El Club 1 Meses antes
6%

1 Meses antes

La lluvia llevaba horas cayendo sobre Getxo con esa persistencia fina y obstinada que parecía no terminar nun- ca.

Xirimiri euskaldun. Ese que a veces da una tregua en agosto, pero que en general acompaña durante todo el año.

No había relámpagos ni viento fuerte, pero sí una cortina constante de agua que convertía las luces del paseo de Ereaga en manchas difusas, casi líquidas.

Desde el sofá del salón, June veía el reflejo de las farolas temblar sobre el asfalto mojado y, más allá, la línea oscura del mar que se confundía con el cielo lejano.

A lo lejos, el rompeolas de Arriluze apenas se distinguía entre la lluvia, y el sonido grave de las olas golpeando la piedra llegaba amortiguado hasta el ventanal.

Tenía las piernas recogidas bajo una manta gris y el portátil abierto sobre la mesa baja, con varias pestañas del trabajo que no pensaba cerrar esa noche.

El reflejo del ventanal le devolvió una imagen cansada: el pelo rubio recogido de cualquier manera, la piel demasiado pálida después de meses sin entrenar al aire libre y ese cuerpo pequeño y atlético que siempre había tenido, incluso cuando llevaba tiempo sin correr.

El café se había quedado frío hacía rato, como casi todo en su vida en aquella última temporada.

El móvil vibró con una notificación nueva y ella lo cogió sin demasiado entusiasmo, esperando cualquier cosa trivial: un mensaje de alguien del club con una foto de zapatillas nuevas o alguna propuesta para salir a trotar en grupo. Pero ni siquiera se trataba de eso, era publicidad.

Urolako Trena Maratoia. Primera edición. Modalidad media maratón. De Zumárraga a Azpeitia por la vía verde del Urola.

Pulsó en el vídeo que acompañaba el mensaje y la pantalla de su teléfono se iluminó con una toma aérea de la antigua vía ferroviaria convertida en sendero verde, túneles oscuros que parecían tragarse la luz y corredores avanzando en fila entre montañas húmedas.

La cámara atravesaba uno de los túneles y después salía al otro lado, como si despertara en otro paisaje.

June deslizó el dedo para volver a verlo mientras sentía algo leve agitándose en su estómago.

Nostalgia, ¿quizás? ¿Hacía cuánto que no corría una media?

En algún momento de su vida veintiún kilómetros habían sido el entrenamiento del domingo.

Ahora parecían, más bien, una hazaña casi imposible de completar.

Afuera, la lluvia golpeó con más fuerza contra el cristal, devolviendo a la chica a la vida real. Con ese maldito temporal era imposible salir a correr, entrenar y ponerse en forma.

Pensó en mandar el enlace al grupo del club, pero en aquellos momentos todos estaban con la eterna organización de la Media Maratón de Getxo y la respuesta, casi seguro, sería que no.

La mitad de sus compañeros lo más probable es que ni siquiera fueran a leer su mensaje; así que la propuesta quedaría enterrada bajo comentarios prácticos y excusas previsibles.

Miró el nombre del otro chat, ese que ya apenas se usaba.

“Los valientes”. Se quedó observando la pantalla unos segundos más de lo necesario, preguntándose a sí misma hacía cuánto tiempo que no volvían a coincidir ellos solos sin la inercia del resto de sus compañeros envolviéndolo todo. Años, muchos años.

Escribió, borró y volvió a teclear.

Chicos, ¿habéis visto esta nueva media? De Zumárraga a Azpeitia, por la vía verde. Pinta guay, ¿no? Yo propongo casita rural en Azpeitia y una de esas para

recordar años jóvenes. La frase final la pensó más de lo que admitiría jamás en voz alta. “Por los viejos tiempos”, añadió, titubeante.

Dejó el móvil boca abajo sobre la mesa, como si así pudiera frenar la respuesta.

Después se levantó, caminó hasta la ventana y se quedó observando el mar.

Intentó imaginarse ese paisaje antes de que construyeran los muelles, cuando aquel lugar había sido mar abierto.

Esa época antigua que ella no había conocido en la que los temporales habían entrado sin obstáculos y muchos barcos se habían ido al fondo frente a la costa.

Aspiró hondo, sintiéndose revuelta. Desde el accidente nada había vuelto a ser igual entre ellos.

Apoyó la frente contra el cristal frío y sonrió con tristeza.

A lo lejos, el faro de Arriluze lanzaba su destello rojo sobre el Abra.

