acento andaluz apenas asomaba ya después de tantos años en Euskadi, pero en determinadas palabras —cuando se reía o se enfadaba de verdad— todavía se le escapaba una musicalidad distinta.

Lo más atractivo de Alejandro nunca había sido su físico, aunque no le faltaban miradas cuando llegaba a la pista.

Era su buen humor. Esa facilidad para convertir cualquier drama en una broma a tiempo.

¿Sería cosa de haber crecido bajo el sol?

, pensó June mientras se acercaba. Estaba claro que en Bizkaia la gente era más contenida, más hermética y, si debía ser sincera, mucho más cerrada.

Alejandro, en cambio, siempre era… divertido.

Era la dosis de alegría que necesitaba el club para tener buen ambiente.

—Hombre… —abrió los brazos—. ¡Estás tan guapa como siempre, eh! Cuánto tiempo.

La chica se rio mientras se acercaba y lo abrazaba. Alejandro olía a colonia fresca y a café.

—Qué exagerado eres.

—No exagero nada —aseguró, sin borrar su sonrisa—. Lo que pasa es que tú no te miras con objetividad.

Se separaron despacio. Él la sostuvo un segundo más por los hombros, examinándola como si buscara algo en concreto.

—¿Entrenando o viviendo del recuerdo? —preguntó él.

—Sobreviviendo, mejor dicho —respondió ella con una media sonrisa en los labios—. ¿Y tú? ¿Estás haciendo algo con tu vida?

Alejandro hizo un gesto teatral de resignación.

—Trabajando más de lo que me gustaría.

La niebla se espesó un poco más, como si alguien hubiera soplado desde el humedal.

—¿Apostamos a que Aritz llegará tarde? —preguntó ella, frotándose las manos para entrar en calor.

Alejandro soltó una carcajada.

—No hace falta apostar. Todos tenemos claro que su cita con el inodoro un minuto antes de salir de casa es ineludible.

La chica se rio, sorprendiéndose al corroborar que la risa le salía más natural de lo que esperaba.

En ese instante, un coche apareció entre la niebla y se acercó despacio hasta aparcar a pocos metros de donde estaban ellos.

Ambos reconocieron al instante el familiar gris de Artabe.

Alejandro se adelantó y lo abrazó con efusividad. —¡Hombre! ¡Ya era hora!

—No he llegado tarde —protestó Artabe—. Son las ocho y cinco.

—Eso es tarde —se rio su amigo—. Hemos quedado a las ocho.

—Siempre se dejan diez minutos de cortesía.

Sonrieron y se dieron dos palmadas en la espalda. La escena era… repulsivamente masculina.

—A Aritz hay que dejarle veinte.

Cuando Artabe levantó la vista y la vio a ella, el gesto de su semblante cambió. No de forma abrupta, qué va… Pero June fue capaz de notar cómo esa relajación de sus hombros se tensaba durante apenas un segundo.

June se había quitado el gorro nada más bajar del coche y el pelo rubio, todavía algo húmedo por la niebla, caía desordenado sobre sus hombros.

Siempre había sido pequeña para ser corredora, pero su cuerpo compacto y atlético seguía teniendo esa energía contenida de quien se ha pasado media vida entrenando.

Artabe se quedó mirándola un instante más de lo necesario.

Él también seguía siendo el mismo de siempre: alto, más que Aritz incluso, con los hombros anchos y ese cuerpo seco de atleta que parecía hecho únicamente de músculo y resistencia.

El pelo castaño lo llevaba más corto que antes y la barba de varios días endurecía todavía más la línea de su mandíbula.

Tenía los ojos oscuros, atentos, de esos que parecían observar siempre un poco más de lo que decían.

—Hola —murmuró con voz neutra y correcta. Sus ojos recorrieron su rostro apenas un instante antes de apartarse.

—Hola —respondió ella, contenida.

No se abrazaron ni se dieron palmaditas en la espalda.

Es más, durante un segundo que se hizo demasiado largo, ninguno supo muy bien qué hacer con las manos.