Durante un segundo iluminaba el agua negra y al siguiente volvía a desaparecer, como si el mar respirara en la oscuridad.

El móvil vibró, así que regresó a la mesa para cogerlo. Aritz había respondido.

¿Estás de coña?

Estoy hasta arriba organizando la media.

Además, si me largo un finde entero, Eider me mata.

June sonrió, reconociendo aquella forma tan extraña que tenía de escribir en el WhatsApp. Con frases, párrafos y una puntuación digna de catedrático de la RAE.

Tan presidente y tan correcto como de costumbre, aunque luego resultase ser el más vacilón. La respuesta de Alejandro llegó casi de inmediato.

Eider está deseando librarse de ti… mentiroso. Y cuando nazca la criatura te tocarán parques infantiles. Yo digo que sí, que luego no volveremos a tener otra ocasión en años.

Había añadido un par de emojis riéndose y otro de un guiño.

La conversación empezó a fluir sola, llenándose de bro- mas sobre lo mayores que estaban, sobre quién roncaba más, sobre si serían capaces de superar su marca personal de cuando eran jóvenes…

June leía sin intervenir demasiado, porque aún faltaba uno por responder.

Y en realidad, ese era el mensaje que más le interesaba de todos.

Artabe. El doble check azul estaba ahí, lo que significaba que, a pesar de su silencio, los leía.

Estaba frente al móvil, al otro lado de la pantalla, sin decir nada.

La lluvia se volvió más intensa durante unos segundos.

June se sentó en el sofá y esperó mientras el silencio, poco a poco, se iba colando en su memoria para trasladarla a otro tiempo y otro lugar.

Cerró los ojos un instante mientras la pista de atletismo de Fadura, húmeda, se dibujaba en su mente.

Acababa de terminar de entrenar y el cielo estaba gris.

Artabe estaba frente a ella, todavía con el pecho subiendo y bajando deprisa.

La camiseta de entrenamiento se le pegaba al torso sudado, marcando el relieve duro de los abdominales y los hombros.

Siempre había tenido ese cuerpo de corredor de fondo, fibroso, resistente, sin un gra- mo de grasa.

—No puedes seguir así, June.

La frase había sido seca, sin rodeos absurdos e innecesarios.

—¿Así cómo?

—Sabes perfectamente a qué me refiero…

Suspiró, mientras sentía el calor subirle por el cuello.

—No me des lecciones de vida, ¿vale? —escupió de malas formas, irritada.

—¡No doy lecciones, joder!

Ella tragó saliva.

—No quiero sacar de nuevo el tema, pero si me obligas a hacerlo, Artabe…, te juro que el único que tiene algo que perder eres tú.

Ambos se retaban con la mirada, como en un pulso invisible que sabían que no terminaría demasiado bien.

El resto del grupo estaba al otro lado de la pista, fingiendo es- tirar más de la cuenta.

Entonces, de pronto, el móvil vibró de nuevo y su memoria se cerró de golpe, como si alguien o algo le acabara de propinar un bofetón a sus recuerdos.

Era él.

Lo siento. Tengo mil cosas ese finde.

La chica sostuvo el teléfono unos segundos antes de teclear una respuesta.

Muévelas de finde.

Se lo pensó dos veces y decidió borrarlo mientras sentía una ligera presión en el pecho.

No era ansiedad, pero sí una cuerda tirante que empezaba a generar una sensación incómoda en su interior.

El icono de “escribiendo…” apareció de nuevo y ella contuvo la respiración sin siquiera ser consciente de ello.

Bueno, venga, vale. Una por los viejos tiempos.

Leyó el mensaje despacio mientras la opresión se aflo - jaba y, poco a poco, comenzaba a liberar el aire de sus pulmones.

El sonido de la lluvia repiqueteando contra las ventanas se había apaciguado lentamente.

Se levantó, se sirvió una copa de vino con la intención de dejar atrás el descafeinado frío de su taza, y se sentó junto al ventanal.

“Perfecto. Yo miro casas en Azpeitia” escribió, mientras intentaba imaginarse cómo sería aquel fin de semana.

Un segundo más tarde, la conversación volvía a llenarse de mensajes y de propuestas absurdas.

Bromas sobre quién dormiría con quién y tonterías sobre organizar un horario para el uso del inodoro.

“Hombres”, pensó, antes de dejar el teléfono a un lado.

Se recostó con calma en el sillón y se dijo a sí misma que, si esperaba salir con vida de aquella media maratón, más le valía ponerse a entrenar. Hacía tiempo que no estaba en forma.