June apretó los puños casi sin darse cuenta y sintió cómo la uña del pulgar se clavaba en su palma hasta provocarle un pequeño escozor. Aún así, no aflojó.

Hubo otra época en la que esa tensión entre ellos había sido distinta. Más eléctrica y más peligrosa, sí. Pero también más viva.

—¿Todo bien? —preguntó él, con una media sonrisa que no terminaba de serlo.

—Claro —respondió ella demasiado rápido, como si quisiera dejar atrás la conversación.

El frío parecía haberse metido bajo su ropa y las extremidades le temblaban ligeramente. ¿O quizá no era el frío? Aritz apareció por fin, entrando en el parking un poco más deprisa de lo necesario.

—¡Eh, eh! —gritó, bajando la ventanilla—. ¡Ni cinco minutos!

—¡Quince minutos tarde! —exclamó Alejandro, señalándole con el dedo índice de forma acusadora y divertida.

El presidente del club se bajó del coche mientras se ajustaba la chaqueta.

—He salido puntual, pero la llamada de la naturaleza me ha pillado en el último momento.

—¡Que no necesitamos saber tantos detalles, Aritz! —reprochó ella, poniendo los ojos en blanco.

Los cuatro soltaron una carcajada.

—¿Listos? —preguntó—. Dos días sin responsabilidades. Solo correr, comida y aguantaros.

—Y tú organizando mentalmente la Media de Ge- txo desde Azpeitia —añadió Alejandro.

—Mentalmente y no mentalmente —dijo, levantando en alto el teléfono—. ¿Me va a tocar currar? Sí. Pero nada nuevo.

—Es lo que tiene ser el presi, amigo —señaló Artabe.

Mientras ellos discutían sobre quién conduciría, June dio un paso atrás en dirección a su coche.

—Me he dejado la botella de agua.

Nadie le prestó atención porque todos estaban demasiado ocupados hablando de quién respetaba las señalizaciones mejor y quién llegaría sin perderse. Caminó hasta su coche con calma, abrió la puerta del conductor y se inclinó hacia el asiento trasero sin buscar realmente nada.

En realidad, lo único que necesitaba era liberar tensión y estar un segundo a solas.

Cerró los ojos mientras en su mente regresaba al vestuario del club.

Era una tarde cualquiera, una en la que la pista se había vaciado antes de tiempo.

Él estaba… tan cerca de ella, apoyándola contra la pared de azulejos blancos mientras sentía su aliento rozándole el cuello.

June tenía el pelo rubio recogido en una coleta desordenada y algunos mechones húmedos se pegaban a su piel después del entrenamiento.

Su cuerpo pequeño y atlético encajaba contra el suyo con una naturalidad peligrosa.

Todavía llevaba puesta la camiseta de entrenamiento, pegajosa y sucia, pero no parecía importarle lo más mínimo.

—No deberíamos…

—Lo sé.

Pero no se apartaban y sus manos seguían buscándose

con esa urgencia contenida que tan habitual era cuando ambos se quedaban a solas.

El beso fue rápido, a hurtadillas, antes de ser interrumpido con brusquedad por el sonido lejano de alguien que pasaba por el pasillo.

Habían pasado diez años desde aquel recuerdo, pero aún podía sentir la adrenalina, el riesgo y la certeza de que aquellos encuentros no podían durar.

—¡Venga, June! ¡Vamos! —instó Aritz, antes de hacer sonar el claxon de forma escandalosa.

El murmullo de las voces llegaba amortiguado desde donde estaban los otros tres.

Se llevó la mano a la palma y vio la pequeña marca roja que había dejado la uña grabada en su piel. Una gota mínima de sangre comenzaba a brotar, así que se limpió con el pulgar antes de meterse el dedo a la boca. El sabor ácido de la sangre inundó su paladar.

—¡Venga, June!

Respiró hondo, cerró la puerta del coche y regresó junto a ellos, que ya estaban distribuyendo mochilas en el maletero.

—¿Vamos o qué? —preguntó Alejandro.

Ella asintió.

—Vamos.